(navigation image)
Home American Libraries | Canadian Libraries | Universal Library | Community Texts | Project Gutenberg | Children's Library | Biodiversity Heritage Library | Additional Collections
Search: Advanced Search
Anonymous User (login or join us)
Upload
See other formats

Full text of "Obras completas"


***£" 




üpp '' 




Té 


Wé. 




'% 




^1 



> * 



-v|;j^ 






y 



i 










L 



ÜJ 


1 


K 




t 


1 


s r r- 


I 


»:.••' 




<x 


! 


s r 




k 




s r 




Ui 


1 






'. 


t: 


r "5 




Cl. 


, 


! í 


















CL 




[ ; 




| 


1 


i ? 




f, 1 : 




5 . r 








— i 






1 


■» i 




üi 




1 3 




»-^ 


1 


=5 ( 





THE LIBRARY OF THE 

UNIVERSITY OF 

NORTH CAROLINA 





ENDOWED BY THE 
DIALECTIC AND PHILANTHROPIC 

SOCIETIES 



sü 



r 



PQ6629 


.A7 




1891 




v. 3 








JUN 2 2 1986 




This book is due at the LOUIS R. WILSON LIBRARY onthe 
last date stamped under "Date Due." If not on hold it may be 
renewed by bringing it to the library. 

í 

/ 



RET. 



W^" 



'orm H:. 



me- 



w 



YTm 



^im 



] 1 k 20fl5 









DATE 
DUE 



RET. 



■i 



£, 



v' 



sv 






OBRAS COMPLETAS 



DE 



EMILIA PARDO BAZÁN 



TOMO 3 



<J 



EMILIA PARDO BAZAN 

OBBAS COMPLETAS.— TOMO 3] 



VQ &>(o 



: : 



v-3 




PAZOS DE DLLOA 



NOVELA OBIGINAL 



Cuarta edición 




ADMINISTRACIÓN 
Calle de San Bernardo , 3 y, principal 



MADRID 



Es propiedad. 
Queda hecho el depósito 
que marca la ley. 



E. Velasco, impresor, Marqués de Santa Ana, 11 



LOS 

PAZOS DE ULLOA 



P 



or más que el jinete trataba de sofrenarlo 
,. agarrándose con todas sus fuerzas á la única 
rienda de cordel y susurrando palabrillas cal- 
mantes y mansas , el peludo rocín seguía em- 
peñándose en bajar la cuesta á un trote cochi- 
nero que descuadernaba los intestinos, cuando 
no á trancos desigualísimos de loco galope. Y 
era pendiente de veras aquel repecho del ca- 
mino real de Santiago á Orense, en términos 
que los viandantes , al pasarlo , sacudían la ca- 
beza murmurando que tenía bastante más de- 
clive del no sé cuántos por ciento marcado por 
la ley, y que sm duda, al llevar la carreterra en 
semejante dirección, ya sabrían los ingenieros 
lo que se pescaban, y alguna quinta de per- 
sonaje político, alguna influencia electoral de 
grueso calibre debía de andar cerca. 



LOS PAZOS DE ULLOA 



Iba el jinete colorado , no como un pimiento,, 
sino como una fresa , encendimiento propio de 
personas linfáticas. Por ser joven y de miem- 
bros delicados, y por no tener pelo de barba,, 
pareciera un nmo , á no desmentir la presun- 
ción sus trazas sacerdotales. Aunque cubierta 
del amarillo polvo que levantaba el trote del 
jaco, bien se advenía que el traje del mozo era 
de paño negro liso, cortado con la flojedad y 
poca gracia que distingue a las prendas de ropa 
de seglar vestidas por clérigos. Los guantes,, 
despellejados ya por la tosca brida, eran asi- 
mismo negros y nuevecitos , igual que el hon- 
go, que llevaba calado hasta las cejas, por te- 
mor á que los zarándeos de la trotada se lo 
hiciesen saltar al suelo, que sería el mayor 
compromiso del mundo. Bajo el cuello del des- 
airado levitín asomaba un dedo de alzacuello, 
bordado de cuentas de abalorio. Demostraba el 
jinete escasa maestría hípica : inclinado sobre 
el arzón , con las piernas encogidas y á dos de 
dos de salir despedido por las orejas, leíase en 
su rostro tanto miedo al cuartago como si fuese 
algún corcel indómito rebosando fiereza y bríos. 

Al acabarse el repecho , volvió el jaco á la 
sosegada andadura habitual, y pudo el jinete 
enderezarse sobre el aparejo redondo, cuya 
anchura inconmensurable le había descoyunta- 
do los huesos todos de la región sacro-ilíaca. 
Respiró , quitóse el sombrero y recibió en la 
frente sudorosa el aire frío de la tarde. Caían 
ya oblicuamente los rayos del sol en los zarza- 
les y setos, y un peón caminero, en mangas de 



POR E. PARDO BAZAN 



camisa, pues tenía su chaqueta colocada sobre 
un mojón de granito , daba lánguidos azadona- 
zos en las hierbecillas nacidas al borde de la 
cuneta. Tiró el jinete del ramal para detener á 
su cabalgadura, y ésta, que se había dejado en 
la cuesta abajo las ganas de trotar, paró inme- 
diatamente. El peón alzó la cabeza, y la placa 
dorada de su sombrero relució un instante. 

—¿Tendrá V. la bondad de decirme si falta 
mucho parala casa del señor marqués de Ulloa? 

— ¿Para los Pazos de Ulloa? — contestó el 
peón, repitiendo la pregunta. 

—Eso es. 

—Los Pazos de Ulloa están allí — murmuró 
extendiéndola mano para señalar aun punto en 
el horizonte. — Si la bestia anda bien , el camino 
que queda pronto se pasa... Ahora tiene que 
seguir hasta aquel pinar, ¿ve?, y luego le cum- 
ple torcer á mano izquierda, y luego le cumple 
bajar á mano derecha por un atajito,, hasta el 
crucero... En el crucero ya no tiene pérdida, 
porque se ven los Pazos , una costrución muy 
grandísima... . 

— Pero... ¿como cuánto faltará ? — preguntó 
con inquietud el clérigo. 

Meneó el peón la tostada cabeza. 

—Un bocadito, un bocadito... 

Y sin más explicaciones , emprendió otra vez 
su desmayada faena , manejando el azadón lo 
mismo que si pesase cuatro arrobas. 

Se resignó el viajero á continuar ignorando 
las leguas de que se compone un bocadito, y 
taloneó al rocín. El pinar no estaba muy dis- 



LOS PAZOS DE ULLOA 



tante, y por el centro de su sombría masa ser- 
peaba una trocha angostísima, en la cual se 
colaron montura y jinete El sendero , sepultado 
en las oscuras pro tundí dados del pinar, era casi 
impracticable ; peí o el i.tco , que no desmentía 
las aptitudes especia h* de la raza caballar ga- 
llega para andar por mal piso, avanzaba con 
suma precaución, cabizbajo, tanteando con el 
casco, para sortear cautelosamente las zanjas 
producidas por la llanta de los carros, los pe- 
druscos , los troncos de pino cortados y atrave- 
sados donde hacían menos taita. Adelantaban 
poco á poco , y ya salían de las estreche ees á 
más desahogada senda, abierta entre pinos 
nuevos y montes poblados de aliaga, sin haber 
tropezado con una sola heredad labradía, un 
plantío de coles que revelase la vida humana. 
De pronto los cascos del caballo cesaron de re- 
sonar y se hundieron en blanda allombra : era 
una carnada de estiércol vegetal, tendida, se- 
gún costumbre del país , ante la casucha de un 
labrador. Á la puerta una mujer daba de ma- 
mar á una criatura. El jinete se detuvo. 

—¿Señora, sabe si voy bien para la casa del 
marqués de Ulloa? 

—Va bien, va... 

—¿Y., falta mucho? 

Enarcamiento de cejas , mirada entre apática 
y curiosa , respuesta ambigua en dialecto : 

—La carrenta de un can... 

— ¡Estamos frescos!— pensó el viajero, que 
si no acertaba á calcular lo que anda un can 
en una carrera, barruntaba que debe de serbas- 



POR E. PARDO BAZAN 



tante para un caballo. En fin, en llegando al 
crucero vería los Pazos de Ulloa.... Todo se le 
volvía buscar el atajo, á la derecha.... Ni seña- 
les. La vereda, ensanchándose, se internaba 
por tierra montañosa, salpicada de manchones 
de robledal y algún que otro castaño todavía 
cargado de fruta ' á derecha é izquierda, ma- 
torrales de brezo crecían desparramados y os- 
curos. Experimentaba el iinete indefinible mal- 
estar, disculpable en quien, nacido y criado en 
un pueblo tranquilo y soñoliento, se halla por 
vez primera trente á frente con la ruda y ma- 
jestuosa soledad de la naturaleza, y recuerda 
historias de viajeros robados, de gentes asesi- 
nadas en sitios desiertos. 

— ¡Qué país de lobos!— dijo para sí, tétrica- 
mente impresionado. 

Alegrósele el alma con la vista del atajo, que 
á su derecha se columbraba, estrecho y pen- 
diente, entre un doble vallado de piedra, límite 
de dos montes. Bajaba fiándose en la maña del 
jaco para evitar tropezones , cuando divisó casi 
al alcance de su mano algo que le hizo estre- 
mecerse : una cruz de madera, pintada de ne- 
gro con filetes blancos, medio caída ya sobre 
el murall ón que la sustentaba. El clérigo sabía 
que estas cruces señalan el lugar donde un hom- 
bre pereció de muerte violenta ; y persignán- 
dose, rezó un Padre nuestro, mientras el caba- 
llo, sin duda por olfatear el rastro de algún 
zorro , temblaba levemente empinando las ore- 
jas,! y adoptaba un trotecillo medroso que en 
breve le condujo á una encrucijada. Entre el 



10 LOS PAZOS DE ULLOA 



marco que le formaban las ramas de un castaño 
colosal, erguíase el crucero. 

Tosco, de piedra común, tan mal labrado que 
á primera vista parecía monumento románico r 
por más que en realidad sólo contaba un siglo 
de fecha, siendo obra de algún cantero con pu- 
jos de escultor , el crucero, en tal sitio y á tal 
hora, y bajo el dosel natural del magnífico ár- 
bol, era poético y hermoso. El jinete, tranqui- 
lizado y lleno de devoción, pronunció descu- 
briéndose : "Adorárnoste, Cristo, y bendecí- 
rnoste, pues por tu santísima cruz redimiste al 
mundo „, y de paso que rezaba, su mirada bus- 
caba á lo lejos los Pazos de Ulloa, que debían de 
ser aquel gran edificio cuadrilongo, con torres, 
allá en el íondo del valle. Poco duró la contem- 
plación, y apunto estuvo el clérigo de besar 
la tierra, merced á la huida que pegó el rocín, 
con las orejas enhiestas , loco de terror. El 
caso no era para menos : á cortísima distan- 
cia habían retumbado dos tiros. 

Quedóse el jinete frío de espanto, agarrado 
al arzón, sin atreverse ni á registrar la maleza 
para averiguar dónde estarían ocultos los agre- 
sores : mas su angustia fué corta, porque ya 
del ribazo situado á espaldas del crucero des- 
cendía un grupo de tres hombres , antecedido 
por otros tantos canes perdigueros , cuya pre- 
sencia bastaba para demostrar que las escope- 
tas de sus amos no amenazaban sino á las ali- 
mañas monteses. 

El cazador que venía delante representaba 
veintiocho ó treinta años : alto y bien barbado, 



POR E. PARDO BAZÁN lí 

tenía el pescuezo y rostro quemados del sol;, 
pero por venir despechugado y sombrero en 
mano , se advertía la blancura de la piel no ex- 
puesta á la intemperie en la frente y en la 
tabla de pecho , cuyos diámetros indicaban com- 
plexión robusta, supuesto que confirmaba la 
isleta de vello rizoso que dividía ambas tetillas. 
Protegían sus piernas recias polainas de cuero, 
abrochadas con hebillaje hasta el muslo ; sobre- 
la ingle derecha flotaba la red de bramante de 
un repleto morral, y en el hombro izquierdo 
descansaba una escopeta moderna, de dos ca- 
ñones. El segundo cazador parecía hombre de- 
edad madura y condición baja, criado ó colono:. 
ni hebillas en las polainas , ni más morral que 
un saco de grosera estopa; el pelo cortado ai 
rape, la escopeta de pistón, viejísima y atada 
con cuerdas , y en el rostro , afeitado y enjuto y 
de enérgicas facciones rectilíneas , una expre- 
sión de encubierta sagacidad, de astucia sal- 
vaje, más propia de un piel roja que de un eu- 
ropeo. Por lo que hace al tercer cazador, sor- 
prendióse el jinete al notar que era un sacer- 
dote, i En qué se le conocía? No ciertamente en 
la tonsura, borrada por una selva de pelo gris 
/ cerdoso, ni tampoco en la rasuración, pues 
«os duros cañones de su azulada barba conta- 
rían un mes de antigüedad ; menos aún en el 
alzacuello, que no traía, ni en la ropa, que era 
semeíante á la de sus compañeros de caza, con 
el aditamento de unas botas de montar de cha- 
rol de vaca, muy descascaradas y cortadas por 
las arrugas. Y, no obstante, trascendía á cléri- 



12 LOS PAZOS DE ULLOA 

•go, revelándose el sello formidable de la orde- 
nación , que ni aun las llamas del infierno con- 
siguen cancelar, en no sé que expresión de la 
fisonomía, en el aire y posturas del cuerpo, en : 
-el mirar, en el andar, en todo. No cabía duda 
era un sacerdote. 

Aproximóse al grupo el jinete, y repitió la 
•consabida pregunta : 

—¿Pueden Vds. decirme si voy bien para 
<:asa del señor marqués de Ulloa ? 

El cazador alto se volvió hacia los demás, 
con familiaridad y dominio. 

—¡Qué casualidad!— esclamó.— Aquí tene- 
mos al forastero... Tú, Primitivo... Pues te 
cayó la lotería : mañana pensaba yo enviarte á 
Cebre á buscar al señor... Y V. , señor abad de 
Ulloa..., ¡ya tiene V. aquí quien le ayude á 
^arreglar la parroquia ! 

Como el jinete permanecía indeciso , el caza- 
dor añadió : 

—¿Supongo que es V. el recomendado de mi 
tío el señor de la Lage ? 

—Servidor y capellán...— respondió gozoso 
-el eclesiástico, tratando de echar pié á tierra ; 
ardua operación en que le ayudó el abad. — ¿Y 
V... — exclamó, encarándose con su interlocu- 
tor—es el señor marqués ? 

—¿Cómo queda el tío? ¿V... á caballo desde 
Cebre, eh? -repuso éste evasivamente, mien- 
tras el capellán le miraba con interés rayano 
en viva curiosidad. No hay duda que así, varo- 
nilmente desaliñado, húmeda la piel de transpi-, 
ración ligera , terciada la escopeta al hombro 



POR E. PARDO BAZÁN 13 

era un cacho de buen mozo el marqués ; y, sin. 
embargo, despedía su arrogante persona cierto 
tufillo bravio y montaraz , y lo duro de su mi- 
rada contrastaba con lo afable y llano de su 
acogida. 

• El capellán , muy respetuoso , se deshacía en 
explicaciones. 

—Sí, señor; justamente... En Cebre he deja- 
do la diligencia , y me dieron esta caballería, 
que tiene unos arreos, que vaya todo por Dios... 
El señor de la Lage , tan bueno, y con el humor 
aquel de siempre... Hace reir á las piedras... 
Y guapote, para su edad... Estoy reparando 
que si fuese su señor papá de V. , no se le par 
recería más.... Las señoritas, muy bien, muy 
contentas y muy saludables... Del señorito, 
que está en Segovia, buenas noticias. Y antes 
que se me olvide... 

Buscó en el bolsillo interior de su levitón, y 
fué sacando un pañuelo muy planchado y do- 
blado , un Semanario chico , y, por último , una 
cartera de tafilete negro , cerrada con elástico, 
de la cual extrajo una carta que entregó al 
marqués. Los perros de caza, despeados y an- 
helantes de fatiga , se habían sentado al pie del 
crucero ; el abad picaba con la uña una tagar- 
nina para liar un pitillo, cuyo papel sostenía 
adherido por una punta al borde de los labios ;. 
Primitivo, descansando la culata de la escopeta 
en el suelo, y en el cañón de la escopeta la bar- 
ba, clavaba sus ojuelos negros en el recién ve- 
nido, con pertinacia escrutadora. El sol se ponía 
lentamente en medio de la tranquilidad otoñal 



14 LOS PAZOS DE ULLOA 



del paisaje.— De improviso el marquéssoltó una 
carcajada. Era su risa , como suya , vigorosa y 
pujante, y, más que comunicativa, despótica. 

—El tío— exclamó, doblando la carta— siem- 
pre tan guasón y tan célebre... Dice que aquí 
me manda un santo para que me predique y me 
convierta.... No parece sino que tiene uno pe- 
cados : ¿ eh, señor abad? ¿ Qué dice V. á esto? 
^ Verdad que ni uno ? 

—Ya se sabe, ya se sabe— masculló el abad 
en voz bronca... —Aquí todos conservamos la 
inocencia bautismal. 

Y al decirlo, miraba al recién llegado al tra- 
svés de sus erizadas y salvajinas ceias, como el 
^veterano al inexperto recluta, sintiendo allá en 
su interior profundo desden hacia el cunta bar- 
bilindo, con cara de niña, donde sólo era sacer- 
dotal la severidad del rubio entrecejo y la ex- 
presión ascética de las facciones. 

—¿Y V. se llama Julián Alvarez?— interro- 
-gó el marqués. 

—Para servir á V. muchos años. 

— ¿ Y no acertaba V. con los Pazos ? 

—Me costaba trabajo el acertar. Aquí los pai- 
sanos no le sacan á uno de dudas , ni le dicen 
categóricamente las distancias. De modo que.. 

—Pues ahora ya no se perderá V. ¿ Quiere* 
montar otra vez ? 

— i Señor ! No faltaba más. 

—Primitivo — ordenó el marqués —coge del 
ramal á esa bestia. 

Y echó á andar, dialogando con el capellán 
que le seguía. Primitivo , obediente , se quedó 



POR E. PARDO BAZÁN 15 

rezagado, y lo mismo el abad , que encendía su 
pitillo con un mixto de cartón. El cazador se 
arrimó al cura. 

— ¿ Y qué le parece del rapaz , diga ? ¿ Verdad 
que no mete respeto ? 

— ¡ Bah !... Ahora se estila ordenar miquitre- 
fes.:.. Y luego mucho de aUacuellitos, guan- 
tecitos, perejiles con escarola.... ¡Si yo fuera 
el arzobispo, ya les daría el demontre de los 
guantes ! 



II 



Era noche cerrada, sin luna, cuando desem- 
bocaron en el soto , tras del cual se eleva la 
ancha mole de los Pazos de Ulloa. No consentía 
la obscuridad distinguir más que sus imponen- 
tes proporciones, escondiéndose las líneas y 
detalles en la negrura del ambiente. Ninguna 
luz brillaba en el vasjto edificio, y la gran puer- 
ta central parecía cerrada á piedra y lodo. Di- 
rigióse el marqués á un postigo lateral muy 
bajo, donde al punto apareció una mujer corpu- 
lenta alumbrando con un candil. Después de 
cruzar corredores sombríos , penetraron todos 
en una especie de sótano con piso terrizo y bó- 
veda de piedra , que , á juzgar por las hileras de 
cubas adosadas á sus paredes, debía de ser bb- 



16 LOS PAZOS DE ULLOA 

dega; y desde allí llegaron presto á la espacio- 
sa cocina , alumbrada por la claridad del fuego 
que ardía en el hogar, consumiendo lo que se 
llama arcaicamente un mediano monte de leña, 
y no es sino varios gruesos cepos de roble, 
avivados , de tiempo en tiempo , con rama me- 
nuda. Adornaban la elevada campana de la 
chimenea ristras de chorizos y morcillas , con 
algún jamón de añadidura , y á un lado y á otro 
sendos bancos brindaban asiento cómodo para 
calentarse, oyendo hervir el negro pote , que, 
pendiente de los llares , ofrecía á los ósculos de 
la llama su insensible vientre de hierro. 

Á tiempo que la comitiva entraba en la coci- 
na, hallábase acurrucada junto al pote una vie- 
ja, que sólo pudo Julián Alvar ez distinguir un 
instante — con greñas blancas y rudas como 
cerro que le caían sobre los ojos, y cara rojiza 
al reflejo del fuego ; —pues no bien advirtió que 
venía gente, levantóse más aprisa de lo que 
permitían sus años , y murmurando en voz que- 
jumbrosa y humilde : —Buenas noc hiñas nos dé 
Dios — se desvaneció como una sombra, sin 
que nadie pudiese notar por dónde. El marqués 
se encaró con la moza. 

— ; No tengo dicho que no quiero aquí pen- 
dones ? 

Y ella contestó apaciblemente, colgando el 
candil en la pilastra de la chimenea : 

—No hacia mal ...; me ayudaba á pelar cas- 
tañas. 

Tal vez iba el marqués á echar la casa abajo, 
si Primitivo, con mayor imperio y enojo que su 



POR E. PARDO BAZÁN 17 



amo» mismo, no terciase en la cuestión, repren- 
diendo á la muchacha. 

—¿Qué estás parolando ahí... ? Mejor te fue- 
ra tener la comida lista. ¿ Á ver cómo nos la 
das corriendito? Menéate, despabílate. 
. En el esconce de la cocina, una mesa de ro- 
ble, denegrida por el uso, mostraba extendido 
un mantel grosero , manchado de vino y grasa. 
Primitivo , después de soltar en un rincón la es- 
copeta, vaciaba su morral, del cual salieron 
dos perdigones y una liebre muerta, con los 
ojos empañados y el pelaje maculado de san- 
graza. Apartó la muchacha á un lado el botín, 
y. fué colocando platos de peltre, cubiertos de 
antigua y maciza plata, un mollete enorme en 
el centro de la mesa y un jarro de vino propor-» 
cionado al pan : luego se dio prisa á revolver 
y destapar tarteras , y tomó del vasar una so- 
pera magna. De nuevo la increpó airadamente 
el marqués. 

—¿Y los perros , vamos á ver ? ¿ Y los perros ? 
. Como si también los perros comprendiesen 
su derecho á ser atendidos antes que nadie, 
acudieron desde el rincón más obscuro, y, olvi- 
dando el cansancio, exhalaban famélicos boste- 
zos , meneando la cola y husmeando con el par- 
tido hocico. Juüán creyó al pronto que se había 
aumentado el número de canes, tres antes y cua- 
tro ahora ; pero al entrar el grupo canino en el 
círculo de viva luz que proyectaba el fuego, &d- 
virtió que lo que tomaba por otro perro no era 
sino un rapazuelo de tres á cuatro años , cuyo 
vestido , compuesto de chaquetón acastañado y 

2 



18 



LOS PAZOS DE ÜLLOA 



calzones de blanca estopa, podía desde lejos 
equivocarse con la piel bicolor de los perdigue- 
ros , con quienes parecía vivir el chiquillo en la 
mejor inteligencia y más estrecha fraternidad. 
Primitivo y la moza disponían en cubetas de 
palo el festín de los animales , entresacado de 
lo mejor y más grueso del pote ; y el marqués 
—que vigilaba la operación — no dándose por 
satisfecho, escudriñó con una cuchara de hie- 
rro las profundidades del caldo, hasta sacar á 
luz tres gruesas tajadas de cerdo , que íué dis- 
tribuyendo en las cubetas. Lanzaban los perros 
alaridos entrecortados , de interrogación y de- 
seo , sin atreverse aún á tomar posesión de la 
pitanza; á una voz de Primitivo, sumieron de 
•golpe el hocico en ella , oyéndose el batir de sus 
apresuradas mandíbulas y el chasqueo de su 
lengua glotona. El chiquillo gateaba por entre 
las patas de los perdigueros, que, convertidos 
en fieras por el primer impulso del hambre no 
saciada todavía, le miraban de reojo, regañan- 
do los dientes y exhalando ronquidos amenaza 
dores • de pronto , la criatura, incitada por el 
tasap que sobrenadaba en la cubeta de la perra 
ChuJa. tendió la mano para cogerlo, y la perra, 
torciéndola raheza, lanzó una feroz dentella- 
da í{oe por fortuna sólo alcanzó la manga del 
chico obligándole á refugiarse más que de pri- 
sa , asustado y lloriqueando, entre las sayas de 
la moza , ya ocupada en servir caldo á los ra- 
cionales. Julián, que empezaba á descalzarse 
lo> guantes, se compadeció del chiquillo, y, 
bajándose, le tomó en brazos, pudiendo ver 



POR E. PARDO BAZÁN 19 



que, á pesar de la mugre, la roña, el miedo y ej 
llanto , era el más hermoso angelote del mundo. 

— ¡ Pobre ! —murmuró cariñosamente. — ¿ Te 
ha mordido la perra ? ¿ Te hizo sangre ? ¿ Dónde 
te duele ; me lo dices ? Calla , que vamos á re- 
ñirle á la perra nosotros. ¡ Pícara, malvada ! 

Reparó el capellán que estas palabras suyas 
produjeron singular efecto en el marqués. Se 
•contrajo su fisonomía : sus cejas se fruncieron, 
y arracándole á Julián el chiquillo, con brusco 
movimiento le sentó en sus rodillas, palpándole 
las manos á ver si las tenía mordidas ó lasti- 
madas. Seguro ya de que sólo el chaquetón ha- 
l)ía padecido, soltó la risa. 

— ¡ Farsante !— gritó.— Ni siquiera te ha toca- 
do la Chula. ¿ Y tú para qué vas á meterte con 
ella ? Un día te come media nalga , y después 
lagrimitas. ¡ A callarse y á reii se ahora mismo ! 
^ En qué se conocen los valientes ? 

Diciendo así, colmaba de vino su vaso, y se 
lo presentaba al niño , que , cogiéndolo sin vaci- 
lar, lo apuró de un sorbo. El marqués aplaudió : 

— ¡ Retebién ! ¡ Viva la gente templada ! 

—No, lo que es el rapaz... el rapaz sale de 
punta— murmuró el abad de Ulloa. 

— i Y no le hará daño tanto vino ? — objetó Ju- 
lián , que sería incapaz de bebérselo él. 

— ¡ Daño ! Sí, buen daño nos dé Dios— res- 
pondió el marqués, con no sé qué inflexiones 
<ie orgullo en el acento.— Déle V. otros tres, y 
ya. verá... ¿ Quiere V. que hagámosla prueba? 

—Los chupa, los chupa— afirmó el abad. 

—No señor, no señor... Es capaz de morirse 



"20 LOS PAZOS DÉ ULLOA 



el pequeño!.. He oído que el vino es un venenó 
para las criaturas... Lo que tendrá sci A hambre* 
> — Sabel , que coma el chiquillo - 01 deuó im- 
periosamente el marques, dirigiéndose á la 
criada. Esta, silenciosa é inmóvil durante la 
anterior escena, saco un repleto cuenco de cal- 
do, y el niño lué á sentarse en el boi de del llar, 
para engullirlo sosegadamente. 

En la mesa, los comensales mascaban con 
buen ánimo. Al caldo, espeso y harinoso, siguió 
un cocido sólido, donde abundaba el pueico: 
los días de caza, el imprescindible pucheiose 
tomaba de noche , pues al monte no había me- 
dio de llevarlo. Una fuente de chorizos y hue- 
vos fritos desencadenó la sed, ya alborotada 
con la sal del cerdo. El marqués dio al codo á 
Primitivo. 

'-— Tráenos un par de botellitas... Del del 
año 59. 

Y volviéndose hacia Julián, dijo muy obse- 
quioso : 

< —Va V. á beber el mejor tostado que por 
aquí se produce.. Es de la dasa de Molende : 
se corre que tienen un secreto para que, sin 
perder el gusto de la pasa , empalague menos y 
se parezca al mejor Jerez... Cuanto más va, 
más gana . no es como los de otras bodegas, 
que se vuelven azúcar. 

—Es cosa de ^usto— asevero el abad, reba- 
ñando con una mit^a de pan lo que restaba de 
yema en s u plato . 

—Yo— declaró tímidamente Julián— poco en- 
tiendo de vinos .. Casi no bebo sino agua. 



POR E. PARDO BAZÁN 2ft 



Y al ver brillar bajó las cejas hirsutas del 
abad una mirada compasiva de puro desdeño- 
sa, rectificó : 

-^-Fs decir. . con el café, ciertos días señala- 
dos, no me disgusta él anisete. 

-'-El aíiio alegra el corazón... El que no bebe 
no es hombre— pronunció el abad sentenciosa 
mente. 

Primitivo volvía ya de su excursión, empu- 
ñando en cada mano una botella cubierta de : 
polvo y telarañas. A falta de tirabuzón se des- 
corcharon con un cuchillo, y á un ti>mpo se 
llenaron los vasos chicos traídos cid hot. Pri- 
mitivo empinaba el codo con sumo desparpajo, 
bromeando con el abad y el señorito. Sabel, 
por su parte, á medida que el banquete se pro- 
longaba y el licor calentaba las cabezas, servía 
con íamüiaridad mayor, apoyándose en la mestt 
para reír algún chiste de los que hacían bajar 
los ojos á Julián, bisoño en materia de sobre- 
mesas de cazadores Lo cierto es que Julián 
bajaba la vista, no tanto por lo que oía, como 
por no ver á Sabel, cuyo aspecto, desde el pri- 
mer instante , le había desagradado de extraño 
modo, a pesar ó quizá á causa de que Sabel 
era un buen pedazo de lozanísima carne. Sus 
ojos azules, húmedos y sumisos, su color ani- 
mado, su pelo castaño que se rizaba en con- 
chas paralelas y caía en dos trenzas hasta más 
abajo del talle, embellecían mucho á la mucha- 
cha y disimulaban sus defectos, lo pomuloso 
de su cara, lo tozudo y bajo de su frente, lo 
sensual de su respingada y abierta nariz. Por 



22 LOS PAZOS DE ULLOA 

no mirar á Sabel, Julián se fijaba en el chiqui- 
llo, que, envalentonado con aquella ojeada sim- 
pática, fué poco á poco deslizándose hasta lle- 
gar á introducirse entre las rodillas del cape- 
llán. Instalado allí, alzó su cara desvergonzada 
y risueña , y tirando á Julián del chaleco , mur- 
muró en tono suplicante : 

— ¿ Me lo da ? 

Todo el mundo se reía á carcajadas : el cape- 
llán no comprendía. 

.— i Qué pide ?— preguntó. 

— i Qué ha de pedir ? — respondió el marqués 
festivamente.— ¡ El vino, hombre ! ¡ El vaso de 
tostado ! 

— ¡Mama í— exclamó el abad. 

Antes de que Julián se resolviese á dar al 
niño su vaso casi lleno , el marqués había au- 
pado al mocoso , que sería realmente una pre- 
ciosidad, á no estar tan sucio. Parecíase áSabeL, 
y aun se le aventajaba en la claridad y alegría 
de sus ojos celestes , en lo abundante del pelo 
ensortijado, y especialmente en el correcto di- 
seño de las facciones. Sus rnamtas, morenas y 
hoyosas , se tendían hacia el vino color de topa- 
cio : el marqués se lo acercó á la boca, divir- 
tiéndose un rato en quitárselo cuando ya el ra- 
paz creía ser dueño de él. Por ñn consiguió el 
niño atrapar el vaso , y en un decir Jesús trase- 
gó el contenido , relamiéndose. 

— ¡ Este no se anda con requisitos ! — exclamó 
el abad. 

— ¡ Quiá ! — confirmó el marqués. — ¡ Si es un 
veterano! ¿A que te zampas otro vaso, Perucho? 



POR E. PARDO BAZÁN 23 



Las pupilas del angelote rechispeaban ; sus 
mejillas despedían lumbre, y dilataba la clásica 
naricilla con inocente concupiscencia de Baco 
niño. El abad, guiñando picarescamente el ojo 
izquierdo , escancióle otro vaso , que él tomó á 
dos manos y se embocó sin perder gota ; en se- 
guida soltó la risa, y antes de acabar el redo- 
ble de su carcajada báquica, dejó caer la cabe- 
za, muy descolorido, en el pecho del marqués. 

—¿Lo ven Vds. ?— gritó Julián angustiadísi- 
mo.— Es muy chiquito para beber así, y va á 
ponerse malo. Estas cosas no son para criaturas. 

— ¡ Bah ! - intervino Primitivo.— ¿ Piensa que 
el rapaz no puede con lo que tiene dentro? ¡ Con 
eso y con otro tanto ! Y si no, verá. 

A su vez tomó en brazos al niño, y, mojando 
en agua fresca los dedos , se los pasó por las 
sienes. Perucho abrió los párpados, miró alre- 
dedor con asombro , y su cara se sonroseó. 

—¿Qué tal?— le preguntó Primitivo.— ¿Hay 
ánimos para otra pinguita de tostado ? 

Volvióse Perucho hacia la botella, y luego, 
como instintivamente, dijo que no con la cabe- 
za, sacudiendo la poblada zalea de sus rizos. No 
era Primitivo hombre de darse por vencido tan 
fácilmente : sepultó la mano en el bolsillo del 
pantalón y sacó una moneda de cobre. 

—De ese modo...— refunfuñó el abad. 

—No seas bárbaro, Primitivo— murmuró el 
marqués entre placentero y grave. 

—¡Por Dios y por la Virgen!— imploró Ju- 
lián. — ¡ Van á matar á esa criatura ! Hombre, 
no se empeñe en emborrachar al niño : es un 



24 LOS PAZOS DE UIXOA 



pecado, un pecado tan grande como otro cual- 
quiera. ¡ No se pueden presenciar ciertas cosas ! 
, Al protestar, Julián se había incorporado, 
encendido de indignación, echando á un lado su 
mansedumbre y timidez congénitas. Primitivo, 
de pie también, mas sin soltar á Perucho, miró 
al capellán iría y socarronamente , con el des- 
dén de los tenaces por los que se exaltan un 
momento. Y metiendo en la mano del niño la 
moneda de cobre y entre sus labios la botella 
destapada y terciada aún de vino, la inclinó, 
la mantuvo así hasta que todo el licor pasó al 
estómago de Perucho. Retirada la botella, los 
ojos del niño se cerraron, se aflojaron sus bra- 
zos, y, no ya descolorido, sino con la palidez de 
la muerte en el rostro, hubiera caído redondo 
sobre la mesa á no sostenerlo Primitivo. El 
marqués, un tanto serio, empezó á inundar de 
agua fría la frente y los pulsos del niño : Sabel 
se acercó, y ayudó también á la aspersión; 
todo inútil : lo que es por esta vez, Perucho la 
tenia. 

—Como un pellejo— gruñó el abad. 

—Como una cuba— murmuró el marqués.— 
Ala cama con él en seguida. Que duerma, y 
mañana estará más fresco que una lechuga. 
Esto no es nada. 

Sabel se alejó cargada con el niño, cuyas 
piernas se balanceaban inertes á cada movi- 
miento de su madre. La cena se acabó menos 
bulliciosa de lo que empezara : Primitivo ha- 
blaba poco, y Julián había enmudecido por 
completo. Cuando terminó el convite yse pensó 



POR E. PARDO BAZÁN 25' 



en dormir, reapareció Sabel armada de un ve- 
lón de aceite , de tres mecheros , con el cual fué 
alumbrando por el ancha escalera de piedra 
que conducía al piso alto, y ascendía á la torre 
en rápido caracol. Era grande la habitación 
destinada á Julián, y la luz del velón apenas 
disipaba las tinieblas, de entre las cuales no se 
destacaba más que la blancura del lecho. A la 
puerta del cuarto se despidió el marqués, de- 
seándole buenas noches , y añadiendo con brus- 
ca cordialidad : 

—Mañana tendrá V. su equipaje... Ya irán á 
Cebre por él... Ea, descansar, mientras yo echo 
de casa al abad de Ulloa.., Está un poco .. ¿ eh? 
¡ Dificulto que no se caiga en el camino y no 
pase la noche al abrigo de un vallado ! 

Solo ya, sacó Julián de entre la camisa y el 
chaleco una estampa grabada, con marco de 
lentejuela, que representaba á la Virgen del 
Carmen', y la colocó de pie sobre la mesa don- 
de Sabel acababa de depositar el velón. Arro- 
dillóse, y rezó la media corona, contando por 
los dedos de la mano cada diez. Pero el moli- 
miento del cuerpo le hacía apetecer las gruesas 
y frescas sábanas, y omitió la letanía, los ac- 
tos de fe y algún padre nuestro Desnudóse ho- 
nestamente, colocando la ropa en una silla á 
medida que se la quitaba , y apagó el velón an- 
tes*dc echarse. Entonces empezaron á danzar 
en su fantasía los sucesos todos de la jornada : 
el caballejo que estuvo á punto de hacerle be- 
sar el suelo; la cruz negra que le causó escalo- 
fríos ; pero sobre todo la cena, la bulla, el niño 



26 LOS PAZOS DE ULLOA 



borracho. Juzgando á las gentes con quienes 
había trabado conocimiento en pocas horas, se 
le figuraba Sabel provocativa, Primitivo inso- 
lente, el abad de Ulloa sobrado bebedor y ni- 
miamente amigo de la caza , los perros excesi- 
vamente atendidos, y en cuanto al marqués... 
En cuanto al marqués, Julián recordaba unas 
palabras del señor de la Lage. 

—Encontrará V. á mi sobrino bastante ado- 
cenado... La aldea, cuando se cría uno en ella 
y no sale de allí jamás, envilece, empobrece y 
embrutece. 

Y casi al punto mismo en que acudió á su me- 
moria tan severo dictamen, arrepintióse el ca- 
pellán, sintiendo cierta penosa inquietud que no 
podía vencer. ¿ Quién le mandaba formar jui- 
cios temerarios ? El venía allí para decir misa 
y ayudar al marqués en la administración, no 
para fallar acerca de su conducta y su carác- 
ter... Conque... adormir... 



ni 



Despertó Julián cuando entraba de lleno en 
la habitación un sol de otoño dorado y apa- 
cible. Mientras se vestía, examinaba la estan- 
cia con algún detenimiento. Era vastísima, sin 
cielo raso ; alumbrábanla tres ventanas guar- 
necidas de anchos poyos y de vidrieras , faltosas 



POR E. PARDO BAZÁN 27 



de vidrios cuanto abastecidas de remiendos de 
papel pegados con obleas. Los muebles no pe- 
caban de suntuosos ni de abundantes , y en todos 
los rincones permanecían señales evidentes de 
los hábitos del último inquilino, hoy abad de 
Ulloa, yantes capellán del marqués : puntas de 
cigarros adheridas al piso , dos pares de botas 
inservibles en un rincón , sobre la mesa un pa- 
quete de pólvora, y en un poyo varios objetos 
cinegéticos , jaulas para codornices , gayolas, 
collares de perros , una piel de conejo mal cur- 
tida y peor oliente. Amen de estas reliquias» 
entre las vigas pendían pálidas telarañas , y por 
todas partes descansaba tranquilamente el pol- 
vo, enseñoreado allí desde tiempo inmemorial. 
Miraba Julián las huellas de la incuria de su 
antecesor, y sin querer acusarle, ni tratarle en 
sus adentros de cochino , el caso es que tanta 
porquería y rusticidad le infundía grandes de- 
seos de primor y limpieza , una aspiración á la 
pulcritud en la vida como á la pureza en el al- 
ma. Julián pertenecía á la falange de los paca- 
tos , que tienen la virtud espantadiza, con re- 
pulgos de monja y pudores de doncella intacta. 
No habiéndose descosido jamás de las faldas de 
su madre sino para asistir á cátedra en el Se- 
minario, sabía de la vida lo que enseñan los li- 
bros piadosos. Los demás seminaristas le lla- 
maban San Julián , añadiendo que sólo le fal- 
taba la palomita en la mano. Ignoraba cuándo 
pudo venirle la vocación : tal vez su madre, ama 
de llaves de los señores de la Lage, mujer que 
pasaba por beatona, le empujó suavemente, 



2Í8 LOS PAZOS DE ULLOÁ 



desde la más tierna edad, hada la iglesia, y é] 
se dejó llevar de buen grado. Lo cáerto es que 
de niño jugaba á cantar misa, y de grande no 
paró hasta conseguirlo. La continencia le fué 
fácil, casi insensible, por lo mismo que la guar- 
dó incólume, pues sienten los moralistas que 
es más hacedero no pecar una vez que pecar 
una sola. A Julián le ayudaba en su triunfo, 
•amén de la gracia de Dios que él solicitaba muy 
de veras , la endeblez, de su temperamento lin- 
fático nervioso, puramente femenino, sin ardo- 
res 111 rebeldías, propenso á la ternura, dulce 
y benigno como las propias malvas, pero no 
exento, en ocasiones, de esas energías súbitas 
que también se observan en la mujer, el ser que 
posee menos fuerza en estado normal y más 
cantidad de ella desarrolla en las crisis con- 
vulsivas. Julián, por su compostura y hábitos 
de pulcritud — aprendidos de su madre , que le 
sahumaba toda la ropa con espliego y le ponía 
entre cada par de calcetines una manzana ca 
muesa— cogió fama de seminarista/>o//<9, máxi- 
me cuando averiguaron que se lavaba mucho 
manos y cara. En efecto era así , y á no mediar 
ciertas ideas de devota pudicicia, él extendería 
las abluciones frecuentes al re¿>to del cuerpo, 
que procuraba traer lo aseado posible. 

El primer dia de su estancia en los Pazos bien 
necesitaba chapuzarse un poco, quitándose el 
polvo de la carretera que traía adherido á la 
piel; pero sin duda el actual abad de Ulloa con 
sideraba artículo de lujo los enseres de tocador, 
pues no vio Julián por allí más que una palan- 



EOR E. PARDO BAZÁN .29 



gana de hoja de lata, á la cual servía de palan 
ganero el poyo. Ni jarra, ni toalla, ni jabón, n> 
cubo. Quedóse parado delante de la palangana, 
en mangas de camisa y sin saber qué hacer, 
hasta que, convencido de la imposibilidad de re- 
frescarse con agua , quiso al menos tomar un 
baño de aire, y abrió la vidriera. 

Lo que abarcaba su vista le dejó encantado. 
El valle ascendía en suave pendiente, exten- 
diendo ante los Pazos toda la lozanía de su la- 
dera más feraz. Viñas , castañares , campos de 
maíz granados ó ya segados y tupidas roble- 
das se escalonaban, subían trepando hasta un 
montecillo, cuya falda gris parecía, al sol, de 
un blanco plomizo. Al pie mismo de la torre, el 
huerto de los Pazos semejaba á verde alfom- 
bra con cenefas amarillentas , en cuyo centro 
se engastaba la luna de un gran espejo, que 
no era sino la superficie del estanque. El aire^ 
oxigenado y regenerador, penetraba en los pul- 
mones de Julián, que sintió disiparse inmedia- 
tamente parte del vago terror que le infundía 
la gran casa solariega y lo que de sus morado 
res había visto. Como para renovarlo, entreoyó^ 
detrás de sí rumor de pisadas cautelosas, y al 
volverse vio á Sabel, que le presentaba Gon una 
mano platillo y jicara , y con la otra , en plato de 
peltre, un pulpito de agua fresca y una servi- 
lleta gorda muy doblada encima. Venía la moza 
arremangada hasta el codo, con el pelo alboro- 
tado *seco y volandero, del calor de la cama sin 
,duda : y á la luz del día se notaba más la fres- 
cura de su tez , muy blanca y como infiltrada de 



30 LOS PAZOS DE ÜLLOA 

sangre. Julián se apresuró á ponerse el levitín, 
murmurando : 

—Otra vez haga el favor de dar dos golpes en 
la puerta antes de entrar... Conforme estoy 
levantado, pudo cuadrar que estuviese en la 
cama todavía... ó vistiéndome. 

Miróle Sabel de hito en hito, sin turbarse, y 
exclamó : 

—Disimule, señor... Yo no sabía... El que no 
sabe, hace como el que no ve. 

—Bien , bien... Yo quería decir Misa antes de 
tomar el chocolate. 

—Hoy no podrá, porque tiene la llave de la 
capilla el señor abad de Ulloa, y Dios sabe hasta 
qué horas dormirá, ni si habrá quien vaya allá 
por ella. 

Julián contuvo un suspiro. ¡Dos días ya sin 
misar ! Cabalmente desde que era presbítero se 
había redoblado su fervor religioso, y sentía el 
entusiasmo juvenil del nuevo misacantano, con- 
movido aún por la impresión de la augusta in- 
vestidura ; de suerte que celebraba el sacrificio 
esmerándose en perfilar la menor ceremonia, 
temblando cuando alzaba, anonadándose cuan- 
do consumía, siempre con recogimiento inde- 
cible. En fin, si no había remedio... 

—Ponga el chocolate ahí— dijo á Sabel. 

Mientras la moza ejecutaba esta orden, Ju- 
lián alzaba los ojos al techo y los bajaba al piso, 
y tosía, tratando de bascar una fórmula, un 
modo discreto de explicarse. 

—¿Hace mucho que no duerme en este cuarto 
-el señor abad? 



POR E. PARDO BAZÁN 31 

—Poco... Hará dos semanas que bajó á la pa- 
rroquia, 

— ¡Ah!... Por eso... Esto está algo... sucio, 
¿no le parece? Sería bueno barrer... y pasar 
también 1a escoba por entre las vigas. 

Sabel se encogió de hombros. 

- 1/1 señor abad no me mandó nunca que le 
barriese el cuarto. 

- Pues, francamente, la limpieza es una cosa 
que á todo el mundo gusta. 

—Sí, señor, ya se sabe... No pase cuidado, 
que yo lo arreglaré muy arregladito. 

Lo pronunció con tanta sumisión, que Julián, 
á su vez , quiso mostrarle un poco de caritativo 
interés. 

—¿Y el niño?— preguntó.— ¿No le hizo mal lo 
de ayer? 

—Ño, señor... Durmió como un santiño, y ya 
anda corriendo por la huerta. ¿Ve? Allí está. 

Mirando por la abierta ventana , y haciéndo- 
se una pantalla con la mano , Julián divisó á 
Perucho, que sin sombrero, con la cabeza al sol, 
arrojaba piedras al estanque. 

—Lo que no sucede en un año sucede en 
un día, Sabel— advirtió gravemente el cape- 
llán.— No debe consentir que le emborrachen 
al chiquillo : es un vicio muy feo , hasta en 
los gi andes , cuanto más en un inocente así! 
¿Para qué le aguanta á Primitivo que le dé 
tanta bebida? Es obligación de V. el impe- 
dirlo. 

Sabel fijaba pesadamente en Julián sus azules 
pupilas , siendo imposible discernir en ellas el 



32 LOS PAZOS DE ULLOA 

menor relámpago de inteligencia ó de conven- 
cimiento. Al fin articuló con pausa* 

—Yo qué quiere que haga . No me voy á re- 
poner contra mi señor padre. 

Julián calló un momento atónito ¡De modo 
que quien había embriagado á la criatura era 
su propio abuelo ! No supo replicar nada opor- 
tuno, ni siquiera lanzar una exclamación de cen- 
sura. Llevóse la raza á la boca para encubrir 
la turbación, y Sabel. creyendo terminado el 
coloquio, se retiraba despacio, cuando el cape- 
llán le dirigió una pregunta más. 

— i bl señor marqués anda ya levantado ? 

—Si, señor.. Debe de estar por la huerta ó 
por los alpendres 

. —Haga el favor de llevarme allí —dijo Julián, 
levantándose y limpiándose apresuradamente 
los labios sin desdoblar la servilleta. 

Antes de dar con el marqués, recorrieron el 
capellán y su guía casi todo el huerto. Aquella 
vasta extensión de terreno había sido en otro 
tiempo cultivada con primor y engalanada 
con los adornos de la jardinería simétrica y 
geométrica cuya moda nos vino de Francia. 
De todo lo cual apenas quedaban vestigios: 
las armai) de la casa, trazadas con mirto en el 
suelo, eran ahora intrincado matorral de bo- 
jes, donde ni la vistn más lince distinguiría 
rastro de los lobos, pinos, torres almenadas, 
róeles y otros emblemas que campeaban en 
el preclaro blasón de los Ulloas : y, sin embar- 
go, persistía en la confusa masa no sé qué 
aire de cosa plantada adrede y con arte. El 



POR E. PARDO BAZÁN 33 

borde de piedra del estanque estaba semide- 
rruido, y las gruesas bolas de granito que lo 
guarnecían andaban rodando por la hierba, ver- 
dosas de musgo, esparcidas aquí y acullá como 
gigantescos proyectiles en algún desierto cam- 
po de batalla. Obstruido por el limo , el estan- 
que parecía charca fangosa, acrecentando el 
aspecto de descuido y abandono de la huerta, 
donde los que ayer fueron cenadores y bancos 
rústicos se habían convertido en rincones po- 
blados de maleza , y los tablares de hortaliza en 
sembrados de maíz , á cuya orilla , como tenaz 
reminiscencia del pasado, crecían libres , espi- 
nosos y altísimos, algunos rosales de variedad 
selecta, que iban á besar con sus ramas más 
altas la copa del ciruelo ó peral que tenían en 
frente. Por entre estos residuos depasada gran- 
deza andaba el último vastago de los (Jlloas, 
con las manos en los bolsillos, silbando dis- 
traídamente como quien no sabe qué hacer del 
tiempo. La presencia de Julián le dio la solu- 
ción del problema. Señorito y capellán empa- 
rejaron, y alabando la hermosura del día, aca- 
baron de visitar el huerto al pormenor, y aun 
alargaron el paseo hasta el soto y los robleda- 
jes que limitaban, hacia la parte norte, la ex- 
tensa posesión del marqués. Julián abría mu- 
cho los ojos, deseando que por ellos le entrase 
de sopetón toda la ciencia rústica, á fin de en- 
tender bien las explicaciones relativas á la ca- 
lidad del terreno ó el desarrollo del arbolado; 
pero, acostumbrado á la vida claustral del Se- 
minario y de la metrópoli compostelana, la na- 

3 



34 LOS PAZOS DE ULLOA 

r 

turaleza le parecía difícil de comprender, y casi 
le infundía temor por la vital impetuosidad que 
sentía palpitar en ella, en el espesor de los ma- 
torrales , en el áspero vigor de los troncos , en 
la fertilidad de los frutales , en la picante pureza 
del aire libre. Exclamó con desconsuelo smce- 
rísimo : 

—Yo confieso la verdad, señorito... De estas 
cosas de aldea, no entiendo jota. 

—Vamos á ver la casa— indicó el señor de 
Ufloa.— Es la más grande del país— añadió con 
orgullo. 

Mudaron de rumbo , dirigiéndose al enorme 
caserón, donde penetraron por la puerta que 
daba al huerto , y habiendo recorrido el claus- 
tro, formado por arcadas de sillería, cruzaron 
varios salones con destartalado mueblaje, sin 
vidrios en las vidrieras, cuyas descoloridas pin- 
turas maltratara la humedad, no siendo más 
clemente la polilla con el maderamen del piso. 
Pararon en una habitación relativamente chica, 
con ventana de reja, donde las negras vigas 
del techo semejaban remotísimas, y asombra- 
ban la vista grandes estanterías de castaño sin 
barnizar, que en vez de cristales tenían enreja- 
do de alambre grueso. Decoraba tan tétrica 
pieza una mesa-escritorio , y sobre ella un tin- 
tero de cuerno, un viejisimo vade de suela, no 
sé cuántas plumas de ganso y una caja de obleas 
vacía. 

Las estanterías entreabiertas dejaban aso- 
mar legajos y protocolos en abundancia ; por 
el suelo, en las dos sillas de baqueta, encima 



POR E. PARDO BAZÁN 35 

de la mesa , en el alféizar mismo de la enrejada 
ventana , había más papeles , más legajos ama- 
rillentos, vetustos, carcomidos, arrugados y 
rotos ; tanta papelería exhalaba un olor á hu- 
medad, á rancio, que cosquilleaba en la gar- 
ganta desagradablemente El marqués deUlloa, 
deteniéndose en el umbral y con cierta expre- 
sión solemne , pronunció : 

—El archivo de la casa. 

Desocupó en seguida las sillas de cuero, y 
explicó muy acalorado que aquello estaba re- 
vueltísimo— aclaración de todo punto innecesa- 
ria—y que semeiante desorden se debía al des- 
cuido de un íray Venancio, administrador de su 
padre, y del actual abad de Ulloa, en cuyas ma- 
nos pecadoras había venido el archivo á parar 
en lo que Julián veía. 

—Pues así no se puede seguir— exclamaba el 
capellán... —Papeles de importancia tratados 
de este modo ! Hasta es muy fácil que alguno 
se pierda. 

— ¡ Naturalmente ! Dios sabe los desperfectos 
que ya me habrán causado, y cómo andará 
todo, porque yo ni mirarlo quiero... Esto es lo 
que V. ve : ¡ un desastre, una perdición ! | Mire 
V... mire V. lo que tiene ahí á sus pies ! ¡ De- 
bajo de una bota ! 

Julián levantó el pie muy asustado , y el mar- 
qués se bajó, recogiendo del suelo un libro del- 
gadísimo, encuadernado en badana verde, del 
cual pendía rodado sello de plomo. Tomólo 
Julián con respeto , y al abrirlo , sobre la pri- 
mer hoja de vitela, se destacó una soberbia mi- 



36 LOS PAZOS DE ULLOA 



niatura heráldica, de colores vivos y frescos á 
despecho de los años. 

—¡Una ejecutoria de nobleza ! — declaró el 
señorito gravemente. 

Por medio de su pañuelo doblado , la limpia- 
ba Julián del moho , tocándola con manos deli- 
cadas. Desde niño le había enseñado su madre 
á reverenciar la sangre ilustre, y aquel perga- 
mino escrito con tinta roja, miniado, dorado, 
le parecía cosa muy veneranda, digna de com- 
pasión por haber sido pisoteada, hollada bajo 
la suela de sus botas. Como el señorito perma- 
necía serio, de codos en la mesa, las manos 
cruzadas bajo la barba, otras palabras del señor 
de la Lage acudieron á la memoria del cape- 
llán : "Todo eso de la casa de mi sobrino debe 
de ser un desbarajuste... Haría V. obra de ca- 
ridad si lo arreglase un poco. ., La verdad es 
que él no entendía gran cosa de papelotes ; pero 
con buena voluntad y cachaza... 

—Señorito— murmuró — ¿y por qué no nos 
dedicamos á ordenar esto como Dios manda V 
Entre V. y yo, mal sería que no acertásemos. 
Mire V. : primero apartamos lo moderno de lo 
antiguo ; de lo que esté muy estropeado se po- 
dría hacer sacar copia ; lo roto se pega con cui- 
dadito con unas tiras de papel transparente... 

El proyecto le pareció al señorito de perlas. 
Convinieron en ponerse al trabajo desde la ma- 
ñana siguiente. Quiso la desgracia que al otro 
día Primitivo descubriese en un maizal próji- 
mo un bando entero de perdices entretenido en 
comerse la espiga madura. V el marqués se 



POR E. PARDO BAZAN 37 

terció la carabina y dejó para siempre jamás 
amén a su capellán bregar con los documentos. 



IV 



Y el capellán lidió con ellos á brazo partido, 
sin tregua, lies ó cuatro horas todas las 
mañanas JMmcro limpió, sacudió, planchó, 
sirviéndose de la palma de la mano, pegó pa- 
peleos de cigarro á ñn de juntar los pedazos 
rotos de alguna escritura. Parecíale estar des- 
empolvando , encolando y poniendo en orden la 
misma casa de Ulloa , que iba á salir de sus ma- 
nos hecha una plata. La tarea, en apariencia 
fácil , no dejaba de ser enfadosa para el aseado 
presbítero : le sofocaba una atmósfera de mo- 
hosa humedad ; cuando alzaba un montón de 
papeles depositados desde tiempo inmemorial 
en el suelo, caía á veces la mitad de los docu- 
mentos hecha añicos por el diente menudo é in- 
cansable del ratón; las polillas, que paiecen 
polvo organizado y volante, agitaban sus alas 
y se le metían por entre la ropa ; las correde- 
ras, perseguidas en sus más secretos asólos, 
salían ciegas de furor ó de miedo, obligándole, 
no sin gran repugnancia, á despachurrarlas 
con los tacones, tapándose los oídos para no 
percibir el / chac ! estremecedor que produce 
el cuerpo estrujado del insecto ; las arañas, co- 



38 LOS PAZOS DE ULLOA 

ktmpiando su hidrópica panza sobre sus desco- 
munales zancos, solían ser más listas y refu- 
giarse prontísimamente en los rincones oscu- 
ros, adonde las guía misterioso instinto estra- 
tégico. De tanto asqueroso bicho, tal vez el que 
más repugnaba á Julián era una especie de 
lombriz ó gusano de humedad, frío y negro, 
que se encontraba siempre inmóvil y hecho una 
rosca debajo de los papeles , y al tocarlo pro- 
ducía la sensación de un trozo de hielo blando 
y pegajoso. 

Al cabo , á fuerza de paciencia y resolución,. 
triunfó Julián en su batalla con aquellas alima- 
ñas impertinentes , y en los estantes , ya despe- 
jados, fueron alineándose los documentos, ocu- 
pando, por efecto milagroso del buen orden, la 
mitad menos que antes, y cabiendo donde no 
cupieron jamás. Tres ó cuatro ejecutorias, to- 
das con su colgante de plomo, quedaron apar- 
tadas, envueltas en paños limpios. Todo estaba 
arreglado ya, excepto un tramo de la estante- 
ría donde Julián columbró los lomos oscuros, 
fileteados de oro, de algunos libros antiguos. 
Era la biblioteca de un Ulloa, un Ulloa de 
principios del siglo : Julián extendió la mano, 
cogió un tomo al azar, lo abrió, leyó la porta- 
da... " La Herniada, poema francés , puesto en 
verso español: su autor, el señor de Voltai- 
re... „ Volvió á su sitio el volumen, con los la- 
bios contraídos y los ojos bajos, como siempre 
que algo le hería ó escandalizaba : no era en ex- 
tremo intolerante ; pero lo que es á Voltaire, de 
buena gana le haría lo que á las cucarachas: 



POR E. PARDO BAZÁN 39 

no obstante, limitóse á condenar la biblioteca, 
á no pasar ni un mal paño por el lomo de los 
libros : de suerte que polillas, gusanos y ara- 
ñas, acosadas en todas partes , hallaron refugio 
á la sombra del risueño Arouet y su enemigo el 
sentimental Juan Jacobo, que también dormía 
allí sosegadamente desde los años de 1816. 

No era tortas y pan pintado la limpieza mate- 
rial del archivo ; sin embargo , la verdadera 
obra de romanos fué la clasificación. ¡ Aquí te 
quiero ! parecían decir los papelotes así que Ju- 
lián intentaba separarlos. Un embrollo, una 
madeja sin cabo , un laberinto sin hilo conduc- 
tor. No existía faro que pudiese guiar por el 
piélago insondable : ni libros becerros , ni esta- 
dos, niñada. Los únicos documentos que en- 
contró fueron dos cuadernos mugrientos y 
apestando á tabaco , donde su antecesor el abad 
de Ulloa apuntaba los nombres de los pagado- 
res y arrendatarios de la casa , y al margen, 
con un signo inteligible para él solo, ó con pa- 
labras más enigmáticas aún , el balance de sus 
pagos. Los unos tenían una cruz, los otros un 
garabato, los de más allá una llamada, y los 
menos las frases no paga, pagará, va pagan- 
do, yapagó. ¿Qué significaban, pues, el ga- 
rabato y la cruz ? Misterio insondable. En una 
misma página se mezclaban gastos é ingresos: 
aquí aparecía Fulano como deudor insolvente, 
y dos renglones más abajo como acreedor por 
jornales. Julián sacó del libro del abad una ja- 
queca tremebunda. Bendijo la memoria de fray 
Venancio, que, más radical, no dejara ni ras- 



40 LOS PAZOS DE ULLOA 



tro de «uentas , ni el menor comprobante de su 
larga gestión. 

Había puesto Julián manos á la obra con 
sumo celo , creyendo no le sería imposible 
orientarse en semejante caos de papeles. Se 
desojaba para entender la letra antigua y las 
enrevesadas rúbricas de las escrituras; quería 
al menos separar lo correspondiente á cada 
uno de los tres ó cuatro principales partidos de 
renta con que contaba la casa ; y se asombraba 
de que para cobrar tan poco dinero, tan mez- 
quinas cantidades de centeno y trigo, se nece- 
sitase tanto fárrago de papelotes , tanta docu- 
mentación indigesta. Perdíase en un dédalo de 
foros y subforos , prorrateos , censos, pen- 
siones, vinculaciones, cartas dótales, diezmos, 
tercios , pleitéenlos menudos de atrasos y plei- 
tazos gordos de partijas. A cada paso se le 
confundía más en la cabeza toda aquella pape- 
lería trasconejada ; si las obras de reparación, 
como poner carpetas de papel fuerte y blanco 
á las escrituras que se deshacían de puro vie- 
jas , le eran ya fáciles , no así el conocimiento 
científico de los malditos papelorios, indescifra- 
bles para quien no tuviese inteligencia y prác- 
tica. Ya desalentado, se lo confesó al marqués. 

—Señorito, yo no salgo del paso... Aquí con- 
venía un abogado, una persona entendida. 

—Si, sí, hace mucho tiempo que lo pienso yo 
también... Es indispensable tomar mano en eso, 
porque la documentación debe de andar perdi- 
da... ¿ Cómo la ha encontrado V. ? ¿ Hecha una 
lástima ? Apuesto que sí. 



POR E. PARDO BAZÁN 41 

Dijo esto el marqués con aquella entonación 
vehemente y sombría que adoptaba al tratar 
de sus propios asuntos por insignificantes que 
fuesen ; y mientras hablaba, entretenía las ma- 
nos ciñendo su collar de cascabeles á la Chula, 
con la cual iba á salir á matar unas codornices, 

—Sí, señor — murmuró Julián... — No está 
nada bien, no... Pero la persona acostumbrada 
á estas cosas se desenreda de ellas en un so- 
plo... Y tiene que venir pronto quien sea, por- 
que los papeles no ganan así. 

La verdad era que el archivo había produci- 
do en el atoa de Julián la misma impresión que 
toda la casa : la de una ruina , ruina vasta y 
amenazadora, que representaba algo grande 
en lo pasado, pero en la actualidad se desmoro- 
naba á toda prisa. Era esto en Julián aprensión 
no razonada, que se transformaría en convic- 
ción si conociese bien algunos antecedentes de 
familia del marqués. 

Don Pedro Moscoso de Cabreira y Pardo de 
la Lage quedó huérfano de padre muy niño 
aún. A no ser por semejante desgracia, acaso 
hubiese tenido carrera : los Moscosos conser- 
vaban, desde el abuelo afrancesado, enciclope- 
dista y francmasón que se permitía leer al se- 
ñor de Voltaire, cierta tradición de cultura 
trasañeja, medio extinguida ya, pero suficiente 
todavía para empujar á un Moscoso á los ban- 
cos del aula. En los Pardos de la Lage era al 
contrario axiomático que más vale asno vivo 
que doctor muerto. Vivían entonces los Pardos 
en su casa solariega, no muy distante de la de 



42 LOS PAZOS DE ULLOA 

Ulloa: al enviudar la madre de Don Pedro , el 
mayorazgo de la Lage iba á casarse en Santia- 
go con una señorita de distinción, trasladando 
sus reales al pueblo: y Don Gabriel, el segun- 
dón, se vino á los Pazos de Ulloa para acompa- 
ñar á su hermana, según decía, y servirle de 
amparo ; en realidad , afirmaban los maldicien- 
tes , para disfrutar á su talante las rentas del 
cuñado difunto. Lo cierto es que Don Gabriel 
en poco tiempo asumió el mando de la casa: 
él descubrió y propuso para administrador á. 
aquel bendito exclaustrado fray Venancio, me- 
dio chocho desde la exclaustración , medio idio- 
ta de nacimiento ya, á cuya sombra pudo- ma- 
nejar á su gusto la hacienda del sobrino, des- 
empeñando la tutela. Una de las habilidades de 
Don Gabriel fué hacer partijas con su hermana, 
cogiéndole mañosamente casi toda su legítima, 
despojo á que asintió la pobre señora, absolu- 
tamente inepta en materia de negocios , hábil 
sólo para ahorrar el dinero , que guardaba con 
sórdida avaricia, y que tuvo la imprudente ni- 
ñería de ir poniendo en onzas de oro de las 
más antiguas, de premio. Cortos era los rédi- 
tos del caudal de Moscoso que no se desliza- 
ban de entre los dedos temblones de fray Ve- 
nancio á las robustas palmas del tutor ; pero si 
lograban pasar á las de doña Micaela, ya no 
salían de allí sino en forma de peluconas, ca- 
mino de cierto escondrijo misterioso, acerca 
del cual iba poco á poco formándose una leyen- 
da en el país. Mientras la madre atesoraba, 
Don Gabriel educaba al sobrino á su imagen y 



POR E. PARDO BAZÁN 43 



semejanza, llevándolo consigo á ferias, caza- 
tas, francachelas rústicas y acaso distraccio- 
nes menos inocentes, y enseñándole, como de- 
cían allí , á cazar la perdiz blanca ; y el chico 
adoraba en aquel tío jovial, vigoroso y resuel- 
to, diestro en los ejercicios corporales , grose- 
ramente chistoso, como todos los de la Lage, 
en las sobremesas ; especie de señor feudal aca- 
tado en el país , que enseñaba prácticamente al 
heredero de los Ulloas el desprecio de la huma- 
nidad y el abuso de la fuerza. Un día que tío y 
sobrino se deportaban, según costumbre, á 
cuatro ó seis leguas de distancia de los Pazos, 
habiéndose llevado consigo al criado y al mozo 
de cuadra, á las cuatro de la tarde, y estando 
abiertas todos las puertas del caserón solarie- 
go, se presentó en él una gavilla de veinte hom- 
bres enmascarados ó tiznados de carbón, que 
maniataron y amordazaron á la criada , hicie- 
ron echarse boca abajo á fray Venancio, y apo- 
derándose de doña Micaela, le intimaron que 
enseñase el escondrijo de las onzas ; y como la 
señora se negase, después de abofetearla empe- 
zaron á mecharla con la punta de una navaja, 
mientras unos cuantos proponían que se calen- 
tase aceite para freiría los pies, Así que la acri- 
billaron un brazo y un pecho, pidió compasión, y 
descubrió, debajo de un arca enorme, el famoso 
escondrijo, [trampa hábilmente disimulada por 
medio de una tabla igual á las demás del piso, 
pero que subía y bajaba á voluntad. Recogie- 
ron los ladrones las hermosas medallas , apode- 
rándose también de la plata labrada que halla- 



44 LOS PAZOS DE ULLOA 



ron á mano , y se retiraron de los Pazos á las 
seis, antes que anocheciese del todo. Algún la- 
brador ó lornalero les vio saíir, pero ¿ qué ha- 
bía de hacer ? Eran veinte , bien armados con 
escopetas, pistolas y trabucos. 

Fray Venancio, que sólo había recibido tal 
cual puntapié ó puñada despreciativa , no nece- 
sitó más pasaporte para irse al otro mundo, de 
puro miedo, en una semana ; la señora se apre- 
suró menos , pero, como suele decirse, no le- 
vantó cabeza, y de allí á pocos meses, una 
apoplejía serosa la impidió seguir guardando 
onzas en un agujero mejor disimulado. Del robo 
se habló largo tiempo en el país , y corrieron 
rumores muy extraños : se afirmó que los cri- 
minales no eran bandidos de profesión, sino 
gentes conocidas y acomodadas, alguna de las 
cuales desempeñaba cargo público, y entre ellas 
se contaban personas relacionadas de antiguo 
con la familia de Ulloa, que, por lo tanto, esta- 
ban al corriente de las costumbres de la casa, 
de los días en que se quedaba sin hombres, y 
de la insaciable constancia de doña Micaela en 
recoger y conservar la más valiosa moneda de 
oro. Fuese lo que fuese, la justicia no descubrió 
á los autores del delito , y Don Pedro quedó en 
breve sin otro pariente que su tío Gabriel. Éste 
buscó para el sitio de Fray Venancio aun sacer- 
dote brusco, gran cazador, incapaz de morirse 
de miedo ante los ladrones. Desde tiempo atrás 
les ayudaba en sus expediciones cinegéticas 
Primitivo, la mejor escopeta furtiva del país, 
la puntería más certera, y el padre de la moza 



POR E. PARDO BAZAN 45 



más guapa que se encontraba en diez leguas á 
la redonda. El fallecimiento de doña Micaela 
permitió que hija y padre se instalasen en los 
Pazos, ella á título de criada, él á título de... 
de montero mayor, diríamos hace siglos ; hoy 
no hay nombre adecuado para el empleo. Don 
Gabriel los tenía muy á raya á entrambos , ol- 
fateando en Primitivo un, riesgo serio para su 
influencia , pero tres ó cuatro años después de 
la muerte de su hermana , Don Gabriel sufrió 
ataques de gota que pusieron en peligro su vida, 
y entonces se divulgó lo que ya se susurraba 
acerca de su casamiento secreto con la hija del 
carcelero de Cebre. El hidalgo se trasladó á 
vivir, mejor dicho á rabiar, en la villita ; otorgó 
testamento legando á tres hijos que tenía sus 
bienes y caudal, sin dejar al sobrino Don Pedro 
ni el reloj en memoria ; y habiéndosele subido 
la gota al corazón , entregó su alma á Dios de 
malísima gana ; con lo cual hallóse el último de 
los Moscosos dueño de sí por completo. 

Gracias á todas estas vicisitudes , socaliñas 
y pellizcos , la casa de Ulloa , á pesar de poseer 
dos ó tres decentes núcleos de renta, estaba 
enmarañada y desangrada : era lo que presu- 
mía Julián : una ruina. Dada la complicación 
de red, la subdivisión atomística que caracte- 
riza á la propiedad gallega , un poco de descui- 
do ó mala administr ación basta para minar los 
cimientos de la más importante hacienda terri- 
torial. La necesidad de pagar ciertos censos 
atrasados y sus intereses, había sido causa de 
quela casa se gravase con una hipoteca no muy 



46 LOS PAZOS DE ULLOA 



cuantiosa ; pero la hipoteca es como el cáncer: 
empieza atacando un punto del organismo, y 
acaba por inficionarlo todo. Con motivo de los 
susodichos censos, el señorito buscó asidua- 
mente las onzas del nuevo escondrijo de su ma- 
dre . tiempo perdido . ó la señora no había ate- 
sorado más desde el robo, ó lo había ocultado 
tan bien, que no diera con ello el mismo diablo. 

La vista de la tal hipoteca contristó á Julián, 
pues el buen clérigo empezaba á sentir la adhe- 
sión especial de los capellanes por las casas no- 
bles en que entran ; pero más le llenó de con- 
fusión encontrar, entre los papelotes, la docu- 
mentación relativa á un pleitéenlo de partijas, 
sostenido por Don Alberto Moscoso , padre de 
Don Pedro, con... el marqués de Ulloa! 

Porque ya es hora de decir que el marqués 
de Ulloa auténtico y legal, el que consta en la 
Guía de forasteros, sepaseaba tranquilamente 
en carretela por la Castellana durante el in- 
vierno de 1866 á 1867, mientras Julián extermi- 
naba correderas en el archivo de los Pazos. 
Bien ajeno estaría él de que el título de nobleza 
por cuya carta de sucesión había pagado reli- 
giosamente su impuesto de lanzas y medias 
anatas, lo disfrutaba gratis un pariente suyo, 
en un rincón de Galicia. Verdad que al legítimo 
marqués de Ulloa, que era Grande de España 
de primera clase, duque de algo, marqués tres 
veces y conde dos lo menos, nadie le conocía 
en Madrid sino por el ducado, por aquello de 
que baza mayor quita menor, aun cuando el 
título de Ulloa, radicado en el claro solar de 



POR E. PARDO BAZÁN 47 

Cabreira de Portugal, pudiese ganar en anti- 
güedad y estimación á los más eminentes. Al 
pasar á una rama colateral la hacienda de los 
Pazos de Ulloa, fué el marquesado adonde co- 
rrespondía por rigurosa agnación ; pero los al- 
deanos, que no entienden de agnaciones, he- 
chos á que los Pazos de Ulloa diesen nombre al 
título, siguieron llamando marqueses á los due- 
ños de la gran huronera. Los señores de los 
Pazos no protestaban * eran marqueses por de- 
recho consuetudinario : y cuando un labrador, 
en un camino hondo, se descubría respetuosa- 
mente ante Don Pedro , murmurando — Vaya 
usía muy dichoso, señor marques— Don Pedro 
sentía un cosquilleo grato en la epidermis de la 
vanidad, y contestaba con voz sonora '.—Feli- 
ces tardes. 



Del lamoso arreglo del archivo sacó Julián 
los pies fríos y la cabeza caliente : él bien 
quisiera despabilarse , aplicar prácticamente 
las nociones adquiridas acerca del estado de la 
casa, para empezar á ejercer con mteligencia 
sus funciones de administrador ; mas no acer- 
taba, no podía; su inexperiencia en cosas rura- 
les y jurídicas se traslucía á cada paso. Trata- 
ba de estudiar el mecanismo interior de los 



48 LOS PAZOS DE UIXOA 

Pazos : tomábase el trabajo de ir á los establos, 
á las cuadras, de enterarse de los cultivos, de 
visitar la granera, el horno, los hórreos, las 
eras, las bodegas, los alpendres, cada depen- 
dencia y cada rincón ; de preguntar para qué 
servía esto y aquello y lo de más allá , y cuánto 
costaba y á cómo se vendía ; labor inútil, pues 
olfateando por todas partes abusos y desórde- 
nes, no conseguía nunca, por su carencia de 
malicia y gramática parda, poner el dedo sobre 
ellos y remediarlos. El señorito no le acompa- 
ñaba en semejantes excursiones : harto tenía 
que hacer con íerias , caza y visitas á gentes 
de Cebre ó del señorío montañés : de suerte que 
el guía de Julián era Primitivo. Guía pesimista 
si los hay. Cada reforma que Julián quería 
plantear , la calificaba de imposible , encogién- 
dose de hombros : cada superfluidad que inten- 
taba suprimir, la declaraba el cazador indispen- 
sable al buen servicio de la casa. Ante el celo 
de Julián surgían montones de dificultades me- 
nudas , impidiéndole realizar ninguna modifica- 
ción útil. Y lo más alarmante era observar la 
encubierta, pero real, omnipotencia de Primiti- 
vo. Mozos, colonos, jornaleros, y hasta el ga- 
nado en los establos, parecía estarle supeditado 
y propicio : el respeto adulador con que trata- 
ban al señorito, el saludo, mitad desdeñoso y 
mitad indiferente, que dirigían al capellán, se 
convertían en sumisión absoluta hacia Primiti- 
vo, no manifestada por fórmulas exteriores, sino 
por el acatamiento instantáneo de su voluntad, 
indicada á veces con sólo el mirar directo y frío 



POR E. PARDO BAZAN 49 

de sus ojuelos sin pestañas. Y Julián se sentía 
humillado en presencia de un hombre que man- 
daba allí como indiscutible autócrata, desde su 
ambiguo pur^to de criado con ribetes de mayor- 
domo. Sentía pesar sobre su alma la ojeada es- 
crutadora de Primitivo que avizoraba sus me- 
nores actos , y estudiaba surostro, sindudapara 
avena uar el lado vulnerable de aquel presbíte- 
ro sobrio, desinteresado, que apartaba los ojos 
de las jornaleras garridas. Tal vez la filosofía 
de Primitivo era que no hay hombre sin vicio, 
y no había de ser Julián la excepción. 

Corría entre tanto el invierno, y el capellán 
se habituaba á la vida campestre. El aire vivo 
y puro le abría el apetito : no sentía ya las efu- 
siones de devoción que al principio, y sí una 
especie de caridad humana que le llevaba á 
interesarse en lo que veía á su alrededor, espe- 
cialmente los niños y los irracionales , con quie- 
nes desahogaba su instintiva ternura. Aumen- 
tábase su compasión hacia Perucho , el rapaz 
embriagado por su propio abuelo ; le dolía ver- 
le revolcarse constantemente en el lodo del pa- 
tio, pasarse el día hundido en el estiércol de las 
cuadras , jugando con los becerros , mamando 
del pezón de las vacas leche caliente ó dur- 
miendo en el pesebre, entre la hierba destinada 
al pienso de la borrica ; y determinó consagrar 
algunas horas de las largas noches de invierno 
á enseñar al chiquillo el abecedario, la doctrina 
y los números. Para realizarlo se acomodaba 
en la vasta mesa, no lejos del fuego del hogar, 
cebado por Sabel con gruesos troncos ; y co- 

4 



50 LOS PAZOS DE UIXOA 



giendo al niño en sus rodillas , á la luz del tri- 
ple mechero del velón, le iba guiando paciente- 
mente el dedo sobre el silabario , repitiendo la 
monótona salmodia por donde empieza el saber: 
be-a bá, be-e bé, be-i bi... El chico se deshacía 
en bostezos enormes, en muecas risibles, en 
momos dé llanto, en chillidos de estornino pre- 
so ; se acorazaba, se defendía contraía ciencia 
de todas las maneras imaginables, pateando, 
gruñendo, escondiendo la cara, escurriéndose, 
al menor descuido del profesor, para ocultarse 
en cualquier rincón ó volverse al tibio abrigo 
del establo. 

En aquel tiempo frío , la cocina se convertía 
en tertulia , casi exclusivamente compuesta de 
mujeres. Descalzas y pisando de lado, como re- 
celosas , iban entrando algunas , con la cabeza 
resguardada por una especie de mandilón de 
picote : muchas gemían de gusto al acercarse á 
la deleitable llama : otras , tomando de la cin- 
tura el huso y el copo de lino, hilaban después 
de haberse calentado las manos , ó sacando del 
bolsillo castañas las ponían á asar entre el res- 
coldo ; y todas , empezando por cuchichear ba- 
jito, acababan por charlotear como urracas. Era 
Sabel la reina de aquella pequeña corte : sofo- 
cada por la llama, con los brazos arremanga- 
dos, los ojos húmedos, recibía el incienso de 
las adulaciones , hundía el cucharón de hierro 
en el pote, llenaba cuencos de caldo, y al punto 
una mujer desaparecía del círculo, refugiábase 
en la esquina ó en un banco, donde se la oía 
mascar ansiosamente, soplar el hir viente bodrio 



POR E. PARDO BAZÁN * 51 



y lengüetear contra la cuchara. Noches haofa 
en que no se daba la moza punto de reposo en 
•colmar tazas , ni las mujeres en entrar, comer 
y marcharse para dejar á otras el sitio : allí des- 
filaba, sin duda, como en mesón barato, la pa- 
rroquia entera. Al salir cogían aparte á Sabel: 
y si el capellán no estuviese tan distraído con 
su rebelde alumno, vería algún trozo de tocino, 
pan ó lacón, rápidamente escondido en un jus- 
tillo, ó algún chorizo cortado con prontitud de 
las ristras pendientes en la chimenea, que no 
menos velozmente pasaba á las faltriqueras. La 
última tertuliana que se quedaba, la que secre- 
teaba más tiempo y más íntimamente con Sa- 
bel, érala vieja de las greñas de estopa, en- 
trevista por Julián la noche de su llegada á los 
Pazos. Era imponente la fealdad de la bruja: 
teníalas cejas canas, y de perfil le sobresa- 
lían, como también las cerdas de un lunar ; el 
fuego hacía resaltar la blancura del pelo, el co- 
lor atezado del rostro, y el enorme bocio ó pa- 
pera que deformaba su garganta del modo más 
repulsivo. Mientras hablaba con la frescachona 
Sabel, la fantasía de un artista podía evocar 
los cuadros de tentaciones de San Antonio , en 
que aparecen juntas una asquerosa hechicera 
y una mujer hermosa y sensual, con pezuña de 
■cabra. 

Sin explicarse el por qué, empezó á desagra- 
dar á Julián la tertulia y las familiaridades de 
Sabel, que se le arrimaba continuamente, á 
pretexto de buscar en el cajón de la mesa un 
cuchillo, una taza, cualquier objeto indispensa- 



52 LOS PAZOS DE ULLOA 

ble. Cuando la aldeana fijaba en él sus ojos azu- 
les , anegados en caliente humedad , el capellán 
experimentaba malestar violento, comparable 
sólo al que le causaban los de Primitivo, que á 
menudo sorprendía clavados á hurtadillas en 
su rostro. Ignorando en qué fundar bus recelos, 
creía Julián que meditaban alguna asechanza. 
Era Primitivo, salvo tal cual momentáneo acce- 
so de brusca y selvática alegría, hombí e nci- 
turno, á cuya faz de bronce asomaban rara vez 
los sentimientos ; y con todo eso, Julián se |uz- 
gaba blanco de hostilidad encubierta por parte 
del cazador; en rigor, ni hostilidad podía lla- 
marse ; más bien tenía algo de observación y 
acecho, la espera tranquila de una res , á quien, 
sin odiarla, se desea cazar cuanto antes. Seme- 
jante actitud no podía definirse, m expresarse 
apenas. Julián se refugió en su cuarto, adonde 
hizo subir, medio arrastra, al niño, para la lec- 
ción acostumbrada. Así como así, el invierno 
había pasado, y el calor de la lar eirá no era 
apetecible ya. 

En su habitación pudo el capellán notar, me- 
jor que en la cocina, la escandalosa suciedad 
del angelote. Media pulgada de roña le cubría 
la piel • y en cuanto al cabello, dormían en él 
capas geológicas, estratificaciones en que en- 
traba tierra, guijarros menudos , toda suerte de 
cuerpos extraños. Julián cogió á viva fuerza al 
niño, lo arrastró hacia el aguamanil , que ya te- 
nía bien abastecido de jarras, toallas y jabón. 
Empezó á í rotar. ¡María Santísima, y qué pri- 
mer agua la que salió de aquella empecatada. 



POR E. PARDO BAZÁN 53 



«carita! Lejía pura, de la más turbia y espesa. 
Para el pelo fué preciso emplear aceite, poma- 
da , agua á chorros , un batidor de gruesas púas 
•que desbrozase la virgen selva. Al paso que 
adelantaba la faena, iban saliendo á luz las be- 
llísimas facciones, dignas del cincel antiguo, 
coloreadas con la pátina del sol y del aire ; y los 
bucles , libres de estorbos , se colocaban artís- 
ticamente como en una testa de Cupido, y des- 
cubrían su matiz castaño dorado, que acababa 
de entonar la figura. ¡Era pasmoso lo bonito 
que había hecho Dios á aquel muñeco ! 

Todos los días , que gritase ó que se resigna- 
se el chiquillo, Julián lo lavaba así antes de la 
lección. Por el respeto que profesaba á la 
■carne humana , no se atrevía á bañarle el cuer- 
po, medida bien necesaria en verdad. Pero con 
los lavatorios y el carácter bondadoso de Ju- 
lián, el diablillo iba tomándose demasiadas con- 
fianzas , y no dejaba cosa á vida en el cuarto. Su 
desaplicación , mayor á cada instante, desespe- 
raba al pobre presbítero : la tinta le servía á 
Perucho para meter en ella la mano toda y plan- 
tarla después sobre el silabario : la pluma , para 
arrancarle las barbas y romperle el pico cazan- 
do moscas en los vidrios ; el papel , para ras- 
garlo en tiritas ó hacer con él cucuruchos ; las 
arenillas , para volcarlas sobre la mesa y figu- 
rar con ellas montes y collados , donde se com- 
placía en producir cataclismos hundiendo el 
dedo de golpe. Además, revolvía la cómoda de 
Julián, deshacía la cama brincando encima, y 
un día Hegó al extremo de prender luego á las 



54 LOS PAZOS DE ULLOA 

botas de su profesor, llenándolas de fósforos 
encendidos. 

Bien aguantaría Julián estas diabluras con la 
esperanza de sacar algo en limpio de semejante 
hereje ; pero se complicaron con otra cosa bas- 
tante más desagradable : las idas y venidas fre- 
cuentes de Sabel por su habitación. Siempre en- 
contraba la moza algún pretexto para subir: 
que se le había olvidado recoger el servicio del 
chocolate ; que se le había esquecido mudar la 
toalla. Y se endiosaba , y tardaba un buen rato 
en bajar, entreteniéndose en arreglar cosas que 
no estaban revueltas , ó poniéndose de pechos 
en la ventana , muy risueña y campechanota^ 
alardeando de una confianza que Julián, cada día 
más reservado, no autorizaba en modo alguno. 

Una mañana entró Sabel á la hora de cos- 
tumbre con las jarras de agua para las ablucio- 
nes del presbítero, que, al recibirlas, no pudo 
menos de reparar, en una rápida ojeada, cómo 
la moza venía en justillo y enaguas , con la ca- 
misa entreabierta, el pelo destienzado y des- 
calzos un pié y pierna blanquísimos, paes Sa- 
bel, que se calzaba siempre y no hacía más que 
la labor de cocina, y esa con mucha ayuda de 
criadas de campo y comadres , no tenía la piel 
curtida ni deformados los miembros Julián re- 
trocedió, y la jarra tembló en su mano, vertién- 
dose un chorro de agua por el piso. 

—Cúbrase V. , mujer — murmuró cotí voz so- 
focada por la vergüenza.— No me traiga nunca 
el agua cuando esté así... Ese no es modo de 
presentarse á la gente. 



POR E. PARDO BAZÁN 55 

—Me estaba peinando y pensé que me llama- 
ba...— respondió ella sin alterarse, sin cruzar 
siquiera las palmas sobre el escote. 

—Aunque la llamase, no era regular venir en 
ese traje... Otra vez que se esté peinando, que 
me suba el agua Cristobo... ó la chica del ga- 
nado... ó cualquiera... 

Y al pronunciar estas palabras , volvíase de 
espaldas para no ver más á Sabel , que se reti- 
raba lentamente. 

Desde aquel punto y hora, Julián se desvió de 
la muchacha como de un animal dañino é impú- 
dico ; no obstante , aún le parecía poco carita- 
tivo atribuir á malos fines su desaliño indeco- 
roso , prefiriendo achacarlo á ignorancia y ru- 
deza. Pero ella se había propuesto demostrar lo 
contrario. Poco tiempo iba transcurrido desde 
la severa reprimenda , cuando una tarde , mien- 
tras Julián leía tranquilamente la Guía de Pe- 
cadores, sintió entrar á Sabel, y notó, sin le- 
vantar la cabeza, que algo arreglaba en el 
cuarto. De pronto oyó un golpe, como caída de 
persona contra algún mueble , y vio á la moza 
recostada en la cama, despidiendo lastimeros 
ayes y hondos suspiros. Se quejaba de una 
aflición, una cosa repentina, y Julián, turba- 
do , pero compadecido , acudió á empapar una 
toalla para humedecerle las sienes , y á fin de 
ejecutarlo se acercó á la acongojada enferma. 
Apenas se inclinó hacía ella, pudo — á pesar de 
su poca experiencia y ninguna malicia -con- 
vencerse de que el supuesto ataque no era sino 
bellaquería grandísima y sin vergüenza califi- 



56 LOS PAZOS DE UIXOA 

cada. Una ola de sangre encendió á Julián has- 
ta el cogote : sintió la cólera repentina, ciega, 
que rarísima vez fustigaba su linfa, y señalan- 
do á la puerta, exclamó : 

—Se me va V. de aquí ahora mismo, ó la 
echo á empellones..., ¿entiende V.? No me 
vuelve V. á cruzar esa puerta... Todo, todo lo 
que necesite me lo traerá Cristobo... ¡ Largo 
inmediatamente ! 

Retiróse la moza cabizbaja y mohína , como 
quien acaba de sufrir pesado chasco. Julián, 
por su parte, quedó tembloroso, agitado, des- 
contento de sí mismo , cual suelen los pacíficos 
cuando ceden á un arrebato de ira : hasta sen- 
tía dolor físico , en el epigastrio. A no dudarlo, 
se había excedido ; debió dirigir a aquella mu- 
jer una exhortación fervorosa, y no de pala- 
bras de menosprecio. Su obligación de sacerdo- 
te era enseñar, corregir, perdonar, no pisotear 
á la gente como á los bichos del archivo. Al 
cabo, Sabel tenía un alma, redimida por lasan, 
gre de Cristo , igual que otra cualquiera. Pero 
l quién reflexiona ? ¿ quién se modera ante tal 
descaro ? Hay un movimiento que llaman los 
escolásticos primo primis : fatal é inevitable- 
Así se consolaba el capellán.— De todos modos, 
era triste cosa tener que vivir con aquella-mala 
hembra, no más púdica que las vacas. ¿ Cómo 
podía haber mujeres así? Julián recordaba á su 
madre, tan modosa, siempre con los ojos bajos y 
la voz almibarada y suave, con su casabe abro- 
chado hasta la nuez , sobi e el cual , para mayor 
recato, caía liso, sin arrugas, un pañuelito de 



POR E. PARDO BAZÁN 57 

seda negra. ¡ Qué mujeres ! ¡ Qué mujeres se 
encuentran por el mundo ! 

Desde el funesto lance , tuvo Julián que ba- 
rrerse el cuarto y subirse el agua, porque ni 
Cnstobo m las criadas hicieron caso de sus ór- 
denes, y á Sabel no quería verla ni en pin- 
tura. Lo que más extrañeza y susto le cau- 
só fué observar que Primitivo, después del 
suceso, no se recataba ya para mirarle con fije- 
za terrible , midiéndole con una ojeada que 
equivalía á una declaración de guerra. Julián 
no podía dudar que estorbaba en los Pazos : 
¿ por qué ? A veces meditaba en ello, interrum- 
piendo la lectura de Fray Luis de Granada y de 
los seis libros de San Juan Crisóstomo sobre el 
sacerdocio ; pero al poco rato, descorazonado 
por tanta mezquina contrariedad, desesperan- 
de ser útil jamás á la casa de Ulloa, se enfras- 
caba nuevamente en las páginas místicas. 



VI 



De los párrocos de las inmediaciones con nin- 
guno había hecho Julián tan buenas migas 
como con D. Eugenio, el de Naya. Ll abad de 
Ulloa, al cual veía con más frecuencia, no le 
era simpático, por su desmedida afición al jarro 
y á la escopeta ; y al abad de Ulloa, en cambio, 
le exasperaba Julián, á quien solía apodar ma- 



58 LOS PAZOS DE ULLOA 



riquitaSj porque para el abad de Ulloa, la últi- 
ma de las degradaciones en que podía caer un 
hombre era beber agua, lavarse con jabón de 
olor y cortarse las uñas : tratándose de un 
sacerdote, el abad ponía estos delitos en paran- 
gón con la simonía.— Afeminaciones, afemina- 
ciones—gruñía entre dientes, convencidísimo 
de que la virtud en el sacerdote, para ser de 
ley, ha de presentarse bronca, montuna y ce- 
rril , aparte de que un clérigo no pierde , ípso 
Jacto , los fueros de hombre, y el hombre debe 
oler á bravio desde una legua. Con los demás 
curas de las parroquias cercanas tampoco fri- 
saba mucho Julián; así es que, convidado alas 
funciones de iglesia, acostumbraba á retirarse 
tan pronto como se acababan las ceremonias, 
sin aceptar jamás la. comida, que era su com- 
plemento indispensable. Pero cuando D. Euge- 
nio le invitó con alegre cordialidad á pasar en 
Naya el día del patrón, aceptó de buen grado, 
comprometiéndose á no faltarle. 

Según lo convenido, subió á Naya la víspera, 
rehusando la montura que le ofrecía D. Pedro. 
¡ Para legua y media escasa ! ¡ Y con una tarde 
hermosísima ! Apoyándose en un palo , dando 
tiempo á que anocheciese , deteniéndose á cada 
rato para recrearse mirando el paisaje, no tar- 
dó mucho en llegar al cerro que domina el ca- 
serío de Naya , tan oportunamente , que vino á 
caer en medio del baile que, al son de la gaita, 
bombo y tamboril, á la luz de los fachones de 
paja de centeno, encendidos y agitados alegre- 
mente, preludiaba á los regocijos patronales. 



POR E. PARDO BAZÁN 59 

Poco tardaron los bailarines en bajar hacia la 
rectoral, cantando y atruxando como locos, y 
con ellos descendió Julián. 

El cura esperaba en la portalada misma : re- 
cogidas las mangas de su chaqueta , levantaba 
en alto un jarro de vino, y la criada sostenía la 
bandeja con vasos. Detúvose el grupo ; el gai- 
tero , vestido de pana azul , en actitud de can- 
sancio, dejando desinflarse la gaita, cuyo pun- 
teiro caía sobre los rojos flecos del roncón, se 
limpiaba la frente sudorosa con un pañuelo de 
seda, y los reflejos de la paja ardiendo y de las 
luces que alumbraban la casa del cura permi- 
tían distinguir su cara guapota , de correctas 
facciones, realzada por arrogantes patillas cas- 
tañas. Cuando le sirvieron el vino, el rústica 
artista dijo cortésmente : — ¡ A la salud del se- 
ñor abade y la compaña!— Y después de echár- 
selo al coleto , aún murmuró con mucha políti- 
ca, pasándose el revés de la mano por la boca: 
—De hoy en veinte años, señor abade.— Las 
libaciones consecutivas no fueron acompaña- 
das de más fórmulas de atención. 

Disfrutaba el párroco de Naya de una recto- 
ral espaciosa, alborozada á la sazón con los 
preparativos de la fiesta, y asistía impávido á 
los preliminares del saco y ruina de su despen- 
sa, bodega, leñera y huerto. Era D. Eugenio 
joven y alegre como unas pascuas, y su condi- 
ción, más que de padre de almas, de pihuelo 
revoltoso y ladino ; pero bajo la corteza infan- 
til se escondía singular don de gentes-y cono- 
cimiento de la vida práctica. Sociable y tole- 



60 LOS PAZOS DE ULLOA 



rante, había logrado no tener un solo enemigo 
entre sus compañeros. Le conceptuaban un ra 
paz inofensivo. 

Tras el pocilio de aromoso chocolate, dio á 
Julián la mejor cama y habitación que poseía, 
y le despertó cuando la gaita floreaba la albo- 
rada, rayando ésta apenas en los cielos. Fue- 
ron juntos los dos clérigos á revisar el decora- 
do de los altares , compuestos ya para la misa 
solemne. Julián pasaba la revista con especial 
devoción, puesto que el patrón de Naya era el 
suyo mismo, el bienaventurado San Julián, 
que allí estaba en el altar mayor con su carita 
inocentona, su extática sonrisilla, su chupa y 
calzón corto, su paloma blanca en la diestra, y 
la siniestra delicadamente apoyada en la cho 7 
rrera de la camisola. La imagen modesta, la 
iglesia desmantelada y sin más adorno que al- 
gún rizado cirio y humildes flores aldeanas 
puestas en toscos cacharros de loza, todo exci- 
taoa en Julián tierna piedad, la efusión que le 
hacía tanto provecho, ablandándole y desentu- 
meciéndole el espíritu. Iban llegando ya los cu- 
ras de las inmediaciones, y en el atrio, tapiza- 
do de hierba , se oía al gaitero templar prolija- 
mente el instrumento, mientras en la iglesia el 
hinojo, esparcido por las losas y pisado por los 
que iban entrando, despedía olor campestre y 
fresquísimo La procesión se organizaba ; San 
Julián había descendido del altar mayor ; la 
cruz y los estandartes oscilaban sobre el remo- 
lino de geni es amontonadas ya en la estrecha 
nave, y los mozos, vestidos de fiesta, con su 



POR E. PARDO BAZÁN 61 



pañuelo de seda en la cabeza en forma de bu- 
relete, se ofrecían á llevar las insignias sacras. 
Después de dar dos vueltas por el atrio y de 
detenerse breves instantes frente al crucero, 
el santo volvió á entrar en la iglesia, y fué pu- 
jado, con sus andas, á una mesilla al lado del 
altar mayor, muy engalanada y cubierta con 
antigua colcha de damasco carmesí. La misa 
empezó, regocijada y rústica, en armonía con 
los demás festejos. Más de una docena de cu- 
ras la cantaban á voz en cuello , y el desvenci- 
jado incensario iba y venía, con retintín de 
cadenillas |viejas, soltando un humo espeso y 
aromático, entre cuya envoltura algodonosa 
parecía suavizarse el desentono del introito, 
la aspereza de las broncas laringes eclesiásti- 
cas. El gaitero , prodigando todos sus recursos 
artísticos, acompañaba con el punteiro des- 
mangado de la gaita y haciendo oficios de cla- 
rinete. Cuando tenia que sonar entera la or- 
questa, mangaba otra vez el punteiro en el 
jol ; así podía acompañar la elevación de la 
hostia con una solemne marcha real, y el post- 
communio con una muiñeira de las más recien- 
tes y brincadoras, que, ya terminada la misa, 
repetía en el vestíbulo, donde tandas de mozos 
y mozas se desquitaban, bailando á su sabor, de 
la compostura guardada por espacio de una 
hora en la iglesia. Y el baile en el atrio lleno 
de luz ; el templo sembrado de hojas de hinojo 
y espadaña que magullaron los pisotones : 
alumbrado, más que por los cirios , por el sol 
que puerta y ventanas dejaban entrar á torren- 



62 LOS PAZOS DE ULLOA 



tes; los curas jadeantes, pero satisfechos y 
habladores ; el santo tan currutaco y lindo, 
muy risueño en sus andas , con una pierna casi 
en el aire para empezar un minueto, y la can- 
dida palomita pronta á abrir las alas , todo era 
alegre, terrenal, nada inspiraba la augusta 
melancolía que suele imperar en. las ceremo- 
nias religiosas. Julián se sentía tan muchacho 
y contento como el santo bendito , y salía ya á 
gozar el aire libre, acompañado de D. Euge- 
nio, cuando en el corro de los bailadores dis- 
tinguió á Sabel, lujosamente vestida de domin- 
go, girando, con las demás mozas, al compás 
de la gaita. Esta vista le aguó un tanto la 
fiesta. 

Era á semejante hora la rectoral de Naya un 
infierno culinario, si es que los hay. Allflse 
reunían una tía y dos primas de D. Eugenio — 
á quienes por ser muchachas y frescas no que- 
ría el párroco tener consigo á diario en la rec- 
toral ; — el ama, viejecilla llorona, estorbosa é 
inútil , que andaba dando vueltas como un pa- 
lomino atontado, y otia ama bien distinta, de 
rompe y rasga, la del cura de Cebre, que en 
sus mocedades había servido á un canónigo 
compostelano, y era célebre en el país por su 
destreza en batir mantequillas y asar capones. 
Esta fornida guisandera, un tanto bigotuda, 
alta de pecho y de ademán brioso, había vuelto 
la casa de arriba abajo en pocas horas, ba- 
rriéndola desde la víspera á grandes y furi- 
bundos escobazos, retirando al desván los tras- 
tos viejos, empezando á poner en marcha el 



POR E. PARDO BAZÁN 63 

formidable ejército de guisos , echando á remo- 
jo los lacones y garbanzos, y revistando, con 
rápida ojeada de general en jefe, la hidrópica 
despensa, atestada de dádivas de feligreses: 
cabritos, pollos, anguilas, truchas, pichones, 
ollas de vino, manteca y miel , perdices , liebres 
y conejos, chorizos y morcillas. Conocido ya 
el estado de las provisiones , ordenó las manio- 
bras del ejército : las viejas se dedicaron á 
desplumar aves, las mozas á fregar y dejar 
como el oro peroles , cazos y sartenes , y un 
par de mozancones de la aldea, uno de ellos 
idiota de oficio, á desollar reses y limpiar pie- 
zas de caza. 

Si se encontrase allí algún maestro de la es- 
cuela pictórica flamenca, délos que han derra- 
mado la poesía del arte sobre la prosa de la 
vida doméstica y material , ¡ con cuánto placer 
vería el espectáculo de la gran cocina, la her- 
mosa actividad del fuego de leña que acaricia- 
ba la panza reluciente de los peroles , los grue- 
sos brazos del ama confundidos con la carne 
no menos rolliza y sanguínea del asado que 
aderezaba , las rojas mejillas de las muchachas 
entretenidas en retozar con el idiota , como nin- 
fas con un sátiro atado, arrojándole entre el 
cuero y la camisa puñados de arroz y cucuru- 
chos de pimiento ! Y momentos después , cuan- 
do el gaitero y los demás músicos vinieron á 
reclamar su parva ó desayuno, el guiso de in- 
testinos de castrón, hígado y bofes, llamado en 
el país mataburrillo, ¡ cuan digna de su pincel 
encontraría la escena de rozagante apetito, de 



64 LOS PAZOS DE ULLOA 

expansión del estómago , de carrillos hinchados 
y tragos de mosto despabilados al vuelo, que 
allí se representó entre bromas y risotadas! 

¿Y qué valía todo ello en comparación del fes- 
tín homérico preparado en la sala de la recto- 
ral? Media docena de tablas tendidas sobre otros 
tantos cestos , ayudaban á ensanchar la mesa 
cotidiana; por encima dos limpios manteles de 
lamanisco sostenían grandes jarros rebosando 
tinto añejo ; y haciéndoles frente, en una esqui- 
na del aposento, esperaban turno ventrudas 
ollas henchidas del mismo líquido. La vajilla 
era mezclada, y entre el estaño y barro vidria- 
do descollaba algún talavera legítimo, capaz 
de volver loco á un coleccionista de los mu- 
chos que ahora se consagran á la arcana cien- 
cia de los pucheros. Ante la mesa y sus apén- 
dices , no sin mil cumplimientos y ceremonias, 
fueron tomando asiento los padres curas , por- 
fiando bastante para ceder los asientos de pre- 
ferencia, que al cabo tocaron ai obeso Arci- 
preste de Loiro— la persona más respetable en 
años y dignidad de todo el clero circunvecino, 
que no había asistido á la ceremonia por no- 
ahogarse con las apreturas del gentío en la 
misa,— y á Julián, en quien D. Eugenio honra- 
ba á la ilustre casa de Ulloa. 

Sentóse Julián avergonzado, y su confusión 
subió de punto durante la comida. Por ser nue- 
vo en el país y haber rehusado siempre que- 
darse á comer en las fiestas , era blanco de to- 
das las miradas. Y la mesa estaba imponente. 
La rodeaban unos quince curas y sobre ocho 



POR E. PARDO BAZÁN 65 

seglares , entre ellos el médico , notario y juez 
de Cebre, el señorito de Limioso, el sobrino del 
cura deBoán, y el famosísimo cacique conocido 
por el apodo de Barbacana, que, apoyándose 
en el partido moderado á la sazón en el poder, 
imperaba en el distrito y llevaba casi anulada 
la influencia de su rival el cacique Trampeta, 
protegido por los unionistas y mal visto por el 
clero. En suma, allí se juntaba lo más granado 
de la comarca, faltando sólo el marqués de 
Ulloa , que vendría de fijo á los postres. La mo- 
numental sopa de pan rehogada en grasa, con 
chorizo, garbanzos y huevos cocidos cortados 
en ruedas, circulaba ya en gigantescos tarte- 
rones, y se comía en silencio, jugando bien las 
quijadas. De vez en cuando se atrevía algún 
cura á soltar frases de encomio á la habilidad 
de la guisandera; y el anfitrión, observando 
con disimulo* quiénes de los convidados anda- 
ban remisos en mascar, les instaba á que se 
animasen, afirmando que era preciso aprove- 
charse de la sopa y del cocido, pues apenas ha- 
bía otra cosa. Creyéndolo así Julián, y no pa- 
reciéndole cortés desairar á su huésped, cargó 
la mano en la sopa y el cocido. Grande fué su 
terror cuando empezó á desfilar interminable 
serie de platos— los veintiséis tradicionales en 
la comida del patrón de Naya, no la más abun- 
dante que se servía en el arciprestazgo , pues 
Loiro se le aventajaba mucho. 
o Para llegar al número prefijado, no había re- 
currido la guisandera á los artificios con que la 
cocina francesa disfraza los manjares, bautizan- 



66 LOS PAZOS DE ULLOA 



dolos con nombres nuevos ó adornándolos con 
arambeles y engañifas. No señor : en aquellas 
regiones vírgenes no se conocía, loado sea 
Dios, ninguna salsa ó pe^re de origen gaba- 
cho, y todo era neto, varonil y clásico como la 
olla. ¿Veintiséis platos ? Pronto se hace la lista: 
pollos asados , fritos , en pepitoria, estofados, 
con guisantes , con cebollas, con patatas y con 
huevos ; apliqúese el mismo sistema á la carne, 
al puerco, al pescado y al cabrito. Así , sin ca- 
lentarse los cascos , presenta cualquiera vein- 
tiséis variados manjares. 

¡ Y cómo se burlaría la guisandera si por arte 
de magia apareciese allí un cocinero francés 
empeñado en redactar un menú , en reducirse 
á cuatro ó seis principios , en alternar los fuer- 
tes con los ligeros y en conceder honroso puesto 
á la legumbre ! ¡ Legumbres á mí ! diría el ama 
del cura de Cebre, riéndose con toda su alma y 
todas sus caderas también. ¡ Legumbres el día 
del patrón! Son buenas para los cerdos. 

Ahito y mareado, Julián no tenía fuerzas sino 
para rechazar con la mano las fuentes que no 
cesaban de circular, pasándoselas los convida- 
dos unos á otros : á bien que ya le observaban 
menos , pues la conversación se calentaba. El 
médico de Cebre , atrabiliario , magro y dispu- 
tador ; el notario , coloradote y barbudo , osa- 
ban decir chistes , referir anécdotas ; el sobrino 
del cura de Boán, estudiante de Derecho, muy 
enamorado de condición, hablaba de mujeres, 
ponderaba la gracia de la señoritas de Molende 
y la lozanía de una panadera de Cebre, muy 



POR E. PARDO BAZÁN 67 

nombrada en el país ; los curas al pronto no to- 
maron parte, y como Julián bajase la vista, al- 
gunos comensales , después de observarle de 
reojo, se hicieron los desentendidos. Mas duró 
poco la reserva ; al ir vaciándose los jarros y 
•desocupándose las fuentes, nadie quiso estar ca- 
llado, y empezaron las bromas á echar chispas. 

Máximo Juncal, el médico, recién salido de 
las aulas compostelanas , soltó varias puntadas 
sobre política, y también malignas pullas refe- 
rentes al grave escándalo que á la sazón traía 
muy preocupados á los revolucionarios de pro- 
vincia Sor Patrocinio, sus manejos , su influen- 
cia en Palacio. Alborotáronse dos ó tres curas, 
y el cacique Barbacana, con suma gravedad, 
volviendo hacia Juncal su barba florida y luen- 
;ga, díjole desdeñosamente una verdad como 
un templo ■ que " muchos hablaban de lo que no 
entendían,,, á lo cual el médico replicó, ver- 
tiendo bilis por ojos y labios , " que pronto iba 
á llegar el día de la gran barredura, que luego 
se armaría el tiberio del siglo , y que los neos 
irían á contarlo á casa de su padre Judas Isca- 
riote,,. 

Afortunadamente profirió estos tremendos 
vaticinios á tiempo que la mayor parte de los 
párrocos se hallaban enzarzados en la discu- 
sión teológica, indispensable complemento de 
todo convite patronal Liados en ella, no pres- 
tó atención á lo que el médico decía ninguno de 
los que podían volvérselas al cuerpo ni el 
bronco abdd de U l loa, ni el belicoso de Boán, 
mi el Arcipreste, que, siendo más sordo que una 



68 LOS PAZOS DE ULLOA 

tapia, resolvía las discusiones políticas á gri- 
tos , alzando el índice de la mano derecha como 
para invocar la cólera del cielo. En aquel punto 
y hora, mientras corrían las fuentes de arroz 
con leche , canela y azúcar, y se agotaban las 
copas de tostado, llegaba á su período álgido 
la disputa, y se entreoían argumentos, propo- 
siciones, objeciones y silogismos. 

— Negó majorem... 

— Probo minorem... 

— ¡Eh... Boán!; que con mucho disimulóme 
estás echando abajo la gracia... 

—Compadre, cuidado... Si adelanta V, un po- 
quito más , nos vamos á encontrar con el libre 
albedrío perdido. 

— Cebre, mira que vas por mal camino : ¡mira, 
que te marchas con Pelagio ! 

—Yo á San Agustín me agarro, y no lo suelto. 

—Esa proposición puede admitirse simplici- 
ter, pero tomándola en otro sentido... no cuela. 

—Citaré autoridades , todas las que se me pi- 
dan : ¿á que no me citas tú ni media docena? 
A ver. 

—Es sentir común de la Iglesia desde los pri- 
meros Concilios. 

—¡Es punto opinable, quoniam! A mí no 
me vengas á asustar tú con Concilios ni Con- 
cillas. 

— ¿ Querrás saber más que Santo Tomás? 

—¿Y tú querrás ponerte contra el Doctor de 
la Gracia? 

—¡Nadie es capaz de rebatirme esto! Seño- 
res... la gracia... 



POR E. PARDO BAZÁN 69 

—¡Que nos despeñamos de vez! ¡Eso es he- 
rejía formal ; es pelagianismo puro ! 

—¿Qué entiendes tú, qué entiendes tú?... Lo 
que tú censures, que me lo claven... 

—Que diga el señor Arcipreste... Vamos á 
aventurar algo á que no me deja mal el señor 
Arcipreste, 

El Arcipreste era respetado más por su edad 
-que por su ciencia teológica ; y se sosegó un 
tanto e1 formidable barullo cuando se incorporó 
difícilmente, con ambas manos puestas tras los 
oídos , vertiendo sangre por la cara , á fin de 
dirimir, si cabía lograrlo, la contienda. Pero 
un incidente distrajo los ánimos : el señorito de 
Ulloa entraba seguido de dos perros perdigue- 
ros, cuyos cascabeles acompañaban su apari- 
ción con jubiloso repique. Venía, según su pro- 
mesa, á tomar una copa á los postres ; y la to- 
mó de pie, porque le aguardaba un bando de 
perdices allá en la montaña. 

Hízosele muy cortés recibimiento, y los que 
no pudieron agasajarle á él agasajaron á la 
Chula y al Turco, que iban apoyando la ca- 
beza en todas las rodillas, lamiendo aquí un 
plato y zampándose un bizcocho allá. El seño- 
rito de Limioso se levantó resuelto á acompa- 
sar al de Ulloa en la excursión cinegética, 
para lo cual tenía prevenido lo necesario, pues 
rara vez salía del Pazo de Limioso sin echar- 
se la escopeta al hombro y el morral á la cin- 
tura. 

Cuando partieron los dos hidalgos ya se ha- 
bía calmado la efervescencia de la discusión 



70 LOS PAZOS DE ULLOA 



sobre la gracia, y el médico, en voz baja, le 
recitaba al notario ciertos sonetos satírico-polí- 
ticos que entonces corrían bajo el nombre de- 
belenes. Celebrábalos el notauo, particular- 
mente cuando el medico recalcaba los versos 
esmaltados de alusiones verdes y picantes. La. 
mesa, en desorden, manchada de salsas, en- 
sangrentada de vino tinto, y el suelo lleno de 
huesos arrojados por lob comensales menos 
pulcros, indicaban la terminación del festín: 
Julián hubiera dado algo bueno por poderse- 
retirar , sentíase cansado , moi tincado por la 
repugnancia que le inspiraban las cosas exclu- 
sivamente materiales , pero no se atrevía á in- 
terrumpir la sobremesa, y menos ahora que se 
entregaban al deleite de encender alquil pitillo- 
y murmurar de las personas más señaladas en 
el país. Se trataba del señorito de Ulloa, de .su. 
habilidad para tumbar perdices, y sin que Ju- 
lián adivinase la causa, se pasó inmediatamen- 
te á hablar de Sabel, á quien todos habían visto 
por la mañana en el corro de baile , se encomió- 
su palmito, y al mismo tiempo se dirigieron á 
Julián señas y guiños , como si la conversación, 
se relacionase con él. El capellán bajaba la 
vista según costumbre, y fingía doblar la ser- 
villeta , mas de improviso , sintiendo uno de 
aquellos cnispazos de cólera repentina y mo- 
mentánea que no era dueño de refrenar, tosió,, 
miro en dr.r redor, y soltó unas cuantas aspere- 
zas y severidades que hicieron enmudecer á la 
asamblea L). tíugemo, al ver aguada la sobre- 
mesa, optó pur levantarse, proponiendo á Ju- 



POR E. PARDO BAZÁN 71 

lian que saliesen á tomar el fresco en la huerta : 
algunos clérigos se alzaron también, anun- 
ciando que iban á echar completas ; otros se 
escurrieron en compañía del médico , el nota- 
rio, el juez y Barbacana, á menear los naipes 
hasta la noche. 

Refugiáronse al huerto el cura de Naya y 
Julián, pasando por la cocina, donde la alga- 
zara de los criados, primas del cura, cocine- 
ras y músicos era formidable, y los jarros se 
evaporaban y la comilona amenazaba durar 
hasta el sol puesto. El huerto, en cambio, per- 
manecía en su tranquilo y poético sosiego pri- 
maveral, con una brisa fresquita que colum- 
piaba las últimas flores de los perales y cere- 
zos, y acariciaba el recio follaje de las higue- 
ras, á cuya sombra, en un ribazo de mullida 
grama, se tendieron ambos presbíteros, no sin 
que D. Eugenio , sacando un pañuelo de algo- 
dón á cuadros , se tapase con él la cabeza, para 
resguardarla de las importunidades de alguna 
mosca precoz. A Julián todavía le duraba el 
sofoco, la llamarada de indignación; pero ya le 
pesaba de su impaciencia, y resolvía ser más 
sufrido en lo venidero. Aunque bien mirado.. 

—¿Quiere escotar un sueño?— preguntó el de 
Naya al verle tan cabizbajo y mustio. 

—No ; lo que yo quería, Eugenio, era pedirle 
que me dispensase el enfado que tomé allá en 
la mesa... Conozco que soy á veces así... un 
poco vivo..., y luego hay conversaciones que 
me sacan de tino, sin poderlo remediar. V. pón- 
gase en mi caso. 



72 LOS PAZOS DE ULLOA 

—Pongo, pongo... Pero á mí me están em- 
bromando también á cada rato con las pri- 
mas... y hay que aguantar, que no lo hacen con 
mala intención : es por reirse un poco. 

—Hay bromas de bromas , y á mí me parecen 
delicadas para un sacerdote las que tocan á la 
honestidad y á la pureza. Si aguanta uno por 
respetos humanos esos dichos , acaso pensarán 
que ya tiene medio perdida la vergüenza para 
los hechos. Y ¿ qué sé yo si alguno, no digo de 
los sacerdotes, no quiero hacerles tal ofensa, 
pero délos seglares, creerá que en efecto...? 

El de Naya aprobó con la cabeza como quien 
reconoce la fuerza de una observación ; pero, 
al mismo tiempo , la sonrisa con que lucía la 
desigual dentadura era suave é irónica protes- 
ta contra tanta rigidez. 

—Hay que tomar el mundo según viene...— 
murmuró filosóficamente.— Ser bueno es lo que 
importa, porque ¿quién va á tapar las bocas de 
los demás ? Cada uno habla lo que le parece, y 
gasta las guasas que quiere... En teniendo la 
conciencia tranquila... 

—No, señor ; no, señor ; poco á poco— replicó 
acaloradamente Julián.— No sólo estamos obli- 
gados á ser buenos, sino á parecerlo; y aún es 
peor en un sacerdote, si me apuran, el ma, 
ejemplo y el escándalo, que el mismo pecado. 
V. bien lo sabe , Eugenio : lo sabe mejor que 
yo, porque tiene cura de almas. 

—También V. se apura ahí por una chanza , 
por una tontería, lo mismo que si ya todo el 
mundo le señalase con el dedo... Se necesita 



POR E. PARDO BAZÁN 73 



Tina vara de correa para vivir entre gentes... 
Á este paso, no le arriendo la ganancia, porque 
no va á sacar para disgustos. 

Caviloso y cejijunto, había cogido Julián un 
palito que andaba por el suelo, y se entretenía 
en clavarlo en la hierba. Levantó la cabeza de 
pronto. 

—Eugenio , ¿ es mi amigo ? 

— Siempre, hombre, siempre — contestó afa- 
ble y sinceramente el de Naya. 

—Pues séame franco. Hábleme como si es- 
tuviésemos en el confesonario. ¿Se dice por 
ahí... eso? 

—¿Lo qué? 

—¿Lo de que yo... tengo algo que ver... con 
esa muchacha ? ¿ Eh ? Porque puede V. creer- 
me, y se lo juraría si fuese lícito jurar ; bien 
sabe Dios que la tal mujer hasta me es aborre- 
cible, y que no le habré mirado á la cara media 
docena de veces desde que estoy en los Pazos. 

— No , pues á la cara se la puede mirar, que 
la tiene como una rosa... Ea, sosiégúese : á mí 
se me figuia que nadie piensa mal de V. con 
Sabel. El marqués no inventó la pólvora, es 
cierto que no, y la moza se distraerá con los de 
su clase cuanto quiera, dígalo el bailoteo en la 
gaita de hoy : pero no iba á tener la desver- 
güenza de pegársela en sus barbas, con el mis- 
mo capellán... Hombre, no hagamos tan estú- 
pido al marqués 

Julián se volvió, más bien arrodillado que 
sentado en la grama, con los ojos abiertos de 
par en par. 



74 LOS PAZOS DE ULLOA 

—Pero... el señorito..., ¿ qué tiene que ver el 
señorito...? 

El cura de Naya saltó á su vez , sin que nin- 
guna mosca le picase , y prorrumpió en juvenil 
carcajada. Julián, comprendiendo, preguntó 
nuevamente : 

—Luego el chiquillo..., el Perucho... 

Tornó D. Eugenio á reir, hasta el extremo de 
tener que limpiarse los lagrimales con el pa- 
ñuelo de cuadros. 

—No se ofenda...— murmuraba entre risa y 
llanto.— No se ofenda, porque me río así... Es 
que , de veras , no me puedo contener cuando 
me pega la risa ; un día hasta me puse malo.,» 
Esto es como las cosqui..., cosquillas... : invo- 
luntario... 

Aplacado el acceso de risa, añadió : 

—Es que yo siempre lo tuve á V. por un 
bienaventurado , como nuestro patrón San Ju- 
lián... ; pero esto pasa de castaño oscuro... ¡Vi- 
vir en los Pazos , y no saber lo que ocurre en 
ellos !¿Oes que quiere hacerse el bobo ? 

—A fe, no sospechaba nada, nada, nada. 
¿ V. piensa que iba á quedarme allí ni dos días, 
caso de averiguarlo antes ? ¿ Autorizar con mi 
presencia un amancebamiento? Pero... ¿V. 
está seguro de lo que dice ? 

—Hombre..., ¿tiene V. gana de cuentos? 
¿Es V. ciego? ¿No lo ha notado? Pues repá- 
relo. 

— ¡ Qué sé yo ! ¡ Cuando uno no está en la ma- 
licia ! Y el niño... , ¡ infeliz criatura ! El niño me 
da tanta compasión... Allí se cría como un mo- 



POR E. PARDO BAZAN /5 



rito... ¿ Se comprende que haya padres tan sin 
entrañas ? 

— ¡ Bah !... Esos m'jos así, nacidos por detrás 
de la iglesia... Luego, si uno oye á los de aquí 
y á los de allá... Cada cual dice lo que se le an- 
toja... La moza es alegre como unas castañue-- 
las ; todo el mundo en las romerías le debe dos 
cuartos ; uno la convida á rosquillas , el otro á 
resolto, éste la saca á bailar, aquél la empu- 
ja... Se cuentan mil enredos... ¿V. se ha fijado 
en el gaitero que tocó hoy en la misa ? 

— ¿ Un buen mozo con patillas r 

—Cabal. Le llaman el Gallo de mote. Pues, 
dicen si la acompaña ó no por los caminos... 
i Historias ! 

Por detrás de la tapia del huerto se oyó en- 
tonces vocerío alegre y argentinas carcajadas.. 

—Son las primas...— dijo D. Eugenio.— Van á 
la gaita, que está tocando en el crucero ahora. 
¿ Quiere V. venir un ratito ? A ver si se le pasa 
el disgusto... Ahí en casa unos rezan y otros, 
juegan... Yo no rezo nunca sobre la comida. 

—Vamos allá— contestó Julián, que se había, 
quedado ensimismado. 

—Nos sentaremos al pié del crucero. 



76 LOS PAZOS DE ULLOA 



vn 



Volvía Julián preocupado á la casa solarie- 
ga, acusándose de excesiva simplicidad, 
por no haber reparado cosas de tanto bulto Él 
era sencillo como la paloma ; sólo que en este 
picaro mundo también se necesita ser cauto 
como la serpiente... Ya no podía continuar en 
los Pazos... ¿ Cómo volvía á vivir á cuestas de 
su madre , sin más emolumentos que la misa ? 
¿Y cómo dejaba así de golpe al señorito D. Pe- 
dro, que le trataba tan llanamente ? ¿ Y la casa 
de Ulloa, que necesitaba un restaurador celoso 
y adicto ? Todo era verdad ; pero ¿y su deber 
de sacerdote católico ? 

Le acongojaban estos pensamientos al cruzar 
un maizal, en cuyo lindero manzanillas y ca- 
brif olios despedían grato aroma. Era la noche 
templada y benigna, y Julián apreciaba por 
primera vez la dulce paz del campo, aquel so 
siego que derrama en nuestro combatido espí 
Titu la madre naturaleza. Miró al cielo , alto y 
oscuro. 

—| Dios sobre todo .' — murmuró, suspirando 
al pensar que tendría que habitar un pueblo de 
calles angostas y encontrarse con gente á cada 
paso. 

Siguió andando, guiado por el ladrido lejano 



POR E. PARDO BAZÁN 77 



de los perros. Ya divisaba próxima la vasta 
mole de los Pazos. El postigo debía de estar 
abierto. Julián distaba de él unos cuantos pasos 
no más, cuando oyó dos ó tres gritos que le he- 
laron la sangre : clamores inarticulados como 
de alimaña herida , á los cuales se unía el des- 
consolado llanto de un niño. 

Engolfóse el capellán en las tenebrosas pro- 
fundidades de corredor y bodega, y llegó ve- 
lozmente á la cocina. En el umbral se quedó 
paralizado de asombro ante lo que iluminaba la 
luz fuliginosa del candilón. Sabel, tendida en el 
suelo, aullaba desesperadamente; D. Pedro, 
loco de furor, la brumaba á culatazos ; en una 
esquina Perucho, con los puños metidos en los 
ojos , sollozaba. Sin reparar lo que hacía , arro- 
jóse Julián hacia el grupo , llamando al mar- 
qués con grandes voces : 

— ¡Sr. D. Pedro... Sr. D. Pedro! 

Volvióse el señor délos Pazos, y se quedó in- 
móvil, con la escopeta empuñada por el cañón, 
jadeante, lívido de ira, los labios y las manos 
agitadas por temblor horrible ; y en vez de dis- 
culpar su frenesí ó de acudir á la víctima, bal- 
bució roncamente : 

—¡Perra... perra... condenada... á ver si nos 
das pronto de cenar, ó te deshago ! ¡ A levan- 
tarse... ó te levanto con la escopeta! 

Sabel se incorporaba, ayudada por el cape- 
llán, gimiendo y exhalando entrecortados ayes. 
Tenía aún el traje de fiesta, con el cual la viera 
Julián danzar pocas horas antes junto al cru- 
cero y en el atrio ; pero el mantelo de rieo paño 



78 LOS PAZOS DE ULLOA 

se encontraba manchado de tierra ; el dengue 
de grana se le caía de los hombros , y uno de 
sus lnrgos zarcillos de filigrana de plata, abo- 
llado por un culatazo, se le había clavado en la 
carne de la nuca, por donde escurrían algunas 
gotas de sangre. Cinco verdugones rojos en la 
mejilla de Sabel contaban bien á las claras cómo 
había sido derribada la intrépida bailadora. 

—¡La cena he dicho !— repitió brutalmente 
D. Pedro. 

Sin contestar, pero no sin gemir, dirigióse la 
muchacha hacia el rincón donde hipaba el niño, 
y le tomó en brazos, apretándole mucho. El 
angelote seguía llorando á moco y baba. D.Pe- 
dro se acercó entonces , y mudando de tono, 
preguntó : 

—¿Qué es eso? ¿Tiene algo Perucho? 

Púsole la mano en la frente y la sintió húme- 
da. Levantó la palma : era sangre. Desviando 
entonces los brazos , apretando los puños , soltó 
una blasfemia, que hubiera horrorizado más á 
Julián si no supiese , desde aquella tarde mis- 
ma, que acaso tenia ante sí á un padre que aca- 
baba de herir á su hijo. Y el padre resurgía, 
maldiciéndose á sí propio, apartando los rizos 
del chiquillo, mojando un pañuelo en agua, y 
atándolo con un cuidado indecible sobre la des- 
calabradura. 

—A ver cómo lo cuidas...— gritó dirigiéndose 
ú Sabel.— Y cómo haces la cena en un vuelo... 
q Yo te enseñaré, yo te enseñaré á pasarte las 
-horas en las romerías sacudiéndote, perra! 

Con los ojos fijos en el suelo, sin quejarse ya, 



POR E. PARDO BAZÁN 79 



Sabel permanecía parada , y su mano derecha 
tentaba suavemente su hombro izquierdo, en 
el cual debía tener alguna dolorosa contusión. 
En voz baja y lastimera, pero con suma ener- 
gía, pronunció sin mirar al señorito : 

—Busque quien le haga la cena... y quien 
esté aquí... Yo me voy, me voy, me voy, me 
voy... 

Y lo repetía obstinadamente, sin entonación, 
como el que, afirma una cosa natural é inevi- 
table. 

— i Qué dices , bribona ? 

—Que me voy, que me voy... A mi casita po- 
bre... ¡ Quién me trajo aquí ! ¡ Ay mi madre de 
mi alma ! 

Rompió la moza á llorar amarguísimamente, 
y el marqués, requiriendo su escopeta, rechi- 
nábalos dientes de cólera, dispuesto ya á hacer 
alguna barrabasada notable , cuando un nuevo 
personaje entró en escena. Era Primitivo, sali- 
do de un rincón oscuro ; diríase que estaba allí 
oculto hacía rato. Su aparición modificó instan- 
táneamente la actitud de Sabel, que tembló, 
calló y contuvo sus lágrimas. 

—¿Ño oyes lo que te dice el señorito?— pre- 
guntó sosegadamente el padre á la hija. 

— Oi-go, siii-seeñoor, oi-go...— tartamudeó la 
moza, comiéndose los sollozos. 

—Pues á hacer la cena en seguida. Voy á 
ver si volvieron ya las otras muchachas para 
que te ayuden. La Sabia está ahí fuera : te pue- 
de encender la lumbre. 

Sabel no replicó más. Remangóse la camisa 



80 LOS PAZOS DE ULLOA 

y bajó de la espetera una sartén. Como evocada 
por alguna de sus compañeras en hechicerías,. 
entró en la cocina entonces , pisando de lado r 
la vieja de las greñas blancas , la Sabia , que 
traía el enorme mandil atestado de leña. El 
marqués tenía aún la escopeta en la mano : co- 
giósela respetuosamente Primitivo, y la llevó- 
ai sitio de costumbre. Julián, renunciando á 
consolar al niño, creyó llegada la ocasión de 
dar un golpe diplomático. 

—Señor marqués... ¿quiere que tomemos un 
poco el aire? Está la noche muy buena... Nos 
pasearemos por el huerto... 

Y para sus adentros pensaba : 

—En el huerto le digo que me voy también... 
No se ha hecho para mí esta vida, ni esta casa. 

Salieron al huerto. Oíase el cuarrear de las 
ranas en el estanque, pero ni una hoja de los 
árboles se movía , tal estaba la noche de sere- 
na. El capellán cobró ánimos , pues la obscuridad 
alienta mucho á decir cosas difíciles. 

—Señor marqués , yo siento tener que adver- 
tirle... 

Volvióse el marqués bruscamente. 

—¡Ya sé... chist! No necesitamos gastar sali- 
va. Me ha pescado V. en uno de esos momen- 
tos en que el hombre no es dueño de sí... Dicen 
que no se debe pegar nunca á las mujeres. . . Fran- 
camente, D.Julián, según ellas sean... Hay mu- 
jeres de mujeres , ¡caramba!... y ciertas cosas 
acabarían con la paciencia del santo Job que 
resucitase ! Lo que siento es el golpe que le 
tocó al chiquillo. 



POR E. PARDO BAZÁN 81 



—Yo no me refería á eso...— murmuró Julián. 
—Pero si quiere que le hable con el corazón- en 
la mano, como es mi deber, creo no está bien 
maltratar así á nadie... Y por la tardanza de la 
cena, no merece... 

—¡La tardanza de la cena!— prorrumpió el 
señorito. — ¡La tardanza! A ningún cristiano 
le gusta pasarse el día en el monte comiendo 
frío y llegar á casa y no encontrar bocado ca- 
liente ; pero si esa mala hembra no tuviese otras 
mañas!... ¿No la ha visto V.? ¿No la ha vis- 
to V. todo el día , allá en Naya , bailoteando co- 
mo una descosida, sin vergüenza? ¿No la ha 
encontrado V. á la vuelta, bien acompañada? 
¡ Ah!... ¿V. cree que se vienen sólitas las mozas 
de su calaña? ¡Ja, ja! Yo la he visto, con estos 
ojos, y le aseguro á V. que si tengo algún pe- 
sar, es el de no haberle roto una pierna, para 
que no baile más por unos cuantos meses ! 

Guardó silencio el capellán, sin saber qué 
responder á la inesperada revelación de celos 
feroces. Al fin calculó que se le abría camino 
para soltar lo que tenía atravesado en la gar- 
ganta. 

—Señor marqués— murmuró— dispénseme la 
libertad que me tomo... Una persona de su cla- 
se no se debe rebajar á importársele por lo que 
haga ó no haga la criada... La gente es mali- 
ciosa, y pensará que V. trata con esa chica... 
Digo ¡pensará ! Ya lo piensa todo el mundo.,. 
Y el caso es que yo... vamos... no puedo per- 
manecer en una casa donde , según la voz pú- 
blica, vive un cristiano en concubinato... Nos 



82 LOS PAZOS DE ULLOA 

está prohibido severamente autorizar con nues- 
tra presencia el escándalo y hacernos cómpli- 
ces de él. Lo siento á par del alma, señor mar- 
qués ; puede creerme que hace tiempo no tuve 
un disgusto igual. 

El marqués se detuvo , con las manos sepul- 
tadas en los bolsillos. 

—Leria, leria...— murmuró,— Es preciso ha- 
cerse cargo de lo que es la juventud y la robus- 
tez... No rae predique un sermón, no me pida 
imposibles. ¡ Qué diantre ! El que más y el que 
menos es hombre como todos. 

—Yo soy un pecador— replicó Julián— sola- 
mente que veo claro en este asunto , y por los 
favores que debo á V., y el pan que le he comi- 
do, estoy obligado á decir la verdad. Señor 
marqués , con franqueza , ¿ no le pesa de vivir 
así encenagado ? ¡ Una cosa tan inferior á su 
categoría y á su nacimiento ! ¡ Una triste cria- 
da de cocina ! 

Siguieron andando, acercándose á la linde 
del bosque , donde concfuía el huerto. 

— i Una bribona desorejada, que es lo peor ! 
— exclamó el marqués , después de un rato de 
silencio. 

—Oiga V...— añadió, arrimándose aun casta- 
ño. —A esa mujer, á Primitivo, á la condenada 
bruja de la Sabia con sus hijas y nietas, á toda 
esa gavilla que hace de mi casa merienda de 
negros, á la aldea entera que los encubre, era 
preciso cogerlos así (y agarraba una rama del 
castaño triturándola en menudos fragmentos ) 
y deshacerlos. Me están saqueando, me comen 



POR E. PARDC BAZÁN 83 



vivo...; y cuando pienso en que esa tunanta me 
aborrece y se va de mejor gana con cualquier 
gañán de los que acuden descalzos á alquilarse 
para majar el centeno, ¡ tengo mientes de aplas- 
tarle los sesos como á una culebra ! 

Julián oía estupefacto aquellas miserias de 
la vida pecadora, y se admiraba de lo bien que 
teje el diablo sus redes. 

—Pero, señor...— balbució.— Si V. mismo lo 
•conoce y lo comprende... 

— ¿ Pues no lo he de comprender ? ¿ Soy es- 
túpido acaso, para no ver que esa desvergon- 
zada huye de mí, y cada día tengo que cazarla 
como á una liebre ? ¡ Sólo está contenta entre 
los demás labriegos, con la hechicera que le 
trae y lleva chismes y recados ȇ los mozos ! A 
mí me detesta. A la hora menos pensada me 
•envenenará. 

—Señor marqués ¡ yo me pasmo ! — argüyó 
•cd capellán eficazmente. — ¡ Que V. se apure 
por una cosa tan fácil de arreglar ! ¿ Tiene más 
que poner á semejante mujer en la calle ? 

Como ambos interlocutores se habían acos- 
tumbrado á la oscuridad, no sólo vio Julián 
que el marqués meneaba la cabeza, sino que 
torcía el gesto. 

—Bien se habla...— pronuncio sordamente.— 
Decir es una cosa y hacer es otra... Las difi- 
cultades se tocan en la práctica. Si echo á ese 
enemigo, no encuentro quien me guise ni quien 
venga á servirme. Su padre... ¿V. no lo cree- 
rá ? Su padre tiene amenazadas á todas las ino- 
ras, de que á la que entre aquí en marchando- 



84 LOS PAZOS DE ULLOA 



se su hija, le mete él una perdigonada en los- 
lomos... Y saben que es hombre para hacerlo 
como lo dice. Un día cogí yo á Sabel por un 
brazo y la puse en la puerta de la casa : la mis- 
ma noche se me despidieron las otras criadas, 
Primitivo se fingió enfermo , y estuve una se- 
mana comiendo en la rectoral y haciéndome la 
cama yo mismo... Y tuve que pedirle á Sabel, 
de favor, que volviese... Desengáñese V., pue- 
den más que nosotros. Esa comparsa que traen 
alrededor son paniaguados suyos , que les obe- 
decen ciegamente. ¿ Piensa V. que yo ahorro 
un ochavo aquí en este desierto ? ¡ Quiá ! Vive 
á mi cuenta toda la parroquia. Ellos se beben 
mi cosecha de vino, mantienen sus gallinas con 
mis frutos, mis montes y sotos les suministran 
leña, mis hórreos les surten de pan; la renta se 
cobra tarde, mal y arrastro ; yo sostengo siete 
ú ocho vacas, y la leche que bebo cabe en el 
hueco de la mano ; en mis establos hay un, re- 
baño de bueyes y terneros que jamás se uncen 
para labrar mis tierras ; se compran con mi di- 
nero, eso sí, pero luego se dan á parcería y no 
se me rinden cuentas jamás... 
— i Por qué no pone otro mayordomo ? , 

— ¡ Ay, ay, ay ! ¡ Como quien no dice nada !' 
Una de dos : ó sería hechura de Primitivo, y 
entonces estábamos en lo mismo, ó Primitivo 
le largaría un tiro en la barriga... Y si hemos 
de decir verdad, Primitivo no es mayordo- 
mo... Es peor que si lo fuese, porque manda 
en todos, incluso en mí ; pero yo no le he dado 
jamás semejante mayprdomía,... Aquí el ma- 



POR E. PARDO BAZÁN 85 

t 

, jordomo fué siempre el capellán... Ese Primi- 
tivo no sabrá casi leer ni escribir ; pero es más 
listo que una centella , y ya en vida del tío Ga- 
briel se echaba mano de él para todo... Mire 
.V., lo cierto es que el día que él se cruza de 
brazos , se encuentra uno colgadito... No hable- 
mos ya de la caza, que para eso no tiene igual; 
-á mí me faltarían los pies y las manos si me 
faltase Primitivo... Pero en los demás asuntos 
es igual... Su antecesor de V., el abad de Ulloa, 
no se vaiía sin él ; y V. , que también ha venido 
; en concepto de administrador, séame franco : 
■„l ha podido V. amañarse solo ? 

—La verdad es que no — declaró Julián hu- 
mildemente. — Pero con el tiempo... la prác- 
tica... 

— ¡ Bah , bah ! A V. no le obedecerá ni le hará 
•caso jamás ningún paisano, porque es V. un 
infeliz , es V. demasiado bonachón. Ellos nece- 
sitan gente que conozca sus máculas y les dé 
•ciento de ventaja en picardía. 

Por depresiva que fuese para el amor propio 
-del capellán la observación, hubo de reconocer 
su exactitud. No obstante , picado ya, se propu- 
so agotar los recursos del ingenio para conse- 
guir la victoria en lucha tan desigual. Y su ca- 
letre le sugirió la siguiente perogrullada : 

—Pero, señor marqués..., ¿por qué no sale 
un poco al pueblo? ¿No sería ese el mejor modo 
de desenredarse ? Me admiro de que un seño- 
rito como V. pueda aguantar todo el año aquí, 
sin moverse de estas montañas fieras... ¿ No se 
-iburre? 



86 LOS PAZOS DE ULLOA 



El marqués miraba al suelo, aun cuando en 
él no había cosa digna de verse. La idea del 
capellán no le cogía de sorpresa. 

—¡Salir de aquí ! — exclamó. —¿Y á dónde 
demontre se va uno ? Siquiera aquí , mal ó- 
bien, es uno el rey de la comarca... El tío Ga- 
briel me lo decía mil veces : las personas de- 
centes, en las poblaciones, no se distinguen de 
los zapateros... Un zapatero que se hace millo- 
nario metiendo y sacando la lesna , se sube en- 
cima de cualquier señor de los que lo somos 
de padres á hijos... Yo estoy muy acostumbra- 
do á pisar tierra mía y á andar entre árboles 
que corto si se me antoja. 

—¡Pero al fin, señorito, aquí le manda Pri- 
mitivo ! 

— ¡ Bah !... A Primitivo le puedo yo dar tres- 
docenas de puntapiés , si se me hinchan las na- 
rices, sin que el juez me venga á empapelar... 
No lo hago ; pero duermo tranquilo con la se- 
guridad de que lo haría si quisiese. ¿ Cree V. 
que Sabel irá á 'quejarse á la justicia de los cu- 
latazos de hoy ? 

Esta lógica de la barbarie confundía á Ju- 
lián. 

—Señor, yo no le digo que deje esto... Única- 
mente, q«ie salga una temporadita á ver cómo 
le prueba... Apartándose V. de aquí algún 
tiempo, no sería difícil que Sabel se casase con 
persona de su esfera , y que V. también encon- 
Uase una conveniencia arreglada á su calidad, 
una esposa legítima. Cualquiera tiene un des- 
liz, Ja carne es flaca ; por eso no es bueno para 



POR E. PARDO BAZÁN 87 



el hombre vivir solo, porque se encenaga, y 
como dijo quien lo entendía, es mejor casarse 
que abrasarse en concupiscencia, señor Don 
Pedro. ¿ Por qué no se casa, señorito ?— excla- 
mó, juntando las manos.— ¡ Hay tantas señoritas 
buenas y honradas ! 

A no ser por la obscuridad, vería Julián chis- 
pear los ojos del marqués de Ulloa. 

— ¿ Y cree V. , santo de Dios , que no se me 
había ocurrido á mí ? ¿ Piensa V. que no sueño 
todas las noches con un chiquillo que se me pa- 
rezca, que no sea hijo de una bribona, que con- 
tinúe el nombre de la casa. . , que herede esto 
cuando yo me muera... y que se llame Pedro 
Moscoso, como yo ? 

Al decir esto golpeábase el marqués su for- 
nido tronco, su pecho varonil, cual si de él qui- 
siese hacer brotar, fuerte y adulto ya, el codicia- 
do heredero. Julián, lleno de esperanza, iba á 
animarle en tan buenos propósitos ; pero se es- 
tremeció de repente, pues creyó sentir á sus 
espaldas un rumor, un roce , el paso de un ani- 
mal por entre la maleza. 

— i Qué es eso ?— exclamó volviéndose.— Pa- 
rece que anda por aquí el zorro. 

El marques le cogió del brazo. 

—Primitivo...— articuló en voz baja y ahoga- 
da de 11 a —Primitivo, que nos atisbará nace un 
cuarto de hora, oyendo la conversación... \a 
está V. fresco .. Nos 'hemos lucido... | Me valga 
Djos y los santos de la corte celestial! También 
á mi se me acaba la cuerda. ¡ Vale más ir á 
presidio que llevar esta vida } 



LOS PAZOS DE ULLOA 



VHI 



Mientras se raía con la navaja de barba los 
contados pelos rubios que brotaban sus ca- 
rrillos, Julián maduraba un proyecto. Afeitado 
y limpio que fuese, emprendería el camino de 
Cebre un pie tras otro, en el caballo de San 
Francisco ; allí le pediría al cura una jicara de 
chocolate, y esperaría en la rectoral hasta las 
doce, hora en que pasa la diligencia de Orense 
á Santiago ; malo sería que en interior ó cupé 
no hubiese un asiento vacante. Tenía dispuesto 
su maletín : lo enviaría á buscar desde Cebre 
por un mozo. Y calculando así, miraba contris- 
tado el paisaje ameno, el huerto con su dormi- 
lón estanque, el umbrío manchón del soto, la 
verdura de los prados y maizales, la montaña, 
el limpio firmamento, y se le prendía el alma en 
e\ atractivo de aquella dulce soledad y silencio, 
tan de su gusto, que deseaba pasar allí la vida 
toda. ¡ Cómo ha de ser ! Dios nos lleva y trae 
según sus fines... No, no era Dios, sino el pe- 
cado, en figura de Sabel, quien le arrojaba del 
paraíso... Le agitó semejante idea y se cortó 
dos veces la mejilla... Estuvo próximo á infe- 
rirse el tercer rasguño, porque le dieron una 
palmada en el hombro. 
Se volvió... ¿Quién había de conocer á Don 



POR E. PARDO BAZAN 



Pedro, tan mctamorfoseado como venía? Afei- 
tado también, aunque sin detrimento de su bar- 
ba, que brillaba suavizada por el aceite de 
olor; trascendiendo á jabón y á ropa limpia, 
vestido con traje de mezclilla, chaleco de piqué 
blanco, hongo azul, y al brazo un abrigo, pare- 
cía el señor de Ulloa otro hombre nuevo y dife- 
rente, con veinte grados más de educación y 
-cultura que el antiguo. De golpe lo compren- 
dió todo Julián.., y la sangre le ctyó gozoso 
vuelco. 

—¡Señorito!... 

— Ea, despachar, que corre prisa... Tiene V. 
que acompañarme á Santiago, y necesitamos 
llegar á Cebre antes de medio día. 

—¿De veras viene V.? ¡Mismo parece cosa 
■de milagro ! Yo estuve hoy arreglando la ma- 
leta. ¡ bendito sea Dios ! Pero si V. determina 
que entre tanto me quede aquí... 

—¡No faltaba otra cosa! Si salgo solo, se me 
agua la fiesta. Voy á dar una sorpresa al tío 
Manolo, y á conocer á las primas , que sólo las 
he visto cuando eran unas mocosas... Si ahora 
me desanimo, no vuelvo á animarme en diez 
años. Ya he mandado á Primitivo que ensille la 
yegua y ponga el aparejo á la borrica. 

En aquel punto asomó por la puerta un ros- 
tro que á Julián se le antojó siniestro, y acaso 
pensó otro tanto el marqués , pues preguntó im- 
paciente : 
i —Vamos á ver, ¿qué ocurre? 

—La yegua— respondió Primitivo sin alzar la 
voz— no sirve para el camino. 



90 LOS PAZOS DE ULLOA 

—¿Por qué razón? ¿Puede saberse? 

—Está sin una ferradura siquiera — declara 
serenamente el cazador. 

—¡Mal rayo que te parta! —vociferó el mar- 
qués, echando fuego por los ojos.— ¡Ahora me 
dices eso! ¿Pues no es cuenta tuya cuidar de 
que esté herrada? ¿ Ó he de llevarla yo al herra- 
dor todos los días ? 

—Como no sabía que el señorito quisiese salir 
hoy... 

—Señor— intervino Julián— yo iré á pie. Al 
fin tenía determinado dar ese paseo. Lleve V. 
la burra. 

—Tampoco hay burra— objetó el cazador sin 
pestañear ni mover un solo músculo de su faz. 
broncínea. 

—¿Que... no... hay... bu... rraaaaá?— articuló, 
apretando los puños , D.Pedro.— ¿Que no... la... 
hayyy? A ver, áver... Repíteme eso, en mi 
cara. 

El hombre de bronce no se inmutó al reiterar 
fríamente : 

—No hay burra. 

—¡Pues así Dios me salve, la ha de haber y 
tres más ; y si no, por quien soy que os pongo á 
todos á cuatro patas y me lleváis á caballo hasta 
Cebre ! 

Nada replicó Primitivo, incrustado en el qui- 
cio de la puerta. 

—Vamos claros, ¿cómo es que no hay burra? 

—Ayer, al volver del pasto , el rapaz que la 
cuida le encontró dos puñaladas... Puede el se- 
ñorito verla. 



POR E. PARDO BAZÁN 91 



Disparó D. Pedro una imprecación , y bajó de 
dos en dos las escaleras. Primitivo y Julián le 
seguían. En la cuadra, el pastor, adolescente de 
cara estúpida y escrofulosa, confirmó la ver- 
sión del cazador. Allá en el fondo del establo 
columbraron al pobre animal , que temblaba, 
con las orejas gachas y el ojo mortecino ; la 
sangre de sus heridas , en negro reguero, se ha- 
bía coagulado desde el anca á los cascos. Julián 
experimentaba en el establo, sombrío y lleno de 
telarañas , impresión análoga á la que sentiría 
en el teatro de un crimen. Por lo que hace al 
marqués, quedóse suspenso un instante, y de 
súbito, agarrando al pastor por los cabellos , se 
los mesó y refregó con furia , exclamando : 

—¡Para que otra vez dejes acuchillar á los 
animales... toma... toma... toma...! 

Rompió el chico á llorar becerrilmente, lan- 
zando angustiosas miradas al impasible Primi- 
tivo. D. Pedro se volvió hacia éste. 

—Pilla ahora mismo mi saco y la maleta de 
D.Julián... Volando... Nos vamos á pie hasta 
Cebre... Andando bien, tenemos tiempo de co- 
ger el coche. 

Obedeció el cazador sin perder su halada cal- 
ma. Bajó la maleta y el saco ; pero en <ez de 
cargar ambos objetos á hombros, enuego cada, 
bulto á un mozo de campo, diciendo lacónica- 
mente : 

—Vas con el señorito. 

Sorprendióse el marqués, y miró ásu montero 
con desconfianza. Jamás perdonaba Primitivo 
la ocasión de acompañarle, y extrañaba su re- 



92 LOS PAZOS DE ULLOA 



traimiento entonces. Por la imaginación de Don 
Pedro cruzaron rápidas vislumbres de recelo ; 
y como si Primitivo lo adivinase , probó á disi- 
parlo. 

—Yo tengo ahí que atender al rareo del soto 
de Rendas... Están los castaños tan apretados, 
que no se ve... Ya andan allá los leñadores... 
Pero, sin mí, no se desenvuelven... 

Encogióse de hombros el señorito, calculando 
que acaso Primitivo se propoma ocultar en el 
soto la vergüenza de su derrota. No obstante, 
como creía conocerle, hacíasele duro que aban- 
donase la partida sin desquite. Estuvo á punto 
de exclamar :— Acompáñame. —Presintió resis- 
tencias , y pensó para su sayo : 

— ¡Quó demonio! Más vale dejarle. Aunque 
se empeñe, no me ha de cortar el paso... Y si 
oree que puede conmigo... 

Fijó, sin embargo, una mirada escrutadora en 
las enjutas facciones del cazador , donde creía 
^advertir, muy encubierta y disimulada , cierta 
-contracción diabólica. 

—¿Qué estará rumiando este zorro?— cavilaba 
-el señorito. — Sin alguna no escapamos. ¡No, 
pues como se desmande ! Me coge hoy en punto 
de caramelo. 

Subió D. Pedro á su habitación, y volvió con 
la escopeta al hombro. Julián le miraba sorpren- 
dido de que tomase el arma yendo de viaje. De 
pronto el capellán recordó algo también, y se 
dirigió á la cocina. 

— ¡ Sabel ! —gritó.— ¡ Sabel ! ¿Dónde está el ni- 
^o . mujer? Le quería dar un beso. 



POR E. PARDO BAZÁN 93 



Sabel salió y volvió con el chiquillo agarrada 
á sus sayas. Le había encontrado escondido en 
el pesebre de las vacas, su rincón favorito, y el 
diablillo traía los rizos entretejidos con hierba 
y flores silvestres. Estaba precioso. Hasta la 
venda de la descalabradura le asemejaba al 
Amor. Julián le levantó en peso, besándole en 
ambos carrillos. 

—Sabel, mujer, lávelo de vez en cuando si- 
quiera... Por las mañanas... 

—Vamonos, vamonos...— apremió el marqués 
desde la puerta , como si recelase entrar junto á 
la mujer y el niño.— Hace falta el tiempo... Se 
nos va á marchar el coche. 

Si Sabel deseaba retener á aquel fugitivo 
Eneas, no dio de ello la más leve señal, pues se 
volvió con gran sosiego á sus potes y trébedes. 
D. Pedro, á pesar de la urgencia alegada para 
apurar á Julián, aguardó dos minutos en la puer- 
ta, quizá con la ilusión recóndita de ser deteni- 
do por la muchacha ; pero al fin , encogiéndose 
de hombros , salió delante , y echó á andar por 
la senda abierta entre viñas que conducía al cru- 
cero. Era el paraje descubierto, aunque el te- 
rreno quebrado , y el señorito podía otear fácil- 
mente á derecha é izquierda todo cuanto suce- 
diese : ni una liebre brincaría por allí , sin que 
sus ojos linces de cazador la avizorasen. Aun. 
que departiendo con Julián acerca de la sorpresa 
que se le preparaba á la familia de la Lage , y 
de si amenazaba llover porque el cielo se había 
encapotado, no descuidaba el marqués observar 
algo que debía interesarle muchísimo. Un ins- 



94 LOS PAZOS DE ULLOA 

tante se paró, creyendo divisar la cabeza de un 
hombre allá lejos , detrás de los paredones que 
cerraban la viña. Pero á tal distancia no consi- 
guió cerciorarse. Vigiló más atento. 

Acercábanse al soto de Rendas , situado an- 
tes del crucero ; desde allí el arbolado se espe- 
saba, y se dificultaba la precaución. Orillaron 
el soto , llegaron al pie del santo símbolo , y se 
internaron en el camino más agrio y estrecho, 
sin ver nada que justificase temores. En la es- 
pesura oyeron el golpe reiterado del hacha y el 
¡ ham ! de los leñadores , que rareaban los cas- 
taños. Más adelante, silencio total. El cielo se 
cubría de nubes cirrosas, y la claridad del sol 
apenas se abría paso , filtrándose velada y cár- 
dena, presagiando tempestad. Julián recordó 
un detalle melancólico ; la cruz á la cual iban á 
llegar en breve , que señalaba el teatro de un 
crimen , y preguntó : 

—¿Señorito?... 

— ¿En?— murmuró el marqués , hablando con 
los dientes apretados. 

—Aquí cerca mataron un hombre, ¿verdad? 
Donde está la cruz de madera. ¿ Por qué íué, 
señorito? Alguna venganza. 

—Una pendencia entre borrachos, al volver 
úe la feria— respondió secamente D. Pedrc, 
que se hacía todo ojos para inspeccionar los 
matorrales. 

La cruz negreaba ya sobre ellos , y Julián se 
puso á rezar el Padre nuestro acostumbrado, 
muy bajito. Iba delante, y el señorito le pisaba 
•casi los talones. Los mozos portadores del equi- 



POR E. PARDO BAZÁN 95 

paje se habían adelantado mucho, deseosos de 
llegar cuanto antes á Cebre y echar un trague- 
te en la taberna. Para oir el susurro que pro- 
dujeron las hojas y la maleza al desviarse y 
abrir paso á un cuerpo , necesitábanse realmen- 
te sentidos de cazador. El señorito lo percibió, 
aunque tenue, clarísimo, y vio el cañón de 
la escopeta apuntado tan recto, que de fijo 
no se perdería el disparo: el cañón no ama- 
gaba á su pecho , sino á las espaldas de Julián. 
La sorpresa estuvo á punto de paralizar á Don 
Pedro : fué un segundo , menos que un segundo 
tal vez , un espacio de tiempo inapreciable , lo 
«que tardó en reponerse y en echarse á la cara 
-su arma , apuntando á su vez al enemigo em- 
boscado. Si el tiro de éste salía, la bala se cru- 
zaría casi con otra bala justiciera. La situación 
-duró pocos instantes : estaban frente afrente dos 
-adversarios dignos de medir sus fuerzas. El 
más inteligente cedió, encontrándose descu- 
bierto. Oyó el marqués el roce del follaje al ba- 
jarse el cañón que amenazaba á Julián, y Pri- 
mitivo salió del soto, blandiendo su vieja 
escopeta certera, atada con cordeles. Julián 
precipitó el Gloria Patri para decirle en tono 
cortés : 

—Hola... ¿Se viene V. por fin con nosotros 
hasta Cebre? 

—Sí, señor— contestó Primitivo, cuyo sem- 
blante recordaba más que nunca el de una es- 
tatua de fundición.— Dejo dispuesto en Rendas, 
y voy á ver si de aquí á Cebre sale algo que 
tumbar..- 



96 LOS PAZOS DE ULLOA 

—Dame esa escopeta , Primitivo — ordenó 
D. Pedro. —Estoy oyendo cantar la codorniz 
ahí, que no parece sino que me hace burla. Se 
me ha olvidado cargar mi carabina. 

Diciendo y haciendo, cogióla escopeta, apun- 
tó á cualquier parte, y disparó. Volaron hojas 
y pedazos de rama de un roble próximo , aun- 
que mnguna codorniz cayó herida. 

— ¡ Marró ! — exclamó el señorito, fingiendo 
gran contrariedad, mientras para sí discurría: 
—No era bala, eran postas... Le quería meter 
grajea de plomo en el cuerpo... ¡Claro! con 
bala era más escandaloso, más alarmante para 
la justicia. Es zorro fino. 

Y en voz alta : 

— No vuelvas á caigar; hoy no se caza, que 
se nos viene la lluvia encima y tenemos que 
apretar. el paso... Marcha delante; enséñanos 
el atajo hasta Cebrc. 

—¿No lo sabe el señorito? 

—Sí tal, pero á veces me distraigo. 



IX 



Como ya dos veces había repicado la campa- 
nilla y los criados no llevaban trazas de abrir, 
las señoritas de la Lage, suponiendo que á horas 
tan tempranas no vendría nadie "de cumplido,,, 



POR E. PARDO BAZÁN 97 



bajaron en persona y en grupo á abrir la puer- 
ta , sin peinar , de bata y chinelas , hechas unas 
fachas. Así es que se quedaron voladas al en- 
contrarse con un arrogante mozo , que les decía 
campechanamente : 

— ¿Á que nadie me conoce aquí? 
Sintieron impulsos de echar á correr; pero 

la tercera, la menos linda de todas, frisando al 
parecer en los veinte años, murmuró : 
—De fijo que es el primo Perucho Moscoso. 

— ¡Bravo !— exclamó Don Pedro.— ¡Aquí está 
la más lista de la familia! 

Y adelantándose con los brazos abiertos , fué 
para abrazarla; pero ella, hurtando el cuerpo, 
le tendió una manecita fresca, recién lavada 
con agua y colonia. En seguida se entró por la" 
casa gritando : 

—¡Papá! ¡Papá! ¡Está aquí el primo Perucho! 

El piso retembló bajo unos pasos elefantinos... 
Apareció el señor de la Lage, llenando con su 
volumen la antesala, y Don Pedro abrazó á su 
tío, que le llevó casi en volandas al salón. Ju- 
lián, que por no malograr la sorpresa déla 
aparición del primo se había quedado oculto 
detrás de la puerta , salía riendo del escondite, 
muy embromado por las señoritas , que afirma- 
ban que estaba gordísimo , y se escurría por el 
pasillo, en busca de su madre. 

Viéndoles juntos, se observaba extraordina- 
rio parecido entre el señor de la Lage y su so- 
brino carnal : la misma estatura procer, las mis- 
mas proporciones amplias , la misma abundan- 
cia de hueso y fibra, la misma barba fuerte y 

7 



98 LOS PAZOS DE ULLOA 

copiosa ; pero lo que en el sobrino era armonía 
de complexión titánica, fortalecida por el aire 
libre y los ejercicios corporales, en el tío era 
exuberancia y plétora: condenado á una vida 
sedentaria, se advertía que le sobraba sanare y 
carne, de la cual no sabía que hacer; sin ser lo 
que se llama obeso , su humanidad se desbor- 
daba por todos lados; cada pie suyo parecía 
una lancha, cada mano un mazo de carpintero. 
Se ahogaba con los trajes de paseo ; no cabía en 
las habitaciones reducidas ; resoplaba en las bu- 
tacas del teatro, y en misa repartía codazos 
para disponer de más sitio. Magnífico ejemplar 
de una raza apta para, la vida guerrera y mon- 
tes de las épocas feudales, se consumía mise- 
rablemente en el vil ocio de los pueblos , donde 
el que nada produce, nada enseña, ni nada 
aprende, de nada sirve y nada hace. ¡ Oh dolor! 
Aquel castizo Pardo de la Lage, naciendo en 
el siglo xv, hubiera dado en qué entender á los 
arqueólogos é historiadores del xix. 

Mostró admirarse de la buena presencia del 
sobrino , y le habló llanotamente , para inspirar- 
le confianza. 

— ¡ Muchacho , muchacho ! ¿ Á dónde vas con 
tanto doblar? Cuidado que estás más hombre 
que yo... Siempre te imitaste más á Gabriel y 
á mí que á tu madre , que santa gloria haya... 
Lo que es con tu padre, ni esto... No saliste Mos- 
coso ni Cabreira , chico ; saliste Pardo por los 
cuatro costados. Ya habrás visto á tus primas, 
¿en? Chiquillas, ¿qué le decís al primo? 

— ¿Qué me dicen? Me han recibido como á la 



POR E. PARDO BAZÁN 99 

persona de más cumplimiento... Á estala quise 
dar un abrazo , y ella me alargó la mano muy 
fina. 

— ¡ Qué borregas ! ¡ Marías Remilgos ! Á ver 
cómo abrazáis todas al primo, inmediatamente. 

La primera que se adelantó á cumplir la orden 
fuélamayor. Al estrecharla, DonPedro no pudo 
•dejar de notar las bizarras proporciones del 
bello bulto humano que oprimía. ¡ Una real moza, 
la primita mayor ! 

—¿Tú eres Rita, si no me equivoco?— pre- 
guntó risueño.— Tengo muy mala memoria 
para nombres , y puede que os confunda. 

—Rita, para servirte— respondió con igual 
•amabilidad la prima...— Y ésta es Manolita, y 
ésta es Carmen, y aquélla es Nucha... 

— Sttt... Poquito á poco... Me lo iréis repi- 
tiendo conforme os abrace. 

Dos primas vinieron á pagar el tributo, di- 
ciendo festivamente : 

—Yo soy Manolita , para servir á V. 

—Yo Carmen, para lo que V. guste mandar. 

Allá, entre los pliegues de una cortina de 
damasco, se escondía la tercera, como si qui- 
siese esquivar la ceremonia afectuosa ; pero no 
le valió la treta, antes su retraimiento incitó al 
primo á exclamar : 

—¿Doña Hucha, ó como te llames?... Cuida- 
dito conmigo... se me debe un abrazo... 

—Me llamo Marcelina, hombre... Pero éstas 
me llaman siempre Marcelinucha ó Nucha... 

Costábale trabajo resolverse, y permanecía 
refugiada en el rojo dosel de la cortina, cru- 



100 LOS PAZOS DE ULLOA 



zando las manos sobre el peinador de percal 
blanco, que rayaban con doble y largo trazo, 
como de tinta, sus sueltas trenzas. El padre la 
empujó bruscamente, y la chica vino á caer 
contra el primo, toda ruborizada, recibiendo 
un apretón en regla , amén de un frote de bar- 
bas que la obligó á ocultar el rostro en la pe- 
chera del marqués. 

Hechas así las amistades, entablaron el señor 
de la Lage y su sobrino la imprescindible con- 
versación referente al viaje, sus causas, inci- 
dentes y peripecias. No explicaba muy satis- 
factoriamente el sobrino su impensada venida : 
pch... ganas de espilirse... Cansa estar siempre 
solo... Gusta la variación... No insistió el tío,; 
pensando entre sí: 

—Ya Julián me lo contará todo. 

Y se frotaba las manos colosales, sonriendo 
á una idea que, si acariciada tiempo hacía allá 
en su interior, jamás se le había presentado tan 
clara y halagüeña como entonces. ¡ Qué mejor 
esposo podían desear sus hijas que el primo 
Ulloa! Entre los numerosos ejemplares del tipo 
del padre que desea colocar á sus niñas , nin- 
guno más vehemente que D. Manuel Pardo en 
cuanto á la voluntad , pero ninguno más reser- 
vado en el modo y forma. Porque aquel hidalgo 
de cepa vieja sentía á la vez gana ardentísima 
de casar á las chiquillas y un orgullo de raza 
tan exaltado, bajo engañosas apariencias de lla- 
neza , que no sólo le vedaba descender á ningún 
ardid de los usuales en padres casamenteros, 
sino que le imponía suma rigidez y escrúpulo- 



POR E. PARDO BAZÁN 101 



en la elección de sus relaciones y en la manera 
de educar á sus hijas , á quienes traía como en- 
castilladas y aisladas, no llevándolas sino de 
pascuas á ramos á diversiones públicas. Las 
.señoritas de la Lage, discurría Don Manuel, de- 
ben casarse , y sería contrario al orden provi- 
dencial que no apareciese tronco en que inger- 
tar dignamente los retoños de tan noble estirpe; 
pero antes se quedan para vestir imágenes que 
unirse con cualquiera , con el teniente que está 
de guarnición , con el comerciante que medra 
midiendo paño, con el médico que toma el pul- 
so ; eso sería , ¡ vive Dios ! , profanación indigna; 
las señoritas de la Lage sólo pueden dar su 
mano á quien se les igu¿ile en calidad.— Así 
pues, Don Manuel, v-ue se desdeñaría de tender 
redes á un ricachón plebeyo, se propuso inme- 
diatamente hacer cuanto estuviese en su mano 
para que su sobrino pasase á yerno , como el 
Sandoval de la zarzuela. 

¿ Conformaban las primitas con las opiniones 
de su padre ? Lo cierto es que , apenas el primo 
se sentó á platicar con Don Manuel, cada niña se 
escurrió bonitamente, ya á arreglar su tocado» 
ya á prevenir alojamiento al forastero y platos 
selectos para la mesa. Se convino en que el 
primo se quedaba hospedado allí, y se envió 
por la maleta á la posada. 

Fué la comida alegre en extremo. Rápida- 
mente se había establecido entre Don Pedro y 
las señoritas de la Lage el género de familiari- 
dad inherente al parentesco en grado prohi- 
bido, pero indispensable : familiaridad que se 



102 LOS PAZOS DE ULLOA 



diferencia de la fraternal en que la sazona y 
condimenta un picante polvito de hostilidad,, 
germen de graciosas y galantes escaramuzas. 
Cruzábase en la mesa vivo tiroteo de bromas, 
equívocos, piropos, que entre los dos sexos- 
suele preludiar á más serios combates. 

—Primo, me extraña mucho que estando á 
mi lado no me sirvas el agua. 

—Los aldeanos no entendemos de política : ve 
enseñándome un poco, que por tener maestras- 
así... 

—Glotón, ¿quién te da permiso para repetir? 

—El plato está tan rico, que supongo que es. 
obra tuya. 

—¡Vaya unas ilusiones ! Ha sido la cocinera^ 
Yo no guiso para ti. Te fastidiaste. 

—Prima , esta yemecita. Por mí. 

—No me robes del plato, goloso. Que no te lo- 
doy, ea. ¿No tienes ahí la fuente? 

— ¿Á que te lo atrapo ? Cuando más descuida- 
da estés... 

— ¿Á que no ? 

Y la prima se levantaba y echaba á correr 
con su plato en las manos , para evitar el hurto 
de un merengue ó de media manzana , y el pri- 
mo la perseguía alrededor de la mesa, y el 
juego se celebraba con estrepitosas carcajadas,. 
como si fuese el paso más gracioso del mundo- 
Las mantenedoras de este torneo eran Rita y 
Manolita , las dos mayores : en cuanto á Nucha 
y Carmen, se encerraban en los términos de 
una cordialidad mesurada , presenciando y 
riendo las bromas , pero sin tomar parte activa 



POR E. PARDO BAZAN 103 

en ellas , con la diferencia de que en el rostro 
de Carmen, la más joven, se notaba una melan- 
colía perenne , una preocupación dominante , y 
en el de Nucha se advertía tan sólo gravedad 
natural, no exenta de placidez. 

Hallábase Don Pedro en sus glorias. Al resol- 
verse á emprender el viaje, receló que las pri- 
mas fuesen algunas señoritas muy cumplimen- 
teras y espetadas , cosa que á él le pondría en 
un brete, por serle extrañas las fórmulas del 
trato ceremonioso con damas de calidad, clase 
de perdices blancas que nunca había cazado; 
mas aquel recibimiento franco le devolvió al 
punto su aplomo. Animado, y con la cálida san- 
gre despierta , consideraba á las primitas una 
poruña, calculando á cuál arrojaría el pañue- 
lo. La menor no hay duda que era muy linda, 
blanca con cabos negros, alta y esbelta, pero la 
mal disimulada pasión de ánimo, las cárdenas 
ojeras, amenguaban su atractivo para Don Pe- 
dro, que no estaba por romanticismos. En cuan- 
to á la tercera, Nucha, asemejábase bastante á 
la menor, sólo que en feo : sus ojos , de magní- 
fico tamaño, negros también como moras, pade- 
cían leve estrabismo convergente , lo cual daba 
á su mirar una vaguedad y pudor especiales; 
no era alta, ni sus facciones se pasaban de co. 
rrectas, á excepción de la boca, que era una 
miniatura. En suma, pocos encantos físicos, al 
menos para los que se pagan de la cantidad y 
morbidez en esta nuestra envoltura de barro. 
Manolita ofrecía otro tipo distinto, admirándose 
en ella lozanas carnes y suma gracia , unida á. 



10 í LOS PAZOS DE ULLOA 

un defecto que para muchos es aumento singu- 
lar de perfección en la mujer, y á otros, verbi- 
gracia á Don Pedro, les inspira repulsión; un ca- 
rácter masculino mezclado á los hechizos feme- 
niles, un bozo que iba pasando á bigote, una 
prolongación del nacimiento delpelo sobre la 
oreja , que, descendiendo á lo largo de la man- 
díbula, quería ser, más que suave patilla, atre- 
vida barba. A la que no se podían poner tachas 
era á Rita, la hermana mayor. Lo que más cau- 
tivaba á su primo en Rita, no era tanto la be- 
lleza del rostro, como la cumplida proporción 
del tronco y miembros, la amplitud y redondez 
de la cadera, el desarrollo del seno, todo cuanto 
en las valientes y armómcas curvas de su briosa 
persona prometía la madre fecunda y la nodriza 
inexhausta. ¡ Soberbio vaso, en verdad, para en- 
cerrar un Moscoso legítimo , magnífico patrón 
donde ingertar el heredero, el continuador del 
nombre! Elmarqués presentía en tan arrogante 
hembra , no el placer de los sentidos , sino la nu- 
merosa y masculina prole que debía rendir; 
bien como el agricultor que ante un terreno 
fértil no se prenda de las floréenlas que lo es- 
maltan, pero calcula aproximadamente la co- 
secha que podrá rendir al terminarse el estío. 
Pasaron al salón después de la comida, para 
la cual las muchachas se habían emperejilado. 
Enseñaron á Don Pedro infinidad de quisicosas: 
estereóscopos, álbumes de fotografías, que eran 
entonces objetos muy elegantes y nada comu- 
nes. Rita y Manolita obligaban al primo á fijarse 
en los retratos que las representaban apoyadas 



POR E. PARDO BAZÁN 105 



-en una silla ó en una columna, actitud clásica 
que por aquel tiempo imponían los fotógrafos ; 
y Nucha , abriendo un álbum chiquito, se lo puso 
delante á Don Pedro , preguntándole afanosa- 
mente : 

—¿Le conoces? 

Era un muchacho como de diez y siete años, 
rapado, con uniforme de alumno de la Academia 
de artillería , parecidísimo á Nucha y á Carmen 
•cuanto puede parecerse un pelón á dos señori- 
tas con buenas trenzas de pelo. 

—Es mi niño— afirmó Nucha muy grave. 

—¿Tu niño? 

Riéronse las otras hermanas á carcajadas , y 
Don. Pedro exclamó , cayendo en la cuenta: 

— ¡Bah ! Ya sé. Es vuestro hermano, mi señor 
primo, el mayorazgo de la Lage, Gabrieliño. 

—Pues claro : ¿quién había de ser? Pero esa 
Nucha le quiere tanto, que siempre le llama su 
niño. 

Nucha , corroborando el aserto , se inclinó y 
toesó el retrato con tan apasionada ternura , que 
allá en Segovia el pobre alumno, víctima quizá 
de los rigores de la cruel novatada, debió de 
sentir en la mejilla y el corazón una cosa dulce 
y caliente. 

Cuando Carmen, la tristona, vio á sus her- 
manas entretenidas , se escabulló del salón , don- 
de ya no apareció más. Agotado todo lo que en 
•el salón había que enseñar al primo, le mostra- 
ron la casa desde el desván hasta la leñera ; un 
caserón antiguo, espacioso y destartalado, como 
aún quedan muchos en la monumental Compos- 



106 LOS PAZOS DE ULLOA 

tela , digno hermano urbano de los rurales Pa- 
zos de Ulloa. En su fachada severa desafinaba 
una galería de nuevo cuño, ideada por D. Ma- 
nuel Pardo de la Lage, que tenía el costoso vi- 
cio de hacer obras. Semejante solecismo arqui" 
tectónico era el quitapesares de las señoritas de 
Pardo ; allí se las encontraba siempre , posadas 
como pájaros en rama favorita ; allí hacían la^ 
bor, allí tenían un breve jardín, contenido en 
macetas y cajones , allí colgaban jaulas de cana- 
rios y jilgueros ; tal vez no parasen en esto los. 
buenos oficios de la galería dichosa. Lo cierto 
es que en ella encontraron á Carmen , asomada 
y mirando á la calle , tan absorta que no sintió 
llegar á sus hermanas. Nucha le tiró del vestido ; 
la muchacha se volvió , pudiendo notarse que 
tenía unas vislumbres de rosa en las mejillas,, 
descoloridas de ordinario. Hablóle Nucha viva* 
mente al oído, y Carmen se apartó del encris- 
talado antepecho, siempre muda y preocupada. 
Rita no cesaba de explicar al primo mil particu- 
aridades. 

—Desde aquí se ven las mejores calles... Ese 
es el Preguntoiro ; por ahí pasa mucha gente... 
Aquella torre es la de la Catedral... ¿Y tú na 
has ido á la Catedral todavía? ¿Pero de veras- 
no le has rezado un Credo al Santo Apóstol , ju- 
dío?— exclamaba la chica , vertiendo provocati- 
va luz de sus pupilas radiantes.— Vaya, vaya..- 
Tengo yo que llevarte allí, para que conozcas 
al Santo y lo abraces muy apretadito... ¿ Tam- 
poco has visto aún el Casino? ¿La Alameda? ¿L a 
Universidad? ¡Señor! ¡ Si no has visto nada! 



POR E. PARDO BAZÁN 107 



—No, hija... Ya sabes que soy un pobre aldea- 
no..., y he llegado ayer al anochecer. No hice 
más que acostarme. 

— ¿Por qué no te viniste acá en derechura», 
descastado ? 

—¿A alborotaros la casa de noche? Aunque 
salgo de entre tojos, no soy tan mal criado coma 
todo eso. 

—Vamos , pues hoy tienes que ver alguna no- 
tabilidad... Y no faltar al paseo... Hay chicas 
muy guapas. 

—De eso ya me he enterado, sin molestarme 
en ir á la Alameda— contestó el primo, echando 
á Rita una miradaza que ella resistió con intre- 
pidez notoria, y pagó sin esquivez alguna. 



X 



Y en efecto , le fueron enseñadas al marqués, 
de Ulloa multitud de cosas que no le impor- 
taban mayormente. Nada le agradó, y experi- 
mentó mil decepciones , como suele acontecer á 
las gentes habituadas á vivir en el campo , que 
se forman del pueblo una idea exagerada. Pare- 
ciéronle, y con razón, estrechas, torcidas y mal 
empedradas las calles , fangoso el piso, húmedas 
las paredes, viejos y ennegrecidos los edificios, 
pequeño el circuito de la ciudad , postrado su. 



108 LOS PAZOS DE ULLOA 

comercio y solitarios casi siempre sus sitios pú- 
blicos ; y en cuanto á lo que en un pueblo anti- 
guo puede enamorar á un espíritu culto , los 
grandes recuerdos , la eterna vida del arte con- 
servada en monumentos y ruinas , de eso enten- 
día Don Pedro lo mismo que de griego ó latín. 
¡ Piedras mohosas ! Ya le bastaban las de los Pa- 
zos. Nótese cómo un hidalgo campesino de muy 
rancio criterio se hallaba al nivel de los demó- 
cratas más vandálicos y demoledores. A pesar 
de conocer á Orense y haber estado en Santiago 
cuando niño, discurría y fantaseaba á su modo 
lo que debe ser una ciudad moderna : calles an- 
chas , mucha regularidad en la construcciones, 
todo nuevo y flamante, gran policía, ¿qué me- 
nos puede ofrecer la civilización á sus esclavos? 
Es cierto que Santiago poseía dos ó tres edifi- 
cios espaciosos , la Catedral, el Consistorio, San 
Martín... Pero en ellos existían cosas muy sin 
razón ponderadas, en concepto del marqués: 
por ejemplo, la Gloria déla Catedral. ¡Vaya 
unos santos más mal hechos , y unas santas más 
flacuchas y sin forma humana ! ¡ Unas columnas 
más toscamente esculpidas ! Sería de ver á al- 
guno de estos sabios que escudriñan el sentido 
de un monumento religioso, consagrándose á la 
tarea de demostrará Don Pedro que el pórtico de 
la Gloria encierra alta poesía y profundo sim- 
bolismo. ¡Simbolismo! ¡Jerigonzas! El pórtico 
estaba muy mal labrado, y las figuras parecían 
pasadas por tamiz. Por fuerza las arces andaban 
atrasadísimas en aquellos tiempos de Maricas- 
taña. Total, que de los monumentos de Santiago 



POR E. PARDO BAZÁN 109 



se atenía el marqués á uno de fábrica muy re- 
ciente : su prima Rita. 

La proximidad de la fiesta del Corpus anima- 
ba un tanto la soñolienta ciudad universitaria, 
y todas las tardes había lucido paseo bajo los 
árboles de la Alameda. Carmen y Nucha solían 
ir delante, y las seguían Rita y Manolita, acom- 
pañadas por su primo ; el padre cubría la reta- 
guardia , conversando con algún señor mayor, 
de los muchos que existen en el pueblo compos- 
telano, donde por ley de afinidad parece abun- 
dar más que en otras partes la gente provecta. 
A menudo se arrimaba á Manolita un señorito 
muy planchado y tieso, con cierto empaque ri- 
dículo y exageradas pretensiones de elegancia: 
llamábase Don Víctor de la Formoseda, y estu- 
diaba Derecho en la Universidad : Don Manuel 
Pardo le veía gustoso acercarse á sus hijas, por 
ser el señorito de la Formoseda de muy limpio 
solar montañés, y no despreciable caudal. Ni 
era éste el único mosquito que zumbaba en tor- 
no de las señoritas de la Lage. A las primeras 
de cambio notó Don Pedro que así por los tortuo- 
sos y lóbregos soportales de la Rúa del Villar, 
como por las frondosidades de la Alameda y la 
Herradura , les seguía y escoltaba un hombre 
joven, melenudo , enfundado en un gabán gris, 
de corte raro y antiguo. Aquel hombre parecía 
la sombra de las muchachas : no era posible vol- 
ver la cabeza sin encontrársele; y Don Pedro re- 
paró también que al surgir detrás de un pilar ó 
por entre los árboles el rondador perpetuo , la. 
cara triste y ojerosa de Carmen se animaba, y 



110 LOS PAZOS DE UILOA 



brillaban sus abatidos ojos. En cambio, Don Ma- 
nuel y Nucha daban señales de inquietud y des- 
agrado. 

Ya sobre la pista, Don Pedro siguió acechando, 
á fuer de cazador experto. Nucha no debía de te- 
ner ningún adorador entre la multitud de estu- 
diantes y vagos que acudían al paseo, ó, sí lo te- 
cnia, no le hacía caso, pues caminaba seria é indi- 
ferente. En público, Nucha parecía revestirse de 
gravedad ajena á sus años. Respecto á Mano- 
lita, no perdía ripio coqueteando con el seño- 
rito de la Formoseda. Rita, siempre animada y 
provocadora, lo era mucho con su primo, y no 
poco con los demás, pues Don Pedro advirtió que 
á las miradas y requiebros de sus admiradores 
correspondía con ojeadas vivas y flecheras. Lo 
cual no dejó de dar en qué pensar al marqués 
de Ulloa, quien, tal vez por contarse en el nú- 
mero de los hombres fácilmente atraídos por las 
mujeres vivarachas , tenía de ellas opinión de- 
testable y para sus adentros la expresaba en 
términos muy crudos. 

Dormían en habitaciones contiguas Julián y 
el marqués, pues Julián, desde su ordenación, 
había ascendido de categoría en la casa, y mien- 
tras la madre continuaba desempeñando las fun- 
ciones de ama de llaves y dueña, el hijo comía 
con los señores , ocupaba un cuarto de impor- 
tancia, y era tratado, en suma, si no de igual á 
igual , pues siempre quedaban matices de pro- 
tección , al menos con gran amabilidad y defe- 
rencia. De noche , antes de recogerse , el mar- 
qués se le entraba en el dormitorio á fumar un 



POR E. PARDO ^AZÁN lll 



cigarro y charlar. La conversación ofrecía po- 
cos lances , pues siempre versaba sobre el mis- 
moproyecto. Decía DonPedro que le admiraban 
■dos cosas : haberse resuelto á salir de los Pazos, 
y hallarse tan decidido á tomar estado, idea 
que antes ie parecía irrealizable. Era DonPedro 
de los que juzgan muy importantes y dignas de 
comentarse sus propias acciones y mutaciones 
—achaque propio de egoístas— y han menester 
tener siempre cerca de sí algún inferior ó su- 
bordinado á quien referirlas , para que les atri- 
buya también valor extraordinario. 

Agradaba la plática á Julián. Aquellas pro- 
yectadas bodas entre primo y prima le parecían 
tan naturales como enlazarse la vid al olmo. Las 
familias no podían ser mejores ni más para 
•en una ; las clases iguales ; las edades no des- 
proporcionadas , y el resultado dichosísimo, por- 
que así redimía el "marqués su alma de las ga- 
rras del demonio, personificado en impúdicas 
barraganas. Solamente no le contentaba que 
Don Pedro se hubiese ido á fijar en la señorita 
Rita: mas no se atrevía ni á indicarlo, no fuese 
•á malograrse la cristiana resolución del mar- 
qués. 

—Rita es una gran moza...— decía éste expla- 
yándose.— Parece sana como una manzana,, y 
los hijos que tenga heredarán su buena consti- 
tución. Serán más fuertes aún que Perucho el 
de Sabel. 

¡ Inoportuna reminiscencia ! Julián se apresu- 
raba á replicar, sin meterse en honduras fisio- 
lógicas : 



112 LOS PAZOS DE ULLOA 

— La casta do los señores de Pardo es muy sa- 
ludable, gracias á Dios... 

Una noche cambiaron de sesgo las confiden- 
cias, entrando en terreno sumamente embara- 
zoso para Julián, siempre temeroso de que cual- 
quier desliz de su lengua desbaratase los pro- 
yectos del señorito, y le echase á él sobre la. 
conciencia responsabilidad gravísima. 

— ¿Sabe V.— insinuó Don Pedro— que miprima 
Rita se me figura algo casquivana? Por el paseo 
va siempre entretenida en si la miran ó no la 
miran, si la dicen ó no la dicen... Juraría que 
toma varas. 

— £ Que toma varas ?— repitió el capellán , que- 
dándose en ayunas del sentido de la frase gro- 
sera. 

—Sí, hombre... Que se deja querer, vamos... 
Y para casarse, no es cosa de broma que la mu- 
jer las gaste con el primero que llega. 

—¿Quién lo duda, señorito? La prenda más 
esencial en la mujer es la honestidad y el reca- 
to. Pero no hay que fiarse de apariencias. La. 
señorita Rita tiene el genio así, franco y alegre... 

Creíase Julián salvado con estas evasivas, 
cuando, á las pocas noches, Don Pedro le apre- 
tó para que cantase : 

— Don Julián, aquí no valen misterios... Si he 
de casarme , quiero al menos saber con quién y 
cómo... Apenas se reirían si porque vengo de 
los Pazos me diesen de buenas á primeras gato 
oor liebre. Con razón se diría que salí de un 
soto para meterme en otro. No sirve contestar 
que V. no sabe nada. V. se ha criado en esta. 



POR E. PARDO BAZÁN 113 



casa, y conoce á mis primas desde que nació. 
Rita... Rita es mayor que V., ¿no es verdad? 

—Sí, señor — respondió Julián, no teniendo 
por cargo de conciencia revelar la edad...— La 
señorita Rita cumplirá ahora veintisiete ó vein- 
tiocho años... Después vienen la señorita Mano- 
lita y la señorita Marcelina, que son seguidas... 
veintitrés y veintidós... porque en medio murie- 
ron dos niños varones... y luego la señorita Car- 
men, veinte... Cuando nació el señorito Gabriel, 
que andará en los diez y siete ó poco más , ya 
no se pensaba que la señora volviese á tener 
sucesión, porque andaba delicada, y le probó 
tan mal el parto, que falleció á los pocos meses. 

—Pues V. debe conocer perfectamente á Rita. 
Cante V., ea. 

—Señorito, á la verdad... Yo me crié en esta 
casa, es cierto ; pero sin manuaiizarme con los 
señores , porque mi clase era otra muy distinta... 
Y mi madre, que es muy piadosa , no me per- 
mitió jamás juntarme con las señoritas para ju- 
gar ni nada... por razones de decoro... [Ya V. 
me comprende! Con el señorito Gabriel sí que 
tuve algún trato : lo que es con las señoritas... 
buenos días y buenas noches , cuando las encon- 
traba en los pasillos. Luego ya fui al Semina- 
rio... 

— ¡Bah, bah! ¿Tiene V. gana de cuentos?... 
Harto estará V. de saber cosas de las chicas. 
Basta su madre de V. para enterarle. ¿Acerté? 
Se ha puesto V. colorado... ¡Aja! ¡Por ahí va- 
mos bien! ¡ A ver con qué cara me niega que su 
madre le ha informado de algunas cosillas!... 



114. LOS PAZOS DE ULLOA 



Julián se tornó purpúreo. ¡ Qué si le habían 
contado! ¡ Pues no habían de contarle ! Desde su 
llegada , la venerable dueña que regía el llave- 
ro en casa de la Lage no había cogido á solas á 
su hijo un minuto, sin ceder á la comezón de 
tocar ciertos asuntos , que únicamente con va- 
rones graves y religiosos pueden conferirse... 
Misia Rosario no lo iba á charlar con otras co- 
madres envidiosas , eso no ; por algo comía el 
pan de Don Manuel Fardo pero con la gente 
grave y de buen consejo, v. gr., su confesor 
Don Vicente el canónigo, y Julián, aquel pedazo 
de sus entrañas elevado á la más alta dignidad 
que cabe en la tierra, ¿quién le quitaba el gus- 
tazo de juzgar á su modo la conducta del amo y 
las señoritas, de alardear de discreción, cen- 
surando melosa y compasivamente algunos 
actos que ella "si fuese señora,, no realizaría 
jamás, y de oir que "personas de respeto,, ala- 
baban mucho su cordura, y conformaban en 
todo con su dictamen? Que si le habían contado 
á Julián , ¡ Dios bendito ! Pero una cosa es que 
se lo hubiesen contado, y otra que él lo pudiese 
repetir. ¿Cómo revelar la manía de la señorita 
Carmen, empeñada en casarse, contra viento y 
marea de su padre , con un estudiantino de me- 
dicina, un nadie, hijo de un herrador de pueblo 

i oh baldón para la preclara estirpe de los Par- 
dos!), un loco de atar, que la comprometía si- 
guiéndola por todas partes á modo de perrito 
faldero, y de quien además se aseguraba que 
era un materialista , metido en sociedades secre- 
tas? ¿Cómo divulgar que la señorita Manolita 



POR E. PARDO BAZÁN 115 



"hacía novenas á San Antonio para que Don Víc- 
tor de la Formoseda se determinase á pedirla, 
llegando al extremo de escribir áDon Víctor car- 
tas anónimas indisponiéndole con otras señori- 
tas cuya casa frecuentaba? Y sobre todo, ¿cómo 
indicar ni lo más somero y mínimo de aquello 
-de la señorita Rita , que maliciosamente inter- 
pretado tanto podía dañar á su honra? Antes le 
arrancasen la lengua. 

—Señorito...— balbució.— Yo creo que las se- 
ñoritas son muy buenas é incapaces de faltar 
en nada ; pero si lo contrario supiese, me guar- 
daría bien de propalarlo, toda vez que yo... 
que mi agradecimiento á esta familia me pon- 
dría... vamos... como si dijéramos... una mor- 
daza... 

Detúvose, comprendiendo que se empantana- 
ba más. 

—No traduzca mis palabras, señorito... Por 
Dios , no saque V. consecuencias de mi poca ha- 
bilidad para explicarme. 

—¿Según eso— preguntó elmarqués, mirando 
de hito en hito al capellán— V. juzga que no hay 
.absolutamente nada censurable? Clarito. ¿Las 
considera V. á todas unas señoritas intacha- 
bles... perfectísimas... que me convienen para 
casarme? ¿Eh? 

Meditó Julián antes de responder. 

—Si V. se empeña en que le descubra cuanto 
uno tiene en el corazón... francamente, aunque 
las señoritas son cada una de por sí muy sim- 
páticas, yo, puesto á escoger, no lo niego... me 
quedaría con la señorita Marcelina... 



116 LOS PAZOS DE ULLOA 

—¡Hombre ! Es algo bizca... y flaca... Sólo tie- 
ne buen pelo y buen genio. 

—Señorito, es una alhaja. 

—Será como las demás. 

—Es como ella sola. Cuando el señorito Ga- 
briel quedó sin mamá de pequeñito, lo cuidó con 
una formalidad que tenía la gracia del mundo, 
porque ella no era mucho mayor que él. Una 
madre no hiciera más. De día, de noche, siem 
pre con el chiquillo en brazos. Le llamaba su 
hijo : dicen que era un saínete ver aquello. Pa- 
rece que el peso del chiquillo la rindió, y por eso 
quedó más delicada de salud que las otras. Cuan- 
do el hermano marchó al colegio , estuvo malu- 
cha. Por eso la ve V. descolorida. Es un ángel, 
señorito. Todo se le vuelve aconsejar bien á las 
hermanas... 

—Señal de que lo necesitan— argüyó Don Pe- 
dro maliciosamente. 

—¡Jesús ! No puede uno deslizarse... Bien sa 
be V. que sobre lo bueno está lo mejor, y la se 
ñorita Marcelina raya en perfecta. La perfec 
ción es dada á pocos. Señorito, la señorita Mar- 
celina, ahí donde V. lave, se confiesa y comulga 
tan á menudo, y es tan religiosa , que edifica á 
la gente. 

Quedóse D. Pedro reflexionando algün rato, y 
aseguró después que le agradaba mucho, mu- 
cho, la religiosidad en las mujeres ; que la con 
ceptuaba indispensable para que fuesen "bue 
nas„. 

—Con que beatita , ¿ en? — añadió. — Ya tengo 
por dónde hacerla rabiar. 



POR E. PARDO BAZÁN 117 



Y tal fué , en efecto , el resultado inmediato 
-de aquella conferencia , donde, con mejor deseo 
•que diplomacia , había intentado Julián presen- 
tar la candidatura de Nucha. Desde entonces el 
primo gastó con ella bastantes bromas , algunas 
más pesadas que divertidas. Con placer de niño 
voluntarioso cuyos dedos entreabren un capu- 
llo, gozaba en poner colorada á Nucha, en ara- 
ñarle la epidermis del alma por medio de chan- 
zas subidas é indiscretas familiaridades, que 
-ella rechazaba enérgicamente. Semejante juego 
mor tincaba al capellán tanto como á la chica; 
Jas sobremesas eran para él largo suplicio, pues 
á las anécdotas y cuentos de Don Manuel , que 
versaban siempre sobre materias nada pulcras 
ni bien olientes (costumbre inveterada en el se- 
ñor de la Lage), se unían las continuas incon- 
veniencias del primo con la prima. El pobre 
Julián, con los ojos fijos en el plato, el rubio 
-entrecejo un tanto fruncido, pasaba las de Caín. 
Imaginábase él que ajar, siquiera fuese en bro- 
ma , la flor de la modestia virginal , era abomi- 
nable sacrilegio. Por lo que su madre le había 
contado y por lo que en Nucha veía , la señorita 
le inspiraba religioso respeto, semejante al que 
infunde el camarín que contiene una veneranda 
imagen. Jamás se atrevía á llamarla por el di- 
minutivo, pareciéndole Nucha nombre de perro 
más bien que de persona: y cuando Don Pedro 
jse resbalaba á chanzonetas escabrosas, el cape- 
llán, juzgando que consolaba á la señorita Mar- 
celina, tomaba asiento á su lado y le hablaba de 
cosas santas y apacibles, de alguna novena ó 



118 LOS PAZOS DE ULLOA 

función de iglesia , á las cuales Nucha asistía con\ 
asiduidad. 

No lograba el marqués vencer la irritante 
atracción que le llevaba hacia Rita : y con todo, 
al crecer el imperio que ejercía en sus sentidos 
la prima mayor, se fortalecía también la especie 
de desconfianza instintiva que infunden al cam- 
pesino las hembras ciudadanas, cuyo refina- 
miento y coquetería suele confundir con la de- 
pravación. Vamos , no lo podía remediar el 
marqués : según frase suya, Rita le escamaba 
terriblemente. ¡ Es que á veces ostentaba una 
desenvoltura! ¡Se mostraba con él tan incita^ 
dora ; tendía la red con tan poco disimulo ; se 
esponjaba de tal suerte ante los homenajes mas- 
culinos ! 

El aldeano que llega al pueblo ha oído contar 
mil lances , mil jugarretas hechas á los bobos 
que allí entran desprevenidos como incautos pe- 
ces. Lleno de recelo, mira hacia todas partes, 
teme que le roben en las tiendas , no se fia de 
nadie, no acierta á conciliar el sueño en la po- 
sada , no sea que mientras duerme le birlen el 5 
bolso. Guardada la distancia que separaba de 
un labriego al señor de Ulloa, éste era su estado 
moral en Compostela. No hería su amor propio* 
ser dominado por Primitivo y vendido grosera- 
mente por Sabel en su madriguera de los Pazos,, 
pero sí que le torease en el pueblo su artificiosa 
primilla. Además , no es lo mismo distraerse con., 
una muchacha cualquiera que tomar esposa. La 
hembra destinada á llevar el nombre esclare- 
cido de Moscoso y á perpetuarlo legítimamente ? 



POR E. PARDO BAZÁN 119 

había de ser limpia como un espejo... Y Don Pe- 
dro figuraba entre los que no juzgan limpia ya 
á la que tuvo amorosos tratos , aun en la más 
honesta y lícita forma, con otro que con su ma- 
rido. Aun las ojeadas en calles y paseos eran 
pecados gordos. Entendía Don Pedro el honor 
conyugal á la manera calderoniana, española 
neta , indulgentísima para el esposo é implaca- 
ble para la esposa. Y á él que no le dijesen : Rita 
no estaba sin algún enredillo... Acerca de Car- 
men y Manolita no necesitaba discurrir , pues 
bien veía lo que pasaba. Pero Rita... 

Ningún amigo íntimo tenía en Santiago Don 
Pedro, aunque sí varios conocimientos, logrados 
en el paseo, en casa de su tío ó en el Casino, donde 
solía ir mañana y noche, á fuer de buen español 
ocioso. Allí se le embromaba mucho con su pri- 
ma , comentándose también la desatinada pasión 
de Carmen por el estudiante y su continuo ata- 
layar en la galería , con el adorador apostado 
enfrente. Siempre alerta, el señorito estudiaba 
el tono y acento con que nombraban á Rita. En 
dos ó tres ocasiones le pareció notar unas pun- 
tas de ironía , y acaso no se equivocase ; pues 
en las ciudades pequeñas , donde ningún suceso 
se olvida ni borra, donde gira perpetuamente 
la conversación sobre los mismos asuntos , don- 
de se abulta lo nimio , y lo grave adquiere pro- 
porciones épicas , á menudo tiene una muchacha 
perdida la fama antes que la virtud, y ligerezas 
insignificantes, glosadas y censuradas años y 
años, llevan á la doncella con palma al sepulcro. 
Además, las señoritas de la Lage, por su alcur- 



120 LOS PAZOS DE ULLOA 



nia, por los humos aristocráticos de su padre y 
la especie de aureola con que pretendía rodear- 
las, por su belleza, eran blanco de bastantes 
envidillas y murmuraciones : cuando no se las 
motejaba de orgullosas , se recurría á tacharlas 
de coquetas. 

Lucía el Casino entre su maltratado mueblaje 
un caduco soíá de gutapercha , gala del gabine- 
te de lectura : sofá que pudiera llamarse tribuna 
de los maldicientes , pues allí se reunían tres de 
las más afiladas tijeras que han cortado sayos 
en el mundo : triunvirato digno de más detenido 
bosquejo y en el cual descollaba un personaje 
eminentísimo, maestro en la ciencia del mal 
saber. Así como los eruditos se precian de no 
ignorar la más mínima particularidad concer- 
niente á remotas épocas históricas, este sujeto 
se jactaba de poder decir, sin errar punto ni 
coma, lo que disfrutaban de renta, lo que co~ 
mían , lo que hablaban , y hasta lo que pensaban 
las veinte ó treinta familias de viso que ence- 
rraba el recinto de Santiago. Hombre era para 
pronunciar con suma formalidad y gran reposo : 

—Ayer, en casa de la Lage, se han puesto en 
la mesa dos principios : croquetas y carne esto- 
fada. La ensalada fué de coliflor, y á los postres 
se sirvió carne de membrillo de las monjas. 

Comprobada la exactitud de tales pormeno- 
res, resultaban rigurosamente ciertos. 

Tan bien informado individuo consiguió en- 
cender más recelos en el ánimo del suspicaz se- 
ñor de Ulloa, bastándole para ello unas cuantas 
palabritas , de esas que tomadas al pié de la le- 



POR E. PARDO BAZÁN 121 

tra no llevan malicia alguna , pero vistas al tras- 
luz pueden significarlo todo .. Encomiando el 
¿alero de Rita , y la hermosura de Rita , y la bue- 
na conformación anatómica del cuerpo de Rita, 
añadió como al descuido : 

—Es una muchacha de primer orden... Y aquí 
•difícilmente le saldría novio. Las chicas por el 
•estilo de Rita siempre encuentran su media na- 
ranja en un forastero. 



XI 



Hacia un mes que Don Manuel Pardo se pre- 
guntaba á sí mismo : — ¿Cuándo se deter- 
minará el rapaz á pedirme á Rita? 

Que se la pediría , no lo dudó un momento. La 
•situación del marqués en aquella casa era táci- 
tamente la del novio aceptado. Los amigos de 
la familia de la Lage se permitían alusiones 
desembozadas á la próxima boda ; los criados, 
en la cocina, calculaban ya á cuánto ascendería 
la propineja nupcial. Al recogerse, sus herma- 
nas daban matraca á Rita. A todas horas reían 
fraternalmente con el primo, y una ráfaga de 
alegría juvenil trocaba la vetusta casa en albo- 
rotada pajarera. 

Descabezaba una tarde la siesta el marqués, 
cuando llamaron á la puerta con grandes pal- 
madas. Abrió : era Rita , en chambra , con un 



122 LOS PAZOS DE ULLOA 

pañuelo de seda atado á lo curro , luciendo su 
hermosa garganta descubierta. Blandía en 1» 
diestra un plumero enorme, y parecía una gua 
písima criada de servir, semejanza que, lejos de- 
enfriar al marqués , le hizo hervir la sangre con 
mayor ímpetu. Sofocada y risueña , la muchacha, 
echaba lumbres por ojos , boca y mejillas. 

—¿Perucho? ¿Peruehón? 

— ¿Ritiña, Ritona?— contestó Don Pedro devo- 
rándola con el mirar. 

—Dicen las chicas que vengas... Estamos muy 
enfaenadas arreglando el desván, donde hay- 
todos los trastos del tiempo del abuelo. Parece 
que se encuentran allí cosas fenomenales. 

—Y yo, ¿para qué os sirvo? Supongo que no^ 
me mandaréis barrer. 

—Todo será que se nos antoje. Ven, holga- 
zán , dormilón , marmota. 

Conducía al desván empinadísima escalera, 
y no era el sitio muy oscuro, pues recibía luz de 
tres grandes claraboyas , pero sí bastante bajo ;. 
Don Pedro no podía estar allí de pié, y las chicas,, 
al menor descuido , se pegaban coscorrones en 
la cabeza contra la armazón del techo. Guardá- 
banse en el desván mil cachivaches arrumbados 
que habían servido en otro tiempo á la pompa 
aparato y esplendor de los Pardos de la Lage, 
y hoy tenían por compañeros al polvo y la poli- 
lla, por esperanza la visita de las muchachas 
bulliciosas , que de vez en cuando lo explora- 
ban , á fin de desenterrar alguna presea de an- 
taño, que reformaban según la moda actual- 
Con las antiguallas que allí se pudrían, pudiera 



POR E. PARDO BAZÁN 123 



escribirse la historia de las costumbres y ocu- 
paciones de la nobleza gallega desde un par de 
siglos acá. Restos de sillas de manos pintadas y 
doradas; farolillos con que k>3 pajes alumbra- 
ban á sus señoras al regie^ai ú<t las tertulias, 
cuando no se cotíocíxen Santiago el alumbrado 
público; un rmi forme de maestrante de Ron- 
da ; escofietas y ridículos bordados de abalorio; 
chupas recamadas de flores vistosas ; medias 
caladas de seda , rancias ya ; faldas adornadas 
con caireles ; espadines de acero tomados de 
orín ; anuncios de funciones de teatro impresos 
en seda, rezando que la dama de música había 
de cantar una chistosa tonadilla, y el gracioso 
representar una divertida pitipieza ; todo an- 
daba por allí revuelto con otros chirimbolos aná- 
logos, que trascendían á casacón desde mil le- 
guas, y entre los cuales distinguíanse, como 
prendas más simbólicas y elocuentes , los trebe- 
jos masónicos, medalla, triángulo, mallete, es- 
cuadra y mandil, despojos de un abuelo afran- 
cesado y grado 33 . * . , y una lindísima chaqueta 
de grana , con las insignias de coronel bordadas 
de plata por bocamangas y cuello , herencia de 
la abuela de Don Manuel Pardo, que, según cos- 
tumbre de su época, autorizada por el ejemplo 
de la reina María Luisa, usaba el uniforme de 
su marido para montar diestramente á horca- 
jadas. ' 

—A buena parte me trajisteis— decía Don Pe- 
dro, ahogado entre el polvo y contrariadísimo- 
por no poder moverse del asiento. 

—Aquí te queremos — le replicaban Rita y 



124 LOS PAZOS DE ULLOA 



Manolita palmoteando triunfantes— porque aun- 
que te empeñes , no hay medio de correr tras de 
nosotras , ni de hacernos barrabasadas. Llegó la 
nuestra Te vamos á vestir con espadín y chupa. 
Ya verás. 

—Buena gana tengo de ponerme de máscara. 

—Un minuto solamente. Para ver qué facha 
haces. 

—Os digo que no me visto de mamarracho. 

—¿Cómo que no? Se nos ha puesto á nosotras 
-en el moño. 

—Mirad que os pesará. La que se me acerque 
ha de arrepentirse. 

—¿Y qué nos harás , fantasmón? 

—Eso no se dice hasta que se vea. 

La misteriosa amenaza pareció infundir te- 
mor en las primas, que se limitaron por entonces 
á inofensivas travesuras, á algún plumerazo 
más ó menos. Adelantaba la limpieza del des- 
ván : Manolita, con sus brazos nervudos, mane- 
jaba los trastos ; Rita los clasificaba ; Nucha los 
sacudía y doblaba esmeradamente ; Carmen to- 
maba poca parte en el trajín, y menos aún en la 
Jarana : dos ó tres veces se eclipsó , para aso- 
marse á la galería sin duda. Las demás le sol- 
taron indirectas. 

—¿Qué tal está el día, Carmucha? ¿Llueve ó 
hace sol? 

—¿Pasa mucha gente por la calle? Contesta, 
mujer. 

—Esa siempre está pensando en las musa- 
cañas. 

A medida que las prendas iban quedando lim- 



POR E. PARDO BAZÁN 125 



pías de polvo, las chicas se las probaban A. 
Manolita le sentaba á maravilla el uniforme de 
coronel , por su tipo hombruno . Rita era un 
encanto con la dulleta de seda verdegay de la 
abuela. Carmen sólo consintió en dejarse poner 
un estrafalario adorno, un penacho triple , que 
allá cuando se estrenó se llamaba las tres po- 
tencias. Tocóle á Nucha la probatura de las 
mantillas de blonda. A todo esto la tarde caía^ 
y en el telarañoso recinto del desván se veía 
muy poco. La penumbra era favorable á los pla- 
nes de las muchachas ; aprovechando la ocasión 
propicia, acercáronse disimuladamente las dos. 
mayores a Don Pedro, y mientras Rita le planta- 
ba en la cabeza un sombrero de tres picos , Ma- 
nolita le echaba por los hombros una chupa co- 
lor tórtola, con guirnaldas de flores azules y 
amarillas. 

Fué de confusión el momento que siguió á 
esta diablura sosa. D. Pedro, medio á gatas. 
porque de otro modo no se lo consentía la poca 
altura del desván, perseguía á sus primas, re- 
suelto á tomar memorable venganza ; y ellas,, 
exhalando chillidos ratoniles, tropezando con 
los muebles y cachivaches esparcidos aquí y 
acullá , procuraban buscar la puertecilla angos- 
ta para evitar represalias. Mientras Rita se 
atrincheraba tras los restos de una silla de ma- 
nos y una desvencijada cómoda, huyeron dos 
chicas, las menos valientes ; y habiendo tenido 
Manolita la buena ocurrencia de cegar momen- 
táneamente á su primo arrojándole á la cabeza 
un chai, pudo evadirse también Rita, jefe nato. 



126 LOS PAZOS DE ULLOA 

del motín. Desenredarse del chai haciéndolo gi- 
rones , y lanzarse á la puerta y á la escalera en 
seguimiento de la fugitiva, fueron acciones si- 
multáneas en Don Pedro. 

Saltó impetuosamente los peldaños, precipi- 
tándose en el corredor á tientas , guiado por su 
instinto de perseguidor de alimañas ágiles , que 
oye delante de sí el apresurado trotecillo de la 
hermosa res. En una revuelta del pasillo le dio 
alcance. La defensa fué blanda, entrecortada 
de risas .Don Pedro , determinado á infligir el cas- 
tigo ofrecido, lo aplicó en efecto cerca de una 
oreja, largo y sonoro. Parecióle que la víctima 
no se resistía entonces ; mas debía de ser erró- 
nea tan maliciosa suposición, porque Rita apro- 
vechó un segundo de suspensión de hostilida- 
des para huir nuevamente, gritando: 

—¿A que no me coges otra vez, cobarde? 

Engolosinado, olvidando el peligro del juego, 
el marqués echó detrás de la prima, que se ha- 
bía desvanecido ya en las negruras del pasadi- 
zo. Éste, irregular y tortuoso, serpeaba al re- 
dedor de parte de la casa, quebrándose en 
inesperados codos, y á veces estrechándose 
como longaniza mal rellena. Rita llevaba ven- 
taja en sus familiares angosturas. Oyó el mar- 
qués chirriar puertas , indicio de que la chica se 
había acogido al sagrado de alguna habitación. 
No estaba Don Pedro para respetar sagrados. 
Empujó la puerta tras la cual juzgaba parape- 
tada á Rita. La puerta resistía como si tuviese 
algún obstáculo delante ; mas los puños de Don 
Pedro dieron cuenta fácilmente de la endeble 



POR E. PARDO BAZÁN 127 



trinchera de un par de sillas , que vinieron al 
suelo con estrépito. Penetró en un cuarto com- 
pletamente obscuro, y por instinto alargólas ma- 
nos á fin de no tropezar con los muebles; ad- 
virtió que algo rebullía en las tinieblas ; tanteó 
el aire y palpó un bulto de mujer, que aprisionó 
-en sus brazos sin decir palabra, con ánimo de 
repetir el castigo. ¡ Oh sorpresa! La resistencia 
más tenaz y briosa, la protesta más desespera- 
da, unas manitas de acero que no podía cauti- 
var, un cuerpo nervioso que se sacudía rehu- 
yendo toda presión , y al mismo tiempo varias 
exclamaciones de protunda y verdadera congo- 
ja, dos ó tres gritos ahogados que demandaban 
.socorro... ¡Diantre! Aquello no se parecía á lo 
lo otro, no... Por ciego y exaltado que estuviese 
-el marqués , hubo de comprender... Sintió una 
confusión insólita en él, y soltó á la chica. 

— Nuchiña, no llores... Calla, mujer... Ya te 
dejó; no te hago nada... Aguarda un instante. 

Registró precipitadamente sus bolsillos , rascó 
un fósforo , miró alrededor , encendió una vela 
puesta en un candelabro... Nucha, viéndose li- 
bre, callaba ; pero se mantenía á la defensiva. 
Volvió el marqués á disculparse y á consolarla. 

—Nucha, no seas chiquilla... Perdona, mu- 
jer... Dispensa, no creí que eras tú. 

Conteniendo un sollozo, exclamó Nucha : 

—Fuese quien fuese... Con las señoritas no se 
hacen estas brutalidades. , 

—Hija mía, tu señora hermanita me buscó... 
y el que me busca , que no se queje si me en- 
cuentra... Ea, no haya más, no estés así dis- 



128 LOS PAZOS DE UIXOA 



gustada. ¿Qué va á decir de mí el tío? Pero, 
¿aún lloras, mujer? Cuidado que eres sensible 
de veras. A ver, á ver esa cara. 

Alzó el candelabro para alumbrar el rostro- 
de Nucha. Estaba ésta encendida , demudada, 
y por sus mejillas corría despacio una lágrima; 
pero al darle la luz en los ojos , no pudo menos 
de sonreír ligeramente y secar el llanto con su 
pañuelo. 

—¡Hija! ¡ Cualquiera se te atreve ! ¡ Eres una. 
fierecita ! ¡ Y hasta fuerza en los puños descu" 
bres tú en esos momentos ! ¡ Diantre ! 

—Vete— ordenó Nucha recobrando su serie- 
dad.— Esta es mi habitación , y no me parece de- 
cente que te estés metido en ella. 

Dio el marqués dos pasos para salir ; y vol- 
viéndose de pronto , preguntó : 

— ¿Quedamos amigos? ¿Se hacen las paces?- 

—Sí, con tal que no vuelvas á las andadas — 
respondió con sencillez y firmeza Nucha. 

—¿Qué me harás si vuelvo?— interrogó ri- 
sueño el hidalgo campesino.— Capaz eres de 
dejarme en el sitio de una manotada, chica. 

—No por cierto... No tengo yo fuerzas para, 
tanto. Haré otra cosa. 

-¿Cuál? 

— Decírselo á papá, muy clarito, para que se 
fije en lo que de seguro no se le habrá pasado 
por la cabeza: que no parece natural vivir tú 
aquí no siendo nuestro hermano y siendo nos- 
otras muchachas solteras. Ya sé que es un 
atrevimiento meterme á enmendar la plana á 
papá ; pero él no ha reparado en esto, ni te cree 



POR E. PARDO BAZÁN 129 



capaz de gracias como las de hoy. En cuanto 
note algo, se le ha de ocurrir sin que yo le so- 
ple al oído, pues no soy quién para aconsejar á 
mi padre. 

— ¡ Caramba ! Lo dices de un modo ... ¡ como si 
fuese cuestión de vida ó muerte ! 

—Pues así. 

Marchóse con estas despachaderas el mar- 
qués , y á la hora de la cena estuvo taciturno y 
metido en sí , haciendo caso omiso de las zala- 
merías de Rita. Nucha, aunque un poco altera- 
da la fisonomía, se mostró como siempre, afa- 
ble, tranquila y atenta al buen servicio y orden 
de la mesa. Aquella noche el marqués no dejó 
dormir á Julián, entreteniéndole hasta las altas 
horas con larga y tendida plática. Los días si- 
guientes fueron de tregua; Don Pedro salía bas- 
tante , y se le veía mucho en el Casino , junto á 
la tribuna de los maldicientes. No perdía allí el 
tiempo. Informábase de particularidades que 
le importaban, por ejemplo, el verdadero esta- 
do de fortuna de su tío. En Santiago se decía lo 
que él sospechaba ya : Don Manuel Pardo mejo- 
raba en tercio y quinto á su primogénito Ga- 
briel, que entre la mejora, su legítima y el 
vínculo, vendría á arramblar con casi toda la 
casa de la Lage. No restaba más esperanza á 
las primitas que la herencia de una tía soltera, 
Doña Marcelina, madrina de Nucha por más 
señas, que residía en Orense, atesorando sórdi- 
damente y viviendo como una rata en su agu- 
jero. Estas nuevas dieron en qué pensar á Don 
Pedro, que desveló á Julián algunas noches 

9 



130 L06 PAZOS DE ULLOA 

más. Al cabo adoptó una resolución defini- 
tiva. 

Estremecióse de placer Don Manuel Pardo 
viendo al sobrino entrar en su despacho una 
mañana, con ia expresión indefinible que se nota 
en el rostro y continente de quien viene á tra- 
tar algo de importancia. Había oído Don Manuel 
que donde hay varias hermanas, lo difícil es 
deshacerse de la primera , y después las oti as 
se desprenden de suyo, como las cuentas de una 
sarta tras la más próxima al cabo del hilo. Colo- 
cada Rita, lo demás era tortas y pan pintado. 
Con Manolita cargaría por último el finchado 
señorito de la Formoseda, á Carmen se le qui- 
tarían de la cabeza ciertas locuras, y siendo tan 
linda no le faltaría buen acomodo, y Nucha... 
Lo que es Nucha no le hacía á él peso en casa, 
pues la gobernaba á las mil maravillas ; además, 
á fuer de heredera presunta de su madrina , no 
necesitaba ampararse casándose. Si no hallaba 
marido , viviría con Gabriel cuando éste , aca- 
bada la carrera , se estableciese según conviene 
al mayorazgo de la Lage. Con tan gratos pen- 
samientos, Don Manuel abrió los oídos para 
mejor recibir el rocío de las palabras de su so- 
brino . Lo que recibió fué un escopetazo. 

—¿Por qué se asusta V. tanto, tío?— excla- 
maba Don Pedro, gozando en sus adentros con 
la mortificación y asombro del viejo hidalgo.— 
¿Hay impedimento? ¿Tiene Nucha otro novio? 

Comenzó Don Manuel á poner mil objeciones, 
callándose algunas que no eran para dichas. 
Salió la corta edad de la muchacha , su delicada 



POR Ew PARDO BAZÁN 131 



salud, y hasta su poca hermosura alegó el pa- 
dre , sazonando la observación con alusiones no 
muy reservadas al buen palmito de Rita y al 
mal gusto de no preferirla. Dio al sobrino ma- 
notadas en los hombros y en las rodillas; gastó 
chanzas; quiso aconsejarle como se aconseja á 
un niño que escoge entre juguetes ; y, por últi- 
mo, tras de referir varios chascarrillos adecua- 
dos al asunto y contados en dialecto, acabó por 
declarar que á las demás chicas les daría algo 
al contraer matrimonio, pero que á Nucha... 
como esperaba heredar lo de su tía... Los tiem- 
pos estaban malos, abofé... Luego, encarán- 
dose con el marqués, le interrogó: 

—¿Y qué dice esa mosquita muerta de Nucha, 
vamos á ver? 

—Usted se lo preguntará, tío... ¡Yo no le dije 
cosa de sustancia!... Ya vamos viejos para an- 
dar haciendo cocos. 

¿Oh, y qué marejada hubo en casa de la Lage 
por espacio de una quincena! Entrevistas con 
el padre, cuchicheos de las hermanas entre sí, 
trasnochadas y madrugonas, batir de puertas, 
lloreras escondidas, que denunciaban ojos como 
puños , trastornos en las horas de comer, con- 
ferencias con amigos sesudos, curiosidades de 
dueña oficiosa que apaga el ruido de su pisar 
para sorprender algo al abrigo de una cortina, 
todas las dramáticas menudencias, que acompa- 
ñan á un grave suceso doméstico... Y como en 
provincia las paredes son de cristal, se mur- 
muró en Santiago desaforadamente, glosando 
los escándalos ocurridos entre las señoritas de 



132 LOS PAZOS DE ULLOA 



la Lage por causa del primo. Se acusó á Rita 
de haber insultado agriamente á su hermana 
porque Je quitaba el novio, y á Carmen de ayu- 
darla , porque Nacha reprendía su ventaneo. Se 
censuró á Nucha también por falsa é hipócrita. 
Se le royeron los zancajos á Don Manuel, afir- 
mando que había dicho en toda confianza á per- 
sona que lo repitió en toda intimidad:— El so- 
brino no me había de salir de aquí sin una de las 
chicas, y como se le antojó Nucha,, hubo que 
dársela.— Se aseguró que las hermanas no cru- 
zaban ya palabra alguna en la mesa, y lo con- 
firmó ver á Rita en paseo, sola con Carmen, de- 
lante, mientras el primo seguía detrás con Don 
Manuel y Nucha. Esta iba como avergonzada, 
cabizbaja y modesta. Crecieron los comentarios 
cuando Rila salló para Orense, a acompañar 
una temporada á la tía Marcelina, según dijo, y 
Don Pedro para una posada, por no conside- 
rarse decoroso que los novios viviesen bajo un 
mismo techo en vísperas de boda. 

Esta se efectuó llegada la dispensa pontificia, 
hacia fines del mes de Agosto. No faltaron los 
indispensables requisitos : finezas mutuas, rega- 
los de amigos y parientes, cajas de dulces muy 
emperifolladas para repartir, buen ajuar de 
ropa blanca , las galas venidas de Madrid en un 
cajón monstruo. Dos ó tres días antes de la ce- 
remonia se recibió un paquetito procedente de 
Segovia, y dentro de él un estuche. Contenia 
una sortija de oro muy sencilla, y una cartulina 
figurando tarjeta, que decía: "A mi inolvidable 
hermana Marcelina, su más amante nermano, 



POR E». PARDO BAZÁN 133 



Gabriel.,, La. novia lloró bastante con el obse- 
quio de su niño, púsolo en el dedo meñique de 
la mano izquierda, y allí se le reunió el otro 
anillo que en la iglesia la ciñeron. 

Casáronse al anocher, en una parroquia soli- 
taria. Vestía la novia de rico gro negro , manti- 
lla de blonda y aderezo de brillantes. Al regre- 
sar, hubo refresco para la familia y amigos 
íntimos solamente: un refresco á la antigua 
española, con almíbares, sorbetes, chocolate, 
vino generoso, bizcochos, dulces variadísimos, 
todo servido en macizas salvillas y bandejas de 
plata , con gran etiqueta y compostura. No ador- 
naban la mesa flores , á no ser las rosas de trapo 
de las tartas ó ramilletes de piñonate; dos can- 
delabros con bujías, altos como mecheros de 
catafalco , solemnizaban el comedor , y los con- 
vidados , transidos aún del miedo que infunde el 
terrible sacramento del matrimonio visto de 
cerca, hablaban bajito, lo mismo que en un 
duelo, esmerándose en evitar hasta el repique 
de las cucharillas en la loza de los platos. Pare- 
cía aquello la comida postrera de los leos de 
muerte. Verdad es que el Sr. D. Nemesio Án- 
gulo, eclesiástico en extremo cortesano y afa- 
ble, antiguo amigo y tertuliano de Don Manuel 
y autor de la dicha de los cónyuges á quienes 
acababa de bendecir, intentó soltar dos ó tres 
cosillas festivas, en tono decentemente jovial, 
para animar un poco la asamblea; pero sus es- 
fuerzos se estrellaron contra la seriedad de los 
concurrentes. Todos estaban— es la frase de 
cajón— muy afectados, incluso el señorito de la 



134 LOS PAZOS DE UIXOA 



Formoseda, que acaso pensaba " cuando la bar- 
ba de tu vecino... „ y Julián, que viendo colma- 
dos sus deseos y votos ardentísimos , triunfante 
su candidatura , sentía no obstante en el cora- 
zón un peso raro , como si algún presentimiento- 
cruel se lo abrumase. 

Seria y solícita , la novia atendía y servía á 
todo el mundo; dos ó tres veces su pulso des- 
asentado la hizo verter el pajarete que escan- 
ciaba ai buen Don Nemesio, colocado en sitio 
preferente, á su derecha. El novio entre tanto 
conversaba con los hombres, y, al alzarse de la 
mesa, repartió excelentes cigarros, de que tenía 
rellena la petaca. Nadie aludió al trascendental 
acontecimiento, ni se atrevió á decir la menor 
chanza que pudiese poner colorada á la novia; 
pero al despedirse los convidados, algunos ca- 
balleros recalcaron maliciosamente las buenas 
noches, mientras matronas y doncellas, besan- 
do con estrépito á la desposada, le chillaban al 
oído:— "Adiós, señora... Ya eres señora; ya no 
es posible llamarte señorita... n — celebrando 
tan trivial observación con afectadas risas, y 
mirando á Nucha como para aprendérsela de 
memoria. Cuando todos fueron saliendo, Don 
M inuel Pardo se acercó á su hija , y la oprimió 
contra el pecho colosal, sellándole la frente con 
besos muy cariñosos. Hallábase realmente con- 
movido el señor de la Lage : era la primera vez 
que casaba una hija: sentía desbordarse en su 
aima la paternidad, y al tomar de la mano á 
Nucha para 'conducirla á la cámara nupcial,, 
alumbrándoles el camino Misia Rosario con un¡ 



POR E. PARDO BAZÁN 135 



candelabro de cinco brazos cogido de la mesa 
del comedor, no acertaba á pronunciar palabra, 
y un poco de humedad se asomaba á sus lagri- 
males áridos, y una sonrisa de orgullo y placer 
entreabría al mismo tiempo su boca. En el um- 
bral pudo exclamar al cabo: 

— ¡ Si levantase la cabeza tal día como hoy tu 
madre que en gloria esté! 

Ardían en el tocador de la estancia dos velas 
puestas en candeleros no menos empinados y 
majestuosos que los candelabros del reiresco; 
y como no la iluminaba otra luz , ni se había so- 
ñado siquiera en el clásico globo de porcelana 
que es de xigor en todo voluptuoso camann de 
novela, impregnaba la alcoba más misterio re- 
ligioso que nupcial, completando su analogía 
con una capilla ú oratorio la forma del tálamo, 
cuyas cortinas de damasco rojo ir anjeadas de 
oro se parecían exactamente á colgaduras de 
iglesia, y cuyas sábanas blanquísimas, tersas y 
almidonadas, con randas y encajes, tenían la 
casta lisura de los manteles de aliar Cuando el 
padre se retiraba ya, murmurando— Adiós Nu- 
chiña, hija querida— la novia le asió la diestra 
y se la besó humildemente, con labios secos, 
abrasados de calentura —Quedó sola Temblaba 
como la hoja en el árbol, y al través de sus 
crispados nervios corría á cada instante el es- 
calofrío de la muerte chiquita ; no por miedo 
razonado y consciente, sino por cierto pavor in- 
definible y sagrado. Parecíale que aquella habi- 
tación donde reinaba tan imponente silencio, 
donde ardían tan altas y graves las luces*, era 



136 LOS PAZOS DE UIXOA 

el mismo templo en que no hacía dos horas aún 
se había puesto de hinojos... Volvió á arrodi- 
llarse, divisando allá en la sombra de la cabe- 
cera del lecho el antiguo Cristo de ébano y mar- 
fil, á quien el cortinaje formaba severo dosel. 
Sus labios murmuraban el consuetudinario rezo 
nocturno: — "Un padre nuestro por el alma de 
mamá...,,— Oyéronse en el corredor pisadas 
recias, crujir de botas flamantes, y la puerta 
se abrió. 



XII 



Quedaban migajas , no muy añejas aún, del 
pan de la boda , cuando Don Pedro celebró 
on Julián una conferencia, conviniendo ambos 
en lo urgente de que el capellán se adelantase 
á salir á los Pazos para adoptar varias precau- 
ciones indispensables y civilizar algo la huro- 
nera, mientras no iban á vivirla sus dueños. 
Julián aceptó la comisión, y entonces el seño- 
rito mostró remordimientos ó escrúpulos de 
habérsela encomendado. 

— Mire V.— advirtió— que allí se necesitanmu- 
chas agallas... Primitivo es hombre de malos 
hígados, capaz de darle á V. cien vueltas... 

—Dios delante. Matar no me matará. 

—No lo diga V. dos veces— insistió el señor 
fiAinioa, impulsado por voces de su concien- 



POR E. PARDO BAZÁN 137 

cia ; que en aquel momento se dejaban oir claras 
y apremiantes. —Ya le avisé á V. en otra oca- 
sión de cómo es Primitivo: capaz de cualquier 
desafuero... Lo que yo no creo es que vaya á 
cometer barbaridades por gusto de cometerlas, 
ni aun en el primer momento , cuando le ciega 
el deseo de la venganza... Con todo... 

No era esta la única vez que Don Pedro mani- 
festaba sagacidad en el conocimiento de carac- 
teres y personas , don esterilizado por* la falta 
de nociones de cultura moral y delicadeza , de 
esas que hoy exige la sociedad á quien, median- 
te el nacimiento, la riqueza ó el poder, ocupa en 
<ílla lugar preeminente. 

Prosiguió el señorito : 

—Primitivo no es un bárbaro... Pero es un 
bribón redomado y taimadísimo, que no se para 
en barras con tal de lograr sus fines... ¡Demon- 
tres! Harto estoy de saberlo... El día que nos 
vinimos... si él pudiese detenernos soplándonos 
un tiro á mansalva... no doy dos cuartos por su 
pellejo de V. ni por el mío. 

Estremecióse Julián , y se le borraron las ro- 
sadas tmtas de los pómulos. No era de madera 
de héroes . lo cual le salía á la cara. A Don Pedro 
le divertía infinito el miedo del capel* án. En la 
índole de Don Pedro había un íondo de crueldad, 
sostenido por su vida grosera. 

—Apostemos— exclamó riéndose— que la cruz 
aquella del camino va V á pasarla rezando. 

—No digo que no — contestó Julián repuesto 
ya; —mas no por eso me niego á ir. Es mi deber; 
¿e suerte que no hago nada de extraordinario 



138 LOS PAZOS DE UIXOA 

en cumplirlo. Dios sobre todo... A veces no es 
tan fiero el león como lo pintan. 

—No le tiene cuenta ahora á Primitivo meter- 
se en dibujos. 

Calló Julián. Al cabo exclamó : 

—¡Señorito, si V. adoptase una buena reso- 
lución! ¡ Echar á ese hombre, señorito, echarlo \ 

—Calle V., hombre ; calle V... Le pondremos 
á raya... Pero eso de echar... ¿Y los perros? ¿Y 
la caza? ¿Y aquellas gentes, y todo aquel cota- 
rro, que nadie me lo entiende sino él? Desengá- 
ñese V.: sin Primitivo, no me arreglo yo allí... 
Haga V. la prueba , sólo por gusto, de aquillo- 
trarme algunas cosas de las que Primitivo ma- 
neja durmiendo... Además, crea V. lo que le 
digo, que es como el Evangelio : si echa V. á 
Primitivo por la puerta, se nos entrará por la 
ventana. ¡ Diantre ! ¡ Si sabré yo quién es Primi- 
tivo! 

Julián balbució : 

—¿Y... de lo demás? 

—De lo demás... Arréglese V. como quiera.... 
Lleva V. plenos poderes. 

¡Ya lo creo que los llevaba! ¡Así llevase tam- 
bién alguna receta eficaz para servirse de ellos t 
Investido de autoridad omnímoda , Julián sentía 
en el fondo del alma una especie de compasión 
por la desvergonzada manceba y el hijo espu- 
rio. Este último sobre todo. ¿Qué culpa tenía el 
pobre inocente de las bellaquerías maternales? 
Siempre parecía duro arrojarle de una casa 
donde, al fin y al cabo, el dueño era su padre. 
Julián no se hubiera encargado jamás de tanin- 



POR E. PARDO BAZÁN 139 



grata comisión, á no parecerle que iba en ello la. 
salvación eterna deDonPedro, y también el so- 
siego temporal de la que él seguía llamando se- 
ñorita Marcelina , contra el dictamen de las 
convidadas á la boda. 

No sin aprensión cruzó de nuevo el triste país, 
de lobos que antecedía al valle de los Pazos. El 
cazador le aguardaba en Cebre, é hicieron la 
jornada juntos; Primitivo, por más señas, se 
mostró tan sumiso y respetuoso, que Julián, 
quien, al revés de Don Pedro, poseía el don de 
errar en el conocimiento práctico de las gentes, 
guardando los aciertos para el terreno especu- 
lativo y abstracto, fué poco á poco desechando- 
la desconfianza, y persuadiéndose de que ya no 
tenía el zorro intenciones de morder. El rostro 
impasible de Primitivo no revelaba rencor ni 
enojo. Con su laconismo y seriedad habituales, 
hablaba del tiempo desapacible y metido en 
agua, que casi no había consentido majar, ni; 
segar el maíz , ni vendimiar como Dios manda, 
ni cumplir en paz ninguna de las grandes fae- 
nas agrícolas. Estaba, en efecto, el camino en- 
charcado, lleno de aguazales, y como había 
llovido por la mañana también, los pinos deja- 
ban escurrir de las verdes y brillantes púas de 
su ramaje gotas de agua que se aplastaban^en 
el sombrero de los viajeros. Julián iba perdien- 
do el miedo, y un gozo muy puro le inundaba el 
espíritu cuando saludó al crucero con verdadera 
efusión religiosa. 

—Bendito seas , Dios mío— pensaba para sí — 
pues me has permitido cumplir una obra buena,. 



140 LOS PAZOS DR UIXOA 



grata á tus ojos ; He encontrado en los Pazos, 
hace un año, el vicio, el escándalo, la grosería 
y todas las malas pasiones ; v vuelvo travendo 
el matrimonio cristiano, las virtudes del hogar 
consagrado por Ti Yo, yo he sido el agente de 
que te has valido para tan santa obra... Dios 
mío, gracias. 

Cortaron el soliloquio ladridos vehementes: 
era la jauría del marqués , que salía á recibir al 
montero mayor, haciendo locas demo oraciones 
■de regocijo, zarandeando los rabos mutilados y 
abriendo de una cuarta las fresquísimas bocas. 
Acariciólos Primitivo con su enjuta mano, pues 
era sumamente afectuoso para los perros , y al 
nieto, que en pos de los perros venía , le dio una 
especie de festivo soplamocos. Quiso Julián be- 
sar al niño, pero éste se puso en polvorosa antes 
de que pudiese lograrlo ; y el capellán experi- 
mentó otra vez compasivos remordimientos, 
causados por la vista de la ya repudiada cria- 
tura. A Sabel la halló en el sitio de costumbre, 
en_re sus pucheros, pero sin el antiguo séquito 
de aldeanas viejas y mozas, de la Sabia y su 
dilatada progenie. Reinaba en la cocina orden 
perfecto : todo limpio , sosegado y solitario : la 
persona más severa y amiga de censurar, no 
encontraría qué. El capellán comenzaba á sen- 
tirse confuso viendo en ausencia suya tanto 
arreglo, y á temer que su venida lo trastorna- 
ra: idea dictada por su nativa timidez. A la hora 
de cenar aumentó su sorpresa. Primitivo, más 
blando que un guante, le daba cuenta en voz re- 
posada de lo ocurrido allí durante medio año* 



POR E. PARDO BAZAN 141 



en materia de vacas paridas, obras emprendi- 
das, rentas cobradas , y mientras el padre reco- 
nocía así su autoridad superior, lahija le servía 
diligente y humilde, con pegajosa dulzura de 
animal doméstico que implora caricias No sabía 
Julián qué cara poner en vista de una acogida 
tan cordial. 

Creyó que mudarían de actitud al día siguien- 
guíente, cuando, haciendo uso de los plenísimos 
poderes y facultades omnímodas de qué venía 
investido, ordenó á la Agar y al Ismael de aquel 
patr íar cado emigrar al desierto ¡ Milagro asom- 
broso ! Tampoco se alteró entonces la manse- 
dumbre de Primitivo. 

—Los señoritos traerán cocinera de allá , de 
Santiago, —explicaba Julián, para fundar en 
algo la expulsión. 

—Por supuesto, .—respondió Primitivo con la 
mayor naturalidad del mundo — Allá en la vila 
guísase de otro modo . Los señores tienen la 
boca acostumbrada. Cuadra bien, que yo tam- 
bién le iba á pedir que le escribiese al señor mar- 
qués de traer quien cocinase. 

—¿V.?— exclamó Julián, estupefacto. 

—Sí señor... La hija se me quiere casar... 

-¿Sabel? 

— Sabel, si, señor, anda en eso... Con el gai 
tero de Naya, el Gallo... Por de contado, se em- 
peña en irse para su casa, así que les echen las 
bendiciones... 

Sintió Julián un sofocón de pura alegría. No 
pudo menos de pensar que en todo aquel negó- 
ció de Sabel andaba visiblemente la mano de la 



142 LOS PAZOS DE ULLOA 

Providencia. Sabel casada , alejada de allí ; el 
peligro conjurado ; las cosas en orden, la salva- 
ción segura! Una vez más dio gracias al Dios 
bondadoso que quita los estorbos de delante 
-cuando la mezquina previsión humana no cree 
posible removerlos siquiera... La satisfacción 
que le rebosaba en el semblante era tal, que se 
avergonzó de mostrarla ante Primitivo, y em- 
pezó á charlar aprisa , por disimulo, felicitando 
al cazador y augurando á Sabel un porvenir de 
ventura en el nuevo estado. Aquella noche mis- 
ma escribió al marqués la buena noticia. 

Pasaron días, siempre bonancibles. Proseguía 
Sabel mansa, Primitivo complaciente, Perucho 
invisible , la cocina desierta. Sólo notaba Julián 
cierta resistencia pasiva, en lo tocante al go- 
bierno de los estados y hacienda del marqués. 
En este terreno le fué absolutamente imposible 
adelantar una pulgada. Primitivo sostenía su 
posición de verdadero administrador, apodera- 
do, y, entre bastidores, autócrata Julián com- 
prendía que sus plenos poderes importaban tan- 
to como la carabina de Ambrosio, y hasta pudo 
cerciorarse, por indicios evidentes, de que el 
influjo que ejercía el cazador en el circuito de 
los Pazos iba haciéndose extensivo á toda la 
comarca; á menudo venían á conferenciar con el 
mayordomo, en actitud respetuosa y servil , gen 
tes de Cebre, de Castrodorna, de Boán, de pun- 
tos más distantes todavía. En cuatro leguas á la 
redonda no se movía una paja sin intervención 
y aquiescencia de Primitivo. No poseía Julián 
-íuerza para luchar con él, ni lo intentaba , pare- 



POR E. PARDO BAZÁN 143 

ciéndole secundario el perjuicio que á la casa de 
Ulloa originase la mala administración de Pri- 
mitivo en proporción ai daño inmenso que es- 
tuvo á punto de causarle Sabel Descartarse de 
la hija lo tenía él por importante , en cuanto al 
padre 

¡Verdades que la hija no se marchaba tam- 
poco, pero se marcharía, no laltaba más'/Quiétí 
•duda que se marcharía? Tranquilizaba a Julián 
una señal en su concepto infalible . el haber sor- 
prendido cierto anochecer, cerca del pa)ar, á 
Sabel y al gallardo gaitero entretenidos en co- 
loquios más du.ivcs <l ue edificantes Leruhonzó 
el encueniio. pero hi¿oia visiagotda, reflexio- 
nando que aquello era, por decirlo así, la ante- 
sala del aliar. Seguro de la victoria respecto á 
la mala hembra, transigió en lo relativo al ma- 
yordomo. Cuanto más que éste no rechazaba 
las indicaciones de Julián, ni le llevaba la con- 
traria en cosa alguna. Si el capellán ideaba pla- 
nes , censuraba abusos ó insistía en la urgente 
necesidad de una reforma, Primitivo aprobaba, 
.allanaba el camino, sugería medios , de palabra 
se entiende ; al llegar á la realización, ya era 
harina de otio costal : empezaban las dificulta- 
des las dilaciones : que hoy., que mañana No 
hay fuerza comparable á la inercia Pnmiuvo 
decía á Julián para consolarle : 

—Una cosa es hablar, y otra hacer. . 

Ó matar á Primitivo, ó entregársele á discre- 
ción • el capellán comprendía que no quedaba 
otro recurso. Fué un día á desahogar sus cuitas 
con Don Eugenio, el abad deNava, cuyos discre- 



144 LOS PAZOS DE ULLOA 

tos pareceres le alentaban mucho. Encontróle 
todo alborotado con los noticiones políticos, que 
acababan de confirmar los pocos periódicos que 
se recibían en aquellos andurriales. La marina 
se había sublevado, echando del trono á laReina^ 
y ésta se encontraba ya en Francia, y se cons- 
tituía un Gobierno provisional, y se contaba de 
una batalla reñidísima en el puente de Alcolea, 
y el ejército se adhería , y el diablo y su madre... 
DonHugemo andaba, de puro excitado, medio 
loco, proyectando use á Santiago sin dilación 
para sabci noticias ciertas ¡ Qué dirían el señor 
Arcipreste y el abad de Boán! ¿Y Barbacana? 
Ahora sí que Baj bacana estaba fresco . su eter- 
no adversario Trampeta, amu>o de los unionis- 
nistas, se le montaña encima por los siglos de 
los siglos, amén Con el emballo de estos acon- 
tecimientos , apenas atendió el abad de Naya á 
las tribulaciones de I uhan. 



XIII 



Transcurrido algún tiempo de vida familiar 
con suegro y cuñadas, Don Pedro echó de 
menos su huronera. No se acostumbraba á la 
metrópoli arzooispal. Ahogábanle las altas ta- 
pias verdosas , los soportales angostos , los edi- 
ficios de lóbrego zaguán y escalera sombría 



POR E. PARDO BAZÁN 145 



que le parecían calabozos y mazmorras. Fasti" 
diábale vivir allí donde tres gotas de lluvia me- 
ten en casa á todo el mundo y engendran ins- 
tantáneamente una triste vegetación de hongos 
de seda, de enormes paraguas. Le incomodaba 
la perenne sinfonía de la lluvia que se deslizaba 
por los canalones abajo ó retiñía en los charcos 
causados por la depresión de las baldosas. Que- 
dábanle dos recursos no más para combatir el 
tedio : discutir con su suegro ó jugar un rato en 
el Casino. Ambas cosas le produjeron en breve, 
no hastío, pues el verdadero hastío es enferme- 
dad moral propia de los muy refinados y sibari- 
tas de entendimiento, sino irritación y sorda cóle- 
ra, hij a de la secreta convicción de su inferioridad. 
Don Manuel era superior á su sobrino por el 
barniz de educación adquirido en dilatados años 
de existencia ciudadana y el consiguiente trato 
de gentes, así como por aquel bien entendido 
orgullo de su nacimiento y apellido , que le sal- 
vaba de adocenarse (era su expresión predi- 
lecta). Aparte de la manía de referir en las so- 
bremesas y entre amigos de confianza mil anéc- 
dotas, no contrarias al pudor, pero sí á la sere- 
nidad del estómago de los oyentes, era Don 
Manuel persona cortés y de buenas formas, para 
presidir, verbigracia, un duelo, asistir á una 
junta en la Sociedad Económica de Amigos del 
País, llevar el estandarte en una procesión, ser 
llamado al despacho de un gobernador en con- 
sulta. Si deseaba retirarse al campo, no le 
atraía tan sólo la perspectiva de dar rienda 
suelta á instintos selváticos , de andar sin cor- 
lo 



146 LOS PAZOS DE ULLOA 



bata, de no pagar tributo á la sociedad, sino 
que le solicitaban aficiones más delicadas , de 
origen moderno : el deseo de tener un jardín, 
de cultivar frutales, de hacer obras de albaftile- 
ría, distracción que le embelesaba y que en el 
campo es más barata que en la ciudad. Además, 
el fino trato de su mujer, la perpetua compañía 
de su hijas suavizara ya las tradiciones rudas 
que por parte de los la Lage conservaba Don 
Manuel: cinco hembras respetadas y queridas 
civilizan al hombre más agreste. He aquí por 
qué el suegro, á pesar de encontrarse cronoló- 
gicamente una generación más atrás que su 
yerno , estaba moralmente bastantes años más 
adelante. 

Trataba Don Manuel de descortezar á Don 
Pedro; y no sólo fué trabajo perdido, sino con- 
traproducente, pues recrudeció su soberbia y 
le infundió mayores deseos de emanciparse de 
todo yugo. Aspiraba el señor de la Lage á que 
su sobrino se estableciese en Santiago , levan- 
tando la casa de los Pazos y visitándola los ve- 
ranos solamente, á fin de recrearse y vigilar 
sus fincas; y al dar tales consejos á su yerno, 
los entreveraba con indirectas y alusiones, para 
demostrar que nada ignoraba de cuanto suce- 
día en la vieja madriguera de los Ulloas. Este 
género de imposición y fiscalización , aunque 
tan disculpable, irritó á Don Pedro, que, según 
decía, no aguantaba ancas ni gustaba de ser 
manejado por nadie del mundo. 

—Por lo mismo— declaró un día delante de su 
mujer— vamos á tomar soleta pronto. A mí na- 



POR E. PARDO BAZAN 147 

die me trae y lleva desde que pasé de chiquillo. 
Si callo á veces, es porque estoy en casa ajena. 

Estar en casa ajena le exaltaba. Todo cuanto 
veía lo encontraba censurable y antipático El 
decoroso fausto del señor de la Lage , sus ban- 
dejas y candelabros de plata; su mueblaje rico 
y antiguo ; la respetabilidad de sus relaciones, 
•compuestas de lo más selecto de la ciudad , su 
honesta tertulia nocturna de canónigos y perso- 
nas formales que venían á hacerle la partida de 
tresillo ; sus criados respetuosos , á veces des- 
cuidados, pero nunca insolentes ni entrometi- 
dos, todo se le figuraba á Don Pedro sátira vi- 
viente del desarreglo de los Pazos, de aquella 
vida torpe, de las comidas sin mantel, de las 
ventanas sin vidrios , de la familiaridad con mo- 
zas y gañanes. Y no se le despertaba la sa- 
ludable emulación, sino la ruin envidia y su 
hermano el ceñudo despecho. Únicamente le 
•consolaban los desatinados amoríos de Car- 
men; celebraba la gracia, frotándose las ma 
n<js, siempre que en el Casino se comentaba la 
procacidad del estudiante y el descaro de la 
chiquilla. ¡Que rabiase su suegro! No bastaba 
tener sillas de damasco y alfombras para evitai 
escándalos. 

Los altercados de Don Pedro con su tío ibap 
agriándose, y vino á envenenarlos la discusión 
política, que enzarza más que ninguna otra, 
especialmente á los que discuten por impresión 
sin ideas fijas y razonadas. Fuerza es confesai 
que el marqués estaba en este caso. Don Ma 
nuel no era ningún lince, pero afiliado platóni- 



143 LOS PAZOS DE ULLOA 



camente desde muchos años atrás al partida 
moderado puro, hecho á leer periódicos , cono- 
cía la rutina ; y había tomado tan á contrapelo 
el chasco de González Bravo y la marcha de 
Isabel II, que se disparaba, poniéndose á dos 
dedos de ahogarse , cuando el sobrino , por mo- 
lestarle, le contradecía , disculpaba á los revo- 
lucionarios , repetía las enormidades que la 
prensa y las lenguas de entonces propalaban 
contra la majestad caída, y aparentaba creer- 
las como artículo de fe. El tío le rebatía coa 
acritud y calor, alzando al cielo las gigantescas 
manos. 

—Allá en las aldeas — decía — se traga todo, 
hasta el mayor disparate. . No tenéis formado- 
el criterio, hijo, no tenéis formado el criterio, 
esa es vuestra desgracia... Lo miráis todo al 
través de un punto de vista que os forjáis vos- 
otros mismos... (este tremendo disparate debía 
de haberlo aprendido Don Manuel en algún ar- 
tículo de fondo ) Hay que juzgar con la expe- 
riencia, con la sensatez. 

—¿Y V. se figura que somos tontos los que 
venimos de allá?.. Puede ser que aún tengamos 
más pesquis, y veamos lo que Vds. no ven... 
(Aludía á su prima Carmen, colgada de la ga- 
lería en aquel momento). Créame V. , tío, en 
todas partes hay bobalicones que se maman el 
dedo... ¡Vaya si los hayl 

La discusión tomaba carácter personal y 
agresivo ; solía esto ocurrir á la hora de la so- 
bremesa ; las tazas del café chocaban furiosas 
contra los platillos; Don Manuel, trémulo de 



POR E. PARDO BAZÁN 149 

-coraje, vertía el anisete al llevarlo á la boca; 
tío y sobrino alzaban la voz mucho más de lo 
regular, y después de algún descompasado grito 
•ó frase dura, había instantes de armado silen- 
cio, de muda hostilidad, en que las chicas se 
miraban, y Nucha, con la cabeza baja, redon- 
deaba bolitas de miga de pan ó doblaba muy 
despacio las servilletas de todos deslizándolas 
en las anillas. Don Pedro se levantaba de re- 
pente, rechazando su silla con energía, y, ha- 
ciendo temblar el piso bajo su andar fuerte, se 
largaba al Casino , donde las mesas de tresillo 
funcionaban día y noche. 

Tampoco allí se encontraba bien. Sofocábale 
cierta atmósfera intelectual , muy propia de 
ciudad universitaria. Compostela es pueblo en 
que nadie quiere pasar por ignorante , y com- 
prendía el señorito cuánto se mofarían de él y 
•qué chacota se le preparaba, si se averiguase 
con certeza que no estaba fuerte en ortografía 
ni en otras tas nombradas allí á menudo. Se le 
sublevaba su amor propio de monarca indiscu- 
tible en los Pazos de Ulloa al verse tenido en 
menos que unos catedráticos acatarrados y per- 
gaminosos , y aun que unos estudiantes trone- 
ras, con las botas rotas y -el cerebro caliente y 
vibrante todavía de alguna lectura de autor mo- 
derno, en la Biblioteca de la Universidad, ó en 
el gabinete del Casino. Aquella vida era sobra 
do activa para la cabeza del señorito, sobrado 
entumecida y sedentaria para su cuerpo; la san- 
gre se le requemaba por falta de esparcimiento 
y ejercicio, la piel le pedía con mucha necesidad 



150 ix)S pazos.de ulloa 

baños de aire y sol, duchas de lluvia, friegas 
de espinos y escajos, ¡plena inmersión en la 
atmósfera montes ! 

No podía sufrir la nivelación social que im- 
pone la vida urbana; no se habituaba á contarse 
como número par en un pueblo, habiendo esta- 
do siempre de nones en su residencia feudal. 
¿Quién era él en Santiago? Don Pedro Moscoso 
á secas : menos aun : el yerno del señor de la 
Lage, el marido de Nucha Pardo. El marque- 
sado allí se había deshecho como la sal en el 
agua, merced á la malicia de un viejecillo, 
miembro del maldiciente triunvirato, á quien 
correspondía, por su acerada y prodigiosa me- 
moria y años innumerables , el ramo de averi- 
guación y esclarecimiento de añejos sucedidos, 
así como al más joven, que conocemos ya, to- 
caban las investigaciones de actualidad, vinien- 
do á ser cronista el uno y analista el otro de la 
metrópoli. El cronista, pues, hizo su oficio des- 
entrañando la genealogía entera y verdadera 
de las casas de Cabreira y Moscoso , probando 
ce por be que el título de Ulloa no correspondía 
ni podía corresponder sino al duque de tal y 
cual, grande de España, etc.; y demostrándolo 
mediante oportuna exhibición de la Guía de 
Forasteros. Por cierto que al instruir estas di- 
ligencias se hizo bastante burla de Don Pedro y 
del señor de la Lage , á quien se acusaba de ha- 
ber bordado la corona de marquesa en un juego 
de sábanas regalado á su hija; inocente desliz 
que el analista confirmó , especificando dónde y 
cómo se habían marcado las susodichas sába- 



POR E. PARDO BAZÁN 151 

ñas, y cuánto había costado el escusón y el pe- 
rendengue de la coronita. 

Impaciente ya, resolvió Don Pedro la marcha 
antes de que pasase la inclemencia del infier- 
no , á fines de un Marzo muy esquivo y desapa- 
cible. Salía el coche para Cebre tan de madru- 
gada, que no se veía casi; hacía un frío cruel, 
y Nucha, acurrucada en el rincón del incómodo 
vehículo , se llevaba á menudo el pañuelo á los 
ojos , poi lo cual su marido la interpeló con poca 
blandura : 

— i Parece que vienes de mala gana conmigo? 

— ¡Qué cosas tienes!— respondió la mucha- 
cha, destapando el rostro y sonriendo.— Es na- 
tural que sienta dejar al pobre papá y... y á las 
chicas . 

—Pues ellas— murmuró el señorito— me pa- 
rece que no te echarán memoriales para que 
vuelvas. 

Nucha calló. El carruaje brincaba en los ba- 
ches de la salida, y el mayoral , con voz ronca, 
animaba al tiro. Alcanzaron la carretera, y rodó 
el armatoste sobre una superficie más igual. 
Nucha reanudó el diálogo, preguntando á su 
marido pormenores relativos á los Pazos , con- 
versación á que él se prestaba gustoso , ponde- 
rando hiperbólicamente la hermosura y salu- 
bridad del país, encareciendo la antigüedad del 
caserón y alabando la vida cómoda é indepeii' 
diente que allí se hacía. 

—No creas— decía á su mujer, alzando la voz 
para que no la cubriese el ruido de los ''casca- 
beles y el retemblar de los vidrios— no creas 



152 LOS PAZOS DE ULLOA 



que no hay gente fina allí... La casa está rodea- 
da de señorío principal: las señoritas de Mo- 
lende , que son muy simpáticas ; Ramón Limio- 
so, un cumplido caballero... También nos hará 
compañía el Abad de Naya... ¡Pues y el nues- 
tro, el de Ulloa, que es presentado por mí! Ese 
es tan mío como los perros que llevo á cazar... 
No le mando que ladre y que porte, porque no 
se me antoja. ¡ Ya verás, ya verás ! Allí es uno 
alguien y supone algo. 

A medida que se acercaban á Cebre, que en- 
traba en sus dominios , se redoblaba la alegre 
locuacidad de Don Pedro. Señalaba á los gru- 
pos de castaños , á los escuetos montes de alia- 
ga, y exclamaba regocijadísimo: 

— ¡Foro de casa... Foro de casa!... No corre 
por ahí una liebre que no paste en tierra mía. 

La entrada en Cebre acrecentó su alborozo. 
Delante de la posada aguardaban Primitivo y 
Julián; aquél con su cara de metal, enigmática 
y dura , éste con el rostro dilatado por afectuo- 
sísima sonrisa. Nucha le saludó con no menor 
cordialidad. Bajaron los equipajes, y Primitivo 
se adelantó, trayendo á Don Pedro su lucia y 
viva yegua castaña. Iba este á montar, cuando 
reparó en la cabalgadura que estaba dispuesta 
para Nucha, y era una muía alta , maligna y to- 
zuda, arreada con aparejo redondo, de esos que 
por formar en el centro una especie de comba, 
más parecen hechos para despedir al jinete que 
para sustentarlo. 

—¿Cómo no le has traído á la señorita la bo- 
rrica?— preguntó Don Pedro, deteniéndose an- 



POR E. PARDO BAZÁN 153 



tes de montar, con un pié en el estribo y una 
mano asida á las crines de la yegua, y mirando 
.al cazador con desconfianza. 

Primitivo articuló no sé qué de una pata coja, 
de un tumor frío... 

— ¿Y no hay más borricos en el país? ¿en? 
A mí no me vengas con eso. Te sobraba tiempo 
para buscar diez pollinas. 

Volvióse hacia su mujer, y como para tran- 
quilizar su conciencia', preguntóle : 

—¿Tienes miedo, chica? Tú no estarás acos- 
tumbrada á montar. ¿Has andado alguna vez en 
•esta casta de aparejos? ¿Sabes tenerte en ellos? 

Nucha permanecía indecisa , recogiendo el ves- 
tido con la diestra , sin soltar de la otra el sa- 
quillo de viaje. Al cabo murmuró : 

—Lo que es tenerme, sé... El año pasado, 
cuando estuve de baños, monté en mil aparejos 
nunca vistos... Sólo que ahora... 

Soltó el traje de repente, llegóse á su marido, 
y le pasó un brazo alrededor del cuello, escon- 
diendo la cara en su pechera como la primera 
vez que había tenido que abrazarle ; y allí, en 
una especie de murmullo ó secreteo dulcísimo, 
acabó la frase interrumpida. Pintóse en el ros- 
tro del marqués la sorpresa, y casi al mismo 
tiempo la alegría inmensa, radiante, el júbilo 
orgulloso, la exaltación de una victoria. Y apre- 
tando contra sí á su mujer, con amorosa protec- 
ción , exclamó á gritos : 

—Ó no hay en tres leguas á la redonda una 
pollina mansa, ó aunque la tenga el mismo Dios 
¿el cielo y no la quiera prestar, aquí vendrá para 



154 LOS PAZOS DE ULLOA 

ti, á fe de PedroMoscoso. Aguarda , hija , aguar 
da un minuto nada más... Ó, mejor dicho, entra 
en la posada y siéntate... A ver, un banco, una 
silla para la señorita... Espera, Nuchiña, vengo 
volando. Primitivo , acompáñame tú. Abrígate, 
Nucha. 

Volando no, pero sí al cabo de media hora, 
volvió sin aliento. Traía del ronzal una oronda 
borriquilla, bien arreada, dócil y segura: la 
propia hacanea de la mujer del juez de Cebre. 
DonPedro tomó en brazos á su esposa y la sentó 
en la albarda, arreglándole la ropa con esmero. 



XIV 



Asi que pudieron conferenciar reservadamen- 
te capellán y señorito, preguntó Don Pedro, 
sin mirar cara á cara á Julián : 

—¿Y... esa? ¿Está todavía por aquí? No la he 
visto cuando entramos. 

Como Julián arrugase el entrecejo, añadió : 

—Está, está... Apostaría yo cien pesos, antes 
de llegar, á que V. no había encontrado modo 
de sacudírsela de encima. 

—Señorito, la verdad...— articuló Julián bas 
tante disgustado.— Yo no sé que decir... Ha sido 
una cosa que se ha ido enredando... Primitivo 
me juró yperjuró que la muchacha se ibaácasar 
con el gaitero de Naya... 



POR E. PARDO BAZÁN 155 



—Ya sé quién es— dijo entre dientes Don Pe- 
dro, cuyo rostro se anubló. 

—Pues yo... como era bastante natural, lo creí. 
Además tuve ocasión de persuadirme de que r 
en efecto, el gaitero y Sabel... tienen... trato. 

—¿Ha averiguado V. todo eso?— interrogó el 
marqués con ironía. 

—Señor, yo... Aunque no sirvo mucho para 
estas cosas , quise informarme para no caer de 
inocente. . . He preguntado por ahí, y todo el mun- 
do está conforme en que andan para casarse : 
hasta Don Eugenio, el abad de Naya, me dijo 
que el muchacho había pedido sus papeles. Y 
por cierto que , á pretexto de no sé qué enredo 
ó dificultad en lbs tales papeles dichosos , no se 
hizo la cosa todavía. 

Quedóse Don Pedro callado, y al fin pro- 
rrumpió : 

— Es V. un santo. Ya podían venirme á mí 
con esas. 

—Señor, la verdad es que si tuvieron inten- 
ción de engañarme .. digo que son unos gran- 
dísimos pillos. Y la Sabel, si no éttü maerta y 
penada por el gaitero, lo figura que es ur> asom- 
bro. Hace dos semanas fué á casa de Don Eu- 
genio, y se le arrodilló llorando y pidiendo por 
Dios que se diese prisa á arreglarle el casa- 
miento, porque aquel día sería el más feliz de su 
vida Don Eugenio me lo ha contado, y Don Eu- 
genio no dice una cosa por otra 

— iBiibona! ¡Bribonaza'- tartamudeó el se- 
ñori'O iracundo paseándose por la habitación 
aceleradamente 



156 LOS PAZOS DE ULLOA 

Sosegóse no obstante muy luego , y agregó : 

—No me pasmo de nada de eso, ni digo que 
Don Eugenio mienta; pero... V.... es un papa- 
natas , un infeliz , porque aquí no se trata de Sa- 
bel, ¿entiende V.? sino de su padre, de su padre. 
Y su padre le ha engañado á V. como á un chi- 
no, vamos. La... mujer esa, bien comprendo 
que rabia por largarse : mas Primitivo es abo- 
nado para matarla antes que tal suceda. 

—No, si también empezaba yo á maliciar- 
me eso... Mire V. que empezaba á maliciár- 
melo. 

El señorito se encogió de hombros con des- 
dén, y exclamó : 

—A buena hora... Deje V. ya de mi cuenta este 
asunto... Y por lo demás... ¿qué tal, qué tal? 

—Muy mansos... como corderos... No se me 
lian opuesto de frente á nada. 

—Pero habrán hecho de lado cuanto se les 
antoje... Mire V., Don Julián; á veces me dan 
ganas de empapillarle á V. Lo mismito que á los 
pichones. 

Julián replicó todo compungido : 

—Señorito, acierta V. de medio á medio. No 
hay forma de conseguir nada aquí si Primitivo 
se opone. Tenía V. razón cuando me lo asegu- 
raba el año pasado. Y de algún tiempo acá, pa- 
rece que aún le tienen mayor respeto , por no 
decir más miedo. Desde que se armó la revolu- 
ción, y andan agitadas las cosas políticas, y cada 
día recibimos una noticia gorda, creo que Pri- 
mitivo se mezcla en esos enredos , y recluta sa- 
télites en el país... Me lo ha asegurado DonEu- 



POR E. PARDO BAZÁN 157 



genio, añadiendo que ya antes tenía subyugada 
á mucha gente prestando á réditos. 

Guardaba silencio Don Pedro. Por fin alzó la- 
cabeza y dijo : 

—¿Se acuerda V. de la burra que hubo que- 
buscar en Cebre para mi mujer? 

— ¡ No me he de acordar ! 

—Pues la señora del juez... ríase V. un poco,, 
hombre... la señora del juez se avino á prestár- 
mela porque iba Primitivo conmigo. Si no... 

No hizo Julián reflexión alguna acerca de un 
suceso que tanto indignaba al marqués. Al ter- 
minar la conferencia, Don Pedro le puso la 
mano en el hombro. 

—¿Y por qué no me da V. la enhorabuena, 
desatento?— exclamó con aquella misma irra- 
diación que habían tenido sus pupilas en Cebre. 

Julián no entendía. El señorito se explicó» 
cayéndosele la baba de gozo. Sí, señor, para 
Octubre, el tiempo délas castañas... esperaba 
el mundo un Moscoso, un Moscoso auténtico y 
legítimo... hermoso como un sol además. 

—¿Y no puede también ser una Moscosita? — 
preguntó Julián después de reiteradas felicita- 
ciones . 

—¡Imposible!— gritó el marqués con toda su 
alma. Y como el capellán se echase á reh> 
añadió: 

—Ni de guasa me lo anuncie V., Don Julián... 
Ni de guasa. Tiene que ser un chiquillo, porque 
si no le retuerzo el pescuezo á lo que venga. Ya. 
le he encargado á Nucha que se libre bien de 
traerme otra cosa más que un varen. Soy capaz: 



158 LOS PAZOS DE ULLOA 

de romperle una costilla si me desobedece. Dios 
no me ha de jugar tan mala pasada. En mi fami- 
lia siempre hubo sucesión masculina : Hoscosos 
crían Moscosos, es ya proverbial. ¿No lo ha 
reparado V. cuando estuvo almorzándose el 
polvo del archivo? Pero V. es capaz de no ha- 
ber reparado tampoco el estado de mi mujer, si 
no le entero yo ahora. 

Y era verdad. No sólo no lo había echado de 
ver, sino que tan natural contingencia no se le 
había pasado siquiera por las mientes. La ve- 
neración que por Nucha sentía, y que iba acre- 
centándose con el trato, cerraba el paso á la 
idea de que pudieran ocurrirle los mismos per- 
cances fisiológicos que á las demás hembras 
•del mundo. Justificaba esta candorosa niñería 
el aspecto de Nucha. La total inocencia que se 
pintaba en sus ojos vagos y como perdidos en 
contemplaciones de un mundo interior, no había 
menguado con el matrimonio ; las mejillas , un 
poco más redondeadas, seguían tiñéndose del 
carmín de la vergüenza por el menor motivo. 
Si alguna variación podía observarse, algún 
signo revelador del tránsito de virgen á esposa, 
era quizá un aumento de pudor; pudor, por 
decirlo así , más consciente y seguro de sí mis- 
mo; instinto elevado á virtud. No se cansaba 
Julián de admirar la noble seriedad de Nucha 
cuando una chanza atrevida ó una palabra mal- 
sonante hería sus oídos; la dignidad natural, 
que era como su propia envoltura, escudo im- 
palpable que la resguardaba hasta contra las 
osadías del pensamiento; la bondad con que 



POR E. PARDO BAZÁN 159 

agradecía la atención más leve , pagándola con 
frases compuestas, pero sinceras; la serenidad 
de toda su persona, semejante al caer de una 
tarde apacibilísima. Parecíale á Julián que Nu- 
cha era ni más ni menos que el tipo ideal de la 
bíblica Esposa , el poético ejemplar de la Mujer 
fuerte, cuando aún no se ha borrado de su fren- 
te el nimbo del candor, y sin embargo ya se 
adivina su entereza y majestad í atura. Andando 
el tiempo, aquella gracia había de ser severi- 
dad, y á las oscuras trenzas sucederían las ca- 
nas de plata, sin que en la pura frente impri- 
miese jamás una mancha el delito , ni una arru- 
ga el remordimiento. ¡ Cuan sazonada madurez 
prometía tan suave primavera! Al pensarlo, 
felicitábase otra vez Julián por la parte que le 
cabía en la acertada elección del señorito. 

Con desinteresada satisfacción se decía á sí 
mismo que había logrado contribuir al estable- 
cimiento de una cosa gratísima á Dios, é indis- 
pensable á la concertada marcha de la sociedad: 
el matrimonio cristiano , lazo bendito , por me- 
dio del cual la Iglesia atiende juntamente , con 
admirable sabiduría, á fines espirituales y ma- 
teriales, santificando los segundos por medio 
de los primeros. La índole de tan sagrada ins- 
titución—discurría Julián— es opuesta á impú- 
dicos extremos y arrebatos, á romancescos y 
necios desahogos, ardientes y roncos arrullos 
de tórtola : por eso alguna vez que el esposo se 
deslizaba á familiaridades más despóticas que 
tiernas, parecíale al capellán que la esposa su- 
fría mucho , herida en su candida modestia , en 



160 LOS PAZOS DE ULLOA 

su decente compostura; figurábasele que la 
caída de sus párpados, su encendimiento, su 
silencio, eran muda protesta contra libertades 
impropias del honesto trato conyugal. Si ante 
él sucedían tales cosas, á la mesa por ejemplo, 
Julián torcía la cara, haciéndose el distraído, 6 
alzaba el vaso para beber, 6 fingía atender á. 
los perros que husmeaban por allí. 

Le asaltaba entonces un escrúpulo, de esos 
que se quiebran de sutiles. Por muy perfecta 
casada que hiciese Nucha, su condición y virtu- 
des la llamaban á otro estado más meritorio 
todavía, más parecido al de los ángeles, en que 
la mujer conserva como preciado tesoro su vir- 
ginal limpieza. Sabia Julián poi su madre que 
Nucha manifestaba á veces inclinación á la vida 
monástica, y daba en la manía de deplorar que 
no hubiese entrado en un convento. Siendo Ñu- 
cha tan buena para mujer de un hombre, mejor 
sería para esposa de Cristo . y las castas nup- 
cias dejarían intacta la flor de su inocencia cor- 
poral, poniéndola para siempre al abn¿o de las 
tribulaciones y combates que en el mundo nun- 
ca faltan. 

Esto de los combates le recordaba á SabeL 
¿Quién duda que su permanencia en casa era 
ya un peligro para la tranquilidad de la esposa 
legítima? fto imaginaba Juüan riesgos inme- 
diatos, pero presentía algo amenazador para lo 
por venir j'Horrible familia, ilegal, enraizada en 
el viejo caserón solariego como las parietarias 
y yedra¿> en los derruidos muios! Al capellán 
le entraoan á veces impulsos de coger una escc- 



POR E. PARDO BAZÁN 161 



ba, y barrer bien fuerte, bien fuerte, hasta que 
echase de allí á tan mala ralea. Pero cuando iba 
más determinado á hacerlo, tropezaba en la 
egoísta tranquilidad del señorito y en la resis- 
tencia pasiva, incontrastable del mayordomo. 
Sucedió además una cosa que aumentó la difi- 
cultad de la barredura: la cocinera enviada de 
Santiago empezó á malhumorarse, quejándose 
de que no entendía la cocina, de que la leña no 
ardia bien, del humo, de todo; Sabel, muy ser- 
vicial, acudió á ayudarla; y á los pocos días la 
cocinera, cansada de aldea, se despidió con 
malos modos, y Sabel quedó en su sitio, sin que 
mediasen más fórmulas para el reemplazo que 
asir el mango de la sartén cuando la otra lo 
soltó. Julián no tuvo ni tiempo de protestar 
contra este cambio de ministerio y vuelta al 
antiguo régimen. Lo cierto es que la familia 
espuria se mostraba por entonces incompara- 
blemente humilde : á Primitivo no se le encon- 
traba sino llamándole cuando hacía falta : Sabel 
se eclipsaba apenas dejaba la comida puesta á 
la lumbre y confiada al cuidado de las mozas de 
fregadero : el chiquillo parecía haberse eva- 
porado. 

Y con todo, al capellán no le llegaba la cami- 
sa al cuerpo. ¡ Si Nucha se enteraba ! ¿ Y quién 
duda que se enteraría en el momento menos 
pensado ? Por desgracia , la nueva esposa mos- 
traba afición suma á recorrer la casa , á infor- 
marse de todo, á escudriñar los sitios más re- 
cónditos y trasconejados , v. gr. , desvanes , bo- 
degas, lagar, palomar, hórreos, tulla, perre- 

11 



162 LOS PAZOS DE ULLOA 



ras, cochiqueras, gallinero, establos yherbeiros 
ó depósitos de forraje. No le llegaba á Julián la 
camisa al cuerpo, temblando que en alguna de 
estas dependencias recibiese Nucha á boca de 
jarro, por impensado incidente, la atroz reve- 
lación. Y al mismo tiempo, ¿ cómo oponerse al 
útil merodeo del ama de casa hacendosa por 
sus dominios ? Parecía que con la loven señora 
entraban en cada rincón de los Pazos la ale- 
gría, la limpieza y el orden, y que la saludaba 
el rápido bailotear del polvo arremolinado por 
las escobas , la vibración del rayo de sol pro- 
yectado en escondrijos y zahúrdas donde las 
espesas telarañas no lo habían dejado penetrar 
desde años antes. 

Seguía Julián á Nucha en sus exploraciones, 
á fin de vigilar y evitar, si cabía , cualquier su- 
ceso desgraciado. Y, en efecto, su intervención 
fué provechosa cuando Nucha descubrió en el 
gallinero cierto pollo implume. El caso merece 
referirse despacio. 

Había observado Nucha que en aquella casa 
de bendición las gallinas no ponían jamás , ó si 
ponían no se veía la postura. Afirmaba Don 
Pedro, que se gastaban al año bastantes ferra- 
dos de centeno y mijo en el corral ; y con todo 
eso, las malditas gallinas no daban nada de sí. 
Lo que es cacarear, cacareaban corno descosi- 
das, indicio evidente de que andaban en tratos 
de soltar el huevo ; oíase el himno triunfal de 
las fecundas, á la vez que el blando cloquear de 
las lluecas ; se iba á ver el nido, se advertía en 
él suave calorcillo, se distinguía la paja pren- 



POR E. PARDO BAZÁN 163 



sada, señalando en relieve la forma del hue- 
vo... Y nada : que no se podía juntar ni para 
una mala tortilla. Nucha permanecía ojo alerta. 
Un día que acudió más diligente al cacareo de- 
lator, divisó agazapado en el fondo del galline- 
ro, escondiéndose como un ratónenlo, un rapaz 
xle pocos años. Sólo asomaban entre la paja de 
la nidadura sus descalzos pies. Nucha tiró de 
ellos, y salió el cuerpo, y tras del cuerpo las ma- 
nos , en lab cuales venía el plato que apetecía el 
ama de casa, pues los huevos que el chico aca- 
baba de ocultar se le habían roto con la prisa, 
y la tortilla estaba allí medio hecha : batida por 
lo menos. 

— j Ah, picaro! — exclamó Nucha, cogiéndole 
y sacándole afuera, á la luz del corral.— ¡Te 
voy á desollar vivo, gran tunante ! ¡ Ya sabe- 
mos quién es el zorro que se come los huevos ! 
Hoy te pongo el trasero en remojo, donde no lo 
veas. 

Agitábase y perneaba el ladrón en miniatu- 
ra ; Nucha sintió lástima, imaginándose que so- 
llozaba con desconsuelo. Apenas logró verle un 
minuto la cara, desviándole de ella los brazos, 
pudo convencerse de que el muy insolente no 
hacía sino reírse á más y mejor, y también no- 
tar la extraordinaria lindeza del desharrapa- 
do chicuelo. Julián, testigo inquieto de esta 
escena, se adelantó y quiso arrebatárselo á 
Nucha. 

—Déjemelo V. , Don Julián...— suplicó ella.— 
4 Qué guapo, qué pelo, qué ojos ! ¿De quién es 
jesta criatura ? 



164 LOS PAZOS DE ULLOA 

Nunca el timorato capellán sintió tantas ga 
ñas de mentir No atinó, sin embargo. 

—Creo- —tartamudeó atragantándose— creo- 
que .. de Sabel, la que guisa estos días. 

— ¿ De la criada ? Pero . ¿ está casada esa 
chica ? 

Creció la tuibación de Julián. De esta vez te- 
nía en la garganta una pera de ahogo. 

—No, señora . casada, no Ya sabe V. que... 
desgraciadamente... las aldeanas, por aquí r 
no es común que guarden el mayor recato ► 
Debilidades humanas. . 

Sentóse Nucha en un poyo del corral que coa 
el gallinero lindaba, sin soltar al cmquillo, em- 
peñándose en verle la cara mejor El porfiaba 
en taparla con manos y brazos, pegando res_ 
pingos de conejo montes cautivo y sujeto. Solo 
se descubría su cabellera, el monte de rizos- 
castaños como ia propia castaña madura , enve- 
dijados , revueltos con briznas de paja y motas 
de barro seco, y el cuello y nuca dorados por 
el sol. 

— Juüán, ¿tiene V. ahí una pieza de dos 
cuartos ? 

—Sí, señora. 

—Toma, rapaciño... A ver si me pierdes el 
miedo. 

Fué eñcaz el conjuro. Alargó el chiquillo la 
mano, y metió rápidamente en el seno la mone 
da. Nucha vio entonces el rostro íedondeado, 
hoyoso , graciosísimo y correcto á la vez, como 
el de los amores de bronce que sostienen me 
eneros y lámparas Una risa entre picaresca y 



POR E. PARDO BAZÁN 165 



celestial alegraba tan linda obra de la natura- 
leza. Nucha le plantó un beso en cada carrillo. 

— ¡ Qué monada ! ¡ Dios lo bendiga ! ¿ Cómo te 
llamas , pequeño ? 

—Perucho — contestó el pilluelo con sumo 
■desenfado. 

— ¡ El nombre de mi marido ! —exclamó la se- 
ñorita con viveza. — ¿Apostamos á que es su 
ahijado ? ¿ Eh ? 

—Es su ahijado, su ahijado — se apresuró á 
declarar Julián , que desearía ponerle al chico 
un tapón en aquella boca risueña, de carno- 
sos labios cupidinescos. No pudiendo hacerlo, 
intentó sacar la conversación de terreno tan 
peligroso. 

—¿Para qué querías tú los huevos ? Dilo, y te 
•doy otros dos cuartos ; anda. 

—Los vendo— declaró Perucho concisamente. 

— ¿ Con que los vendes , eh? Tenemos aquí un 
negociante... ¿ Y á quién los vendes ? 

—A las mujeres de por ahí, que van á la 
vila... 

— ¿ Sepamos á cómo te pagan ? 

—Dos cuartos por la ducia. 

—Pues mira— díjole Nucha cariñosamente— 
de aquí en adelante me los vas á vender á mí, 
que te pagaré otro tanto. Por lo bonito que eres 
no quiero reñirte ni enfadarme contigo. ¡ Quiá ! 
Vamos á ser muy amigotes tú y yo. Lo prime- 
rito que te he de regalar son unos pantalones... 
No andas muy decente que digamos. 

En efecto, por los desgarrones y aberturas 
<M sucio calzón de estopa del chico hacían 



166 LOS PAZOS DE ULLOA 

irrupción sus fresquísimas y lozanas carnes, 
cuya morbidez no alcanzaba, á encubrir el fan- 
go y suciedad que les servía de vestidura, a\ 
falta de otra más decorosa. 

— ¡ Angelitos ! — murmuró Nucha. — ¡ Parece 
mentira que los traigan así ! Yo no sé cómo no- 
se matan, cómo no perecen de frío... Julián,, 
hay que vestir á este niño Jesús. 

— ¡ Sí, buen niño Jesús está él!— gruñó Ju- 
lián — ¡ El mismísimo enemigo malo, Dios me 
perdone! No le tenga lástima, señorita : es un 
diablillo más travieso que un mico... Lo que no 
hice yo para enseñarle á leer y escribir, para 
acostumbrarle á que se lavase esos hocicos y 
esas patas. ¡Ni atándolo, señorita, ni atándolo? 
Y está más sano que una manzana con la vida 
que trae. Ya se ha caído dos veces al estanque 
este año, y de una por poco se ahoga. 

—Vaya, Julián, ¿qué quiere V. que haga á 
su edad? No ha de ser formal como los mayo- 
res. Ven conmigo, rapaz, que voy á arreglarte 
algo para que te tapes esas piernecitas. ¿No 
tiene calzado? Pues hay que encargarle unos 
zuecos bien fuertes , de álamo... Y le voy á pre- 
dicar un sermón á su madre para que me lo en- 
jabone todos los días. V. le va á dar lección 
otra vez. O le haremos ir á la escuela, que será 
lo mejor. 

No hubo quien apease á Nucha de su caritati- 
vo propósito. Julián estaba con el alma en un 
hilo, temiendo que de semejante aproximación 
resultase alguna catástrofe. No obstante, la 
bondad natural de su corazón hizo que se inte- 



POR E. PARDO BAZAN 167 



resase nuevamente por aquella obra pía, que 
ya había intentado sin fruto. Veía en ella ma- 
yor demostración de la hermosura moral de 
IMuchav Parecíale que era providencial el que la 
señorita cuidase á aquel mal retoño de tronco 
ruin. Y Nacha entre tanto se divertía infinito 
con su protegido ; hacíanle gracia su propia des- 
vergüenza, sus instintos truhanescos, su afán 
por apandar huevos y fruta, su avidez al coger 
las monedas, su afición al vino y á los buenos 
bocados. Aspiraba á enderezar aquel arbolito 
tierno, civilizándole á la vez la piel y el espíri- 
tu. Obra de romanos, decía el capellán. 



XV 



Por entonces se dedicó el matrimonio Mos- 
coso á pagar visitas de la aristocracia cir- 
cunvecina. Nucha montaba la borriquiJla, y su 
marido la yegua castaña : Julián los acompaña- 
ba en muía : alguno de los perros favoritos del 
marqués se incorporaba á la comitiva siempre, 
y dos mozos, vestidos con la ropa dominguera, 
la más bordada faja , el sombrero de fieltro nue- 
vecito, empuñando varas verdes que columpia- 
ban al andar, iban de espolistas, encargados de 
tener mano de las monturas cuando se apeasen 
los jinetes. 



168 LOS PAZOS DE ULLOA 



La tanda empezó por la señora jueza de Ce- 
Dre. Abrió la puerta una criada en pernetas , que 
al ver á Nucha bajarse de su cabalgadura y arre- 
glar los volantes del traje con el mango de la 
sombrilla, echó á correr despavorida hacia el 
interior de la casa, clamando como si anunciase 
fuego ó ladrones : 

—Señora... ¡Ay t mi señora! ¡Unos señores... 
hay unos señores aquí ! 

Ningún eco respondió á sus alaridos de cons- 
ternación ; pero, transcurridos breves minutos, 
apareció en el zaguán el juez en persona , des- 
haciéndose en excusas por la torpeza de la mu- 
chacha : era inconcebible el trabajo que costaba 
domesticarlas ; se les repetía mil veces la mis- 
ma cosa, y nada, no aprendían á recibir á las... 
pues... de la manera que... Al murmurar así, 
arqueaba el codo ofreciendo á Nucha el sostén 
de su brazo para subir la escalera; y siendo esta 
tan angosta que no cabían dos personas de fren- 
te , la señora de Hoscoso pasaba los mayores 
trabajos del mundo intentando asirse con las 
yemas de los dedos al brazo del buen señor, que 
subía dos escalones antes que ella todo torcido 
y sesgado. Llegados á la puerta de la sala, el 
juez empezó á palparse, buscando ansiosamente 
algo en los bolsillos , articulando á media voz 
monosílabos entrecortados y exclamaciones con- 
fusas. De repente exhaló una especie de brami- 
do terrible. 

—Pepa... ¡Pepaaaaá! 

Se oyó el clac! de los pies descalzos, y el 
juez interpeló á la fámula : 



POR E. PARDO BAZÁN 169 



—¿La llave, vamos á ver? ¿Dónde Judas has 
metido la llave? 

Pepa se la alatgabaya á toda prisa, y el juez, 
•cambiando de tono y pasando de la más furiosa 
ronquera a la más meliflua dulzura, empujó la 
puerta y dijo á Nucha 

— Jt'or aquí , señora mía ; por aquí. . . tenga V. 
la bondad. . 

La sala estaba completamente á obscuras: 
Nucha tropezó con una mesa, á tiempo que el 
juez repetía 

—Tenga V. la bondad de sentarse, señora 
mía... V. dispense..- 

La claridad que bañó la habitación una vez 
abiertas las maderas de la ventana , permitió á 
Nucha distinguir al fin el sofá de repis azul, los 
dos sillones haciendo juego, el velador de caoba, 
la alfombra tendida á los pies del sofá y que re- 
presentaba un ferocísimo tigre de Bengala , color 
de canela fina. Al juez todo se le volvía acomo- 
dar á los visitadores , insistiendo mucho en si al 
marqués de Ulloa le convenía la luz de frente ó 
estaría mejor de espaldas á la vidriera . al mis- 
mo tiempo lanzaba ojeadas de sobresalto en de- 
rredor, porque le iba sabiendo mal la tardanza 
de su mujer en presentarse. Esforzábase en sos- 
tener la conversación ; pero su sonrisa tenía la 
contracción de una mueca , y su ojo severo se 
volvía hacia la puerta muy á menudo. Al cabo 
se oyó en el corredor crujido de enaguas almi- 
donadas : la señora jueza entró, sofocada y com- 
puesta de fresco, según claramente se veía en 
todos los pormenores de su tocado : acababa de 



170 LOS PAZOS DE ULLOA 

embutir su respetable humanidad en el corsé, 
y, sin embargo, no había logrado abrochar los 
últimos botones del corpino de seda : el moño 
postizo, colocado á escape, se torcía, inclinán- 
dose hacíala oreja izquierda ■ traía unpendiente 
desabrochado, y no habiéndole llegado el tiempo 
para calzarse, escondía con mil trabajes , entre 
los volantes pomposos de la falda de seda, las 
babuchas de orillo. 

Aunque Nucha no pecaba de burlona , no pudo- 
menos de hacerle gracia el atavío delajueza, 
que pasaba por el figurín vivo de Cebre, y á 
hurtadillas sonrió á Julián, mostrándole con im- 
perceptible guiño los collares, dijes y broches 
que lucía en el cuello la señora, mientras ésta,. 
á su \ ez , devoraba é inventariaba el sencilla 
adorno de la recién casada santiaguesa. La vi- 
sita lué corta, porque el marqués deseaba cum- 
plir aquel mismo día con el Arcipreste, y la pa- 
rroquia de JLoiro distaba una legua por lo me- 
nos de la villita de Cebre. Se despidieron de la 
autoridad judicial tan ceremoniosamente como 
habían entrado , con los mismos requilorios de 
brazo y acompañamiento, y muchos ofrecimien- 
tos de casa y persona. 

Era preciso para ir á Loiro internarse bas- 
tante en la montaña, y seguir una senda llena 
de despeñaderos y precipicios , que sólo se hacía 
practicable al acercarse á los dominios del arci- 
prestazgo, vastos y ricos algún día, hoy casi 
anulados por la desamortización. La rectoral 
daba señales de su esplendor pasado; su aspecto 
era conventual ; al entrar y apearse en el za- 



POR E. PARDO BAZÁN 171 



guán, los señores de Ulloa sintieron la impre- 
sión del frío subterráneo de una ancha cripta 
abovedada, donde la voz humana retumbaba de 
un modo extraño y solemne. Por la escalera de 
anchos peldaños y monumental balaustre de pie- 
dra bajaba dificultosamente, con la lentitud y el 
balanceo con que caminan los osos puestos en 
dos pies, una pareja de seres humanos mons- 
truosa, deforme, que lo, parecía más viéndola 
así reunida : el Arcipreste y su hermana. Ambos 
jadeaban : su dificultosa respiración parecía el 
resuello de un accidentado: las triples roscas de 
la papada y el rollo del pestorejo aureolaban 
con formidable nimbo de carne las faces mora- 
das, de puro inyectadas de sangre espesa ; y 
cuando se volvían de espaldas , en el mismo si- 
tio en que el Arcipreste lucía la tonsura , osten- 
taba su hermana un moñito de pelo gris, aná- 
logo al que gastan los toreros. Nucha, á quien. 
el recibimiento del juez y el tocado de su señora 
habían puesto de buen humor , volvió á sonreír 
disimuladamente, sobre todo al notar los quid- 
proquos de la conversación, producidos por la- 
sordera de los dos respetables hermanos. Na 
desmintiendo éstos la hospitalaria tradición cam- 
pesina, hicieron pasar á los visitadores, quie- 
ras no quieras , al comedor, donde un marmo- 
lillo se hubiese reído también observando coma 
la mesa deí refresco, la misma en que comían 
á diario los dueños de casa, tenía dos escotadu- 
ras , ana frente á otra , sin duda destinadas á. 
alojar desahogadamente la rotundidaddeun par 
de abdómenes gigantescos. 



172 LOS PAZOS DE ULLOA 



El regreso á los Pazos fué animado por co- 
mentarios y bromas acerca las visitas : hasta 
Julián dio de mano á su formalidad y á su indul- 
gencia acostumbradas para divertirse á cuenta 
de la mesa escotada y del almacén de quin- 
calla que la señora jueza lucía en el pescuezo 
y seno. Pensaban con regocijo en que al día 
siguiente se les preparaba otra excursión del 
mismo género, sin duda igualmente divertida: 
tocábales ver á las señoritas de Molende y á los 
señores de Limioso 

Salieron de los Pazos tempranito , porque 
bien necesitaban toda la larga tarde de verano 
para cumplir el programa ; y acaso no les al- 
canzaría, si no fuese porque á las señoritas de 
Molende no las encontraron en casa : una mo- 
cetona que pasaba cargada con un haz de hier- 
ba explicó difícilmente que las señoritas iban 
£n la feria de Vilamorta, y sabe Dios cuándo 
volverían de allá. Le pesó á Nucha, porque las 
señoritas, que habían estado en los Pazos á 
verla , le agradaban , y eran los únicos rostros 
juveniles , las únicas personas en quienes en- 
contraba reminiscencias de la chachara alegre 
y del fresco pico de sus hermanas , á las cuales 
no podía olvidar. Dejaron un recado de .ten- 
ción á cargo de la mocetona y torcieron monte 
arriba, camino del Pazo de Limioso. 

El camino era difícil y se retorcía en espiral 
alrededor de la montaña; á uno y otro lado las 
cepas de viña, cargadas de follaje, se inclina- 
ban sobre él como para borrarlo. En la cumbre 
amarilleaba á la luz del sol poniente un edificio 



POR E. PARDO BAZÁN 173 



prolongado, con torre á la izquierda, y á la de- 
recha un palomar derruido , sin techo ya. Era 
la señorial mansión de Limioso, un tiempo cas- 
tillo roquero, nido de azor colgado en la 'escar- 
pada umbría del montecillo solitario, tras del 
cual, en el horizonte , se alzaba la cúspide ma- 
jestuosa del inaccesible Pico Leiro. No se co- 
nocía en todo el contorno, ni acaso en toda la 
provincia, casa infanzona más linajuda ni más- 
vieja, y á cuyo nombre añadiesen los labriegos 
con acento más respetuoso el calificativo de 
Paso, palacio, reservado á las moradas hi- 
dalgas. 

Desde bastante cerca, el Pazo de Limioso- 
parecía deshabitado , lo cual aumentaba la im- 
presión melancólica que producía su desman- 
telado palomar. Por todas partes indicios de 
abandono y ruina: las ortigas obstruían la es- 
pecie de plazoleta ó patio de la casa: no falta- 
ban vidrios en las vidrieras , por la razón plau- 
sible de que tales vidrieras no existían, y aua 
alguna madera , arrancada de sus goznes , pen- 
día torcida, como un girón en un traje usado- 
Hasta las rejas de la planta baja, devoradas de 
orín , subían las plantas parásitas , y festones 
de yedra seca y raquítica corrían por entre las- 
junturas desquiciadas de las piedras. Estaba el 
portón abierto de par en par, como puerta de 
quien no teme á ladrones ; pero al sonido mate 
de los cascos de las monturas en el piso her- 
boso del patio, respondieron asmáticos ladri- 
dos, y un mastín y dos perdigueros se abalan- 
zaron contra los visitantes, desperdiciando por 



174 LOS PAZOS DE ULLOA 

las fauces el poco brío que les quedaba, pues 
ninguno de aquellos bichos tenía más que un 
erizado pelaje sobre una armazón de huesos 
prontos á agujerearlo al menor descuido El 
mastín no podía, literalmente» ejecutar el es- 
fuerzo del ladrido: temblábanle las patas, y la 
lengua le salía de un palmo entre los dientes, 
amarillos y roídos por la edad. Apaciguáronse 
los perdigueros á la voz del señor de CJlloa, 
con quien habían cazado mil veces, no así el 
mastín, resuelto sin duda á morir en la deman- 
da, y á quien sólo acalló la aparición de su amo 
el señorito de Limioso. 

¿Quién no conoce en la montaña al directo 
descendiente de los paladines y ricohombres 
gallegos, al infatigable cazador, al acérrimo 
¡tradicionalista? Ramonciño Limioso contaría 
á la sazón poco más de veintiséis años, pero ya 
sus bigotes, sus cejas, su cabello y sus faccio- 
nes todas tenían una gravedad melancólica y 
dignidad algún tanto burlesca para quien por 
primera vez lo veía. Su entristecido arqueo de 
-cejas le prestaba vaga semejanza con los retra- 
tos de Quevedo; su pescuezo flaco pedía á vo- 
ces la golilla, y en vez de la vara que tenía en 
la mano, la imaginación le otorgaba una espada 
de cazoleta. Donde quiera que se encontrase 
aquel cuerpo larguirucho, aquel gabán raído, 
aquellos pantalones, con rodilleras y tal cual 
remiendo, no se podía dudar que, con sus po- 
. bres trazas, Ramón Limioso era un verdadero 
señor desde sus principios^ así decían los al- 
deanos— y no hecho a puñetazos , como otros 



mJR E. PARDO BAZÁN 175 

Lo era hasta en el modo de ayudar á Nucha 
é. bajarse de la borrica , en la naturalidad ga- 
lante con que le ofreció , no el brazo , sino , á la 
antigua usanza , dos dedos de la mano izquier- 
da para que en ellos apoyase la palma de su 
-diestra la señora de.Ulloa. Y con el decoro pro- 
pio de un paso de minueto, la pareja entró por 
el Pazo de Limioso adelante , subiendo la esca- 
lera exterior que conducía al claustro , no sin 
peligro de rodar por ella , tales estaban de car- 
comidos los venerables escalones. El tejado del 
claustro era un puro calado : veíanse , al través 
de las tejas y las vigas, innumerables retales 
de terciopelo azul celeste ; la cría de las golon- 
drinas piaba dulcemente en sus nidos, cobija- 
dos en el sitio más favorable , tras el blasón de 
los Limiosos , repetido en el capitel de cada pi- 
lar en tosca escultura;— tres peces bogando en 
un lago, un león sosteniendo una cruz.— Fué 
peor cuando entraron en la antesala. Muchos 
años hacía que la polilla y la vetustez habían 
dado cuenta de la tablazón del piso ; y no al- 
canzando sin duda los medios de los Limiosos 
á echar piso nuevo , se habían contentado con 
arrojar algunas tablas sueltas sobre los ponto- 
nes y las vigas, y por tan peligroso camino 
cruzó tranquilamente el señorito sin dejar de 
ofrecer los dedos á Nucha y sin que ésta se 
atreviese á solicitar más firme apoyo. Cada ta- 
blón en que sentaban el pié se alzaba y blan- 
día, descubriendo abajo la negra profundidad 
de la bodega, con sus cubas vestidas de telara- 
üas„ Atravesaron impávidos el abismo y pene- 



176 LOS PAZOS DE ULLOA 



traron en la sala, que al menos poseía un piso 
clavado, aunque en muchos sitios roto y en to- 
dos casi reducido á polvo sutil por el taladro 
de los insectos. 

Nucha se quedó inmóvil de sorpresa. En un 
ángulo de la sala medio desaparecía bajo un 
gran acervo de trigo un mueble soberbio, un 
vargueño incrustado de concha y marfil : en las 
paredes , del betún de los cuadros viejos y ahu- 
mados se destacaba á lo mejor una pierna de 
santo martirizado, toda contraída, ó el anca de 
un caballo, ó una cabeza carrilluda de un ange- 
lote; frente á la esquina del trigo se alzaba un 
estrado revestido de cuero de Córdoba, que 
aún conservaba su rica coloración y sus oros 
intensos ; ante el estrado, en semicírculo, mag- 
níficos sitiales tallados, con asiento de cuero 
también, y entre el trigo y el estrado, sentadas 
en tallos— asientos de tronco de roble bruto, 
corno los que usan los labriegos más pobres— 
dos viejas secas , pálidas , derechas , vestidas de 
hábito del Carmen , hilaban. 

Jamás había creído la señora de Moscoso que 
vería hilar más que en las novelas ó en los 
cuentos , á no ser á las aldeanas , y le produjo 
singular efecto el espectáculo de aquellas dos 
estatuas bizantinas , que tales parecían por su 
quietud y los rígidos pliegues de su ropa, ma- 
nejando el huso y la rueca, y suspendiendo á 
un mismo tiempo la labor cuando ella entró. En 
nombre de las dos estatuas— que eran las tías 
paternas del señorito de Limioso— había visita- 
do éste á Nucha; vivía también en el Pazo el 



POR E. PARDO BAZÁN 177 

padre, paralítico y encamado ; pero á éste na 
die le echaba la vista encima : su existencia era 
como un mito , una leyenda de la montaña. Las 
dos ancianas se irguieron y tendieron á Nucha 
los brazos con movimiento tan simultáneo, que 
no supo á cuál de ellas atender, y á la vez , y en 
las dos mejillas , sintió un beso de hielo, un beso 
dado sin labios y acompañado del roce de una 
piel inerte. Sintió también que le asían las ma- 
nos otras manos despojadas de carne, consun- 
tas, amojamadas y momias ; comprendió que la 
guiaban hacia el estrado, y que le ofrecían uno 
de los sitiales, y apenas se hubo sentado enél v 
conoció con terror que el asiento se desvenci- 
jaba, se hundía; que se largaba cada pedazo 
del sitial por su lado sin crujidos ni resistencia; 
y con el instinto de la mujer en cinta, se puso 
de pie, dejando que la última prenda del esplen- 
dor de los Limiosos se derrumbase en el suelo 
para siempre... 

Salieron del goteroso Pazo cuando ya ano- 
checía, y sin que se lo comunicasen, sin que 
ellos mismos pudiesen acaso darse cuenta de 
ello, callaron todo el camino, porque les opri- 
mía la tristeza inexplicable de las cosas que 
se van. 



12 



178 POR E. PARDO BAZÁN 



XVI 



Debía el sucesor de los Moscosos de andar 
ya cerca de este mundo, porque Nucha co- 
sía sin descanso prendas menudas semejantes 
á ropa de muñecas. A pesar de la asiduidad en 
la labor, no se desmejoraba; al contrario, pare- 
cía que cada pasito de la criatura hacia la luz 
del día era en beneficio de su madre. No podía 
decirse que Nucha hubiese engruesado ; pero 
sus formas se llenaban, volviéndose suaves 
curvas lo que antes eran ángulos y planicies. 
Sus mejillas se sonroseaban, aunque le velaba 
frente y sienes esa ligera nube obscura conoci- 
da por paño. Su pelo negro parecía más bri- 
llante y copioso ; sus ojos menos vagos y más 
húmedos ; su boca más fresca y roja. Su voz se 
había timbrado con notas graves. En cuanto al 
natural aumento de su persona , no era mucho 
ni la afeaba , prestando solamente á su cuerpo 
la dulce pesadez que se nota en el de la Vir- 
gen , en los cuadros que representan la Visita- 
ción. La colocación de sus manos extendidas 
sobre el vientre como para protegerlo, comple- 
taba la analogía con las pinturas de tan tierno 
asunto. 

Hay que reconocer, que Don Pedro se porta- 
ba bien con su esposa. durante aquella tempo- 



POR E. PARDO BAZÁN 179 



rada de expectación. Olvidando sus acostum- 
bradas correrías por montes y riscos , la sacaba 
todas las tardes , sin faltar una , á dar paseítos 
higiénicos , que crecían gradualmente ; y Nu- 
cha, apoyada en su brazo, recorría el valle en 
que los Pazos de Ulloa se esconden , sentándo- 
se en los mur aliones y en los ribazos al sentirse 
muy fatigada. Don Pedro atendía á satisfacer 
sus menores deseos : en ocasiones se mostraba 
hasta galante, trayéndole las flores silvestres 
que le llamábanla atención, ó ramas de madro- 
ño y zarzamora cuajadas de fruto. Como á Nu- 
cha le causaban fuerte sacudimiento nervioso 
los tiros , no llevaba jamás el señorito su esco- 
peta, y había prohibido expresamente á Primi- 
tivo cazar por allí. Parecía que la leñosa cor- 
teza se le iba cayendo poco á poco al marqués, 
y que su corazón bravio y egoísta se inmutaba, 
dejando asomar, como entre las grietas de una 
pared florecillas parásitas, blandos afectos de 
esposo y padre. Si aquello no era el matrimonio 
cristiano soñado por el excelente capellán, vi- 
ven los cielos que debía de asemejársele mucho. 
Julián bendecía á Dios todos los días. Su de- 
voción había vuelto, no á renacer, paes no mu- 
riera nunca; pero sí á reavivarse y encenderse. 
A medida que se acercaba la hora crítica para 
Nucha, el capellán permanecía más tiempo de 
rodillas dando gracias al terminar la misa ; pro- 
longaba más las letanías y el rosario, ponía más 
alma y fervor en el cotidiano rezo. Y no entran 
«en la cuenta dos novenas devotísimas, ana á la 
Virgen de Agosto, otra á la Virgen de Septiem- 



180 LOS PAZOS DE ULLOA 

bre. Figurabas ele este culto mariano muy ade- 
cuado á las circunstancias, por la convicción 
cada vez más firme de que Nucha era viva ima- 
gen de Nuestra Señora, en cuanto una mujer 
concebida en pecado puede serlo. 

Al obscurecer de una tarde de Octubre estaba 
Julián sentado en el poj^o de su ventana, engol- 
fado en la lectura del Padre Nieremberg. Sintió 
pasos precipitados en la escalera. Conoció el 
modo de pisar de DonPedro. El rostro del señor 
de Ulloa derramaba satisfacción. 

—¿Hay novedades?— preguntó Julián soltan- 
do el libro. 

— ¡ Ya lo creo ! Nos hemos tenido que volver 
del paseo á escape. 

—¿Y han ido á Cebre por el médico? 

—Va allá Primitivo. 

Julián torció el gesto. 

—No hay que asustarse... Destrás de él van 
á salir ahora mismo otros dos propios. Quería 
ir yo en persona, pero Nucha dice que no se 
queda ahora sin mí. 

—Lo mejor sería ir yo también por si acaso- 
—exclamó Julián. —Aunque sea á pié y de no- 
che... 

Lanzó Don Pedro una de sus terribles y mo- 
fadoras carcajadas. 

—¡V.! — clamó sin cesar de reir. — ¡Vaya una: 
ocurrencia, Don Julián! 

— El capellán bajó los ojos y frunció el rubio 
ceño. Sentía cierta vergüenza de su sotana, que 
le inutilizaba para prestar el menor servicio en 
tan apretado trance.. Esto en cuanto sacerdote,. 



POR E. PARDO BAZÍN 181 

Como hombre, tampoco podía penetrar en 
la cámara donde se cumplía el misterio. Sólo 
tenían derecho á ello dos varones : el esposo y 
el otro, el que Primitivo iba á buscar; el repre- 
sentante de la ciencia humana. Acongojóse el 
espíritu de Julián pensando en que el recato de 
Nucha iba á ser profanado , y su cuerpo puro 
tratado quizá como se trata á los cadáveres en 
la mesa de anatomía ; como materia inerte, don- 
de no se cobija ya un alma. Comprendió que se 
apocaba y afligía. 

—Llámeme V. si para algo me necesita, señor 
Marqués— murmuró con desmayada voz. 

—Mil gracias, hombre... Venía únicamente á 
darle á V. la buena noticia. 

Don Pedro volvió á bajar la escalera rápida- 
mente, silbando unariveirana, y el capellán, al 
pronto, se quedó inmóvil. Pasóse luego la mano 
por la frente, donde rezumaba un sudor cilio. 
Miró á la pared. Entre varias estampitas pen- 
dientes del muro y encuadradas en marcos de 
briche y lentejuelas, escogió dos : una de San 
Ramón Nonnato y otra de Nuestra Señora déla 
Angustia, sosteniendo en el regazo á su Hijo 
muerto. Él la hubiese preferido de la Leche y 
Buen Parto; pero no la tenía, ni se había acor- 
dado mucho de tal advocación hasta aquel ins- 
tante. Desembarazó la cómoda de los cachiva- 
ches que la obstruían, y puso encima, de pié, las 
estampas. Abrió después el cajón, donde guar- 
daba algunas velas de cera destinadas á la ca- 
pilla; tomó un par, las acomodó en candeleros 
de latón, y armó su alt arito. Así que la luz ama- 



182 LOS PAZOS DE ULLOA 

rillenta de los cirios se reflejó en los adornos y 
cristal de los cuadros , el alma de Julián sintió 
consuelo inefable. Lleno de esperanza, el cape- 
llán se reprendió á sí mismo por haberse juz- 
gado inútil en momentos semejantes. ¡Élinútilf 
Cabalmente le incumbía lo más importante y 
preciso, que es impetrar la protección del cielo. 
Y arrodillándose, henchido de fe, dio principio- 
á sus oraciones. 

El tiempo corría sin interrumpirlas. De abajo 
no llegaba noticia alguna. Á eso de las diez re- 
conoció Julián que sus rodillas hormigueaban 
con insufrible hormigueo, que se apoderaba de 
sus miembros dolorosa lasitud , que se le des- 
vanecía la cabeza. Hizo un esfuerzo, y se incor- 
poró tambaleándose. Una persona entró. Era 
Sabel, á quien el capellán miró con sorpresa, 
pues hacía bastante tiempo que no se presenta- 
ba allí. 

—De parte del señorito, que baje á cenar. 

— ¿Ha venido su padre de V.? ¿Ha llegado el 
médico?— interrogó ansiosamente Julián, no- 
atreviéndose á preguntar otra cosa. 

— No , v señor... De aquí á Cebre hay un boca- 
dito. 

En el comedor encontró Julián al marqués 
cenando con apetito formidable, como hombre á 
quien se le ha retrasado la pitanza dos horas más 
que de costumbre. Julián trató de imitar aquel 
sosiego, sentándose y extendiendo la servilleta. 

—¿Y la señorita?— preguntó con afán. 

— jPss!... Ya puede V. suponer que no muy 
á gusto. 



POR E. PARDO BAZÁN 183 



—¿Necesitará algo mientras V. está aquí? 

—No. Tiene allá á su doncella, la Filomena. 
Sabel también ayuda para cuanto se precise. 

Julián no contestó. Sus reflexiones valían 
más para calladas que para dichas. Era una 
monstruosidad que Sabel asistiese á la legítima 
esposa; pero si no se le ocurría al marido, 
¿quién tenía valor para insinuárselo? Por otra 
parte, Sabel, en realidad, no carecía de expe- 
riencia doméstica, ni dejaría de ser útil. Notó 
Julián que el marqués , á diferencia de algunas 
horas antes , parecía malhumorado é impacien- 
te. Recelaba el capellán interrogarle. Deter- 
minóse al fin. 

— Y... ¿dará tiempo á que llegue el médico? 
—¿Que si da tiempo ?— respondió el señorito 

embaulando y mascando con colérica avidez.— 
¡Como no lo dé de más! Estas señoritas finas 
son muy delicadas y difíciles para todo... Y 
cuando no hay un gran físico... Si fuese por el 
estilo de su hermana Rita... 

Descargó un porrazo con el vaso en la mesa, 
y añadió sentenciosamente : 

— Son una calamidad las mujeres de los pue- 
blos... Hechas de alfeñique... Le aseguro á V. 
que tiene una debilidad , y una tendencia á las 
convulsiones y á los síncopes, que... ¡Melin- 
dres, diantre! ¡Melindres, á que las acostum- 
bran desde pequeñas! 

Pegó otro trompis, y se levantó, dejando solo 
en el comedor á Julián. No sabía éste qué ha- 
cer de su persona, y pensó que lo mejor era 
emprender de nuevo plática con los santos. 



184 LOS PAZOS DE ULLOA 



Subió. Las velas seguían ardiendo, y el cape- 
llán volvió á arrodillarse. Las horas pasaban y 
pasaban, y no se oían más ruidos que el del 
viento de la noche al gemir en los castaños , y 
el hondo sollozo del agua en la represa del cer- 
cano molino. Sentía Julián cosquilleo y aguje- 
tas en los muslos , frío en los huesos y pesadez 
en la cabeza. Dos ó tres veces miró hacia su 
cama , y otras tantas el recuerdo de la pobreci- 
ta que sufría allá abajo le detuvo. Dábale ver- 
güenza ceder á la tentación. Mas sus ojos se 
cerraban, su cabeza, ebria de sueño, caía sobre 
el pecho. Se tendió vestido , prometiéndose des- 
pabilarse al punto. Despertó cuando ya era 
de día. 

Al encontrarse vestido , acordó , y tratándose 
mentalmente de marmota y leño, pensó si ya 
estaría en el mundo él nuevo Moscoso. Bajó 
apresurado frotándose los párpados, medio 
aturdido aún. En la antesala de la cocina se dio 
de manos á boca con Máximo Juncal , el médi- 
co de Cebre , con bufanda de lana gris arrollada 
al cuello, chaquetón de paño pardo, botas y es- 
puelas. 

—¿Llega V. ahora mismo?— preguntó asom- 
brado el capellán. 

—Sí, señor... Primitivo dice que estuvieron 
llamando anoche á mi puerta él y otros dos, 
pero que no les abrió nadie... Verdad que mi 
criada es algo sorda ; mas con todo... si llama- 
sen como Dios manda... En fin, que hasta el 
amanecer no me llegó el aviso. De cualquier 
manera, parece que vengo muy á tiempo toda- 



POR E. PARDO BAZÁN 185 

vía... Primeriza al fin y al cabo... Estas batallas 
acostumbran durar bastante... Allá voy á ver 
qué ocurre... 

Precedido de Don Pedro, echó á andar látigo 
en mano y resonándole las espuelas , de modo 
que la imagen bélica que acababa de emplear 
parecía exacta , y cualquiera le tomaría por el 
general que acude á decidir con su presencia y 
sus órdenes la victoria. Su continente resuelto 
infundía confianza. Reapareció á poco pidiendo 
una taza de café bien caliente, pues con la prisa 
de venir se encontraba en ayunas. Al señorito 
le sirvieron chocolate. Emitió el médico su dic- 
tamen facultativo: armarse de paciencia, por- 
que el negocio iba largo. Don Pedro, de humor 
algo fosco y con las facciones hinchadas por el 
insomnio, quiso á toda costa saber si había pe- 
ligro. 

—No, señor; no, señor — contestó Máximo 
desliendo el azúcar con la cucharilla y echando 
ron en el café.— Si se presentan dificultades, 
estamos aquí... Tú, Sabel; una copita pequeña. 
En la copita pequeña escanció también ron, 
que paladeó mientras el café se enfriaba. El 
marqués le tendió la petaca llena. 

—Muchas gracias...— pronunció el médico en- 
cendiendo un habano. Por ahora estamos á ver 
venir. La señora es novicia, y no muy fuerte... 
Á las mujeres se les da en las ciudades la edu- 
cación más antihigiénica : corsé para volver 
angosto lo que debe ser vasto; encierro para 
producir la clorosis y la anemia, vida sedenta- 
ria, para ingurgitarlas y criar linfa á expensas 



186 LOS PAZOS QE ULLOA 

de la sangre... Mil veces mejor preparadas es- 
tán las aldeanas para el gran combate de la 
gestación y alumbramiento , que al cabo es la 
verdadera función femenina. 

Siguió explanando su teoría, queriendo ma- 
nifestar que no ignoraba las más recientes y 
osadas hipótesis científicas , alardeando de ma- 
terialismo higiénico, ponderando mucho la 
acción bienhechora de la madre naturaleza. 
\ eíase que era mozo inteligente, de bastante 
xectura y determinado á lidiar con las enferme- 
dades ajenas; mas la amarillez biliosa de su 
rostro, la lividez y secura de sus delgados la- 
bios, no prometían salud robusta. Aquel faná- 
tico de la higiene no predicaba con el ejemplo. 
Asegurábase que tenían la culpa el ron y una 
panadera de Cebre, con salud para vender y 
regalar á cuatro doctores higienistas. 

Don Pedro chupaba también con ensaña- 
miento su cigarro , y rumiaba las palabras del 
médico, que por extraño caso, atendida la dife- 
rencia entre un pensamiento relleno de ciencia 
novísima y otro virgen hasta de lectura , con- 
formaban en todo con su sentir. También el hi- 
dalgo rancio pensaba que ia mujer debe de ser 
principalmente muy apta para la propagación 
de la especie. Lo contrario le parecía un cri- 
men. Acordábase mucho, mucho, con extraños 
remordimientos casi incestuosos, del robusto 
tronco de su cuñada Rita. También recordó el 
nacimiento de Perucho, un día que Sabel estaba 
amasando. Por cierto que la borona que ama- 
saba no hubiese tenido tiempo de cocerse, cuan- 



POR E. PARDO BAZÁN 187 



do el chiquillo berreaba ya diciendo á su modo 
que él era de Dios como los demás y necesitaba 
sustento. Estas memorias le despertaron una 
idea muy importante. 

—Diga, Máximo... ¿Le parece que mi mujer 
podrá criar? 

Máximo se echó á reír, saboreando el ron. 

— No pedir gollerías, señor Don Pedro..- 
¡ Criar ! Esa función augusta exige complexión 
muy vigorosa y predominio del temperamento 
sanguíneo... No puede criar la señora. 

—Ella es la que se empeña en eso— dijo con 
despecho el marqués;— yo bien me figuré que 
era un disparate .. por más que no creí á mi 
mujer tan endeble .. En fin, ahora tratamos de 
que no nazca el niño para rabiar de hambre. 
¿Tendré tiempo de ir á Castrodorna? La hija 
de Felipe el casero, aquella mocetona, ¿no- 
sabe V.?... 

—¿Pues no he de saber? ¡Gran vaca! Tiene V. 
ojo médico... Y está parida de dos meses. Lo 
que no sé es si los padres la dejarán venir. 
Creo que son gente honrada en su clase, y no 
quieren divulgar lo de la hija. 

— ¡ Música celestial ! Si hace ascos, la traigo 
arrastrando por la trenza... Á mí no me levanta 
la voz un casero mío. ¿Hay tiempo ó no de ir 
allá? 

—Tiempo, sí. ¡Ojalá acabásemos antes! ; pero 
no lleva trazas. 

Cuando el señorito salió, Máximo se sirvió 
otra copa de ron, y dijo en confianza al capellán: 

— Si yo estuviese en el pellejo del Felipe... ya 



188 LOS PAZOS DE ULLOA 

le quiero un recado á Don Pedro. ¿Cuándo se 
convencerán estos señoritos de que an casero 
no es un esclavo? Así andan las cosas de Espa- 
ña; mucho de revolución, de libertad, de dere- 
chos individuales. . |Y al fin, por todas partes 
la tiranía, el privilegio, el feudalismo! Porque, 
vamos á ver. ¿qué es esto sino reproducirlos 
ominosos tiempos de la gleba y las iniquidades 
de la servidumbre? Que yo necesito tu hija, 
jzas! pues contra tu voluntad te la cojo. Que me 
hace falta leche, una vaca humana, ¡zas ! si no 
quieres dar de mamar de grado á mi chiquillo, 
le darás por fuerza. Pero le estoy escandali- 
zando á V. Usted no piensa como yo , de segu- 
ro, en cuestiones sociales. 

—No, señor, no me escandalizo — contestó 
apaciblemente Julián.— Al contrario... Me dan 
ganas de reír, porque me hace gracia verle á V. 
tan sofocado. Mire V. qué más querrá la hija 
de Felipe que servir de ama de cría en esta 
casa. Bien mantenida, bien regalada, sin traba- 
jar... Figúrese. 

—¿Y el albedrío? ¿Quiere V. coartar el albe- 
drío, los derechos individuales? Supóngase que 
la muchacha se encuentra mejor avenida Con 
su honrada pobreza que con todos esos benefi- 
cios y ventajas que V. dice... ¿No es un acto 
abusivo traerla aquí de la trenza, porque es 
hija de un casero? Naturalmente que á V. no se 
lo parece; claro está. Vistiéndose por la cabe- 
za, no se puede pensar de otro modo; V. tiene 
que estar por el feudalismo y la teocracia. 
¿Acerté? No me diga V. que no. 



POR E. PARDO BAZÁN 189 



—Yo no tengo ideas políticas — aseveró Ju- 
lián sosegadamente : y de pronto , como recor- 
dando, añadió:— ¿Y no sería bien dar una 
vuelta á ver cómo lo pasa la señorita? 

•— Pch... No hago por ahora gran falta allá,, 
pero voy á ver. Que no se lleven la botella del 
ron, ¿eh? Hasta dentro de un instante. 

Volvió en breve , é instalándose ante la copa,, 
mostró querer reanudar la conversación polí- 
tica, á la cual profesaba desmedida afición, pre- 
firiendo, en su interior, que le contradijesen,, 
pues entonces se encendía y exaltaba, encon- 
trando inesperados argumentos. Las violentas 
discusiones en que se llega á vociferar y á 
injuriarse, le esparcían la estancada bilis, y la. 
función digestiva y respiratoria se le activaba, 
produciéndole gran bienestar. Disputaba por 
higiene: aquella gimnasia de la laringe y del 
cerebro le desinfartaba el hígado. 

— ¿Con que V. no tiene ideas políticas? Á. 
otro perro con ese hueso, padre Julián... Todos 
los pájaros de pluma negra vueian hacia atrás: 
no andemos con cuentos. Y si no, á ver, haga- 
mos la prueba: ¿qué piensa V. de la revolución? 
¿Está V. conforme con la libertad de cultos? 
Aquí te quiero, escopeta. ¿Está V. de acuerdo- 
con Suñer ? 

— ¡ Vaya unas cosas que tiene el señor Don 
Máximo! ¿ Cómo he de estar de acuerdo con. 
Suñer? ¿No es ese que dijo en el Congreso blas^ 
femias horrorosas ? ¡ Dios le ilumine ! 

—Hable claro : ¿V. piensa como el abad de San. 
Clemente de Boán? Ese dice que á Suñer y á- 



190 LOS PAZOS DE ULLOA 

los revolucionarios no se ies convence con ra- 
zones, sino á trabucazo limpio y palo seco. V., 
¿qué opina? 

—Son dichos de acaloramiento... Un sacerdo- 
te es hombre como todos, y puede enfadarse en 
una disputa y echar venablos por la boca. 

—Ya lo creo ; y por lo mismo que es hombre 
como todos, puede tener intereses bastardos, 
puede querer vivir holg'azanamente explotando 
la tontería del prójimo, puede darse buena vida 
•con los capones y cabritos de los feligreses... 
No me negará V. esto. 

—Todos somos pecadores, Don Máximo. 

—Y aun puede hacer cosas peores, que... que 
se sobreentienden... ¿eh? No sofocarse. 

—Sí, señor. Un sacerdote puede hacer todas 
las cosas malas del mundo. Si tuviésemos pri- 
vilegio para no pecar, estábamos bien; nos ha- 
bíamos salvado en el momento mismo de la or- 
denación, que no era floja ganga. Cabalmente 
la ordenación nos impone deberes más estre- 
chos que á los demás cristianos , y es doble- 
mente difícil que uno de nosotros sea bueno. Y 
para serlo del modo que requeriría el camino 
de perfección en que debemos entrar al orde- 
narnos de sacerdotes, se necesita, aparte de 
nuestros esfuerzos , que la gracia de Dios nos 
ayude. Ahí es nada. 

Díjolo en tono tan sincero y sencillo , que el 
médico amainó por algunos instantes. 

—Si todos fuesen como V., Don Julián... 

—Yo soy el último, el peor. No se fíe V. en 
apariencias. 



POR E. PARDO BAZÁN 191 

— ¡Quiá! Los demás son buenas piezas, bue- 
nas... y ni con la revolución hemos conseguido 
minarles el terreno... Le parecerá á V. mentira 
lo que amañaron estos días para dar gusto á 
ese bandido de Barbacana... 

No hallándose en antecedentes , Julián guar- 
daba silencio. 

—Figúrese V.— refirió el médico— que Barba- 
cana tiene á sus órdenes otro facineroso, un 
paisano de Castrodorna, conocido po*: el l\ier- 
to, que va y viene á Portugal, á salto de mata, 
porque una noche cosió á puñaladas á su mujer 
y al amante... Hace poco parece que le echó 
mano la justicia; pero Barbacana se empeñó en 
librarlo , y tanto sudaron él y los curas , que el 
hombre salió bajo fianza, y se pasea por ahí... 
De modo que, á pesar de los pesares, nos tiene 
V. como siempre, mandados por el infame Bar- 
bacana. 

—Pero — objetó Julián— yo he oído que aquí, 
cuando no reina Barbacana, reina otro cacique 
peor, que le llaman Trampeta, por los enredos 
y diabluras que arma á los pobres paisanos 
chupándoles el tuétano... Con que por fas ó por 
nefas... 

—Eso... Eso tiene algo de verdad... pero mire 
V., al menos Trampeta no se propone levantar 
partidas... Con Barbacana es preciso concluir 
pues corresponde con las juntas carlistas de la 
provincia para llevar el país á fuego y sangre... 
¿Es V. partidario del niño Terso? 

—Ya le dije que no tengo opiniones. 

—Es que no le da la gana de disputar. 



192 LOS PAZOS DE ÜLLOA 



—Francamente , Don Máximo, acierta V. Es- 
toy pendiente de esa pobre señorita... pensando 
en lo que puede sucederle. Y no entiendo de po- 
lítica; no se ría V., no entiendo. Sólo entiendo 
de decir misa : y el caso es que no la he dicho 
hoy todavía, y mientras no la diga no me des- 
ayuno, y el estómago se me va... Aplicaré la 
misa por la necesidad presente. Yo no puedo— 
añadió con cierta melancolía— prestarle á la se- 
ñorita otro auxilio. 

Marchóse— dejando al médico sorprendido de 
encontrar un cura que rehuía entrar en políti- 
cas discusiones, que por aquellos días reem- 
plazaban á las teológicas en todas las sobreme- 
sas patronales— y celebró su misa con gran 
atención y minuciosidad en las ceremonias. El 
repique de la campanilla del acólito resonaba 
claro y argentino en la vetusta capilla vacía. 
Oíanse fuera gorjeos de pájaros en los árboles 
del huerto, lejano chirrido de carros que salían 
al trabajo, rumores campestres gratos, calman- 
tes, bienhechores. Era la misa de San Ramón 
Nonnato, elegida para la circustancia ; y cuando 
el celebrante pronunció " ejus nobis ínter ces- 
sione concede , ut apeccatorum vinculis abso. 
luti...,, parecióle que las cadenas de dolor que 
ligaban á la pobre virgencita— que aún enton- 
tonces se la representaba como tal el capellán 
—se rompían de golpe, dejándola libre, gozosa 
y radiante, con la más feliz maternidad. 

Sin embargo, cuando regresó á la casa no 
había indicios de la susodicha ruptura de cade- 
nas. En vez de las apresuradas idas y venidas 



POR E. PARDO BAZÁN 193 



de criados que siempre indican algún aconteci- 
miento trascendental , notó una calma de mal 
agüero. El señorito no volvía : verdad es que 
Castrodorna distaba bastante de los Pazos. Fué 
preciso sentarse á la mesa sin él. El médico no 
intentó disputar más , porque á su vez empeza- 
ba á hallarse preocupado con la flema del here- 
dero de los Moscosos. Hay que decir en abono 
del discutidor higienista que tomaba su profe- 
sión por lo serio, y la respetaba tanto como Ju- 
lián la suya. Probábalo su misma manía de la 
higiene y su culto de la salud , culto infundido 
por übrotes modernos que sustituyen al Dios 
del Sinaí con la diosa Higia. Para Máximo 
Juncal, inmoralidad era sinónimo de escrofulo- 
sis, y el deber se parecía bastante á una perfec- 
ta oxidación de los elementos asimilables. Dis- 
culpábase á sí propio ciertos extravíos , por te- 
ner un tanto obstruidas las vías hepáticas. 

En aquel momento, el peligro de la señora de 
Moscoso despertaba su instinto de lucha contra 
los males positivos de la tierra : el dolor , la en- 
fermedad, la muerte. Comió distraídamente, y 
sólo bebió dos copas de ron. Julián apenas pasó 
bocado : preguntaba de tiempo en tiempo : 
—¿Qué ocurrirá por allí, Don Máximo? 
Cesó de preguntar cuando el médico le hubo 
dado, á media voz, algunos detalles, empleando 
términos técnicos. La noche caía. Máximo ape- 
nas salía del cuarto de la paciente. Sintióse Ju- 
lián tan triste y solo , que ya se disponía á subir 
y encender su altar para disfrutar al menos la 
compañía de las velas y los cuadritos. Pero Don 

13 



194 LOS PAZOS DE ULLOA 

Pedro entró impetuosamente , como una ráfaga 
de viento huracanado. Traía de la mano una 
muchachona color de tierra, un castillo de car- 
ne : el tipo clásico de la vaca humana. 



xvn 



Que Máximo Juncal, ya que es su oficio, re- 
conozca detenidamente la cuenca del río 
lácteo de la poderosa bestiaza , conducida por 
el marqués de Ulloa, no sin asombro de las 
gentes, en el borrén delantero de la silla de su 
yegua, por no haber en Castrodorna otros me- 
dios de transporte y no permitir la impaciencia 
de Don Pedro que el ama viniese á pie. La ye- 
gua recordará toda la vida , con temblor gene- 
ral de su cuerpo, aquella jornada memorable, en 
que tuvo que sufrir á la vez el peso del actual 
representante de los Moscosos y el de la nodri- 
za del Moscoso futuro. 

Cayéronsele á Don Pedro las alas del cora- 
zón cuando vio que su heredero no había llega- 
do todavía. En aquel momento le pareció que 
un suceso tan próximo no se verificaría jamás. 
Apuró á Sabel reclamando la cena, pues traía 
un hambre feroz. Sabel la sirvió en persona, por 
hallarse aquel día muy ocupada Filomena, la 
doncella , que acostumbraba atender al come- 
dor. Estaba Sabel fresca y apetecible como nun- 



POR E. PARDO BAZÁN 195 

ca, y las floridas carnes de su arremangado 
brazo, el brillo cobrizo de las conchas de su 
pelo, la melosa ternura y sensualidad de sus 
ojos azules, parecían contrastar con la situa- 
ción, con la mujer que sufría atroces tormen- 
tos, medio agonizando, á corta distancia de allí. 
Hacía tiempo que el marqués no veía de cerca 
é. Sabel. Más que mirarla, se puede decir que 
la examinó despacio durante algunos minutos. 
Reparó que la moza no llevaba pendientes y 
que tenía una oreja rota : entonces recordó ha- 
bérsela partido él mismo, al aplastar con la cu- 
lata de su escopeta el zarcillo de filigrana, en 
un arrebato de brutales celos. La herida se ha- 
bía curado, pero la oreja tenía ahora dos lóbu- 
los en vez de uno. 

—¿No duerme nada la señorita?— preguntaba 
Julián al médico. 

—A ratos, entre dolor y dolor... Precisamen- 
te me gusta á mí bien poco ese sopor en que 
cae. Esto no adelanta ni se gradúa, y lo peor es 
que pierde fuerzas. Cada vez se me pone más 
débil. Puede decirse que lleva cuarenta y ocho 
horas sin probar alimento , pues me confesó 
que antes de avisar á su marido, mucho antes, 
ya se sintió mal y no pudo comer... Esto de los 
sueñecitos no me hace tilín. Para mí , más que 
modorra, son verdaderos síncopes. 

Don Pedro apoyaba con desaliento la cabeza 
en el cerrado puño. 

—Estoy convencido — dijo enfáticamente —de 
que semejantes cosas sólo les pasan á las seño- 
ritas educadas en el pueblo y con ciertas imper- 



196 LOS PAZOS DE ULLOA 

tinencias y repulgos... Que les vengan á las 
mozas de por aquí con síncopes y desmayos..» 
se atizan al cuerpo media olla de vino, y despa- 
chan esta faena cantando. 

— No, señor; hay de todo... Las linfático- 
nerviosas se aplanan... Yo he tenido casos... 

Explicó detenidamente varias lides, no mu- 
chas aún, porque empezaba á asistir, como 
quien dice. El estaba por la expectativa : el me- 
jor comadrón es el que más sabe aguardar. Sin 
embargo, se llega á un grado en que perder un 
segundo es perderlo todo. Al aseverar esto,, 
paladeaba sorbos de ron. 

—¿Sabel?— llamó de repente. 

—¿Qué quiere, señorito Máximo?— contestó- 
la moza con solicitud. 

—¿Dónde me han puesto una caja que traje ?- 

—En su cuarto, sobre la cama. 

— ¡Ah! Bueno. 

Don Pedro miró al médico, comprendiendo 
de qué se trataba. No así Julián, que, asustado 
por el hondo silencio que siguió al diálogo de 
Máximo y Sabel, interrogó indirectamente para- 
saber qué encerraba la caja misteriosa. 

—Instrumentos— declaró elmédico secamente.. 

—Instrumentos..., ¿para qué?— preguntó el 
capellán, sintiendo un sudor que le rezumaba, 
por la raíz del cabello. 

—¡Para operarla, qué demonio! Si aquí se 
pudiese celebrar junta de médicos , yo dejaría, 
quizá que la cosa marchase por sus pasos con- 
tados; pero recae sobre mí exclusivamente la 
responsabilidad de cuanto ocurra. No me he de 



POR E. PARDO BAZÁN 197 

■cruzar de brazos, ni dejarme sorprender como 
un bolonio. Si al amanecer ha aumentado la 
postración y no veo yo síntomas claros de que 
esto se desenrede... hay que determinarse Ya 
puede V. ir rezando al bendito San Ramón, se- 
ñor capellán. 

— ¡ Si por rezar fuese!— exclamó ingenuamen- 
te Julián. — ¡ Apenas llevo rezado desde ayer! 

De tan sencilla confesión tomó pié el médico 
para contar mil graciosas historietas , donde se 
mezclaban donosamente la devoción y la obste- 
tricia, y desempeñaba San Ramón papel muy 
principal. Refirió de su profesor en la clínica de 
Santiago , que al entrar en el cuarto de las par- 
turientas y ver la estampa del santo con sus co- 
rrespondientes candelicas, solía gritar furioso: 
^'Señores, ó sobro yo ó sobra el Santo'.. Por- 
que si me desgracio me echarán la culpa, y si 
salimos bien dirán que fué milagro suyo „ Con- 
tó también algo bastante grotesco sobre rosas 
•de Jericó, cintas de la Virgen de Tortosa, y 
otros piadosos talismanes usados en ocasiones 
críticas. Al cabo cesó en su chachara, porque le 
rendía el sueño , ayudado por el ron A fin de 
no aletargarse del todo en la comodidad del le- 
cho, tendióse en el banco del comedor, poniendo 
por almohada una cesta. El señorito, cruzando 
sobre la mesa ambos brazos, había dejado caer 
la frente sobre ellos , y un silbido ahogado, pre- 
ludio de ronquido, anunciaba que también le 
salteaba la gana de dormir El airo reloj de pe- 
sas dio, con fatigado son *a media noche. 
Julián era el único despierto, sentía frío en 



198 LOS PAZOS DE ULLOA 



las medulas y en los pómulos ardor de calentu- 
ra. Subió á su cuarto, y empapando la toalla 
en agua fresca, se la aplicó á las sienes. Las ve- 
las del altar estaban consumidas ; las renovó, y 
colocó una almohada en el suelo para arrodi- 
llarse en ella, pues lo más molesto siempre era. 
el dichoso hormigueo. Y empezó á subir con 
buen ánimo la cuesta arriba de la oración. A 
veces desmayaba, y su cuerpo juvenil , envuelta 
en las nieblas grises del sueño, apetecía la lim- 
pia cama. Entonces cruzaba las manos, claván- 
dose las uñas de una en el dorso de otra , para, 
despabilarse. Quería rezar con devoción, tener 
conciencia de lo que pedía á Dios : no hablar 
de memoria. Sin embargo, desfallecía. Acor- 
dóse de la oración del Huerto y de aquella di- 
ferencia tan acertadamente establecida entre 
la decisión del espíritu y la de la carne. Tam- 
bién recordó un pasaje bíblico : Moisés orando- 
con los brazos levantados, porque, de bajarlos t 
sería vencido Israel. Entonces se le ocurrió rea^ 
hzai algo que le flotaba en la imaginación. Quitó- 
la almohada , quedándose con las rótulas apo- 
yadas en el santo suelo; alzó los ojos, ouscando 
á Dios más allá de las estampas y de ías vigas 
del techo , y abriendo los brazos en cruz , co- 
menzó á orar fervorosamente en tal postura. 

El ambiente se volvió glacial : una tenue cla- 
ridad . más lívida y opaca que la de la luna, asor 
mó por detrás de la montaña. Dos ó tres pájaros 
gorjearon en el huerto : el rumor de la presa 
del molino se hizo menos profundo y sollozante. 
La aurora, que sólo tenía apoyado uno de sus 



POR E. PARDO BAZÁN 199 



rosados dedos en aquel rincón del orbe, se atre- 
vió á alargar toda la manecita ,' y un resplandor 
alegre, puro, bañó las rocas pizarrosas , hacién- 
dolas rebrillar cual bruñida plancha de acero, y 
entró en el cuarto del capellán, comiéndose la 
luz amarilla de los cirios. Mas Julián no veía el 
alba, no veía cosa ninguna... Es decir, sí, veía 
esas luces que enciende en nuestro cerebro la 
alteración de la sangre, esas estrellitas viola- 
das, verdosas, carmesíes, color de azufre, que 
vibran sin alumbrar ; que percibimos confundi- 
das con el zumbar de los oídos y el ruido de pén- 
dulo gigante de las arterias próximas á rom- 
perse... Sentíase desvanecer y morir , sus labios 
no pronunciaban ya frases , sino un murmullo, 
que todavía conservaba tonillo de oración. En 
medio de su doloroso vértigo, oyó una voz que 
e pareció resonante como toque de clarín... La 
Tóz decía algo. Julián entendió únicamente eos 
palabras : 

—Una niña. 

Quiso incorporarse, exhalando un gran sus- 
piro, y lo hizo, ayudado por la persona que ha_ 
bía entrado y no era otra sino Primitivo; pero 
apenas estuvo en pié, un atroz dolor en las ar- 
ticulaciones, una sensación de mazazo en el 
cráneo le echaron á tierra nuevamente. Des- 
mayóse. 

Abajo , Máximo Juncal se lavaba las manos 
en la palangana de pelrre sostenida por Sabel. 
En su cara lucía el júbilo del triunfo mezclado 
con el sudor de la lucha, que corría agotas; 
medio congeladas ya por el frío del amanecer. 



200 LOS PAZOS DE ULLOA 



El marqués se paseaba por la habitación ceñu- 
do, contraído, hosco, con esa expresión torva 
y estúpida á la vez que da la falta de sueño á 
las personas vigorosas, muy sometidas á la ley 
de la materia. 

—Ahora alegrarse, Don Pedro — diio el mé- 
dico...— Lo peor está pasado. Se ha conseguido 
lo que V. tanto deseaba... -*No quería V. que la 
criatura saliese toda viva y sin daño ? Pues ahí 
la tenemos, sana y salva. Ha costado trabaji- 
11o.. pero al fin ... 

Encogióse despreciativamente de hombros el 
marqués , como amenguando el mérito del fa- 
cultativo , y murmuró no sé qué entre dientes, 
prosiguiendo en su paseo de arriba abajo y de 
abajo arriba, con las manos metidas en los bol- 
sillos el pantalón tirante cual lo estaba el es- 
píritu de su dueño. 

—Es un angelito, como dicen las viejas— aña- 
dió maliciosamente Juncal , que parecía gozar- 
se en la cólera del hidalgo ;— sólo que angelito 
hembra. Á estas cosas hay que resignarse ; no 
se inventó el modo de escribir al cielo encarga- 
do y explicando bien el sexo que se desea... 

Otro espumarajo de rabia y grosería brotó de 
los labios de Don Pedro. Juncal rompió á reir, 
secándose con la toalla. 

—La mitad de la culpa por lo menos la tendrá 
V. , señor marqués— exclamó.— ¿Quiere V. ha- 
cerme favor de un cigarrito? 

Al ofrecer la petaca abierta, Don Pedro hizo 
una pregunta. Máximo recobró la seriedad para 
contestarla. 



POR E. PARDO BAZAN 201 



—Yo no he dicho tanto como eso... Me parece 
que no. Cierto que, cuando las batallas son muy 
porfiadas y reñidas , puede suceder que el com- 
batiente quede inválido , pero la naturaleza, 
que es muy sabia , al someter á la mujer á tan 
rudas pruebas , le ofrece también las más im- 
pensadas reparaciones... Ahora no es ocasión 
de pensar en eso, sino en que la madre se res- 
tablezca y la chiquita se críe. Temo algún per- 
cance inmediato. . Vo}~ á ver... La señora se ha 
quedado tan abatjda .. 

Entro Primitivo, y sin mostrar alteración ni 
susto, dijo ''que subiese Don Máximo, que al 
-capellán le había dado algo ; que estaba como 
difunto,.. 

— Vamos allá, hombre, vamos allá... Esto no 
estaba en el programa — murmuró Juncal — 
¡Qué trazas de muiercita tiene ese cura! ¡Qué 
poquito estuche! Lo que es éste no cogerá 
el trabuco , aunque ILguen á levantarse las 
partidas conque anda soñando el jabalí del abad 
de Boán. 



XVIII 



Largos días estuvo Nucha detenida ante esaj 
lóbregas puertas que llaman de la muerte, 
con un pie en el umbral, como diciendo— ¿Entra- 
ré? ¿No entraré?— Empujáoanla hacia dentro 



202 LOS PAZOS DE ULLOA 

las horribles torturas físicas que habían sacu- 
dido sus nervios , la fiebre devoradora que tras- 
tornó su cerebro al invadir su pecho la ola de 
la leche inútil, el desconsuelo de no poder ofre- 
cer á su niña aquel licor que la ahogaba , la ex* 
tenuación de su ser, del cual la vida huía gota á 
gota sin que atajarla fuese posible. Pero la so- 
licitaban hacia fuera la juventud, el ansia de 
existir que estimula á todo organismo , la cien- 
cia del gran higienista Juncal , y particularmen- 
te una manita pequeña, coloradilla, blanda, un 
puñito cerrado que asomaba entre los encajes 
de una chambra y los dobleces de un mantón. 

El primer día que Julián pudo ver á la enfer- 
ma, no hacía muchos que se levantaba, para 
tenderse, envuelta en mantas y abrigos, sobre 
vetusto y ancho canapé. No le era lícito incor- 
p orarse aún, y su cabeza reposaba en almoha- 
dones doblados al medio. Su rostro enflaqueci- 
do y exangüe amarilleaba como una faz de ima- 
g*en de marfil, entre el marco del negro cabello 
reluciente. Bizcaba más por habérsele debilita- 
do mucho aquellos días el nervio óptico Sonrió 
con dulzura al capellán y le señaló una silla. 
Julián clavaba en ella esa mirada donde rebosa 
la compasión, mirada de 1 atora que en vano que- 
remos sujetar y apagar cuando nos aproxima- 
mos á un enfermo grave. 

—La encuentro á V. con muy buen semblan- 
te, señorita — dijo el capellán minieado como 
un bellaco. 

—Pues V —respondió ella lánguidamente - 
está algo desmejorado. ^ 



POR E. PARDO BAZÁN 203 

Confesó que , en efecto, no andaba bueno des- 
de que... desde que se había acatarrado un 
poco. Le daba vergüenza referir lo de la noche 
en vela, el desmayo, la fuerte impresión moral 
y física sufrida con tal motivo. Nucha empezó á. 
hablarle de algunas cosas indiferentes , y pas6 
sin transición á preguntarle : 

—¿Ha visto V. la pequeñita? 

—Sí, señora... El día del bautizo. ¡Angelito! 
Lloró bien cuando le pusieron la sal y cuando 
sintió el agua fría... 

— ¡ Ah! Desde entonces ha crecido una cuarta 
lo menos y se ha vuelto hermosísima.— Y al- 
zando la voz y esforzándose, añadió : — ¡Ama, 
ama ! Traiga la niña. 

Oyéronse pasos como de estatua colosal que 
anda , y entró la mocetona color de tierra , muy 
oronda con su vestido nuevo de merino azul, 
ribeteado de negro terciopelo de tira, con el 
cual se asemejaba á la gigantona tradicional de 
la catedral de Santiago, llamada la Coca. A 
manera de pajarito posado en grueso tronco, 
venía la inocente criatura recostada en el mag- 
no seno que la nutría. Estaba dormida , y tenía 
la calma, el dulce é insensible respirar que hace 
sagrado el sueño de los niños. Julián no se can- 
saba de mirarla así. 

— ¡Santita de Dios!— murmuró, apoyando los 
labios muy quedamente en la gorra, por no 
atreverse á la frente. 

—Cójala V., Julián... Ya verá lo que pesa- 
Ama, déle la niña... 

No pesaba más que un rama de flores ; pero 



204 LOS PAZOS DE ULLOA 

el capellán juró y perjuró que parecía hecha de 
plomo. Aguardaba el ama en pié, y él se había 
sentado con la chiquilla en brazos. 

—Déjemela un poquito...— suplicó.— Ahora, 
mientras duerme... No despertará, de seguro, 
<en mucho tiempo. 

—Ya la llamaré cuando haga falta. Ama, va- 
yase. 

La conversación giró sobre un tema muy so- 
corrido y muy del gusto de Nucha : las gracias 
de la pequeña... Tenía muchísimas, sí , señor, y 
el que lo dudase sería un gran majadero. Por 
ejemplo : abría los ojos con travesura incom- 
parable , estornudaba con redomada picardía ; 
apretaba con su manita el dedo de cualquiera, 
tan fuerte, que se requería el vigor de un Hér- 
cules para desasirse, y aun hacía otros donaires, 
mejores para callados que para archivados por 
la crónica. Al referirlos , el rostro exangüe de 
Nucha se animaba, sus ojos brillaban, y la risa 
dilató sus labios dos ó tres veces. Mas de pron- 
to se nubló su cara , hasta el punto de que entre 
las pestañas le bailaron lágrimas , á las cuales 
no dio salida. 

—No me han dejado criarla, Julián... Manías 
del señor de Juncal, que aplica la higiene á 
todo, y vuelta con la higiene , y dale con la hi- 
giene... Me parece á mí que no iba á morirme 
por intentarlo dos meses, dos meses nada más. 
Puede que me encontrase mejor de lo que es- 
toy, y no tuviese que pasar un siglo clavada en 
este sofá, con el cuerpo sujeto y la imaginación 
loca y suelta por esos mundos de Dios... Por- 



POR E. PARDO BAZÁN 205 



que. así no gozo descanso : siempre se me figura 
que el ama me ahoga la niña ó me la deja caer. 
Ahora estoy contenta teniéndola aquí cerquita. 

Sonrió á la chiquilla dormida, y añadió : 

—¿No le encuentra V. parecido?... 

-¿ConV.? 

— ¡ Con su padre !... Es todito él en el ccrte de 
la frente... 

No manifestó el capellán su opinión. Mudó de 
asunto y continuó aquel día y los siguientes 
cumpliendo la obra de caridad de visitar al en- 
fermo. En la lenta convalescencia y total sole- 
dad de Nucha, falta le hacía que alguien se con- 
sagrase á tan piadoso oficio. Máximo JuncaL 
venía un día sí y otro no ; pero casi siempre de 
prisa, porque iba teniendo extensa clientela : le 
llamaban hasta de Vilamorta. El médico habla- 
ba de política exhalando un aliento de vaho de 
ron, tratando de pinchar y amoscar á Julián; y 
en realidad , si Julián fuese capaz de amosta- 
zarse, habría de qué con las noticias que traía 
Máximo. Todo eran iglesias derribadas, escán- 
dalos antireligiosos , capillitas protestantes es- 
tablecidas aquí ó acullá, libertades de enseñan- 
za, de cultos, de esto y de lo otro... Julián se 
limitaba á deplorar tamaños excesos , y á de- 
sear que las cosas se arreglasen, lo cual no daba 
tela á Máximo para armar una de sus trifulcas 
favoritas , tan provechosas al esparcimiento de 
su bilis y tan fecundas en peripecias cuando- 
tropezaba con curas ternes y carlistas, como el 
de Boán ó el Arcipreste. 

Mientras el belicoso médico no venía, todo 



206 LOS PAZOS DE ULLOA 

■era paz y sosiego en la habitación de la enfer- 
ma. Únicamente lo turbaba el llanto, pronta- 
mente acallado, de la niña. El capellán leía el 
Año cristiano en alta voz , y poblábase el am- 
biente de historias con sabor novelesco y poé- 
tico : " Cecilia, hermosísima joven é ilustre dama 
romana, consagró su cuerpo á Jesucristo ; des- 
posáronla sus padres con un caballero llamado 
Valeriano, y se efectuó la boda con muchas fies- 
tas, regocijos y bailes... Sólo el corazón de Ce- 
cilia estaba triste... „ Seguía el relato de la mís- 
tica noche nupcial, de la conversión de Vale- 
riano, del ángel que velaba á Cecilia para guar- 
dar su pureza , con el desenlace glorioso y épi- 
co del martirio. Otras veces era un soldado ? 
-como San Menú a, un obispo, como San Seve- 
ro... La narración, detallada y dramática, refe- 
ría el interrogatorio del juez , las respuestas 
briosas y libres de los mártires, los tormentos, 
la flagelación con nervios de buey, el ecúleo, las 
uñas de hierro, las hachas encendidas aplicadas 
al costado.... "Y el caballero de Cristo estaba 
con un corazón esforzado y quieto , con sem- 
blante sereno, con una boca llena de risa (como 
sino fuera él sino otro el que padecía), hacien- 
do burla de sus tormentos , y pidiendo que se 
los acrecentaren... „ Tales lecturas eran defan 
tástico efecto , particularmente al caer de las 
adustas tardes invernales , cuando la hoja seca 
4e los árboles se arremolinaba danzando , y las 
nubes densas y algodonáceas pasaban lenta- 
mente ante los cristales de la ventana profunda. 
Allá , á lo lejos, se oía el perpetuo sollozo de 1* 



POR E. PARDO BAZAN 207 



represa, y chirriaban los carros cargados de 
tallos de maíz ó ramaje de pino. Nucha escu- 
chaba con atención, apoyada la barba en la 
mano. De tiempo en tiempo su seno se alzaba 
para suspirar. 

No era la primera vez que observaba Julián, 
desde el parto , gran tristeza en la señorita. El 
capellán había recibido una carta de su madre 
que encerraba quizá la clave de los disgustos 
de Nucha. Parece que la señorita Rita había 
engatusado de tal manera á la tía vieja de Oren- 
se, que ésta la dejaba por heredera universal, 
desheredando á su ahijada. Además, la señorita 
Carmen estaba cada día más chocha por su es- 
tudiante, y se creía en el pueblo que si Don Ma- 
nuel Pardo negaba el consentimiento , la chica 
saldría depositada. También pasaban cosas te- 
rribles con la señorita Manolita : Don Víctor de 
la Formoseda la plantaba por una artesana, so- 
brina de un canónigo. En fin, misia Rosario pe- 
día á Dios paciencia para tantas tribulaciones 
(las de la casa de Pardo eran para misia Rosa- 
rio como propias). Si todo esto había llegado á 
oídos de Nucha por conducto de su marido ó de 
su padre , no tenía nada de extraño que suspi- 
rase así. Por otra parte, ¡ el decaimiento físico 
era tan visible! Ya no se parecía Nucha á otra 
Virgen sino á la demacrada imagen de la Sole- 
dad. Juncal la pulsaba atentamente, le ordena- 
ba alimentos muy nutritivos , la miraba con 
alarmante insistencia. 

Atendiendo á la niña, Nucha se reanimaba. 
Cuidábala con febril actividad. Todo se lo que- 



208 LOS PAZOS DE ULLOA 

ría hacer ella , sin ceder al ama más que la parte 
material de la cría. El ama decía ella, era un 
tonel lleno de leche que estaba allí para aplicar- 
le la espita cuando fuese necesario, y soltar el 
chorro : ni más ni menos. La comparación del 
tonel es exactísima : el ama tenía hechura, color 
é inteligencia de tonel. Poseía también, como 
los toneles , un vientre magno. Daba gozo verla 
comer, mejor dicho, engullir : en la cocina, Sa- 
bel se entretenía en llenarle el plato ó la taza á, 
reverter, en ponerle delante medio pan, cebán- 
dola igual que á los pavos. Con semejante mos- 
trenco Sabel se la echaba de principesa , modelo 
de delicados gustos y selectas aficiones. Como 
todo es relativo en el mundo , para la gente de 
escalera abajo de la casa solariega el ama re- 
presentaba un salvaje muy gracioso y ridículo, 
y se reían tanto más con sus patochadas cuanto 
más fácilmente podían incurrir ellos en otras 
mayores. Realmente era el ama objeto eurioso, 
no sólo para los payos, sino por distintas razo- 
nes, para un etnógrafo investigador. Máximo 
Juncal refirió á Julián pormenores interesantes. 
En el valle donde se asienta la parroquia de que 
el ama procedía— valle situado en los últimos 
confines de Galicia, lindando con Portugal— las 
mujeres se distinguen por sus condiciones físi- 
cas y modo de vivir : son una especie de ama- 
zonas , restos de las guerreras galaicas de que 
hablan los geógrafos latinos , que si hoy no pue- 
den hacer la guerra sino á sus maridos , destri- 
pan terrones con la misma furia que antes com- 
batían, andan medio en cueros, luciendo sus 



POR E. PARDO BAZÁN 209 

fornidas y recias carnazas, aran, cavan, siegan, 
cargan carros de rama y esquilmo, soportan en 
sus hombros de cariátide enormes pesos , y vi- 
ven, ya que no sm obra, por lo menos sin auxi- 
lio de varón, pues los del valle suelen emigrar 
á Lisboa en busca de colocaciones desde los ca- 
torce años, volviendo sólo al pais un par de me- 
ses para casarse y propagar la raza, y huyendo 
apenas cumplido su oftcio de machos de colme- 
na. Á veces, en Portugal, reciben nuevas de 
infidelidades conyugales, y pasando la frontera 
una noche, acuchillan á los amantes dormidos : 
—este fué el crimen del luerto protegido por 
Barbacana, cuya historia había contado también 
Juncal — M o obstante, Jas hembras de Castrodor- 
na suelen ser tan honestas como selváticas. El 
ama no desmentía su raza por la anchura des- 
mesurada de las caderas y rechonchez de los 
rudos miembros Costó un triunfo á Nucha ves- 
tirla racionalmente , y hacerle trocar la corta 
saya de bayeta verde , que no le cubría la des- 
nuda pantorrilla , por otra más cumplida y de- 
corosa, consintiéndole únicamente el justillo, 
prenda clásica de ama de cría, que deja rebosar 
las repletas ubres , y los característicos pen- 
dientes de enorme argolla, el torquis romano, 
conservado desde tiempo inmemorial en el va- 
lle. Fué una lid obligarla á usar zapatos á día- 
rio, porque todas sus congéneres los reser- 
van para las fiestas repicadas ; fué una peniten- 
cia enseñarle el nombre y uso de cada objeto, 
aun de los más sencillos y corrientes ; fué pen- 
sar en lo excusado convencerla de que la niña 

14 



210 LOS PAZOS DE TJLLOA 

que criaba era un ser delicado y frágil , que no 
se podía traer mal envuelto en retales de bayeta 
grana, dentro de una banasta mullida de helé- 
chos, y dejarse á la sombra de un roble, á mer- 
ced del viento, del sol y de la lluvia, como los 
recién nacidos delvalledeCastrodorna ; y Máxi- 
mo juncal, que aunque gran apologista de los 
artificios higiénicos lo era también de las mila- 
grosas virtudes de la naturaleza , hallaba alguna 
dificultad en conciliar ambos extremos, y salía 
del paso apelando á su lectura más reciente, El 
origen de las especies ,porDarwm, y aplicando 
ciertas leyes de adaptación al medio, herencia, 
etcétera, que le permitían afirmar que el méto- 
do del ama, si no hacía reventar como un tri- 
quitraque á la criatura, la fortalecería admira- 
blemente. 

Por si acaso, Nucha no se atrevió á intentar 
la prueba, y dedicóse á cuidar en persona su 
tesoro , llevando la existencia atareada y comi- 
nera de las madres , en la cual es un aconteci- 
miento que estén ahumadas las sopas , y un fra- 
caso que el brasero se apague. Ella lavaba á su 
hijita . la vestía . la fajaba, la velaba dormida y 
la entretenía despierta. La vida corría monóto- 
na ocupadisima, sin embargo. El bueno de Ju- 
lián, testigo de estas faenas, iba enterándose 
poco á poco de los para él misteriosos arcanos 
del así-o y tocado de una criatura, llegando á 
familiarizarse con los múltiples objetos que 
forman el complicado ajuar de los recienes: 
gorras, ombligueros, culeros, pañales, fajas, 
microscópicos zapatos de crochet , capillos y 



POR E. PARDO BAZÁN 211 



baberos. Tales prendas , blanquísimas, adorna- 
das con bordados y encajes , zahumadas con es- 
pliego, templaditas al sano calor déla camillas- 
calor doméstico si los hay— las tenía el cape- 
llán machas veces en el regazo, mientras la 
madre, con la niña tendida boca abajo sobre su 
delantal de hule, pasaba y repasaba la esponja 
por las carnes de tafetán, escocidas y medio 
desolladas por la excesiva finura de su tierna 
epidermis , las rociaba con refrescantes polvos 
de almidón, y apretando las nalgas con los de- 
dos para que hiciesen hoyos , se las mostraba á 
Julián , exclamando con j úbilo : 

—¡Mire V. qué monada.. . qué llenica se va 
poniendo ! 

En materia de desnudeces infantiles, Julián 
110 era voto \ pues sólo conocía las de los ange- 
lotes de los tetablos; pero cavilaba para sus 
adentros que , á pesar de haber el pecado origi- 
nal corrompido toda la carne, aquella que le 
estaban enseñando era la cosa más pura y santa 
del mundo : un lirio , una azucena de candor. La 
cabezuela blanda , cubierta de lanúgine rubia y 
suave por cima de las costras de la leche, tenía 
«1 olor especial que se nota en los nidos de pa- 
loma donde hay pichones implumes todavía, y 
las manitas, cuyo pellejo rellenaba ya suave 
grasa y cuyos dedos se redondeaban como los 
del niño Dios cuando bendice, la faz esculpida 
en cera color rosa, la boca desdentada y húme- 
da como coral pálido recién salido del mar, los 
piececillos encendidos por el talón á íuerza de 
agitarse en gracioso pataleo, eran otras tantas 



212 LOS PAZOS DE ULLOA 



menudencias provocadoras de ese sentimiento- 
mixto que despiertan los niños muy pequeños- 
hasta en el alma más empedernida : sentimien- 
to, complejo y humorístico , en que entra la com- 
pasión, la abnegación, un poco de respeto y un_ 
mucho de dulce burla, sin hiél de sátira. 

En Nucha el espectáculo producía las hondas- 
impresiones de la luna de miel maternal, exal- 
tadas por un temperamento nervioso y una- 
sensibilidad ya enfermiza. Á aquel bollo blando, 
que aún parecía conservar la inconsistencia deL 
gelatinoso protoplasma, que aún no tenía con- 
ciencia de sí propio ni vivía más que para la- 
sensación, la madre le atribuía sentido y pres- 
ciencia , le insuflaba en locos besos su alma pro- 
pia , y en su concepto la chiquilla lo entendía- 
todo, y sabía y ejecutaba mil cosas oportunísi- 
mas, y hasta se mofaba discretamente, á su 
manera, de los dichos y hechos del ama.— De- 
lirios impuestos por la naturaleza con muy sa- 
bios fines-— explicaba Juncal. ¡Qué fué el pri- 
mer día en que una sonrisa borró la grave y 
cómica seriedad de la diminuta cara y entre- 
abrió con celeste expresión el estrecho filete de 
los labios ! Ne era posible dejar de recordar e 
tan ti ai do como llevado símil de la luz de la 
aurora disipando las tinieblas. La madre pensó 
chochear de alegría. 

—¡Otra vez , otra vez ! — exclamaba.— ¡Encan- 
to, cielito, cielito, monadita mía, ríete, ríete! 

Por entonces la sonrisa no se dignó presen- 
tarse más. La zopenca del ama negaba el he- 

o, cosa que enfurecía á la madre. Al otro día. 



POR E. PARDO BAZÁN 213 



«upo á Julián la honra de encender la efímera 
lucecilla de la inteligencia naciente en la cria- 
tura, paseándole no sé qué baratijas relucien- 
tes delante de los ojos. Julián iba perdiendo el 
miedo á la nena , que al principio creía fácil de 
deshacer entre los dedos como merengue; y 
mientras la madre enrollaba la faja ó calentaba 
«1 pañal, solía tenerla en el regazo. 

—Más me fío en V. que en el ama— decíale 
Nucha confidencialmente, desahogando unos 
secretos celos maternales.— El ama es incapaz 
<ie sacramentos... Figúrese V. que para hacer- 
se la raya, al peinarse, apoya el peine en la bar- 
billa y lo va subiendo por la boca y la nariz 
hasta que acierta con la mitad de la frente ; de 
otro modo no sabe... Me he empeñado en que 
no coma con los dedos, y ¿qué conseguí? Ahora 
come la carne asada con cuchara... Es un en- 
tremés, Julián. Cualquier día me estropea la 
chiquilla. 

El capellán perfeccionaba sus nociones del 
.arte de tener un chico en brazos sin que llore ni 
rabie. Consolidó su amistad con la pequeñuela 
un suceso que casi deberíamos pasaren silencio: 
cierto húmedo calórenlo que un día sintió Julián 
penetrar al través de los pantalones... ¡Qué 
acontecimiento ! Nucha y él lo celebraron con 
algazara y risa , como si fuese lo más entrete- 
nido y chusco. Julián brincaba de contento y se 
cogía la cintura, que le dolía con tantas carca- 
jadas. La madre le ofreció su delantal de hule, 
que él rehusó : ya tenía un pantalón viejo, des- 
tinado á perecer en la demanda, y por nada del 



214 LOS PAZOS DE ULLOA 

mundo renunciaría á sentir aquella onda tibia.,. 
Su contacto derretía no sé qué nieve de auste- 
ridad , cuajada sobre un corazón afeminado y 
virgen allá desde los tiempos del seminario, 
desde que se había propuesto renunciar á toda 
familia y todo hogar en la tierra entrando en el 
sacerdocio , y al par encendía en él misteriosa 
fuego , ternura humana , expansiva y dulce ; y 
el presbítero empezaba á querer á la niña con 
ceguera , á figurarse que , si la viese morir, se 
moriría él también , y otros muchos dislates por 
el estilo , que cohonestaba con la idea de que, al 
fin , la chiquita era un ángel. No se cansaba de 
admirarla, de devorarla con los ojos, de consi- 
derar sus pupilas líquidas y misteriosas , coma 
anegadas en leche , en cuyo fondo parecía re- 
posar la serenidad misma. 

Una penosa idea le ocurría de vez en cuando 
Acordábase de que había soñado con instituir 
en aquella casa el matrimonio cristiano cortado 
por el patrón de la Sacra Familia. Pues bien: el 
santo grupo estaba disuelto; alli faltaba San 
José ó lo sustituía un clérigo, que era peor. No 
se veía al Marqués casi nunca; desde el naci- 
miento de la niña, en vez de mostrarse más ca- 
sero y sociable, volvía á las andadas, á su vida 
de cacerías , de excursiones á casa de los aba- 
des é hidalgos que poseían buenos perros y gus- 
taban del monte, á los cazaderos lejanos. Pasá- 
base á veces una semana fuera de los Pazos de 
Ulloa. Su hablar era más áspero , su genio más 
egoísta é impaciente , sus deseos y órdenes se 
-expresaban en forma más dura. Y aún notaba 



POR E. PARDO BAZÁN 215 

Julián otros alarmantes indicios. Le inquietaba 
ver que Sabel recibía otra vez su antigua corte 
de sultana favorita , y que la Sabia y su proge- 
nie, con todas las parleras comadres y astrosos 
mendigos de la parroquia , pululaban allí , hu- 
yendo á escape cuando él se acercaba, llevando 
en el seno ó bajo el mandil bultos sospechosos. 
Perucho ya no se ocultaba, antes se le encon- 
traba por todas partes enredado en los pies, y 
en suma, las cosas iban tornando al ser y estado 
que tuvieron antes. 

Trataba el bueno del capellán de comulgarse 
á sí propio con ruedas de molino, diciéndose 
que aquello no significaba nada; pero la mal- 
dita casualidad se empeñó en abrirle los ojos 
cuando no quisiera. Una mañana que madrugó 
más de lo acostumbrado para decir su misa, re- 
solvió advertir á Sabel que le tuviese dispuesto 
el chocolate dentro de media hora. Inútilmente 
llamó á su cuarto, situado cerca de la torre en 
que Julián dormía. Bajó con esperanzas de en- 
contrarla en la cocina, y al pasar ante la puerta 
del gran despacho próximo al archivo , donde 
se había instalado Don Pedro desde el naci- 
miento de su hija, vio salir de allí á la moza , con 
descuidado traje , y soñolienta. Las reglas psi- 
cológicas aplicables á las conciencias culpadas 
exigían que Sabel se turbase : quien se turbó 
fué Julián. No sólo se turbó, pero subió de nue- 
vo á su dormitorio, notando una sensación ex- 
traña, como si le hubiesen descargado un fuerte 
golpe en las piernas, quebrándoselas. Al entrar 
en su habitación, pensaba esto ó algo análogo : 



216 LOS PAZOS DE ULLOA 



—Vamos á ver, ¿quién es el guapo que dice 
misa hoy? 



XIX 



No, ese guapo no era él. ¡Buena misa sería 
la que dijese, con Ja cabeza hecha una olla 
de grillos! Hasta reprimir los amotinados pen- 
samientos que le acuciaban, hasta adoptar una 
resolución firme y valedera, Julián no se atre- 
vía ni á pensar en el s¿mto sacriñcío. 

La. cosa era bien clara. Situación: la misma 
del año penúltimo. Tenía que marcharse de 
aquella casa echado por el feo vicio, por el de- 
lito infame. No le era Licito permanecer allí ni 
un instante más. Salvo el debido respeto, se 
habia llevado la trampa el matrimonio cristia- 
no, en cierto modo obra suya, y ya no quedaba 
rastro de hogar , sino una sentina de corrup- 
ción y pecado. Á otra parte , pues, con la mú- 
sica. 

Sólo que... Vaya, hay cosas más fáciles de 
proyectar que de hacer en este mundo. Todo era 
una montaña : encontrar pretexto , despedirse, 
preparar el equipaje... La primera vez que pen- 
só en irse de allí ya le oostaba algún esfuerzo ; 
hoy la sola idea de marchar le producía el mis- 
mo efecto que si le echasen sobre el alma un 
paño mojado en agua fría. ¿Por qué le disgus- 



POR E. PARDO BAZÁN 217 

¿aba tanto la perspectiva de salir de los Pazos - 
Bien mirado, él era un extraño en aquella casa. 

Es decir, eso de extraño... Extraño, no; pues 
vivía unido espiritualmente á la familia por el 
respeto, por la adhesión, por la costumbre. So- 
bre todo , la niña , la niña. El acordarse de la 
niña le dejó como embobado. No podía expli- 
carse á sí mismo el gran sacudimiento interior 
que le causaba pensar que no volvería á cogerla 
en brazos. ¡Mire V. que estaba encariñado con 
la tal muñeca ! Se le llenaron de lágrimas los 
ojos. 

—Bien decían en el Seminario— murmuró con 
despecho— que soy muy apocado y muy... así... 
como las mujeres, que por todo se afectan. 
¡ Vaya un sacerdote ordenado de misa ! Si ten- 
go tai afición á chiquillos, no debí abrazar la 
carrera que abracé. No, no, esto que voy di- 
ciendo es un desatino mayor todavía... Si me 
gustan los chiquillos y tengo vocación de ayo ó 
niñero, ¿quién me priva de cuidar á los que 
andan descalzos por las carreteras pidiendo 
limosna ? Son hijos de Dios lo mismo que esta 
pobre pequeña de aquí... Hice mal, muy mal en 
tomarle tanta afición... Pero es .que sólo un 
peri o, ¡ qué ! , ni un perro : solo una fiera puede 
Tbesar á un angelito y no quererlo bien. 

Resumiendo después sus cavilaciones, aña- 
dió para sí . 

—Soy un majadero, un Juan Lanas. No sé á 
qué he venido aquí la vez segunda. No debí 
volver. Estaba visto que el señorito tenía que 
parar en esto. Mi poca enei gía tiene la culpa. 



218 LOS PAZOS DE ULLOA 

Con riesgo de la vida debí barrer esa canalla, 
sino por buenas, á latigazos. Pero yo no tengo 
agallas , como dice muy bien el señorito, y ellos 
pueden y saben más que yo, á pesar de ser 
unos brutos. Me han engañado, me han embau- 
cado, no he puesto en la calle á esa moza des- 
vergonzada, se han reído de mí, y ha triunfado 
el infierno. 

Mientras sostenía este monólogo, iba sacan- 
do de un cajón de la cómoda prendas de ropa 
blanca, á fin de hacer su equipaje, pues como 
todas las personas irresolutas, solía precipi- 
tarse en los primeros momentos y adoptar me- 
didas que le ayudaban á engañarse á sí pro- 
pio. Al paso que rellenaba la maleta, razonaba 
para consigo : 

—Señor, señor, ¿por qué ha de haber tanta 
maldad y tanta estupidez en la tierra? ¿Por 
qué el hombre ha de dejar que lo pesque el dia- 
blo con tan tosco anzuelo y cebo tan ruin? — 
(Diciendo esto alineaba en el baúl calcetines.) 
Poseyendo la perla de las mujeres , el verdade- 
ro trasunto de la mujer tuerte, una esposa cas- 
tísima (este superlativo se le ocurrió al doblar 
cuidadosamente la sotana nueva), ir á caer 
precisamente con una vil mozuela, una sirvien- 
te, una fregona, una desvergonzada ¡que se 
va a picos pardos con el primer labriego que 
encuentra ! 

Llegaba aquí del soliloquio, cuando trataba 
sin éxito de acomodar el sombrero de canal de 
modo que la cubierta de la maleta no lo abo- 
llase. 



POR E. PARDO BAZÁN 219 

El ruido que hizo la tapa al descender, el ge- 
mido armonioso del cuero, parecióle una voz 
irónica que le respondía : 

—Por eso, por eso mismo. 

— j Será posible ! —murmuró el bueno del ca- 
pellán.— ¡ Será posible que la abyección , que la 
indignidad, que la inmundicia misma del peca- 
do atraiga, estimule, sea un aperitivo, como 
las guindillas rabiosas para el paladar estraga- 
do de los esclavos del vicio ! Y que en esto cai- 
gan, no personas de poco más ó menos sino 
señores de nacimiento, de rango , señores que... 

Detúvose, y, reflexivo, contó un montículo 
de pañuelos de narices que sobre la cómoda re- 
posaba. 

—Cuatro, seis, siete... Pues yo tenía una do- 
cena, todos marcados... Pierden aquí la ropa 
bastante... 

Volvió á contar. 

—Seis, siete... Y uno en el bolsillo, ocho... 
Puede que haya otro en la lavandera... 

Dejólos caer de golpe. Acababa de recordar 
que uno de aquellos pañuelos se lo había atado 
él á la niñita debajo de la barba , para impedir 
que la baba le rozase el cuello. Suspiró honda- 
mente, y abriendo otra vez el maletín, notó que 
la seda c 1 1 sombrero de canal se estropeaba con 
la tapa. — No cabe — pensó, y parecióle enorme 
dificultad para su viaje no poder acomodar la 
canaleja. Miró el reloj : señalábalas diez. Á las 
diez ó poco más comía ia chiquita su sopa, y era 
la risa del mundo verla con el hocico embadur- 
nado de puches , empeñada en coger la cuchara 



220 LOS PAZOS DE ULLOA 

y sin acertar á lograrlo. ¡Estaría tan mona! 
Resolvió bajar : al día siguiente le sería fácil 
colocar mejor su sombrero y resolver la mar- 
cha. Por veinticuatro horas más ó menos... 

Este medicamento emoliente de la espera 
equivale, para la mayor parte de los caracteres, 
á infalible específico. No hay que vituperar su 
empleo, en atención á lo que consuela : en rigor 
la vida es una serie de aplazamientos, y sólo hay 
un desenlace definitivo, el último. Así que Julián 
concibió la luminosa idea de aguardar un poco, 
sintióse tranquilo ; aún más ; contento. No era 
su carácter muy jovial, propendiendo á una es- 
pocie de morosidad soñadora y mórbida , como 
la de las doncellas anémicas ; pero en aquel 
punto respiraba con tal desahogo por haber en- 
contrado una solución , que sus manos tembla^ 
ban , deshaciendo con alegre presteza el embu- 
tido de calcetines y ropa blanca y dando amable 
libertad al canal y manteo. Después se lanzó 
por las escaleras , dirigiéndose á la habitación 
de Nucha. 

Nada aconteció aquel día que lo diferenciase 
de los demás , pues allí la única variante solía 
ser el mayor ó menor número de veces que ma- 
maba la chiquitína, ó la cantidad de pañales 
puestos á secar. Sin embargo, en tan pacífico 
interior veía el capellán desarrollarse un drama 
mudo y terrible Ya se explicaba perfectamente 
las melancolías, los suspiros ahogados de Nu- 
cha. Y mirándola á la cara y viéndola tan con- 
sumida, con el color macilento, los ojos mayo- 
res y más vagos', la hermosa boca contraída 



POR E. PARDO BAZÁN 221 



siempre, menos cuando sonreía á su hija, cal- 
culaba que la señorita , por fuerza, debía de sa- 
berlo iodo, y una lástima profunda le inundaba 
el alma. Reprendióse á sí mismo por haber pen- 
sado siquiera enmarcharse. Si la señorita necesi- 
taba un amigo, un defensor, ¿en quién lo encon- 
traría más que en él? Y lo necesitaría, de fijo. 
La misma noche , antes de acostarse , presen- 
ció el capellán una escena extraña, que le se- 
pultó en mayores confusiones. Como se le hu- 
biese acabado el aceite á su velón de tres me- 
cheros y no pudiese rezar ni leer, bajó á la co- 
cina en demanda de combustible. Halló muy- 
concurrido el sarao de Sabel. En los bancos que 
rodeaban el fuego no cabía más gente : mozas- 
que hilaban, otras que mondaban patatas , oyen- 
do las chuscadas y chocarrerías del tío Pepe de 
Naya , vejete que era un puro costal de malicias, 
y que, viniendo á moler un saco de trigo al mo- 
lino de Ulloa , donde pensaba pasar la noche, no 
encontraba malo refocilarse en los Pazos con eL 
cuenco de caldo de unto y tajadas de cerdo que 
la hospitalaria Sabel le ofrecía. Mientras él pa- 
gaba el escote contando chascarrillos , en la gran, 
mesa de la cocina , que desde el casamiento de 
Don Pedro no usaban los amos , se veían, no le- 
jos de la turbia luz de aceite, relieves de un fes- 
tín más suculento : restos de carne en platos en- 
grasados, una botella de vino descorchada, una- 
media telilla, todo amontonado en un rincón, 
como barrido despreciativamente por el hartaz- 
go ; y en el espacio libre de la mesa , tendidos 
en hilera, había hasta doce naipes, que si no- 



222 LOS PAZOS DE ULLOA 



recortados en forma ovada por exceso de uso 
como aquellos de que se sirvieron Rinconete y 
Cortadillo, no les cedían en lo sucios y pringo- 
sos. En pié, delante de ellos , la señora María la 
Sabia, extendiendo el dedo, negro y nudoso cual 
seca rama de árbol, los consultaba con ademán 
reflexivo. Encorvada la horrenda sibila, alum- 
brada por el vivo fuego del hogar y la luz de la 
lámpara, ponía miedo su estoposa pelambrera, 
su catadura de bruja en aquelarre, más mons- 
truosa por el bocio enorme ya que le desfigu- 
raba el cuello y remedaba un segundo rostro, 
rostro de visión infernal , sin ojos ni labios , liso 
y reluciente á modo de manzana cocida. Julián 
se detuvo en lo alto de la escalera, contemplan- 
do las prácticas supersticiosas , que se interrum- 
pirían de seguro si sus zapatillas hiciesen ruido 
y delatasen su presencia. 

Si él conociese á fondo la tenebrosísima y 
aún no desacreditada ciencia de la cartoman- 
cia, ¡cuánto más interesante le parecería el es- 
pectáculo! Entonces podría ver reunidos allí, 
como en el reparto de un drama , los persona- 
jes todos que jugaban en su vida y ocupaban 
su imaginación. Aquel rey de bastos , con hopa- 
landa azul ribeteada de colorado, los pies simé- 
tricamente dispuestos, la gran maza verde al 
hombro , se le figuraría bastante temible si su- 
piese que representaba un hombre moreno ca- 
sado.— Don Pedro.— La sota del mismo palo se 
le antojaría menos fea si comprendiese que era 
símbolo de una señorita morena también. — 
.SZucha. *v A la de copas le daría un puntapié poi 



POR E. PARDO BAZÁN 223 

insolente y borracha, atendido que personifica- 
ba á Sabel, una moza rubia y soltera. Lo más 
grave sería verse á sí mismo— un joven rubio 
— significado por el caballo de copas , azul por 
más señas , aunque ya todos estos colorines los 
había borrado la mugre. 

¡Pues qué sucedería si después, cuando la 
vieja barajó los naipes, y, repartiéndolos en cua- 
tro montones, empezó á interpretar su sentido 
fatídico, pudiese él oir distintamente todas las 
palabras que salían del antro espantable de su 
boca! Había allí concordancias de la sota de 
bastos con el ocho de copas, que anunciaban 
nada menos que amores secretos de mucha du- 
ración; apariciones del ocho de bastos que va- 
ticinaban riñas entre cónyuges ; reuniones de la 
sota de espadas con la de copas patas arriba, 
que encerraban tétricos augurios de viudez por 
muerte de la esposa. A bien que el cinco del 
mismo palo profetizaba después unión feliz. 
Todo esto , dicho por la sibila en voz baja y ca- 
vernosa , lo escuchaba solamente la bella fre- 
gatriz Sabel, que con los brazos cruzados tras 
la espalda, el color arrebatado, se inclinaba 
sobre el oráculo, que más parecía provocarla á 
curiosidad que á regocijo. La jarana con que en 
«1 hogar se celebraban los chistes del señor 
Pepe, impedía que nadie atendiese al silabeo 
de la vieja. Merced á la situación de la escalera, 
•dominaba Julián la mesa, trípode y ara del te- 
meroso rito , y sin ser visto podía ver y entre- 
oír algo. Escuchaba, tratando de entender me- 
jor lo que sólo confusamente percibía , y como 



224 LOS PAZOS DE ULLOA 

al hacerlo cargase sobre el barandal de la esca- 
lera, éste crujió levemente, y la bruja alzó su 
horrible carátula. kn un santiamén recogió los 
naipes, y el capellán bajó, algo confuso de su 
espiónale involuntario, pero tan preocupado 
con lo que creía haber sorprendido, que ni se le 
ocurrió censurar el ejercicio de la hechicería. 
La bruja, empleando el tono humilde y servil 
de siempre, se apresuró á explicarle que aque- 
llo era mero pasatiempo, "por se reir un poco,,. 

Volvió Tuhán á su cuarto agriadísimo. Ni él 
mismo sabía lo que le correteaba por el magín. 
Bien presumía antes á cuántos riesgos se expo- 
nían Nucha y su hija viviendo en los Pazos: 
ahora... ahora los divisaba inminentes, clarísi- 
mos. ¡Tremenda situación! El capellán le daba 
vueltas en su cerebro excitado : á la niña la ro- 
barían para matarla de hambre ; á Nucha la en- 
venenarían tal vez... Intentaba serenarse. ¡Bah! 
No abundan tanto los crímenes por esos mun- 
dos, á Dios gracias. Hay jueces, hay magistra- 
dos, hay verdugos. Aquel hato de bribones se 
contentaría con explotar al señorito y á la casa, 
con hacer rancho de ella, con mandar, anulando 
en su dignidad y poderío doméstico á la señori- 
ta. Pero .. ¿si no se contentaba? 

Dio cuerda á su velón, y apoyando los codos 
sobre la mesa intentó leer en las obras de Bal- 
mes, que le había prestado el cura de Naya, y 
en cuya lectura encontraba grato solaz su espí- 
ritu, prefiriendo el trato con tan simpática y 
persuasiva inteligencia á las honduras escolás- 
ticas de Prisco y San Severino. Mas á la sazón 



POR E. PARDO BAZÁN 225 

no podía entender una sola línea del filósofo y 
sólo oía los tristes raidos exteriores . el quejido 
constante de la presa, el gemir del viento en los 
árboles Sa acalorada fantasía le fingió entre 
aquellos rumores quejumbrosos ocro mas la- 
mentable *«ún, porque era personal: un gato 
humano, j One disparatada idea! No hizo caso 
y siguió leyendo Pero creyó escuchar de nuevo 
el ay tridísimo ¿Serían los perros? Asomóse á 
la ventana ia luna bogaba en un cielo nebulo- 
so, y alU á lo lejos, se oía el aullar de un pe rio 
ese aullar lúgubre que los aldeanos llaman ven- 
tar la muerte, y juzgan anuncio seguro del 
próximo fallecimiento cíe una persona Juliíu 
cerró la ventana estremeciéndose No despun- 
taba por valentón, y sus temores instintivos se 
aumentaban en la casa solariega, que le produ- 
cía nuevamente la dolorosa impresión de los 
primeros días. Su temperamento liufatico no 
poseía el secreto de ciertas saludables reaccio- 
nes, con las cuales se desecha todo vano miedo, 
todo fantasma de la imaginación. Era capaz, y 
demostrado lo tenía , de arrostrar cualquier 
nesgo grave, si creía que se lo ordenaba su 
deber; pero no de hacerlo con ánimo sereno, 
con el hermoso desdén del peligro, con el buen 
humor heroico que sólo cabe en personas de 
rica y roja sangre y músculos firmes £1 valor 
ptopio de Julián era valor temblón, por decirlo 
así ; el breve arranque nervioso de las mujeres. 
Volvía á su conferencia con Balmes , cuan- 
do... ¡Jesús nos valga! ¡Ahora sí, ahora si que 
1,0 cabía duda! Un chillido sobreagudo de te- 

15 



226 LOS PAZOS DE ULLOA 

rror había subido por el oscuro caracol y en- 
trado por la puerta entornada. ¡Qué chillido! 
El velón le bailaba en las manos á Julián .. Ba- 
jaba, sin embargo, muy á prisa, sin sentir sus 
propios movimientos , como en las espantosas 
caídas que damos soñando. Y volaba por los 
salones recorriendo la larga crugía para llegar 
hacia la parte del archivo, donde había sonado 
el grito horrible... El velón, oscilando más y 
más en su diestra trémula, proyectaba en las 
paredes caleadas extravagantes manchones de 
sombra .. Iba á darla vuelta al pasillo que divi- 
día el archivo del cuarto de Don Pedro, cuando 
vio . ¡Dios santo! Sí, era la escena misma, tal 
cual se la había figurado él. .. Nueha de pié, pero 
arrimada á la pared, con el rostro desencajado 
de espanto los ojos, no ya vagos, sino llenos de 
extravío mortal, en frente su marido, blan- 
diendo un arma enorme... Julián se arrojó en- 
tre los dos . Nucha voivió á chillar. 

— ¡Ay ay! ¡Qué hace V ! ¡Que se escapa!... 
¡Que se escapa! 

Comprendió entonces el alucinado capellán 
lo que ocurría, con no poca vergüenza y con- 
fusión suya . Por la pared trepaba acelerada- 
mente , deseando huir de la luz , una araña de 
desmesurado grandor, un monstruoso vientre 
columpiado en ocho velludos zancos. Su carre- 
ra era tan rápida, que inútilmente trataba el 
señorito de alcanzarla con la bota, de repente 
Nucha se adelantó, y con voz entre grave y me- 
drosa repitió ingenuamente lo que había dicho 
mil veces en su niñez . . . _• 



POR E. PARDO BAZÁN 227 



— ¡ San Jorge... para la araña r 

El feo insecto se detuvo á la entrada de la 
zona de sombra : la bota cayó sobre él. Julián, 
por reacción natural del miedo disipado, que 
se trueca en inexplicable gozo, iba á reirse del 
suceso ; pero notó que Nucha, cerrando los ojos 
y ap03 T ándose en la pared, se cubría la cara con 
«el pañuelo. 

—No es nada, no es nada... — murmuraba.— 
Un poco de llanto nervioso... Ya pasará .. Es- 
toy aún algo débil... 

—¡Valiente cosa para tanto alboroto!— excla- 
mó el marido encogiéndose de hombros.—; Os 
•crían con más mimo ! En mi vida he visto tal. 
Don Julián, ¿V. creería que la casa se venía 
abajo? ¡Ea, á recogerse! Buenas noches. 

Tardó bastante el capellán en dormirse. Re- 
capacitaba en sus terrores y conocía su ridi- 
culez ; prometíase vencer aquella pusilanimi- 
dad suya ; pero duraba aún el desasosiego ; la 
impulsión estaba comunicada y almacenada en 
sinuosidades cerebrales muy hondas. Apenas 
le otorgó sus favores el sueño, vino con él una 
legión de pesadillas á cual más negra y opre- 
sora. Empezó á soñar con los Pazos, con el 
gran caserón ; mas por extraña anomalía, pro- 
pia del sueño, cuyo fundamento son siempre 
nociones de lo real, pero barajadas, desquicia- 
das y revueltas merced al anárquico influjo de 
la imaginación, no veía la huronera tal cual la 
había visto siempre, con su vasta mole cuadri- 
longa, sus espaciosos salones, su ancho porta- 
lón inofensivo, su aspecto amazacotado, con 



1228 LOS PAZOS DE ULLOA 



ventual, de construcción del siglo xvm; sino 
que, sin dejar de ser la misma, había mudado 
de forma : el huerto, con bojes y estanque, era 
ahora ancho y profundo foso ; las macizas mu- 
rallas se poblaban de saeteras, se coronaban 
de almenas ; el portalón se volvía puente leva- 
dizo con cadenas rechinantes ; en suma, era un 
castillote feudal, hecho y derecho, sin que le 
faltase ni el romántico aditamento del pendón 
de los Moscosos flotando en la torre del home- 
naje : indudablemente, Julián había visto algu- 
na pintura ó leído alguna medrosa descripción 
de esos espantajos del pasado, que nuestro si- 
glo restaura con tanto cariño. Lo único que en 
el castillo recordaba los Pazos actuales, era el 
majestuoso escudo de armas ; pero aun en este 
mismo existía diferencia notable, pues Julián 
distinguía claramente que se habían animado- 
los emblemas de piedra, y el pino era un árbol 
verde en cuya copa gemía el viento, y los dos 
lobos rapantes movían las cabezas , exhalando 
aullidos lúgubres. Miraba Julián fascinado ha* 
cia lo alto de la torre, cuando vio en ella alar» 
mante figurón : un caballero con visera calada,, 
todo cubierto de hierro ; y aunque ni un dedo- 
de la mano se le descubría, con el don adivina- 
torio que se adquiere soñando, Julián percibía, 
al través de la celada, la cara de Don Pedro. 
Furioso, amenazador, enarbolaba Don Pedro- 
una arma extraña, una bota de acero, que se 
disponía á dejar caer sobre la cabeza del cape- 
llán. Este no hacía movimiento alguno para 
desviarse , y la bota tampoco acababa de caer; 



POR E. PARDO BAZÁN 229 



era una angustia intolerable, una agonía sin 
término ; de repente sintió que se le posaba en 
el hombro una lechuza feísima, con greñas 
blancas. Quiso gritar : en sueños el grito se 
queda helado en la garganta siempre. La lechu- 
da reía silenciosamente. Para huir de ella sal- 
taba el foso, mas éste ya no era foso, sino la re- 
presa del molino : el castillo feudal también 
mudaba de hechura sin saberse cómo : ahora se 
parecía á la clásica torre que tienen en las ma- 
r.us la imágenes de Santa Bárbara : una cons- 
trucción de cartón pintado, hecha de sillares 
muy oíadr -tditos, y a cuya ventana asomaba 
tan ros' i o de mujer pálido, descompuesto... 
Aquella mujer sacó un pié, luego otro... fué 
descolgándose por la ventana abajo... ¡ Qué 
asombro > ¡Era la sota de bastos , la mismísima 
sota de bastos, may sucia, muy pringosa! Al 
pié del muro la esperaba el caballo de espadas, 
una rara alimaña azul, con la cola rayada de 
negro. Mas á poco, Julián leconoció su error: 
¿qué caballo de espadas! No era sino San Jor 
ge en persona, el valeroso caballero andante 
de las celestiales milicias , con su dragón deba- 
jo, un dragón que parecía araña, en cuya tena- 
zuda boca hundía la lanza con denuedo... Bri- 
llante y aguda, la lanza descendía , se hincaba, 
se hincaba... Lo sorprendente es que el lanzazo 
lo sentía Julián en su propio costado.. Lloraba 
muy bajito, queriendo hablar y pedir miseri- 
cordia : nadie acudía en su auxilio, y la lanza le 
tenía ya atravesado de parte á parte. . Desper- 
tó repentiaamente, resintiéndose de una pun- 



230 LOS PAZOS DE ÜLLOA 

zada dolorosa en la mano derecha, sobre la 
cual había gravitado el peso del cuerpo todo, al 
acostarse del lado izquierdo, posición favora- 
ble á las pesadillas. 



XX 



Los sueños de las noches de terror suelen pa- 
recer risibles apenas despunta la claridad 
del nuevo día: pero Julián, al saltar de la 
cama, no consiguió vencer la impresión deL 
suyo. Proseguía el hervor de la imaginación 
sobreexcitada: miró por la ventana, y el pai- 
saje le pareció tétrico y siniestro : verdad es 
que entoldaban la bóveda celeste nubarrones 
de plomo con reflejos lívidos, y que el viento, 
sordo unas veces y sibilante otras , doblaba los 
árboles con ráfagas repentinas. El capellán 
bajó la escalera de caracol con ánimo de decir 
su misa, que, á causa del mal estado de la ca- 
pilla señorial, acostumbraba celebrar en la pa- 
rroquia. Al regresar y acercarse á la entrada 
de los Pazos , un remolino de hojas secas le en- 
volvió los pies , una atmósfera fría le sobreco- 
gió , y la gran huronera de piedra se le presen- 
tó imponente, ceñuda y terrible , con aspecto de 
prisión , como el castillo que había visto soñan- 
do. El edificio , bajo su toldo de negras nubes > 
con el ruido temeroso del cierzo que lo fustiga 



POR E. PARDO BAZAN 231 



ba, era amenazador y siniestro. Julián penetró 
en él con el alma en un puño. Cruzó rápida- 
mente el helado zaguán , la cavernosa cocina, 
y, atravesando los. salones solitarios, se apre- 
suró á refugiarse en la habitación de Nucha, 
donde acostumbraban servirle el chocolate, por 
orden de la señorita. 

Encontró á ésta algo más desemblantada que 
de costumbre. Al abatimiento que de ordinario 
se revelaba en su afilado rostro , se agregaba 
una contracción, un azoramiento, indicio de 
gran tirantez nerviosa. Tenía á la niña en bra- 
zos, y al ver llegar á Julián, le hizo rápidamente 
señade que no chistase ni se menease, que el an- 
gelito andaba en tratos de aletargarse al calor 
del seno maternal. Inclinada sobre la criatura, 
Nucha le echaba el aliento para mejor adorme- 
cerla, y arreglaba con febriles íuüviíuí.jucos el 
pañolón calcetado que envolvía, como el capa- 
lio á la oruga, aquella vida naciente Pestañeó 
la niña dos ó tres veces, y luego cerró los oji- 
tos, mientras su madre no cesaba de arrullarla 
con una nana aprendida del ama , una especie 
de gemido cuya base era el triste, ¡¿ai... lai! t 
la queja lenta y larga de todas las canciones 
populares en Galicia. El canto fué descendien- 
do, hasta concluir en la pronunciación melan- 
cólica y cariñosa de una sola letra , la c prolon- 
gada ; y levantándose en puntas de pies, Mucha 
depositó á su hija en la cuna muy delicada y 
cuidadosamente, pues la chiquilla era tan lista 
—en opinión de su madre — que distinguía al 
punto la cuna del brazo, y era capaz de des- 



232 LOS PAZOS DE ULLOA 



pertar del sopor más profundo si se enteraba 
de la sustitución. 

Por lo mismo , Julián y Nucha se hablaron 
muy de quedo, mientras la señorita manejaba 
la aguja de crochet tejiendo unos zapatitcs 
que parecían bolsas. Julián empezó por pre- 
guntar si se le había quitado el susto de la no- 
che anterior. 

—Sí , pero todavía estoy no sé cómo. 

—Yo tampoco les tengo afición á esos bichos 
asquerosos.... No los había visto tan gordos 
hasta que vine á la aldea. En el pueblo apenas 
los hay. 

—Pues yo — contestó Nucha— era antes muy 
valiente , pero desde... que nació la pequeña, no 
sé qué me pasa : parece que me he vuelto me- 
dio tonta, que tengo miedo á todo... 

Interrumpió la labor, y alzó la cara: sus 
grandes ojos estaban dilatados , sus labios lige- 
ramente trémulos. 

—Es una enfermedad, es una manía; ya lo 
conozco , pero no lo puedo remediar, por más 
que hago. Tengo la cabeza debilitada ; no pien- 
so sino en cosas de susto, en espantos... ¿Ve V. 
qué chillidos di ayer por la dichosa araña? Pues 
de noche, cuando me quedo sola con la niña... 
—porque el ama durmiendo es lo mismo que si 
estuviese muerta ; aunque le disparen al oído 
un cañón de á ocho no se mueve— haría á cada 
paso escenas por el estilo , si no me dominase. 
No se lo digo á Juncal por vergüenza; pero 
veo cosas muy raras. La ropa que cuelgo me 
representa siempre hombres ahorcados, ó di- 



POR E. PARDO BAZÁN 233 



lüntos que salen del ataúd con la mortaja pues- 
ta : no importa que mientras está el quinqué 
encendido, antes de acostarme, la arregle así ó 
asá ; al fin toma esas hechuras extravagantes 
aun no bien apago la luz y enciendo la lampa- 
rilla. Hay veces que distingo personas sin ca- 
beza ; otras , al contrario , les veo la cara con to- 
das sus facciones , la boca muy abierta y ha- 
ciendo muecas... Esos mamarrachos que hay 
pintados en el biombo se mueven ; y cuando cru- 
jen las ventanas con el viento , como esta no- 
che, me pongo á cavilar si son almas del otro 
mundo que se quejan . . 

—¡Señorita !— exclamó dolor osamente Julián. 
—¡Eso es contra la fe! No debemos creer en 
aparecidos ni en brujerías. 

—¡Si yo no creo!— repuso la señorita riendo 
nerviosamente.— ¿V. se figura que soy como el 
ama, que dice que ha visto en realidad la Com- 
paña, con su procesión de luces, allá á las al- 
tas horas? En mi vida he dado crédito á papa- 
rruchas semejantes . por eso digo que debo de 
•estar enferma, cuando me persiguen visiones y 
vestiglos .. La tema constante del señor de Jun- 
cal : fortalecerse, criar sangre... Lástima que la 
sangre no se compre en la tienda... ¿no le pare- 
ce á V.? 

—Ó que... los sanos no se la podamos regalar 
á... los que... la necesitan... 

Dijo esto el presbítero titubeando , poniéndo- 
se encendido hasta la nuca, porque su impulso 
primero había sido exclamar:— Señorita Marce- 
lina, aquí está mi sangre á la disposición de V. 



234 LOS PAZOS DE ULLO>. 

El silencio producido por arranque tan viva 
duró alguno*" segundos, durante los cuales am- 
bos in^erlo^utoro^ miraron filamente, distraí- 
dos V ensimismados, el paisaje que se alcanza- 
ba áo%ñ(*. el a nclia v honda ventana fronteriza. 
Al pTontonolo vieron : luego su aspecto som- 
bíio les lu¿ entrando, mal de su grado, por los 
oi«»s flasia el alma. Itran las montañas negras, 
duras, man/asen apariencia, bajo la obscurísi- 
ma icchumhre del ciclo tormentoso era el valle 
alumbrado por las claridades pálidas de un an- 
gustiado sol era el ^r upo de castaños, inmóvil 
una:* veces, onas violón) ámenle sacudido por 
la la en a de» v^tnarrón lanoso y desencadena- 
do Aun mi^mo tiempo exclamaron los dos, 
cápenla y señor» 'a 

—¡Qué dí a tan triste' 

Julián reifle clonaba, en la rara coincidencia 
de los terrores de Nacha, y los suyos propios; 
y pensando ako prorrumpía • 

—Señor ta tambi én esta casa... vamos , no es 
por decir mal de ella pero... es un poco mie- 
dosa ¿No le parece' 

Los ojos de Nucha se animaron, como si el 
capeVán le hubiese adivinado un sentimiento 
que no se atrevía á manifestar 

—Desde que ha venido el i n vierno— murmuró 
haolando consigo misma -no sé qué tiene ni 
qué trabas saca... que no me parece la misma... 
Hasta las murallas se han vuelto más gordas y 
la piedra más obscura... Será una tontería, ¿ya 
sé que lo será!, pero no me atrevo á salir de 
mi habitación, yo que antes revolvía lodos los 



POR E. PARDO BAZÁN 235 



rincones y andaba por todas partes... Y no te^- 
go remedio sino dar una vuelta por ella... nece- 
sito ver si hay abajo, en el sótano, arcones -para 
la ropa blanca... Hágame el favor de venir, Ju- 
lián, ahora que la niña duerme... Quiero qui- 
tarme de la cabeza estas aprensiones y estas 
tontunas. 

Intentó el capellán disuadirla : temía que se 
cansase, que se enfriase al atravesar los salo- 
nes, al bajar al claustro * la señorita no dio más 
respuesta que dejar la labor, envolverse en su 
mantón y echar á andar. Cruzaron ábuen paso 
la fila de habitaciones extensas, desamuebla- 
das , casi vacías, donde las pisadas retumbaban 
sordamente. De tiempo en tiempo, Nucha vol- 
vía la cabeza atrás á ver si la seguía su acom- 
pañante : y el ademán de volverla revelaba al- 
teración y zozobra. En la diestra columpiaba un 
manojo de llaves. Salieron al claustro superior* 
y por una escalerilla muy pendiente descendie- 
ron al inferior, cuyas arcadas eran de piedra. 

Llegados al patín que cerraba el grave claus- 
tro, Nucha señaló á un pilar que tema incrus- 
tada una argolla de hierro, de la cual colgaba 
aún un eslabón comido de orín. 

—¿Sabe V. qué era esto?— murmuró con apa- 
gada voz. 

—No sé— respondió Julián. 

—Dice Pedro— explicó la señorita— que estu- 
vo ahí la cadena con que tenían sujeto sus abue- 
los á un negro esclavo... ¿No parece mentira 
que se hiciesen semejantes crueldades? ¡Qué 
tiempos tan malos, Julián! 



236 LOS PAZOS DE ULLOA 

—Señorita... á Don Máximo Juncal, que no 
piensa más que en política, todo se le vuelve 
hablar de eso ; pero, mire V. , en cada tiempo 
hay su legua de mal camino... Bastantes barba- 
ridades hacen hoy en día ; y la religión anda 
perdida desde estas grescas. 

—Pero como aquí— observó Nucha, formu- 
lando sencillamente una observación histórico- 
filosófica de bastante alcance — no ve uno sino 
las atrocidades de los señores de otro tiempo... 
parece que son las únicas que le dan en qué 
pensar... ¿Por qué serán tan malos cristianos 
los hombres? — añadió entreabriendo los labios 
con candido asombro. 

El cielo se obscureció más en el momento de 
expresarse así Nucha; un relámpago alumbró 
súbitamente las profundidades de las arcadas 
del claustro y el rostro de la señorita, que ad- 
quirió a la luz verdosa el aspecto trágico de 
una faz de imagen. 

— ¡Santa Bárbara bendita .'—articuló piadosa- 
mente el capellán, estremeciéndose.— Volvámo- 
nos arriba, señorita... Está tronando. Como este 
año no tuvimos cordonazo de San Francisco... 
ya se ve, el equinoccio no quiere pasar sin esto... 
¿Subimos? 

—No— protestó Nucha, empeñada en combatir 
sus propios terrores.— Esta es la puerta del só- 
tano... ¿Cuál será la llave? 

La buscó algún tiempo en el manojo. Al in- 
troducirla en la cerradura y empujar la puerta, 
otro relámpago bañó de claridad fantasmagó- 
rica el sitio en que iba á penetrar ; rodó el carro 



POR E. PARDO BAZÁN 237 



del trueno, pausado al principio, después ronco 
y formidable, como una voz hinchada por la có- 
lera, y Nucha retrocedió con espanto. 

—¿Qué sucede, señorita querida? ¿Qué suce- 
de?— gritó el capellán. 

—¡Nada!... ¡Nada' —tartamudeó 1a señora de 
Ulloa.— Se me figuró al abrir que estaba ahí 
dentro un perro muy grande, sentado, y que se 
levantaba y se me echaba para^norderme ¿Si 
no los tendré cabales? Pues mire V. que juraría 
haberlo visto. 

—¡El dulce Nombra ! No, señorita es que hace 
frío aquí, es que truena, es que es una locura 
andar ahora revolviendo en los sótanos Retí- 
rese V., yo buscaré lo que haga falta 

—No— replicó Nucha con energía —Ya me 
carga de veras ser tan boba . Quiero entrar 
antes para que vea V. si comprendo perfecta- 
mente que todas son necedades ¿Trae V. la 
cerilla?— gritó ya desde der tro. 

El capellán la encendió y a su luz mol *ecwa y 
dudosa vieron el sótano, meior dicho crttevie- 
ron las paredes destilando humedad, el confuso 
montón de objetos retirados aHí por insctvbles 
y pudriéndose en los rincones ; el ceniunto dé 
cosas informes, y por lo mismo temerosas y va- 
gas. En la penumbra de aquel Jugar cari subte- 
rráneo, en el hacinamiento de vejestorios reti- 
rados por inservibles y entregados á las ratas> 
la pata de una mesa parecía un brazo momifica- 
do, la esfera de un reloj era la faz blanquecina 
de un muerto, y unas botas de montar carcomi- 
das asomando por entre papeles y trapos, des- 



238 LOS PAZOS DE ULLOA 

pertaban en la fantasía la idea de un hombre 
-asesinado y oculto allí. No obstante, Nucha , con 
paso resuelto , fué derecha al caos húmedo y 
medroso, y con la voz ahogada y conmovida de 
los que acaban de obtener un gran triunfo sobre 
si mismos , gritó : 

—Aquí está el arcón... Que me lo suban des- 
pués... 

Salió muy animada, satisfecha de su resolu- 
ción , vencedora en la lucha cuerpo á cuerpo con 
el caserón que la asustaba. Al subir otra vez 
por la escalerilla, volvió á sobrecogerla el fra- 
gor de un trueno más hondo, poderoso y cercano 
•que los anteriores. ¡Era preciso encender la 
vela del Santísimo y rezar el Trisagio! 

Así lo hicieron al punto. La vela fué colocada 
isobre la cómoda de Nucha : un cirio bastante 
largo aún, de cera de color de naranja, con mu- 
chas lágrimas y un pábilo que chisporroteaba y 
no acababa de arder. Antes de arrodillarse, ce- 
rraron las maderas de la ventana, para evitar 
que la ojeada fulgurante del relámpago les des- 
lumhrase á cada minuto. Rugía con creciente 
ira el viento, y * a tronada se había situado sobre 
Jos Pazos , oyéndose su estruendo lo mismo que 
si corriese por el tejado un escuadrón de caba- 
llos á galope ó si un gigante se entretuviese en 
arrastrar un peñasco y llevarlo á tumbos por 
encima de las tejas. ¡ Con cuánto fervor empezó 
el capellán á guiar el Trisagio misterioso! Ano- 
nadándose ante la cólera divina, cuya violencia 
sacudía y hacía retemblar á los Pasos como si 
¡fuesen una choza, pronunciaba: 



POR E. PARDO BAZÁN 239 



De la subitánea muerte 
Del rayo y de ta centella 
Libra este Trisagio, y sella 
Á quien lo reza : y advierte». 

Nucha, de repente, se incorporaba lanzando 
un chillido, y corría al sofá , donde se reclinaba 
lanzando interrumpidas carcajadas histéricas, 
que sonaban á llanto. Sus manos crispadas arran- 
caban los corchetes de su traje, ó comprimían 
sus sienes, 6 se clavaban en los almohadones 
del sofá, arañándolos con furor... Aunque tan 
inexperto, Julián comprendió lo que ocurría: ej 
espasmo inevitable , la explosión del terror re. 
primido, el pago del alarde de valentía de la po- 
bre Nucha... 

—¡Filomena, Filomena! Aquí, mujer, aquí... 
Agua, vinagre... el frasquito aquél... ¿Dónde 
está el frasco que vino de la botica de Cebre? 
Aflójele el vestido... Ya me vuelvo de espaldas, 
mujer, no necesitaba avisármelo... Unos pañi- 
tos fríos en las sienes... ¡Si truena, que truene i 
Deje tronar... Acuda á la señorita... Déle aire 
con este papel aunque sea... ¿Ya está cubierta 
y floja? Se lo daré yo, poquito á poco... Que res- 
pire bien el vinagre... 



240 LOS PAZOS DE ULLOA 



XXI 



Notóse días después alguna mejoría en el es- 
tado general de la señora de Ulloa, con lo 
cual el capellán revivió , y se le animó también 
el marchito semblante. El marqués andaba en 
extremo distraído organizando una cacería á 
los lejanos montes de Castrodorna, más allá del 
río: el tiempo se aseguraba, las noches eran 
de helada, claras y glaciales, acercábase el ple- 
nilunio, y todo prometía feliz éxito. La víspera 
de la salida al cazadero vinieron á dormir á los 
Pazos el notario de Cebre, el señorito de Li- 
mioso , el cura de Boán , el de Naya, y un caza- 
dor furtivo, escopeta negra infalible, conocido 
en el país por el alias de Bico de rato (hocico 
de ratón), mote aprop&dísimo á la color tiznada 
de su cara, donde giraban dos ojuelos vivara- 
chos. Llenóse la casa de ruido , de tilinteo de 
cascabeles, de cadencia de uñas de perros sobre 
los pisos de madera , de voces sonoras y de ór- 
denes para tener en punto aí amanecer todos 
los arreos de caza. La cena fué regocijada y 
ruidosa : se bromeó, se contaron de antemano 
las perdices que habían de sucumbir, se saborea- 
ron por adelantado las provisiones que se lleva- 
ban al monte, y se remojó previamente el gaz- 
nate con jarros de un tinto añejo que daba gloría. 



POR E. PARDO BAZÁN 241 



Á la hora de los postres y del café , habiéndose 
retirado Nucha , que por el ansia de su niña se 
recogía temprano, subieron de la cocina Primi- 
tivo y el Ratón , y los futuros compañeros de 
glorias y fatigas comenzaron á fraternizar fu- 
mando y trincando á competencia. Era el mo- 
mento más sabroso , el verdadero instante de 
felicidad espiritual para un cazador de raza: 
era el minuto de las anécdotas cinegéticas , y, 
sobre todo, de los embustes. 

Para éstos se establecía turno pacífico , pues 
nadie renunciaba á soltar su correspondiente 
bola, y crecían en magnitud conforme se enre- 
daba la plática. Formaban círculo los cazado- 
res y á sus pies dormían enroscados los perros, 
con un ojo cerrado y otro entreabierto y de 
párpado convulso : á veces, cuando se aplaca- 
ban las risotadas y las frases chistosas , se oía 
álos canes tocarla guitarra, espulgarse á toda 
orquesta, ladrar por sueños , sacudir las orejas 
y suspirar con resignación. Nadie les hacía caso, 

El Hocico de ratón tiene la palabra : 

—¡Pueda que no me lo crean, y es tan cierto 
como que habernos de morir y la tierra nos ha 
de comer! Para más verdad, fué un día de San 
Silvestre... 

—Andarían las brujas sueltas— interrumpió 
el cura de Boan. 

—Si eran meigas ó era el trasno, yo no lo 
sé; pero lo mismo que habernos de dar cuenta 
á Dios nuestro Señor de nuestras auciones, 
me pasó lo que les voy á contar. Andaba yo 
tras de una perdiz, agachadito, agachadito (y 

ló 



242 LOS PAZOS DE ÜLLOA 



el Ratón se agachaba, en efecto, siguiendo su 
inveterada costumbre de representar cuanto 
hablaba) porque no llevaba peno ni diáño que 
lo valiese, y estaba, con perdón de las barbas 
que me escuchan, para montar á caballo de un 
vallado, cuando oigo, ¡tras tris, tras tras! ¡tipi- 
rí, tipirá ! el andar de una liebr e , ¡ más lista ve- 
nía... que las zantellas! Pues señor... viro la 
cabeza mismo así... ¡con perdón de las barbas! 
con mi escopeta más agarrada que la Bula... y 
de repente, ¡pan! me pasa una cosa del otro 
mundo por encima de la cabeza, y me caigo del 
vallado abajo... 

Explosión de preguntas, de risas, de pro- 
testas. 

—¿Una cosa del otro mundo? 

—¿Un ánima del Purgatorio? 

—Pero él, ¿era persona, ó animal, ó qué mil 
rayos era? 

— Abrir la puerta, que esta mentira no cabe 
en la habitación. 

—¡Así Dios me salve y me dé la gloria, como 
es verdad i —clamó el Hocico de ratón, poniendo 
el semblante más compungido del mundo.— 
¡Era, con perdón, la descarada de la liebre, que 
brincó por riba de mí y me tiró patas arriba ! 

La aclaración produjo verdadero delirio. Don 
Eugenio, el abad de Naya, literalmente se des- 
calzaba de risa, apretándose las caderas con 
ambas manos, quejándose y derramando lágri- 
mas; el marqués de Ulloa lanzaba carcajadas 
poderosas ; hasta Primitivo modulaba una risa 
opaca y turbia. El bueno del Ratón no podía ya 



POR E. PARDO BAZÁN 243 



entreabrir los labios para hablar sin que la hi- 
laridad se desatase. En toda reunión de cazado- 
res (gente amiga de bromas pesadas) hay un bu- 
fón, un juglar, un gracioso obligado, y este pa- 
pel correspondía de derecho á la escopeta ne- 
gra, que se prestaba á desempeñarlo de bonísi- 
ma gana. Acostumbrado á pasarse los días y 
las noches al sereno, en espera de la liebre, del 
conejo ó de la perdiz ; hecho á apretarse la cin- 
tura con una cuerda, ala manera délos salvajes, 
en las muchas ocasiones en que le faltaba un 
mendrugo de pan que roer, el mísero Ratónenlo 
era dichoso cuando le tocaba cazar con gente 
de pro, de la que se lleva al cazadero botas hen- 
chidas de lo añejo , lacones cocidos y cigarros; 
ufanábase cuando le celebraban sus patrañas ; 
las narraba cada día con mayor seriedad, con- 
vicción y tono ingenuo , y á todas las chanzas 
respondía invocando á Dios y á los santos de la 
corte celestial en apoyo de sus aseveraciones 
estrambóticas. 

De pié, son las manos en los bolsillos del pan- 
talón , mapamundi de remiendos , y moviendo 
con risible rapidez nariz y boca, que tenía de 
color de unto rancio, aguardaba á que le pidie- 
sen algún nuevo episodio tan verosímil como el 
de la liebre ; pero ahora el turno le correpondía 
á Don Eugenio. 

— ¿Saben— decía medio llorando y salivando 
aún de risa— un paso que pasó entre el canó- 
nigo Cástrelo y un señor muy chistoso, Ramí- 
rez de Orense? 

—¡El canónigo Cástrelo!— exclamaron el cura 



244 LOS PAZOS DE ULLOA 

de Boán y el marqués. — ¡ Qué apunte ! ¡ De or- 
dago! Ese las suelta... como la torre de la Ca- 
tedral. 

—Pues verán, verán cómo encontró con la 
horma de su zapato donde menos se lo pensaba. 
Era una noche en el Casino, y estaban jugando 
al tresillo. Cástrelo se puso , como de costum- 
bre, á espetar cuentos de caza... ¡mentira 
todos! Después de que se hartó, quiso enca- 
jar la más gorda, y dijo serio : —Sabrán us- 
tedes que una mañana salí yo al monte , y en- 
tre unas matas oí... así... un ruido sospechoso. 
Me acerco muy despacito ... el ruido seguía, 
dale que tienes. Me acerco más... y ya no me 
cabe duda de que hay allí escondida una pieza. 
Armo, apunto, disparo... ¡pum, pum! ¿Y qué 
creerán Vds. que maté, señores?— Todo el mun- 
do á nombrar animales diferentes: que lobo,, 
que zorro , que jabalí, y hasta hubo quien nom- 
bró á un oso... Cástrelo á decir que no con la- 
cabeza... hasta que por último saltó:— Pues ni 
zorro, ni lobo, ni jabalí... Lo que maté era... . 
¡ un tigre de Bengala ! 

— ¡Hombre, Don Eugenio... No fastidiar! — 
gritaron unánimemente los cazadores.— ¿Había 
de atreverse Cástrelo?... ¿Cómo no le deshicie- 
ron el morro de una bofetada allí mismo? 

Don Eugenio , no consiguiendo que le oyesen, 
hacía con la mano señas de que faltaba lo mejor 
del cuento. 

—¡Paciencia! — exclamó por fin.— Tengan pa 
ciencia , que no se acabó. Pues señor, ya Vds 
comprenderán que en el Casino se armó una 



POR E. PARDO BAZAN 245 



gresca. Empezaron á insultar á Cástrelo y á 
tratarlo de mentiroso en su cara Sólo el señor 
ele Ramírez estaba muy formal, y apaciguaba 
Á los alborotadores —No hay que asombrarse: 
yo les contaré á Vds una cosa que me pasó á 
mí cazando, que es más rara todavía que la del 
señor Cástrelo. — El canónigo empieza á esca- 
marse y la gente á atender. —Sabrán Vds. que 
una mañana salí yo al monte, y entre unas ma- 
tas oí... así... un ruido sospechoso. Me acerco 
muy despacito... el ruido seguía, dale que tie- 
nes. Me acerco más... ya no me cabe duda de 
que hay allí escondida una pieza . Armo . . . apun- 
to... disparo... ¡pum, pum!... ¿Y qué creerá V. 
que maté, señor canónigo?— ¿Cómo demonios 
lo he de saber? Sería... un león. — ¡Ca! — Pues 
sería... un elefante.— ¡Caaa!— Sería... lo que V. 
guste, caramba.— [Una sota de bastos, señor de 
Cástrelo ! ¡ Era una sota de bastos ! 

Minutos de no entenderse. El Ratón reía con 
una especie de hipo agudo ; el señorito de Li- 
mioso ronca y gravemente; el cura de Boán, no 
sabiendo cómo desahogar el regocijo , pateaba 
en el suelo y abofeteaba á la mesa. 

— ¡Ey!— gritó Don Eugenio — Bico-de-rato , 
¿no te has tropezado tú nunca con ningún tigre? 
Echa un vasito y cuéntanos si te encontraste 
alguno por ahí, hom. 

Atizóse el Ratón su medio cuartillo; brillá- 
ronle los ojuelos, limpió el labio con la boca- 
manga de la mugrienta chaqueta, y declaró con 
acento sincero y candoroso : 

—Lo que es trigues... por estos montes no 



246 LOS PAZOS DE ULLOA 



debe de los haber, que si no ya los tendría ma- 
tado ; pero les diré lo que me pasó un día de la 
Virgen de Agosto... 

— ¿Á las tres y diez minutos de la tarde? — 
preguntó Don Eugenio. 

—No... habían de ser las once de la mañana, 
y puede que aún no las fuesen. ¡ Pero créanme, 
como que esa luz nos está alumbrando ! Venía 
yo de tirar á las tórtolas en un sembrado, y me 
encontré á la chiquilla del tío Pepe de Naya, 
que traía la vaca mismo cogida así (y hacía ade- 
mán de arrollarse una cuerda á la muñeca). — 
Buenos días. — Santos y buenos. — ¿Me da las 
rulas?— (Y qué me das por ellas, rapaza?— No 
tengo un ichavo triste.— Pues déjame mamar 
de la vaquiña, que rabio de sed.— Mame luego, 
pero no lo chupe todo.— Me arrodillo así (el 
Ratón medio se hincó de hinojos ante el abad de 
Naya) y ordeñando en la palma de la mano, con 
perdón, zampo la leche. ¡Qué fresca! — Vaya, 
rapaza... ¡San Antón te guarde la vaca!— Ando, 
ando , ando , ando , y al cuarto de legua de allí 
me entra un sueño por todo el cuerpo... como 
que me voy quedando tonto.— ¡Á escotar!— Me 
meto por el monte arriba, y llegando adonde 
hay unos tojos más altos que un cristiano, me 
tumbo asi (con perdón) y saco el sombrero, y 
lo dejo de esta manera (reparen bien) sobre la 
hierba. Sueño fué , que hasta de allí á hora y 
media no volví en mi acuerdo. Voy á apañar 
mi sombrero para largar... Lo mismo que to- 
dos nos habernos de morir y resucitar en la 
gloria del día del Juicio, me veo debajo una 



POR E. PARDO BAZÁN 247 



culebra más gorda que mi brazo drecho... ¡con 
perdón! 

—¿Pero no que el izquierdo?— interrumpió 
Don Eugenio picarescamente. 

—¡Muchísimo más gorda!— continuó el Ratón 
imperturbable , y toda rollada, rollada, rollada, 
que cabía allí debajo... y durmiendo como una 
santa de Dios. 

—Pero roncar, ¿no roncaba? 

—¡La condenada acudía al olor de la leche... 
y valió que le dio idea de esconderse en el cha- 
peo... que las intenciones bien se las conocí... 
eran de metérseme por la boca, con perdón de 
las barbas honradas ! 

Aunque se armó gran algazara, la moderó 
algún tanto el cura de Boán recordando las di- 
versas ocasiones en que se oían contar casos 
análogos : culebras que se encontraban en los 
establos mamando del pezón de las vacas, otras 
que se deslizaban en la cuna de los niños para 
beberles la leche en el estómago... 

Asistía Julián á la velada, entretenido y con- 
tento, porque la alegría y el humor de los caza- 
dores le disipaba las ideas congojosas de algu- 
nos días atrás, el miedo á la Sabia, á Primiti- 
vo, á los Pazos, los lúgubres presentimientos, 
acrecentados por la comunicación de los terro- 
res nerviosos de Nucha. Don Eugenio , viéndo- 
le animado, le porfiaba para que fuese á hacer- 
les una visita al cazadero : negábase Julián, 
pretextando la necesidad de decir misa , de re- 
zar las horas canónicas : en realidad , era que 
no quería dejar enteramente sola á la señorita. 



248 LOS PAZOS DE ULLOA 

Al cabo, tanto insistió Don Eugenio , que hubo 
de prometer, aplazando para el último día. 

—No ha de haber nada de eso — exclamó el 
bullicioso párroco...— Mañana por la mañanita 
nos lo llevamos con nosotros... Se vuelve de 
allá pasado mañana temprano. 

Toda resistencia hubiera sido inútil, y más en 
tal momento, cuando la jarana crecía y el vino 
menguaba en los jarros. Julián sabía que aque- 
lla gente maleante y retozona era capaz de lle- 
varlo por fuerza , si se negaba á ir de grado. 



XXII 



Tuvo, pues, que salir al romper el alba, dan- 
do diente con diente , caballero en la mansa 
polímita, y siendo blanco de las bromas de los 
cazadores, porque iba vestido de modo asaz 
impropio para la ocasión, sin zamarra, ni po- 
lainas de cuero, ni sombrerazo, ni armas ofen- 
sivas ó defensivas de ninguna especie. El día 
asomaba despejado y magnifico : en las hierbas 
resplandecían las cristalizaciones de la escar- 
cha : la tierra se estremecía de frío y humeaba 
levemente á la primer caricia del sol : el paso 
animado y gimnástico de los cazadores resona- 
ba militarmente sobre el terreno, endurecido 
por la helada. 
Desde el cazadero, adonde llegaron á cosa de 



POR E. PARDO BAZÁN 249 



las nueve, desparramáronse por el monte. Ju- 
lián, no sabiendo qué hacer de su persona, que- 
dóse pegado á Don Eugenio , y le vio realizar 
dos proezas cinegéticas y meter en el morral 
dos pollitos de perdiz , tibios aún de la recién 
arrancada vida. Es de advertir que Don Euge- 
nio no gozaba fama de diestro tirador, por lo 
cual , al reunirse los cazadores á medio día para 
comer en un repuesto encinar, el párroco de 
Naya invocó el testimonio de Julián para que 
asegurase que se las había visto tirar al vuelo. 

—¿Y que es tirar al vuelo, Don Julián?— le 
preguntaron todos. 

Como el capellán se quedó parado al hacerle 
tan insidiosa pregunta , ocurrióseles á los caza- 
dores que sería cosa muy divertida darle á Ju- 
lián una escopeta y un perro, y que intentase 
cazar algo. Quieras que no quieras, fué preciso 
conformarse. Se le destinó el Chonito, perdi- 
guero infalible, recastado, de hocico partido, 
el más ardiente y seguro de cuantos canes iban 
allí. 

— En cuanto vea que el perro separa— expli- 
cábale Don Eugenio al novel cazador, que ape- 
nas sabía por dónde coger el arma mortífera— 
se prepara V. y le anima para que entre... y al 
salir las perdices , les apunta y hace fuego cuan- 
do se tiendan... Si es la cosa más fácil del 
mundo... 

Chonito caminaba con la nariz pegada al sue- 
lo : sus ijares se estremecían de impaciencia : 
de cuando en cuando se volvía para cerciorarse 
de que le acompañaba el cazador. De pronto 



250 LOS PAZOS DE ULLOA 



tomó el trote hacia un matorral de uces , y re- 
pentinamente se quedó parado, en actitud es- 
cultural, tenso é inmóvil, como si lo hubiesen 
fundido en bronce para colocarlo en un zócalo. 

—¡Ahora!— exclamó el de Naya. -En, Julián, 
mándele que entre... 

—Entra, Chomto, entra— murmuró lánguida- 
mente el capellán.— El perro, sorprendido por 
el tono suave de la orden, vaciló : por fin, se 
lanzó entre las uces , y al punto mismo se oyó 
un revoloteo, y el bando salió en todas direc- 
ciones. 

— ¡Ahora, condenado, ahora! ¡Ese tiro!— 
gritó Don Eugenio. 

Julián apretó el gatillo... Las aves volaron 
raudamente y se perdieron de vista en un se- 
gundo. Chonito, confuso, miraba al que había 
disparado, á la escopeta y al suelo : el hidalgo 
animal parecía preguntar con los ojos dónde se 
encontraba la perdiz herida, para portarla. 

Media hora después se repitió la escena , y el 
desengaño de Chonito. Ni fué el último, porque 
más adelante, en un sembrado, aún levantó el 
can un bando tan numeroso, tan próximo y que 
salía tan á tiro, que era casi imposible no tum- 
bar dos ó tres perdices disparando á bulto. 
Otra vez hizo fuego Julián. El perdiguero la- 
draba de entusiasmo y de gozo... Mas ninguna 
perdiz cayó. Entonces Chonito, clavando en el 
capellán una mirada casi humana , llena de des- 
precio, volvió grupas y se alejó corriendo á 
todo correr, sin dignarse oir las imperativas 
voces con que lo llamaban... 



POR E. PARDO BAZÁN 251 

No hay cómo encarecer lo que se celebró este 
rasgo de inteligencia á la hora de la cena. Se 
hizo chacota de Julián, y en penitencia de su. 
torpeza, se le condenó á asistir inmediatamen- 
te, cansado y todo, á la espera de las liebres. 

La luna de aquella noche de Diciembre seme- 
jaba disco de plata bruñida colgado de una cú- 
pula de cristal obscuro . el cielo se ensanchaba 
y se elevaba por virtud de la serenidad y trans- 
parencia casi boreales de la atmósfera. 

Caía helada , y en el aire parecía que se cru- 
zaban millares de finísimas agujas , que apreta- 
ban las carnes y reconcentraban el calor vital 
en el corazón. Pero para la liebre , vestida con 
su abrigado manto de suave y tupido pelo, era 
noche de festín, noche de pacer los tiernos re- 
toños de los pinos , la fresca hierba impregnada 
de rocío, las aromáticas plantas de la selva ; y 
noche también de amor, noche de seguir á la 
tímida doncella de luengas orejas y breve rabo, 
sorprenderla , conmoverla y arrastrarla á las 
sombrías profundidades del pinar... 

Tras de los pinos y matorrales se embosca- 
ban en noches así los cazadores. Tendidos boca 
abajo, cubierto con un papel el cañón de la ca- 
rabina, á fin de que el olor de la pólvora no lle- 
gue á los finos órganos olfativos de la liebre* 
aplican el oído al suelo y así se pasan á veces 
horas enteras. Sobre el piso, endurecido por el 
hielo , resuena claramente el trotecillo irregu- 
lar de la caza : entonces el cazador se estreme- 
ce, se endereza, afianza en tierra la rodilla» 
«poya la escopeta en el hombro derecho, incli- 



252 LOS PAZOS DE ULLOA 



na el rostro y palpa nerviosamente el gatillo 
antes de apretarlo. A la claridad lunar divisa 
por fin un monstruo de fantástico aspecto, pe- 
gando brincos prodigiosos, apareciendo y des- 
apareciendo como una visión ■ la alternativa de 
la obscuridad de los árboles y de los rayos es- 
pectrales y oblicuos de la luna, hace parecer 
enorme á la inofensiva liebre , agiganta sus ore- 
jas , presta á sus saltos algo de funambulesco y 
temeroso, á sus rápidos movimientos una velo- 
cidad que deslumhra. Pero el cazador, con el 
dedo ya en el gatillo, se contiene y no dispara. 
Sabe que el fantasma que acaba de cruzar al 
alcance de sus perdigones, es la hembra, la 
Dulcinea perseguida y requestada por innume 
rabies galanes en la época del celo , á quien el 
pudor obliga á ocultarse de día en su gazape- 
ra, que sale de noche, hambrienta y cansada, 
á descabezar cogollos de pino, y tras de la cual, 
desalados y hechos almíbar, coiren por lo me- 
nos tres ó cuatro machos , deseosos de román- 
ticas aventuras. Y si se deja pasar delante á la 
dama, ninguno de los nocturnos rondadores se 
detendrá en su carrera loca, aunque oiga el 
tiro que corta la vida de su rival, aunque tro- 
piece en el camino su ensangrentado cadáver, 
aunque el tufo de la pólvora le diga : — ¡ Al final 
de tu idilio está la muerte ! 

No, no se pararán. Acaso el instinto de co- 
bardía propio de su raza les moverá á agaza- 
parse breves minutos detrás de un arbusto ó 
de una peña; pero al primer imperceptible eflu- 
vio amoroso que les traiga la cortante brisa ; al 



POR E. PARDO BAZAN 253 



primer hálito de la hembra que se destaque dej 
olor de la resina exhalado por los pinares , los 
fogosos perseguidores se lanzarán de nuevo y 
con más brío, ciegos de amor, convulsos de de- 
seo, y el cazador que los acecha los irá tendien- 
do uno por uno á sus pies , sobre la hierba en 
que soñaron tener el lecho nupcial. 



xxni 



En el corazón de la tierna heredera de los 
Ulloas tenía el capellán , desde hacía algún 
tiempo, un rival completamente feliz y victo- 
rioso : Perucho. 

Le bastó presentarse para triunfar. Entró un 
día en la punta de los pies , y sin ser sentido fué 
arrimándose á la cuna. Nucha le ofrecía de vez 
en cuando golosinas y calderilla, y el rapaz, 
como suele suceder á las fieras domesticadas,, 
contrajo excesiva familiaridad y apego , y cos- 
taba trabajo echarle de allí, encontrándosele 
por todas partes, donde menos se pensaba, á 
manera de gatito pequeño viciado en el mimo 
y la compañía. 

Muchísimo le llamó la atención la chiquitína 
al pronto. Ni los pollos nuevos cuando rompían 
el cascarón , ni los cachorros de la Linda , ni los 
recentales de la vaca , consiguieron nunca fijar 



254 LOS PAZOS DE ULLOA 

así las miradas atónitas de Perucho No podía 
él darse cuenta de cómo ni por dónde había ve- 
nido tan gran novedad : sobre este lema, se 
perdía en reflexiones. Rondábala cuna incesan- 
temente, poniéndose en riesgo notorio de reci- 
bir algún pescozón del ama, y, como no le ex- 
pulsasen, se estaba buena pieza con el dedito 
en la boca, absorto y embelesado, más pareci- 
do que nunca á los amorcillos de los jardines 
que dicen con su actitud : "silencio,,. Jamás se 
le había visto quieto tantas horas seguidas. Así 
que la niña empezó á tener asomos de concien- 
cia de la vida exterior, di ó claras muestras de 
que si ella le interesaba á Perucho, no le im- 
portaba menos Perucho á ella. Ambos persona- 
jes reconocieron en seguida su mutua importan- 
cia y á este reconocimiento siguieron eviden- 
tes señales de concordia y regocijo Apenas 
veía la chiquilla á Perucho , brillaban sus ojue- 
los , y de su boca entreabierta salía , unido á la 
cristalina y caliente baba de la dentición, un 
amorosísimo gorjeo Tendía ansiosamente las 
manos y Perucho , comprendiendo la orden, 
acercaba la cabeza cerrando los párpados : en- 
tonces la pequeña saciaba su anhelo tirando á 
su sabor del pelo ensortijado , metiendo los de- 
dos de punta por boca , orejas y nariz ; todo 
acompañado del mismo gorjeo, y entreverado 
con chillidos de alegría, cuando, por ejemplo, 
acertaba con el agujero de la oreja. 

Pasados los dos ó tres primeros meses de lac- 
tancia , el genio de los niños se agria , y sus llan- 
tos y rabietas son frecuentes', porque empiezan 



POR E. PARDO BAZAN 255 

los fenómenos precursor es de la dentición á 
molestarles. Cuando tal sucedía á su niña, Mu- 
cha solía emplear con buen resultado el talis- 
mán de la presencia de Perucho. Un día que el 
berrenchín no cesaba , íué preciso acudir á ex- 
pedientes mas heroicos : sentar á Perucho en 
una silleta baja y ponerle en brazos á la chiqui- 
tína. Él se estaba quieto, inmóvil, con los ojos 
muy abiertos y fijos, sin osar respirar, tan her- 
moso , que daban ganas de comérselo La chi- 
quita , sin transición , había pasado de la furia 
á la bonanza, y reía abriendo un palmo de des- 
dentada boca ; reía con los labios , con el mirar, 
con los pies bailarines, que descargaban pata- 
ditas menudas en el muslo de Perucho. No se 
atrevía el rapaz m á volver la cabeza , de puro 
encantado. 

Á medida que la chiquilla atendía más, Peru- 
cho se ingeniaba en traerle juguetes inventados 
por él, que la divertían infinito. No se sabe lo 
que aquel galopín discutna para encontrar á 
cada paso cosas nuevas, ya fuesen flores, ya 
pa] aritos vivos, ya ballestas de caña, ya todo 
género de porquerías, que era lo que más en- 
tusiasmaba á la pequeña. Presentábase á lo 
mejor con una rana atada por una pata, per- 
neando en grotescas contorsiones, ó llegaba 
ufanísimo con un ratón acabadito de nacer, tan 
chico y asustado, que daba lástima. Tenía aquel 
cachidiablo la especialidad de los juguetes ani- 
mados En su pucho, roto y agujereado, alma- 
cenaba lagartijas, mariposas y mariquitas de 
Dios ; en sus bolsillos y seno , nidos , frutos ■" 



256 LOS PAZOS DE ULLOA 

gusanos. La señorita le tiraba bondadosamente 
de las orejas. 

—Como vuelvas á traer aquí tales ascos... 
verás, verás. Te he de colgar de la chimenea 
como á los chorizos , para que te ahumes. 

Julián transigía con estas intimidades , mien- 
tras no sorprendió el secreto de otras harto 
menos inocentes. Desde que madrugando había 
visto á Sabel salir del cuarto de Don Pedro, 
dábale un vuelco la sangre cada vez que tro- 
pezaba al chiquillo y notaba el afecto con que 
le trataba Nucha á veces. 

Cierto día entró" el capellán en la habitación 
de la señorita, y encontró un inesperado espec- 
táculo. En el centro de la cámara humeaba un 
colosal barreñón de loza, lleno de agua templa- 
da ; y estrechamente abrazados y en cueros . el 
chiquillo sosteniendo en brazos á la niña , esta- 
ban Perucho y la heredera de Ulloa en el baño. 
Nucha , en cuclillas , vigilaba el grupo. 

—No hubo otro medio de reducirla á bañarse 
—exclamó al advertir la admiración de Julián; 
y como Don Máximo dice que el baño le con- 
viene... 

—No me pasmo yo de ella — respondió el ca- 
pellán—sino de él, que le teme más al agua que 
al fuego. 

— Á trueque de estar con la nena— replicó 
Nucha— se deja él bañar aunque sea en pez hir 
viendo. Ahí los tiene V. en sus glorias : ¿no pa 
recen un par de hermanitos? 

Al pronunciar sin intención la frase Nucha 
desde el suelo , alzaba la mirada hacia Julián 



POR E. PARDO BAZÁN 257 



La descomposición de la cara de éste fué tan 
instantánea, tan reveladora, tan elocuente, tan 
profunda , que la señora de Hoscoso , apoyán- 
dose en una mano , se irgtdó de pronto quedán- 
dose en pié frente á él. En aquel rostro consu- 
mido por la larga enfermedad, y bajo cuya piel 
finase traslucía la ramificación venosa; en aque- 
llos ojos vagos, de ancha pupila y córnea hú- 
meda, cercados de azulada ojera, vio Julián en- 
cenderse y fulgurar tras las negras pestañas 
una luz horrible, donde ardían la certeza, el 
asombro y el espanto. Calló. No tuvo ánimos 
para pronunciar una sola frase, ni disimulo para 
componer sus facciones alteradas. 

La liña, en el tibio bienestar del baño, son- 
reía, y Perucho, sosteniéndola por los sobacos, 
hablándola con tierna algarabía de diminutivos 
cariñosos , la columpiaba en el líquido transpa- 
rente, le abría los muslos para que recibiese 
en todas partes la frescura del agua, imitando 
con religioso esmero lo que había visto practi- 
car á Nucha. Ocurría la escena en un salón de 
los más chicos de la casa , dividido en dos por 
descomunal y maltratadísimo biombo del siglo 
pasado , pintado harto fantásticamente con pai- 
sajes inverosímiles , árboles picudos en fila que 
parecían lechugas, montañas semejantes á que- 
sos de San Simón, nubarrones de hechura de 
panecillos, y casas con techo colorado, dos ven- 
tanas y una puerta, siempre de frente al espec- 
tador. Ocultaba el biombo la cama de Nucha, 
de copete dorado y columnas salomónicas, y la 
ounita de la niña. Inmóvil por espacio de algu- 



258 LOS PAZOS DE ULLOA 

nos segundos, la señorita recobró de improviso 
la acción. Se inclinó hacia el barreño, y arrancó 
de golpe á su hija de brazos de Perucho. 

La criatura, sorprendida y asustada por el 
brusco movimiento, interrumpida su diversión, 
rompió en llanto desconsolado y repentino; 
y su madre, sin hacerle caso , entró corriendo 
tras el biombo , la echó en la cuna y medio la 
arropó, volviendo á salir inmediatamente. Aún 
permanecía Perucho en el agua, asaz asom- 
brado : la señorita le asió de los hombros, del 
pelo, de todas partes, y empujándole cruelmen- 
te, desnudo como estaba, le persiguió por el sa- 
lón hasta expulsarle á empellones. 

—Largo de aquí— decía más pálida que nunca 
y con los ojos llameantes. —Que no te vea yo en- 
trar... Como vuelvas, te azoto, ¿entiendes? ¡te 
azoto ! 

Pasó tras del biombo otra vez , y Julián la si- 
guió aturdido, sin saber lo que le sucedía. Con 
la cabeza baja, los labios temblones, la señora 
de Moscoso arreglaba, sin disimular el desatien- 
to de las manos, los pañales de su hija, cuyo 
llorar tenia ya las inflexiones propias de la pena 
en las personas mayores. 

— Llame V. al ama— ordenó secamente Nueha. 

Corrió Julián á obedecer. Á la puerta del sa- 
lón le cerraba el paso una cosa tendida en el 
suelo ; alzó el pié ; era Perucho , en cueros, acu- 
rrucado. No se le oía el llanto; veíase única- 
mente el brillo de los gruesos lagrimones, y 
el vaivén del acongojado pecho. Compadeci- 
do el capellán, levantó á la criatura. Sus car- 



POR E. PARDO BAZÁN 259 

lies, mojadas aún, estaban amoratadas y yer- 
tas. 

. —Ven por tu ropa— le dijo.— Llévala á tu ma- 
dre paia que te vista. Calla. 

Insensible como un espartano al mal físico, 
Peí ucho sólo pensaba en la injusticia cometida 
con el. 

— No hacía mal .—balbuceó ahogándose.— 
No-ha-ci a-mal nmgu .no . 

Volvió Julián con el ama; pero la criatura 
tardó bastante en consolarse al pecho Ponía la 
boquita en el pezón, y de repente torcía la cara, 
hacia pucheros, iniciaba an llanto quejumbroso. 
Nucha , con andar automático , salió del retrete 
formado por el biombo y se acercó á la ventana, 
haciendo seña á Julián de que la siguiese. V, 
demudados ambos, se contemplaron algunos 
minutos silenciosamente, ella preguntando con 
imperiosa ojeada, él resuelto ya á engañar, á 
mentir. Hay problemas que sólo lo son plantea- 
dos á sangre fría, en momentos de apuro, los 
resuelve el instinto con seguridad maravilosa. 
Julián estaba determinado á faltar á la verdad 
sin escrúpulos. 

Al cabo , Nucha pronunció con sordo acento : 

— No crea que es la primera vez que se me 
ocurre que ese... chiquillo es... hijo de mi mari- 
do. Lo he pensado ya , sólo que fué como un 
relámpago , de esas cosas que desecha uno ape- 
nas las concibe. Ahora ya... ya estamos en otro 
caso. Sólo con ver su cara de V... 

—¡Jesús ! ¡ Señorita Marcelina! ¿Qué tiene que 
ver mi cara?... No &e acalore, le ruego que no 



260 LOS PAZOS DE ULLOA 



se acalore... ¡Por fuerza esto es cosa del demo- 
nio ! ¡ Jesús mil veces ! . 

—No , no me acaloro— exclamó ella respiran- 
do fuerte y pasándose por la frente la palma ex- 
tendida. 

—¡Válgame Dios ! Señorita, á V.le va mal. Se- 
le ha vuelto un color... Estoy viendo que le da: 
el ataque. ¿Quiere la cucharadita? 

—No, no, y no ; esto no es nada ; un poco de 
ahogo en la garganta. Esto lo... noto muchas 
veces ; es como una bola que se me forma allí.... 
Al mismo tiempo parece que me barrenan la. 
sien... Al caso, al caso. Decláreme V. lo que 
sabe. No calle nada. 

—Señorita... (Julián resolvió entonces, en su. 
interior, apelar á eso que llaman subterfugio 
jesuítico, y no es sino natural recurso de cuan- 
tos , detestando la mentira , se ven compelidos á.. 
temer la ver dad.) Señorita... Reniego de mi cara. 
¡ Lo que se le ha ido á ocurrir ! Yo no pensaba, 
en semejante cosa. No, señora , no. 

La esposa hincó más sus ojos en los del cape- 
llán é hizo dos ó tres interrogaciones concretas, 
terminantes. Aquí del jesuitismo, mejor dicho,, 
de la verdad cogida por donde no pincha ni corta. 

—Me puede creer ; ya ve que no había de te- 
ner gusto en decir una cosa por otra : no sé de 
quién es el chiquillo. Nadie lo sabe de cierto. 
Parece natural que sea del querido de la mu- 
chacha. 

—¿V. está seguro de que tiene... querido? 

—Como de que ahora es día. 

—¿Y de que el querido es un mozo aldeano? 



POR E. PARDO BAZÁN 261 

—Sí , señora : un rapaz , guapo por cierto : el 
que toca la gaita en las fiestas de Naya y en 
todas partes. Le he visto venir aquí mil ve- 
ces, el año pasado, y... andaban juntos. £s más: 
me consta que trataban de sacar los papeles 
para casarse. Sí, señora : me consta. Ya ve V. 
•que... 

Nucha respiró de nuevo , llevándose la dies- 
tra á la garganta , que sin duda le oprimía el 
consabido ahogo. Sus facciones se serenaron un 
tanto , sin recobrar su habitual compostura y 
apacibilidad encantadora : persistía la arruga 
-en el entrecejo, el extravío en el mirar. 

—¡Mi niña —articuló en voz baja — mi niña 
abrazada con él! Aunque V. diga y jure y per- 
jure . Julián, esto hay que remediarlo. ¿Cómo 
voy á vivir de esta manera? \\a me debía V. 
avisar antes! Si el chiquillo y la mujer no salen 
•de aquí, yo me volveré loca. Estoy enferma; 
estas cosas me hacen d<tño. . daño. 

Sonrió con armaguta, y añadió : 

—Tengo poca suerte . No he hecho mal á na- 
die, me he casado á gusto de papá, y... mire V. 
cómo se me arreglan las cosas . 

—Señorita .. 

—No me engañe V. también (recalcó el tam- 
bién) V se ha criado en mi Cdsa , Julián, y para 
mí es V. como de la lamilla Aquí no cuento con 
otro amigo Aconséjeme. 

— Señorita— exclamó el capellán con fuego— 
quisjeia librarla de lodos lob disgustos que pue- 
da tener en el mundo, aunque mee ti stase sangre 
de las venas. 



262 LOS PAZOS DE ULLOA 

—Ó esa mujer se casa, y se va— pronunció 
Nucha— ó... 

Interrumpió aquí la frase. Hay momentos crí- 
ticos en que la mente acaricia dos ó tres solu- 
ciones violentísimas, extremas, y la lengua,, 
más cobarde, no se atreve á formularlas. 

—Pero, señorita Marcelina, no se mate así— 
insistió Julián. — Son figuraciones, señorita r 
figuraciones. 

Ella le tomó las manos entre las suyas , que 
ardían. 

—Dígale V. á mi marido que la eche , Julián» 
jPor amor de Dios y su Madre santísima! 

El contacto de aquellas palmas febriles, la 
súplica , turbaron al capellán de un modo inexpli- 
cable, y sin reflexionar, exclamó : 

— i Tantas veces se lo he dicho! 

— ¡ Ve V.!— repuso ella, sacudiendo la cabeza 
y cruzando las manos. 

Enmudecieron. En la campiña se oía el ronco 
graznido de los cuervos ; tras el biombo, la niña 
lloriqueaba, inconsolable. Nucha se estremeció 
dos ó tres veces. Por último articuló dando con 
los nudillos en los vidrios de la ventana : 

- Entonces seré yo. . 

El capellán murmuró como si rezase: 

—Señorita... Por Dios... No se revuelva la 
cabeza., Dcjese de eso... 

la señora de Moscoso cerró los ojos y apoyó 
lá faz er. los vidrios de la ventana. Procuraba 
contenerse : la energía y serenidad de su carác- 
ter quería salir á flote en tan deshecha tempes- 
tad. Pero agitaba sus hombros un temblor, que 



POR E. PARDO BAZÁN 26c 



delataba la arJu^d del sistema nervioso sobre su 
debilitado organismo El temblor, por fin, fué 
disminuyendo y cesando Nucha se volvió , con 
los ojos secos y los nervios domados ya. 



XXIV 



Poco después sufrió ana metamorfosis el vi- 
vir entumecido y soñoliento de lo^, Pazos. 
Entró allí Cierta üeóliicéra más poderosa qaeía 
señora María ia Sabia : la política , si tal nom- 
bre merece el enredijo de intrigas y miserias 
que en las aldeas lo recibe. Poi todas partes 
cubre el manto de la política intereses egoís- 
tas y bastardos, apostasias y vilezas; pero ai 
menos , en las capitales populosas, la superficie, 
el aspecto , y á veces los empeños de la lid, pre- 
sentan carácter de grandiosidad. Ennoblece la 
lucha la magnitud del palenque : asciende á am- 
bición la codicia , y el fin material se sacrifica, 
en ocasiones , al fin ideal de la victoria por la 
victoria. En el campo , ni aun por hipocresía ó 
histrionismo se aparenta el menor propósito 
elevado y general. Las ideas no entran en jue- 
go, sino solamente las personas, y en el terre- 
no mas mezquino : rencores , odios , rencillas, 
lucro miserable, vanidad microbiológica. Un 
combate naval en una charca. 



264 LOS PAZOS DE ULLOA 

Forzoso es reconocer, no obstante , que en la 
época de la revolución la exaltación política, la 
fe en las teorías llevada al fanatismo, lograba 
infiltrarse doquiera , saneando con ráfagas de 
huracán el mefítico ambiente de las intrigas 
cotidianas en las aldeas. Vivía entonces Es- 
paña pendiente de una discusión de Cortes , de 
un grito que se daba aqui ó acalla, en los talle- 
res de un arsenal ó en los vericuetos de una 
montaña; y cada quince días ó cada mes, se 
agitaban, se debatían, se querían resolver de- 
finitivamente cuestiones hondas, problemas que 
el legislador, el estadista y el sociólogo necesi- 
tan madurar lentamente, meditar quizá años 
enteros antes de descifrarlos , y que una multi- 
tud en revolución decide en pocas horas, me- 
diante una acalorada discusión parlamentaria, ó 
una manifestación clamorosa y callejera. Entre 
el almuerzo y la comida se reformaba, se inno- 
vaba una sociedad; fumando un cigarro se des- 
cubrían nuevos principios , y en el fondo de la 
vorágine DdtaJlaban las dos grandes soluciones 
de raza, ambas fuertes porque se apoyaban en 
algo secular, lentamente sazonado al calor de 
la historia : la monarquía absoluta y la consti- 
tucional, por entonces disfrazada de monar- 
quía democrática. 

La conmoción del choque llegaba á todas 
partes , sin exceptuar las fieras montañas que 
cercan á los Pazos de Ulloa. También allí se po- 
1 tiqueaba. En las tabernas de Cebre, el día de 
la feria, se oía hablar de libertad de «ultos, de 
derechos individuales, de abolición de quintas, 



POR E. PARDO BAZÁN 2b5 



de federación , de plebiscito— pronunciado como 
Dios quería, por supuesto.— Los curas, al ter- 
minar ías funciones, entierros y misas solem- 
nas, se demoraban en el atrio, discutiendo con 
calor algunos síntomas recientes y elocuentísi- 
mos, la primer salida de aquellos famosos cua- 
tro sacristanes , y otras menudencias. El seño- 
rito deLimioso, tradicionalista inveterado como 
su padre y abuelo , había hecho dos ó tres mis- 
teriosas excursiones hacia la parte del Miño, 
cruzando la frontera de Portugal, y susurrába- 
se que celebraba entrevistas en Tuy con ciertos 
pájaros; afirmábase también que las señoritas 
de Molende estaban ocupadísimas construyen- 
do cartucheras y no sé qué más arreos bélicos, 
y á cada paso recibían secretos avisos de que 
se iba á practicar un registro en su casa. 

Sin embargo, los entendidos y prácticos en la 
materia comprendían que cualquier intentona 
á mano armada en territorio gallego se queda- 
ría en agua de cerrajas, y que por más rumo- 
res que corriesen acerca de armamentos y or- 
ganización en Portugal , venidas de tropa, nom- 
bramientos de oficialidad, etc., la verdadera 
batalla que allí se librase no sería en los cam- 
pos, sino en las urnas, no por eso más incruen- 
ta. Gobernaban á la sazón el país los dos formi- 
dables caciques , abogado el uno y secretario 
el otro del Ayuntamiento de Cebre : esta villita 
y su región comarcana temblaban bajo el poder 
de entrambos . Antagonistas perpetuos , su lu- 
cha, como la de los dictadores romanos, no 
debía terminarse sino con la pérdida y muerte 



266 LOS PAZOS DE ULLOA 

del uno. Escribir la crónica de sus hazañas, de 
sus venganzas, de sus trapisondas , fuera cuento 
de nunca acabar. Para que nadie piense que sus 
proezas eran cosa de risa, importa advertir que 
alguna de las cauces que encontraba el viajante 
por los senderos, algún techo cai-bonizado , al- 
gún hombre sepultado en presidio pira toda su 
vida, podían dar razón de tan encarnizado an- 
tagonismo. 

Conviene saber que ninguno de los dos ad- 
versarios tenía ideas políticas, dándoseles un 
bledo de cuanto entonces se debatía en España; 
mas por necesidad estratégica, representaba y 
encarnaba cada cual una tendencia y un parti- 
do Barbacana, moderado antes de la Revolu- 
ción, se declaraba ahora carlista* Trampeta, 
unionista bajo O'Donnell, avanzaba hacía el úl- 
timo confín del liberalismo vencedor. 

Barbacana era más grave, más autoritario, 
más obstinado é implacable en la venganza per- 
sonal, más certero en asestar el golpe, más 
ávido é hipócrita, encubriendo mejor sus ale- 
vosas trazas para desmantecar al desventura- 
do colono : era además hombre que prefería 
servirse de medios legales y manejar el Código, 
diciendo que no hay tan seguro modo de aca- 
bar con un enemigo como empapelarlo : si no 
guarnecían tantas cruces los caminos por culpa 
de Barbacana, las cárceles hediondas del dis- 
trito antaño, y hogaño las murallas de Ceuta y 
Melilla, podían revelar hasta dónde se extendía 
su influencia. En cambio Trampeta, si justifi- 
cando su apodo no desdeñaba los enredos juri- 



POR E. PARDO BAZÁN 267 



dicos , solía proceder con más precipitación y 
violencia que Barbacana , asegurando la retira- 
da menos hábilmente ; así es que su adversario 
le tuvo varias veces cogido entre puertas, y 
por punto no le aniquiló. Trampeta poseía , en 
desquite , gran fertilidad de ingenio, suma auda- 
cia, expedientes impensados con que salir de 
los más graves compromisos ; Barbacana ser- 
vía mejor para preparar desde su habitación 
una emboscada, hurtando elcuerpo después; 
Trampeta, para ejecutarla en persona y con 
fortuna. La comarca aborrecía á entrambos, 
pero Barbacana inspiraba más terror por su 
genio sombrío. En aquella ocasión Trampeta, 
encargado de representar las ideas dominantes 
y oficiales , se creía seguro de la impunidad, 
aunque quemase á medio Cebre, y apalease, 
encausase y embargase al otro medio. Barba- 
cana , con la superioridad de su inteligencia y 
aun de su instrucción, comprendía dos cosas: 
primera, que se había arrimado á pared más 
sólida, á gente que no desampara á sus ami- 
gos ; segunda , que cuando se le antojase pasar- 
se con armas y bagajes al campo opuesto, con- 
seguiría siempre hundir á Trampeta. Ya había 
tirado sus líneas para el caso próximo de la 
elección de diputados. 

Trampeta, con actividad vertiginosa, hacía 
la cama al candidato del Gobierno. Muy á me- 
nudo iba á la capital de provincia á conferen- 
ciar con el gobernador : en tales ocasiones el 
Secretario, calculando que hombre prevenido 
vale por dos , ni olvidaba las pistolas , ni omitía 



268 LOS PAZOS DE ULLOA 



hacerse escoltar por sus seides más resueltos, 
pues no ignoraba que Barbacana tenía á sus ór- 
denes mozos de pelo en pecho, v. gr. , el temi- 
ble Tuerto de Castrodorna. Cada viaje era una 
viña para el bueno del Secretario, y muy bene- 
ficioso para los suyos : poco á poco las hechu- 
ras de Barbacana iban cayendo, y estancos, 
alguacilatos, guardianía de la cárcel, peones ca- 
mineros , toda la plantilla oficial de Cebre, que- 
dando á gusto de Trampeta.— Sólo no pudo me- 
terle el diente al juez , protegido en altas regio- 
nes por un pariente de la señora jueza, persona 
de viso.— Obtuvo también que se hiciese la vis- 
ta gorda en muchas cosas , que se cerrasen los 
ojos en otras, y que respecto á algunas sobre- 
viniese ceguera total ; y con esto, y con las fa- 
cultades latas de que se hallaba investido, de- 
claró, puesta la mano en el pecho, que respon- 
día de la elección de Cebre. 

Durante este período, Barbacana se hacía el 
muerto, limitándose á apoyar débilmente, como 
por compromiso, al candidato propuesto por la 
Junta carlista orensana, y recomendado por el 
Arcipreste de Loiro y los curas más activos, 
como el de Boán, el de Naya, el de Ulloa. Bien 
se dejaba comprender que Barbacana no tema 
fe en el éxito. El candidato era una excelente 
persona de Orense, instruido, consencuentísimo 
tradicionalista ; pero sin arraigo en el país y 
con fama de poca malicia política. Sus mismos 
correligionarios no estaban á bien con él, por 
conceptuarle más hombre de bufete que de ac- 
ción ó intriga. 



POR E. PARDO BAZÁN 269 



Así las cosas , empezó á notarse que Primiti- 
vo, el montero mayor de los Pazos, venía á Ce- 
bre muy á menudo ; y como allí se repara en 
todo, se observó también que , además de las 
acostumbradas estaciones en las tabernas, Pri- 
mitivo se pasaba largas horas en casa de Barba- 
cana. Este vivía casi bloqueado en su domicilio, 
porque Trampeta, envalentonado con la em- 
briaguez del poder, profería amenazas , asegu- 
rando que Barbacana recibiría su pago en una 
corredoira (camino hondo). No obstante, el 
abogado se arriesgó á salir en compañía de 
Primitivo, y viéronse ir y venir curas influyen- 
tes y caciques subalternos , muchos de los cua- 
jes fueron también á los Pazos, unos á comer, 
otros por la tarde. Y como no hay secreto bien 
guardado entre tres , y menos entre tres doce- 
nas , el país y el Gobierno supieron pronto la 
gran noticia : el candidato de la Junta se reti- 
raba de buen grado, y en su lugar Barbacana 
apoyaba, con el nombre de independiente, á 
Don Pedro Moscoso, conocido por el marqués 
deUlloa. 

Desde que se enteró del complot, Trampeta 
pareció atacado delbaile..de San Vito. Menudeó 
viajes á la capital : eran de oir sus explicacio- 
nes y comentarios en el despacho del Goberna- 
dor. Todo lo arma— decía él— ese cerdo cebado 
del Arcipreste, unido al faccioso del cura de 
Boán é instigando al usurero del mayordomo 
de los Pazos, el cual, á su vez, mete en danza 
al malcriado del señorito, que está enredado 
con su hija. ¡Vaya un candidato— exclamaba 



270 LOS PAZOS DE ULLOA 



frenético,— vaya un candidato que los neos es- 
cogen ! ¡ Siquiera el otro era persona honrada ! 
(Y alzaba mucho la voz al llegar á esto de la 
honradez.) 

Viendo el Gobernador que el cacique perdía 
absolutamente la sangre fría, comprendió que 
el negocio andaba malparado , y le preguntó 
severamente : 

—¿No ha respondido V. de la elección con 
cualquier candidato que se presentase? 

—Sí, señor ; sí, señor...— repuso apresurada- 
mente Trampeta.— Sino que considérese: ¿quién 
contaba con semejante cosa del otro mundo? 
. Atropellándose al hablar de pura rabia y des- 
pecho, insistió en que nadie imaginaría que ei 
marqués de Ulloa, un señorito que sólo pensa- 
ba en cazar, se echase á político ; que á pesar 
de la gran influencia de la casa y de ejercer su 
nombre bastante prestigio entre los labriegos, 
la aristocracia montañesa y los curas , la tenta- 
tiva importaría un comino si no la hubiese to- 
mado de su cuenta Barbacana y no le ayudase 
un poderoso cacique subalterno, que antes fluc- 
tuaba entre el partido de Barbacana y el de 
Trampeta; pero en esta ocasión se había deci- 
dido , y era el mismo mayordomo de los Pazos, 
hombre resuelto y sutil como un zorro, que dis- 
ponía de numerosos votos seguros, pues mu- 
chísima gente le debía cuartos; que tenía es- 
quilmada Ja casa de Ulloa, á cuyas expen- 
sas se enriquecía con disimulo , y que este so- 
lemne bribón, al arrimo del gran encausador 
Barbacana, se alzaría con el distrito, si no se 



POR E. PARDO BAZÁN 271 



llevaba el asunto á rajatabla y sin contempla- 
ciones. 

Quien conozca poco ó mucho el mecanismo 
electoral no dudará que el Gobernador hizo ju- 
gar el telégrafo para que sin pérdida de tiempo, 
y por más influencias que se atravesasen, fuese 
removido el. juez de Cebre y las pocas hechuras 
de Barbacana que en el distrito restaban ya. 
Deseaba el Gobernador triunfar en Cebre sin 
apelar á recursos extraordinarios y arbitrarie- 
dades de monta, pues sabía que, si no era pro- 
bable que jamás se levantasen allí partidas , en 
cambio la sangre humana manchaba á menudo 
mesas y urnas electorales ; pero la nueva com- 
binación le obligaba á no reparar en medios 
y conferir al insigne Trampeta poderes ilimi- 
tados... 

Mientras el Secretario se prevenía, el Aboga- 
do no se dormía en las pajas. La aceptación del 
señorito, al pronto, le había vuelto loco de con- 
tento. No tenía Don Pedro ideas políticas, aun 
cuando se inclinaba al absolutismo, creyendo 
inocentemente que con él vendría el restableci- 
miento de cosas que lisonjeaban su orgullo de 
raza, como, por ejemplo, los vínculos y mayo- 
razgos : fuera de esto, inclinábase al escepticis- 
mo indiferente de los labriegos, y era incapaz 
de soñar, como el caballeresco hidalgo de Li- 
mioso. en la quijotada de entrar por la frontera 
del Miño á la cabeza de doscientos hombres. 
Mas á falta de pasión política, le impulsó á 
aceptar la diputación su vanidad. Él era la pri- 
mer persona del país, la más importante, la de 



272 LOS PAZOS DE ÜLLOA 

origen más ilustre: su familia, desde tiempo 
inmemorial, figuraba al frente de la nobleza co- 
marcana ; en esto hizo hincapié el Arcipreste 
de Loiro para convencerle de que le correspon- 
día la representación del distrito Primitivo no 
desarrolló mucha elocuencia para apoyar la 
demostración del Arcipreste : limitóse á decir, 
empleando un expresivo plural y cerrando el 
puño: 

—Tenemos al país así. 

Desde que corrió la noticia , comenzó el seño- 
rito á sentirse halagado por la especie de pleito- 
homenaje que se presentaron á rendirle infini- 
dad de personas , todo el señorío de los contor- 
nos, el clero casi unánime y los muchos adictos 
y partidarios de Barbacana, capitaneados por 
éste mismo. Á Don Pedro se le ensanchaba el 
pulmón Bien entendía que Primitivo estaba en- 
tre bastidores : pero al fin y al cabo, el incen- 
sado era él Mostró aquellos días gran cordia- 
lidad y humor excelente y campechano. Hizo 
caricias á su hija y ordenó se le pusiese un tra- 
je nuevo, con bordados , para que la viesen así 
las señoritas de Molende, que se proponían no 
contribuir con menos de cien votos al triunfo 
del representante de la aristocracia montañesa. 
Él también— porque los candidatos noveles tie- 
nen su época de cortejos en que rondan á la di- 
putación como se ronda á las muchachas, y se 
afeitan con esmero y tratan de lucir sus, pren- 
das físicas — cuidó algo más de su persona, la- 
mentablemente desatendida desde el regreso á 
los Pazos; y como estaba entonces en el apogeo 



POR E. PARDO BAZÁN 273 



de su belleza, más bien masculina que varonil, 
las muñidoras electorales se ufanaban de en- 
viar tan guapo mozo al Congreso. Por enton- 
ces, la pasión política sacaba partido hasta de 
la estatura , del color del pelo, de la edad. 

Desde que empezó á hervir la olla, hubo 
en los Pazos mesa franca: corrían Filomena 
y Sabel por los salones adelante, llevando 
y trayendo bandejas con tostado, jerez y biz- 
cochos ; oíase el retintín de las cucharillas en 
las tazas de café y el choque de los vasos. 
Abajo, en la cocina , Primitivo obsequiaba á sus 
gentes con vino del Borde y tarterones de baca- 
lao, grandes fuentes de berzas y cerdo. Á me- 
nudo se juntaban ambas mesas, la de abajo y la 
de arriba, y se discutía, y se reía y se contaban 
cuentos subidos de color, y se despellejaba á 
azadonazos— porque no cabe nombrar el escal- 
pelo— á Trampeta y á los de su bando, remo- 
viendo entre risotadas , cigarros é interjeccio- 
nes, el inmenso detritus de trampas mayores y 
menores en que descansaba la fortuna del se- 
cretario de Cebre. 

—De esta vez— decía el cura de Boán, viejo 
terne y firme que echaba fuego por los ojos y 
gozaba fama del mejor cazador del distrito des- 
pués de Primitivo — de esta vez los fastidiamos, 
/ quoniam ! 

Nucha no asistía á las sesiones del comité. Se 
presentaba únicamente cuando las visitas eran 
tales que lo requerían; atendía á suministrar 
las cosas indispensables para el perenne festín; 
pero huía de él. Tampoco Julián bajaba sino 

18 



274 LOS PAZOS DE ULLOA 



rara vez á las asambleas, y en ellas apenas 
descosía los labios ,. mereciendo por esto que el 
cura de UUoa se ratificase en su opinión de que 
los capellanes atildados no sirven para nada de 
provecho. No obstante , apenas averiguó el co- 
mité que Julián tenía bonita letra" cursiva , y 
ortografía asaz correcta, se echó mano de él 
para misivas de compromiso. Además, le cayó 
otra ocupación. 

Sucedió que el arcipreste de Loiro , que ha- 
bía conocido y tratado mucho á la señora dofla 
Micaela, madre de Don Pedro, quiso ver otra 
vez toda la casa, y también la capilla, donde 
algunas veces había dicho misa en vida de la 
difunta, "que esté en gloria. „ Don Pedro se la 
mostró de mala gana , y el Arcipreste se escan- 
dalizó al entrar. Estaba la capilla casi á tejava- 
na : la lluvia corría por el retablo abajo ; las 
vestiduras de las imágenes parecían harapos ; 
todo respiraba el mayor abandono, el frío y 
tristeza especial de las iglesias descuidadas. 
Julián ya se encontraba cansado de soltar indi- 
rectas al marqués sobre el estado lastimoso de 
la capilla, sin obtener resultado alguno ; mas el 
asombro y las lamentaciones del Arcipreste 
arañaron en la vanidad del señor de UUoa, y 
consideró que sería de buen efecto, en momen- 
tos tales , lavarle la cara , repararla un poco. Se 
retejó con bastante celeridad, y con la misma 
un pintor, pedido á Orense, pintó y doró el re- 
tablo y los altares laterales, de suerte que la 
capilla parecía otra, y Don Pedro la enseñaba 
con orgullo á los curas, á los señoritos, á la 



POR E. PARDO BAZÁN 275 

caciquería barbacanesca. Sólo faltaba ya tra- 
jear decentemente á los santos y recoser orna- 
mentos y mantelillos. De esta faena se encargó 
Nucha, bajo la dirección de Julián. Con tal moti- 
vo, refugiados en la capilla solitaria, no llegaba 
basta ellos el barullo del club electoral. Entre 
-el capellán y la señorita desnudaban á San Pe- 
dro, peinaban los rizos de la Purísima, ribetea- 
ban el sayal de San Antón, fregoteaban la 
aureola del Niño Jesús. Hasta la boeta de las 
ánimas del Purgatorio fué cuidadosamente la- 
vada y barnizada de nuevo , y las ánimas , en 
pelota, larguiruchas, acongojadas, rodeadas 
de llamas de almazarrón , salieron á luz en toda 
.su edificante fealdad. Era semejante ocupación 
dulcísima para Julián . corrían las horas sin 
-sentir en el callado recinto , que olía á pintura 
fresca y á espadaña traída por Nucha para 
adornar los altares ; mientras armaba en un 
tallo de alambre una hoja de papel plateado ó 
pasaba un paño húmedo por el vidrio de una 
-urna, no necesitaba hablar : satisfacción inte- 
rior y apacible le llenaba el alma. Á veces Nu- 
cha no hacía más que mandar la maniobra , sen- 
tada en una silleta baja con su niña en brazos 
{no quería apartarla de sí un instante). Julián 
trabajaba por dos : tenía una escala y se enca- 
ramaba á lo más alto del retablo. No se atrevía 
á preguntar nada acerca de asuntos íntimos, ni 
-á inquirir si la señorita había tenido con su 
esposo conversación decisiva respecto á Sabel; 
pero notaba el aire abatido, las denegridas oje- 
ras, el frecuente suspirar de la esposa, y saca- 



276 LOS PAZOS DE ULLOA 

oa de estos indic ! os la natural consecuencia- 
Otros snitoma^ percibí ó qur le acaloraron la 
fantasía, dándole no poco ^n qué cavilar. Nucha 
mostraba vehemente exaltación del cariño ma^ 
ternal de algún tiempo á esta parte. Apenas se 
separaba de la chiquita, cuando, desasosegada 
é inquieta, salía á buscarla, á ver qué le suce- 
día En una ocasión, no encontrándola donde 
pensaba, comenzó á exhalar gritos desgarra- 
dores, exclamando : — ¡Me la roban... me la ro- 
ban!— Por fortuna, el ama se acercaba ya, tra- 
yendo á la pequeña en brazos. Á veces la be- 
saba con tal frenesí, que la criatura rompía en 
llanto. Otras se quedaba embelesada mirándola 
con dulce é inefable sonrisa ; y entonces Julián 
recordaba siempre las imágenes de la Virgen: 
Madre, atónita de su milagrosa maternidad. 
Mas los instantes de amor tranquilo eran bre- 
ves , y continuos los de sobresalto y dolorosa 
ternura. No consentía á Perucho acercarse por 
allí. Su fisonomía se alteraba al divisar al niño ; 
y éste, arrastrándose por el suelo, olvidando 
sus travesuras diabólicas, sus latrocinios, sa 
afición al establo, se emboscaba á la entrada 
de la capilla para ver salir á la nena y hacerla 
mil garatusas, que ella pagaba con risas de 
querubín, con júbilo desatinado, con impulso 
de todo su cuerpecillo proyectado hacia adelan- 
te, impaciente por lanzarse de brazos del ama 
á los de Perucho. 

Un día notó Julián en Nucha algo más serio- 
aún : no ya expresión de melancolía, sino hondo- 
decaimiento físico y moral. Sus ojos se halla- 



POR E. PARDO BAZÍN 277 



ban encendidos y aburados, como de haber 
llorado mucho tiempo seguido ; su voz era des- 
mayada y fatigosa ; sus labios estaban resecos, 
tostados por la calentura v el insomnio. A 1 lí no 
se veía ya la espina del dolor que lentamente 
va hincándose, pero el puñal clavado de golpe 
Tiasta el pomo. Semejante espectáculo dio al 
traste con la prudencia del capellán 

—V está mala , señorita. Á V. le pasa algo 
hoy. 

Nucha meneó la cabeza intentando sonreír. 

—No tengo nada. 

Lo doliente y debilitado del acento la des- 
mentía. 

—¡Por Dios, señorita, no me responda que 
no! . ¡Silo estoy vivido' Señorita Marcelina. . 
4 Válgame mi patrono San Juliáa! ¡Que no he 
•de poder yo servirle de algo, prestarle ayuda ó 
<:onsueio! Soy una persona humilde, inútil : pero 
<:on la intención, señonca soy grande como una 
montaña ¡Quisiera, se lo digo con el corazón, 
•que me mandase, que me mandase' 

Hacía estas proiescas esgrimiendo un paño 
untado de tiza contra las sacras, cuyo cerco de 
metal limpiaba con denuedo . sin mirarlo 

Alzó Nucha los ojos, y en ello-; lució un rayo 
instantáneo, un impulso de gritar , de quejarse, 
de pedir auxilio . Al punto se apagó la llama- 
rada, y encogiéndose d* hombros levemente, la 
señorita repitió : 

—No tengo nada, Julián 

En el suelo había una ces*a llena de horten- 
sias y rama verde, destinada al ad jrno de los 



278 LOS PAZOS DE ULLOA 

floreros ; Nucha empezó á colocarla con la des- 
treza y delicadeza graciosa que demostraba en 
el desempeño de todos sus domésticos quehace- 
res. Julián, entre embelesado y afligido, seguía 
con la vista el arreglo de las azales flores en los 
tarros de loza, el movimiento de las manos en- 
flaquecidas al través de las hojas verdes. Nota 
que caía sobre ellas ana gota de agua , gruesa, 
límpida, rio procedente de la humedad del rocío 
que ¿tan bañaba las hortensias. Y casi ai tiempo 
mismo advirtió otra cosa, que le cuajo la san- 
gre de horror, en las muñecas de la señora de 
Moscoso se percibía una señal circular, amora- 
tada, oscura... Con lucidez repentina, el cape- 
llán retrocedió dos años, escuchó de nuevo los 
quejidos de una mujer maltratada á culatazos, 
recordó la cocina, el hombre lurioso... Comple- 
tamente íuera de sí, dejó caer las sacras, y tomó 
las manos 4e Nucha para convencerse de que 
en electo existía la siniestra señal... 

Entraban á la sazón por la puerta de la capi- 
lla muchas personas ; las señoritas de Molende, 
el juez de Cebre , el cura de Ulloa , conducidos 
por Don Pedro, que los traía allí con objeto de 
que admirasen los trabajos de restauración. 
Nucha se volvió precipitadamente ; Julián, tras- 
tornado , contestó balbuciendo al saludo de las 
señoritas. Primitivo , que venía á retaguardia, 
clavaba en él su mirada directa y escrutadora. 



POR E. PARDO BAZÁN 279 



XXV 



Si unas elecciones durasen mucho, acabarían 
con quien las maneja, á puro cansancio, mo- 
limiento y tensión del cuerpo y del espíritu, 
pues los odios enconados, la perpetua sospecha 
de traición, las ardientes promesas, las amena- 
zas, las murmuraciones , las correrías y cartas 
incesantes, los mensajes, las intrigas, la falta 
de sueño, las comidas sin orden, componen una 
existencia vertiginosa é inaguantable. Acerca 
de los inconvenientes prácticos del sistema par- 
lamentario estaban muy de acuerdo la yegua y 
la borrica que, con un caballo recio y joven 
nuevamente adquirido por el mayordomo para 
su uso privado, completaban las caballerizas 
délos Pazos de Ulloa. ¡Buenas cosas pensaban 
ellos de las elecciones allá en su mente asnal y 
rocinesca, mientras jadeaban exánimes de tanto 
trotar, y humeaba todo su pobre cuerpo bañado 
en sudor! 

¡ Pues qué diré de la mulita en que Trampeta 
solía hacer sus excursiones á la capital ! Ya las 
costillas le agujereaban la piel , de tan flaca 
como se había puesto. Día y noche estaba el in- 
signe cacique atravesado en la carretera, y á 
cada viaje la elección de Cebre se presentaba 
más dudosa , más peliaguda, y Trampeta, des 1 



280 LOS PAZOS DE ULLOA 

— — — — - — i - - 

esperado, vociferaba en el despacho del Go- 
bernador que importaba desplegar fuerza, des- 
tituir , colocar , asustar , prometer , y sobre 
todo, que el candidato cunero del Gobierno aflo- 
jase la bolsa , pues de otro modo el distrito se 
largaba, se largaba, se largaba de entre las 
manos. 

—¿Pues no decía V.— gritó un día el Gober- 
nador con vehementes impulsos de mandar 
al infierno al gran Secretario— que la elección 
no sería muy costosa; que los adversarios no 
podían gastar nada; que la Junta carlista de 
Orense no soltaba un céntimo ; que la casa de 
los Pazos no soltaba un céntimo tampoco , por- 
que, á pesar de sus buenas rentas, está siempre 
á la quinta pregunta? 

—Ahí verá V. , señor— contestó Trampeta.— 
Todo eso es mucha verdad; pero hay momentos 
en que el hombre... pues... cambia sus uncio- 
nes, como V. me enseña. (Trampeta tenía esta 
muletilla.) El marqués de Ulloa... 

— i Qué marqués ni qué calabazas!— inte- 
rrumpió con impaciencia el Gobernador. 

—Bueno, es un costumbre que hay de llamar* 
le así... Y mire V. que llevo un mes de por cid- 
mar en todos lados que no hay semejante mar- 
qués, que el Gooierno le ha sacado el título para 
dárselo á otro más liberal, y que ese título de 
marqués quien se lo ha ofrecido es Carlos siete, 
para cuando vengan la Inquisición y el diezmo, 
como V. me enseña... 

—Adelante , adelante — exclamó el Goberna- 
nador, que aquel día debía de estar nervioso.— 



POR E. PARDO BAZÁN 281 

Decía V. que el marqués ó lo que sea... en vista 
de las circunstancias... 

—No reparará en un par de miles de duros 
más ó menos , señor. 

— ¿ Si no los tenía , los habrá pedido ? 

—¡Cata/ Los ha pedido á su suegro de San- 
tiago ; y como el suegro de Santiago no tiene 
tampoco una peseta disponible, como V. me en- 
seña... héteme aquí que se los ha dado el sue- 
gro de los Pazos. 

—¿Se le cuentan dos suegros á ese candidato 
carlista?— preguntó el Gobernador, que á su 
pesar se divertía con los chismes del Secretario. 

—No será el primero, como V. me enseña- 
dijo Trampeta, riéndose de la chuscada. — Ya 
entiende por quién hablo... ¿en? 

— ¡Ah! Sí, la muchacha esa que vivía en la 
casa antes que Moscoso se casase, y de la cual 
tiene un hijo... Ya ve V. cómo me acuerdo. 

—El hijo... el hijo será de quien Dios dispon- 
ga, señor Gobernador... Su madre lo sabrá... 
si es que lo sabe. 

—Bien , eso para la elección importa un rá- 
bano... Al grano : los recursos de que Moscoso 
dispone... 

—Pues se los ha facilitado el mayordomo, el 
Primitivo, el suegro de cultis... Y V. me pre- 
preguntará : ¿cómo un infeliz mayordomo tiene 
miles de duros?— Y yo respondo : prestando á 
réditos del ocho por ciento al mes , y más los 
años de hambre, y metiendo miedo á todo el 
mundo para que le paguen bien y no le nieguen 
una miserable deuda de un duro...— Y V. dirá: 



282 LOS PAZOS DE ÜLLOA 

¿de dónde saca ese Primitivo ó ese ladrón el 
dinero para prestar?— Y yo replico : Del bolsi- 
llo de su mismo amo, robándole en la venta del 
fruto, dándolo á un precio y abonándoselo á 
otro, engañándole en la administración y en los 
arriendos, pegándosela, como V. me enseña, 
por activa y por pasiva...— Y V. dirá... 

Este modo dialogado era un recurso de la 
oratoria trampetil, del cual echaba mano cuan- 
do quería persuadir al auditorio. El Goberna- 
dor le interrumpió : 

—Con permiso de V., lo diré yo mismo. ¿Qué 
cuenta le tiene á ese galopín prestarle á su amo 
los miles de duros que tan trabajosamente le ha 
cogido? 

—¡Me caso!...— votó el Secretario.— Los miles 
de duros , como V. me enseña , no se prestan 
sin hipoteca, sin garantías de una chis ó de 
otra , y el Primitivo no ha nacido en el año de 
los tontos. Así queda seguro el capital y el amo 
sujeto. 

—Comprendo, comprendo— articuló con vive- 
za el Gobernador. Queriendo dar una muestra 
de su penetración , añadió :-- Y le conviene sacar 
diputado al señorito, para disponer de más in- 
fluencia en el país y poder hacer todo cuanto le 
acomode... 

Trampeta miró al funcionario con la mezcla 
de asombro y de gozosa ironía que las personas 
de educación inferior muestran cuando oyen á 
las más elevadas decir una simpleza gorda. 

—Como V. me enseña , señor Gobernador- 
pronunció— no hay nada de eso... Don Pedro, 



POR E. PARDO BAZÁN 283 

diputado de oposición ó independiente ó confor- 
me les dé la gana de llamarle , servirá de tanta 
á los suyos como la carabina de Ambrosio... 
Primitivo, arrimándose á un servidor de V. ó 
al judío, con perdón, de Barbacana, conseguiría 
lo que quisiese ¿en? sin necesidad de sacar di- 
putado al amo... Y Primitivo, hasta que le dio 
la ventolera, siempre fué de los míos... Zorro 
como él, no lo hay en toda la provincia... Ese 
ha de acabar por envolvernos á Barbacana y 
ámí. 

—Y entonces Barbacana, ¿por qué se ha de- 
clarado á favor del señorito? 

—Porque Barbacana va con los curas adonde 
lo lleven. Ya suoe lo que hace ,. V., un suponer, 
está ahí hoy y se larga mañana ; pero los curas 
están siempre, y lo mismo el señorío... los Li» 
miosos, los Méndez-.. 

Y dando suelta al tot rente de su rencor, el 
cacique añadió, apretando los puños : 

— ¡ Me caso, con Dios ! Mientras no hundamos 
á Barbacana, no se hará nada en Cebre. 

—¡Corriente! Pues facilítenos V. la manera 
de hundirlo. Ganas no faltan. 

Trampeta se quedó un rato pensativo, y con 
la cuadrada uña del pulgar, quemada del ciga- 
rro, se rascó la perilla. 

—Lo que yo cavilo es, ¿qué rayo de cuenta le 
tendrá al raposo de Primitivo esta diputación 
del amo?... Ahora se aprovecha de dos cosas: 
lo que le pilla como hipoteca, y lo que le mama 
corriendo con los gastos electorales, y presen- 
tándole luego, como V. me enseña, las cuentas 



284 POR E. PARDO BAZÁN 

del Gran Capitán... Pero si vencen y me hacen 
diputado á mi señor Don Pedro , y éste vuela 
para Madri, y allí pide cuartos por otro lado, 
que sí pedirá, y abre el ojo para ver las picar- 
días de su ma3 r ordomo , y no se vuelve á acor- 
dar de la moza ni del chiquillo... entonces... 

Tornó á rascarse la perilla, suspenso y medi- 
tabundo , como el que persigue la solución de 
un problema muy intrincado. Sus agudísimas 
facultades intelectuales estaban todas en ejer- 
cicio. Pero no daba con el cabo de la madeja. 

—Al caso — insistió el Gobernador.— De lo que 
se trata es de que no nos derroten vergonzosa- 
mente. El candidato es primo del ministro ; he- 
mos respondido de la elección. 

— Contra el candidato de la Junta de Orense. 

— ¿Piensa V. que allá admiten esas distincio- 
nes? Estamos á triunfar contra cualquiera. No 
andemos con circunloquios; ¿creeV. que vamos 
á salir con el rabo entre las piernas? ¿Sí, ó no? 

Trampeta permanecía indeciso. Al cabo , le- 
vantó la faz con el orgullo de un gran estraté- 
gico , seguro siempre de inventar algún ardid 
para burlar al enemigo. 

—Mire V. — dijo— hasta la fecha, Barbacana 
no ha podido acabar con este cur-a, aunque me 
lia jugado dos ó tres buenas... Pero á jugarlas 
no me gana él ni Dios... Sólo que á mí no se me 
ocurren las mejores tretas hasta que tocan á 
romper el fuego... Entonces, ni el diablo discu- 
rré lo que yo discurro. Tengo aquí— y se dio 
una puñada en la negruzca frente— una cosa que 
rebulle; pero que aún no sale por más que 



POR E. PARDO BAZÁN 285 

hago... Saldrá, como V. me enseña, cuando lie- 
gue el mismísimo punto resfinado de la oca- 
sión. 

Y blandiendo el brazo derecho repetidas ve- 
ces de arriba abajo, como un sable, añadió en 
voz hueca : 

—Fuera miedo. ¡ Se gana ! 

Mientras el Secretario cabildeaba con la pri- 
mera autoridad civil de la provincia , Barbaca- 
na daba audiencia al arcipreste de Loiro , que 
había querido ir en persona á tomar noticias de 
cómo andábanlos negocios en Cebre, y se arre- 
llanaba en el despacho del abogado , sorbiendo,, 
•por fusique de plata, polvos de un rapé Macu- 
ba, que acaso nadie gastaba ya sino él en toda 
Galicia, y que le traían de contrabando, con 
gran misterio y cobrándole un dineral. 

El Arcipreste , á quien en Santiago conocían 
por el apodo de Sobres de Envelopes , á causa 
de una candorosa pregunta en mal hora formu- 
lada en una tienda , había sido en otro tiempo, 
cuando se le conocía por el abad de Anles, el 
mejor instrumento electoral conocido. Dijé- 
ronle una vez que iba perdida la elección que él 
manejaba; gritó él furioso : —¿Perder el cura de 
Anles una elección?— y al gritar, dio el más so- 
berano puntapié á la urna, que era un puchero,, 
haciéndola volaren miles de pedazos, despa- 
rramando las cédulas y logrando con tan sen- 
cillo expediente que su candidato triunfase. La 
hazaña le valió la gran cruz de Isabel la Cató- 
lica. En el día, obesidad, años y sordera le im- 
pedían tomar parte activa, pero quedábanle la 



LOS PAZOS DE ULLOA 



afición y el compás , no habiendo para él cosa 
tan gustosa como un electoral cotarro. 

Siempre que el Arcipreste venía á Cebre , pa- 
saba un ratito en el estanco y cartería , donde 
se charlaba de política por los codos , se leían 
papeles de Madrid, y se enmendaba la plana á 
todos los gobernantes y estadistas habidos y 
por haber, oyéndose á menudo frases del corte 
siguiente :— Yo, presidente del Consejo de mi- 
nistros, arreglo eso de una plumada. — Yo que 
Prim, no me arredro por tan poco. — Y aun solía 
levantarse la voz de algún tonsurado, excla- 
mando :— Pónganme á mí donde está el Papa, 
y verán cómo lo resuelvo mucho mejor en un 
periquete. 

Al salir de casa de Barbacana, encontró el 
Arcipreste en la cartería al juez y escribano, y 
& la puerta á Don Eugenio, desatando su yegua 
de una argolla, y dispuesto á montar. 

—Aguárdate un poco, Naya— le dijo familiar- 
mente, dándole , según costumbre en los curas, 
el nombre de su parroquia.— Voy á ver los par- 
tes de los periódicos , y después nos largamos 
juntos. 

—Yo tomo hacia los Pazos. 

—Yo también. Di allá en la posada que me 
traigan aquí la muía. 

Cumplió Don Eugenio el encargo diligente- 
mente, y á poco ambos eclesiásticos, envueltos 
en cumplidos montecristos , atados los sombre- 
ros por debajo de la barba con un pañuelo para 
que no se los llevase el viento fuerte que corría, 
bajaban el repecho de la carretera al sosegado 



POR E. PARDO BAZÁN 287 

paso de sus monturas. Naturalmente, hablaban 
de la batalla próxima, del candidato y de otras 
particularidades referentes á la elección. El Ar- 
cipreste lo veía todo de color de rosa , y estaba 
tan cierto de vencer , que ya pensaba en llevar 
la música de Cebre á los Pazos para dar sere- 
nata al diputado electo. Don Eugenio, aunque 
animado , no se las prometía tan felices. El Go- 
bierno dispone de mucha fuerza, ¡ qué cüantre! 
y cuando ve la cosa mal parada, recurre á la 
coacción, haciendo las elecciones por medio de 
Guardia civil. Todo eso de Cortes era, según 
dicho del abad de Boán, una solemnísima farsa. 

—Pues por esta vez— contestaba el Arcipres- 
te, manoteando y bufando para desenredarse 
de la esclavina del montecristo, que el viento le 
envolvía alrededor de la cara— por esta vez, les 
hemos de hacer tragar saliva. Al menos, el dis- 
trito de Cebre enviará al Congreso una perso- 
na decente, hijo del país, jefe de una casa res- 
petable y antigua , que nos conoce mejor que 
esos pillastres venidos de fuera. 

—Eso es muy cierto— respondió Don Euge- 
nio, que rara vez contradecía de frente á sus 
interlocutores ;—á mí me gusta, como al que 
más , que la casa de los Pazos de Ulloa repre- 
sente á Cebre ; y si no fuese por cosas que to- 
dos sabemos... 

El Arcipreste, muy grave, sorbió el fusique 
6 cañuto. Amaba entrañablemente á Don Pe- 
dro, á quien, como suele decirse, había visto 
nacer, y además profesaba el principio de res- 
petar la alcurnia. 



288 LOS PAZOS DE ULLOA 

—Bien, hombre, bien— gruñó: — dejémonos 
de murmuraciones... Cada uno tiene sus defec- 
tos y sus pecados, y á Dios dará cuenta de 
ellos. No hay que meterse en vidas ajenas. 

Don Eugenio, como si no entendiese , insis- 
tió, repitiendo cuanto acababa de oir en la car- 
tería de Cebre, donde se bordaban con escan- 
dalosos comentarios las noticias dadas por 
Trampeta al Gobernador de la provincia. Todo 
lo refería gritando bastante, á fin de que el 
punto de sordera del Arcipreste , agravado por 
el viento, no le impidiese percibir lo más subs- 
tancial del discurso. El travieso y maleante 
clérigo gozaba lo indecible viendo al Arcipres- 
te sofocado, abotargado, con la mano en la 
oreja á guisa de embudo, ó introduciendo ra- 
biosamente el fusique en las narices. Cebre, 
según Don Eugenio, hervía en indignación con- 
tra Don Pedro Moscoso ; los aldeanos le que- 
rían bien ; pero en la villa , dominada por gen- 
tes que protegía Trampeta , se contaban horro- 
res de los Pazos. De algunos días acá, justa- 
mente desde la candidatura del marqués, se 
nabía despertado en la población de Cebre un 
santo odio al pecado, una reprobación del con- 
cubinato y la bastardía, un sentimiento tan ex- 
quisito de rectitud y moralidad , que asombra- 
ba ; siendo de advertir que este acceso de vir- 
tud se notaba únicamente en los satélites del 
Secretario, gente en su mayoría de la cascara 
amarga, nada edificante en su conducta. Al en- 
terarse de tales cosas, el Arcipreste se amora- 
taba de furor. 



POR E. PARDO BAZÁN 289 

— ¡Fariseos, escribas! — rebufaba. — ¡Y luego 
nos llamarán á nosotros hipócritas 1 ¡ Miren 
Vds., qué recato, qué decoro y qué vergüenza 
les ha entrado á los incircuncisos de Cebreí 
(En boca del Arcipreste, incircunciso era tre- 
menda injuria.) Como si el que más y el que 
menos de ese atajo de tunantes no tuviese he- 
chos méritos para ir á presidio... ¡y al palo sí, 
señor, al palo! 

Don Eugenio no podía contener la risa. 

— Hace siete años, la friolera de siete años — 
tartamudeó el Arcipreste calmándose un poco, 
pero respirando trabajosamente á causa del 
mucho viento, — siete añitos que en los Pazos 
sucede... eso que tanto les asusta ahora... y 
maldito si se han acordado de decir esta boca 
es mía. — Pero con las elecciones... ¡Qué conde- 
nado de aire! Vamos á volar, muchacho. 

— Pues aún murmuran cosas peores, gritó eli 
de Naya. 

— ¿Eh? Si no se oye nada con este vendaval. 

— Que aún dicen cosas más serias — voceó 
Don Eugenio, pegando su inquieta yegüecilla 
á la reverenda muía del Arcipreste. 

— Dirán que nos van á fusilar á todos... Lo 
que es á mí, ya me amenazó el Secretario 
con formarse siete causas y meterme en chi- 
rona. 

— Qué causas ni qué... Baje V. la cabeza... 
Así... Aunque estamos solos, no quiero gritar 
mucho... 

Agarrado Don Eugenjo al montecristo fc de su 
compañero, le explicó desde cerca algo que las 

19 



290 LOS PAZOS DE ULLOA 

alas del Nordeste se llevaron aprisa, con estri- 
dente y burlón silbido. 

— ¡ Caramelos !— rugió el Arcipreste, sin que 
se le ocurriese una sola palabra más. 

Tardó aún cosa de dos minutos en recobrar 
a expedición de la lengua y en poder escupir 
al ventarrón, cada vez más desencadenado y 
furioso, una retahila de injurias contra los infa- 
mes calumniadores del partido de Trampeta. 
El granuja de Don Eugenio le dejó desahogar, 
y luego añadió : 

—Aún hay más , más. 

— ¿ Y qué más puede haber ? ¿ Dicen también 
que el señorito Don Pedro sale á robar á los 
caminos? ¡Canalla de incircuncisos esos, sin 
más Dios ni más ley que su panza ! 

—Aseguran que la noticia viene por persona 
de la misma casa. 

— ¿ Eeeeh ? Cargue el diablo con el viento. 

—Que la noticia viene por persona de la mis- 
ma casa de los Pazos... ¿ Ya me entiende V. ?— 
Y Don Eugenio guiñó el ojo. 

—Ya entiendo, ya. . ¡ Corazones de perro, 
lenguas de escorpión ! ¡ Una señorita que es 
la honradez en persona, de una familia tan 
buena, no despreciando á nadie., y calum- 
niarla , y para más con un ordenado de mi- 
sa ! ¡ Liberaluchos indecentes , de estos de 
por aquí, que se venden tres al cuarto! ¡Pero 
cómo está el mundo , Naya , cómo está el 
mundo ! 

—Pues también añaden . 

— ¡ Caramelos ! ¿ Acabarás hoy ? ¡ Qué tor- 



POR E. PARDO BAZÁN 291 



menta se prepara, María Santísima ! ¡ Qué vien- 
to... qué viento ! 

—Atiéndame , que esto no lo dicen ellos , sino 
Barbacana. Que esa persona de la casa— Primi- 
tivo, vamos— nos va á hacer una perrería gor- 
da en la elección. 

— ¿Eeeh? ¿Tú seque chocheas ? Para, muía, 
á ver si oigo mejor. ¿ Que Primitivo... ? 

—No es seguro, no es seguro, no es seguro— 
vociferó el abad de Naya, que se divertía más 
me en un saínete. _ 

— ¡ Por vida de lo que malgasto, que esto ya 
pasa de raya ! Hazme el favor de no volverme 
ioco, ¿ eh ?, que para eso tengo bastante con el 
viento maldito. ¡ No quiero oir, no quiero oir 
más!— Declaró esto en ocasión en que su mon- 
tecristo se alzaba rápidamente á impulsos de 
una ráfaga mayor, y se volvía todo hacia arri- 
Da, dejando al Arcipreste como suelen pintar 
é. Venus en la concha. Así que logró remediar 
•el percance, hizo trotar á su muía , y no se oyó 
en el camino más voz que la del Nordeste , que 
allá á lo lejos, sacudiendo castañares y roble- 
dales, entonaba majestuosa sinfonía. 



XXVI 



k mortiguada la primera impresión, no se 

ri. atrevía Julián á interrogar á Nucha sobre 

lo que había visto. Hasta recelaba ir al cuarto 



292 LOS PAZOS DE ULLOA 

de la señorita. Algún fundamento tenía este re- 
celo. Aunque de suyo confiado, creía notar el 
capellán que le espiaban ¿ Quién t Todo el mun- 
do • Primitivo, Sabel, ia vieja bruja, los cria- 
dos Como sentimos de n^che , sin verla , la nie- 
bla húmeda que j>os penetra y envuelve, asi 
sentía Julián la desconfianza, la malevolencia, 
la sospecha, la odiosidad que iban espesándose 
en torno suyo Era cosa indefinible , pero paten- 
te. En dos o tres funcionts á que asistió, figúre- 
sele que los curas le hablaban con acento hostil, 
que el Arcipreste le examinaba frunciendo el 
entrecejo, y que únicamente Don Eugenio le 
manifestaba la acostumbrada cordialidad. Pero 
acaso fuesen éstas vanas cavilaciones, y quizá, 
soñaba también al imaginarse que , á la mesa, 
Don Pedijo seguía continuamente la dirección 
de sus ojos y acechaba sus movimientos. Esto 
le fatigaba tanto mas , cuanto que un irresisti- 
ble anhelo le obligaba á mirar á Nucha muy á 
menudo, reparando á hurtadillas si estaba más 
delgada , si comía con buen apetito, si se notaba 
algo nuevo en sus muñecas La señal, obscura, 
el primer día, fué verdeando y desapareciendo. 
La necesidad de ver á la niña acabó por po- 
der más que las vacilaciones de Julián Arre- 
glada ya la capilla , sólo podía verla en la habi- 
tación de su madre, y allí fué , no bastándole el 
beso robado en el pasillo, cuando el ama lo 
cruzaba con la nena en brazos. Iba la criatura 
saliendo de esa edad en que los niños parecen 
un lío de trapos; y sin perder la gracia y atrac- 
tivo del ser indefenso y débil, tenía el encanto 



POR E. PARDO BAZAN 293 



de la personalidad, de la soltura cada vez ma- 
yor de sus movimientos y conciencia de sus ac- 
tos. Ya adoptaba posturas de ángel de Murillo; 
ya cogía un objeto y acertaba á llevarlo á la 
cálida boca, en la impaciencia de la dentición 
retrasada ; ya. ejecutaba con indecible monería 
•ese movimiento, cautivador entre todos los de 
los niños pequeños , de tender, no sólo los bra- 
zos, sino el cuerpo entero, con abandono abso- 
luto, hacia la persona que les es simpática ; ac- 
titud que las nodrizas llaman irse con la gente. 
Hacía tiempo que la pequeña redoblaba la risa, 
y su carcajada melodiosa, repentina y breve, 
era sólo comparable á gorjeo de pájaro. Ningún 
sonido articulado salía aún de su boca, pero 
sabía expresar divinamente , con las onomato- 
peyas que según ciertos filólogos fueron base 
del lenguaje primitivo, todos sus afectos y an- 
tojos ; en su cráneo, que empezaba á solidificar- 
se, por más que en el centro latiese aún la 
abierta mollera, se espesaba el pelo, de día en 
día más obscuro, suave aún como piel de topo; 
sus piececitos se desencorvaban , y los dedos, 
antes retorcidos, el pulgar vuelto hacia arriba, 
los otros botoncillos de rosa hacia abajo, se ha- 
bituaban á la estación horizontal que exige el 
andar humano. Cada uno de estos grandes pro- 
gresos en el camino de la vida era sorpresa y 
placer inefable para Julián, confirmando su de- 
dicación paternal al ser que le dispensaba el 
favor insigne de tirarle de la cadena del reloj, 
manosearle los botones del chaleco, ponerle 
como nuevo de baba y leche. ¡Qué no haría él 



294 LOS PAZOS DE ULLOA 

por servir de algo á la nenita idolatrada! Á 
veces el cariño le inspiraba ideas feroces, corno 
agarrar un palo y moler las costillas á Primiti- 
vo , coger un lácigo y dar el mismo traco á Sa- 
bci. Pero, |ay!, nadie puede usurpar el puesto 
del amo de casa, del jefe; de la familia; y el 
jeíe... Al capellán le pesaba en el alma la funda- 
ción de aquel hogar cristiano. Recta había sido 
la intención y amargo el fruto. ¡Sangre del cora- 
zón daría el por ver á Nucha en un conventoí 
¿Que arbitrio adoptar ya? Julián presentía 
los inmensos inconvenientes de su intervención 
directa Seguro de la teoría, firme en el terre- 
no del derecho , capaz de resistir pasivamente 
hasta morir, faltábale la vigorosa palanca de 
los actos humanos : ya iniciativa. En aquella 
casa es indudable que andaban muchas cosas 
desquiciadas, otras torcidas y fuera de camino; 
el capellán asistía al drama, temía un desenlace 
trágico, sobre todo desde la famosa señal en 
las muñecas, que no le salía de la acalorada 
imaginación ; mostrábase taciturno ; su color 
sonrosado se trocaba en amarillez de cera; re- 
zaba mas aún que de costumbre ; ayunaba; de- 
cía la misa con el alma elevada, como la diría 
en tiempos de martirio ; deseaba ofrecer la exis- 
tencia por el bienestar de la señorita ; pero , á 
no ser en uno de sus momentos de arrechucho 
puramente nervioso, no podía, no sabía, no 
acertaba á dar un paso, á adoptar una medida 
—aunque ésta fuese tan fácil y hacedera como 
escribir cuatro renglones á Don Manuel Pardo 
4e la Lage, informándole de lo que ocurría á 



POR E. PARDO BAZÁN 295 



bu hija. — Siempre encontraba pretextos para 
.plazar toda acción , tan socorridos como éste, 
verbigracia : 

—Dejemos que pasen las elecciones. 

Las elecciones le infundían esperanzas de 
que si el señorito, elegido diputado, salía de 
la huronera, de entre la gente inicua que lo 
prendía en sus redes , era posible que Dios le 
tocase en el corazón y mudase de conducta. 

Una cosa preocupaba mucho al buen capellán: 
¿el señorito se iría solo á Madrid, ó llevaría á 
su mujer y á la pequeña? Julián ponía á Dios 
por testigo de que deseaba esto último , si bien 
al pensar que podía suceder le entraba una hi- 
pocondría mortal. La idea de no ver más á 
nene durante meses ó años, de no tenerla en 
las rodillas montada á caballito, de quedarse 
allí, frente á frente con Sabel, como en oscuro 
pozo habitado por una sabandija , le era intole- 
rable. Duro le parecía que se marchase la se- 
ñorita, pero lo de la niña... lo de la niña... 

— Si me la dejasen— pensaba— la cuidaría yo 
perfectamente. 

Acercábase la batalla decisiva. Los Pazos 
eran un jubileo , un ir y venir de adictos y co- 
rreveidiles, un entrar y salir de mensajes, de 
órdenes y contraórdenes, que le daban seme- 
janza con un cuartel general. Siempre había en 
las cuadras caballos ó muías forasteras , masti- 
cando abundante pienso, y en los anchos salo- 
nes se oía crujir incesante de botas altas , pisa- 
das de fuertes zapatos , cuando no pateo de 
zuecos. Julián se tropezaba con curas sofoca- 



296 LOS PAZOS DE ÜLLOA 

dos respirando bélico ardor que le hablaban de 
los trabajos pasmándose de ver que no tomaba 
parte en nada... ¡En tan solemne y crítica oca- 
sión el capellán de los Pazos no tenía derecho 
á dormir ni á comer! 

Seguía reparando que algunos abades se 
mostraban con él así como airados ó resentidos, 
en especial el Arcipreste, el más encariñado 
con la casa de Ulloa, pues mientras el cura de 
Boán y aun el de Naya atendían sobre todo al 
triunfo político, el Arcipreste miraba principal- 
mente al esplendor del hidalgo solar, al buen 
nombre de los Moscosos 

Todo anunciaba que el señor de los Pazos se 
llevaría el gato al agua, á pesar del enorme 
aparato de fuerza desplegado por el Gobierno. 
Se contaban los votos, se hacía un censo, se 
sabía que la superioridad numérica era tal, que 
las mayores diabluras de Trampeta no la echa- 
rían abajo. No disponía el Gobierno en el dis- 
trito sino de lo que, pomposamente hablando 
puede llamarse el elemento oficial. Si es verdad 
que éste influye mucho en Galicia, merced al 
carácter sumiso de los labriegos, allí en Cebre 
no podía contrapesar la acción de curas y se 
ñoritos reunidos en torno del formidable caci- 
que Barbacana. El Arcipreste resoplaba de 
gozo. ¡Cosa raral Barbacana mismo era el úni- 
co que no se las contaba felices. Preocupado y 
de peor humor á cada instante, torcía el gesto 
cuando algún cura entraba en su despacho, fro- 
tándose las manos de gusto, á noticiarle adhe- 
siones, caza de votos. 



POR E. PARDO BAZÁN 297 



;¡Qué elecciones aquellas, Dios eterno! ¡Qué 
lid reñidísima, qué disputar el terreno pulgada 
ú pulgada, empleando todo género de zancadi- 
llas y ardides! Trampeta parecía haberse con- 
vertido en media docena de hombres para tram- 
petear á la vez en media docena de sitios. True- 
ques de papeletas, retrasos y adelantos de 
riora, íalsicaciones, amenazas, palos no fue- 
ron arbitrios peculiares de esta elección, por 
haberse ensayado en otras muchas, pero unié- 
ronse á las estratagemas usuales algunos ras- 
gos de ingenio sutil, enteramente inéditos. En 
un colegio, las capas de los electores del mar- 
qués se rociaron de aguarrás y se les prendió 
fuego disimuladamente por medio de un fósfo- 
ro, con que los infelices salieron dando alari- 
dos y no aparecieron más. En otro se colocó la 
mesa electoral en un descanso de escalera; los 
votantes no podían subir sino de uno en uno, 
y doce paniaguados de Trampeta, haciendo 
fila, tuvieron interceptado el sitio durante toda 
la mañana, moliendo muy á su sabor á puñadas 
y coces á quien intentaba el asalto Picardía 
discreta y mañosa fué la practicada en Cebre 
mismo. 

Acudían allí los curas acompañando y ani- 
mando al rebaño de electores, á fin de que no 
se dejasen dominar por el pánico en el momen- 
to de depositar el voto. Para evitar que se la 
jugasen, Don Eugenio, valiéndose del derecho 
de intervención, sentó en la mesa á un labrie- 
go de los más adictos suyos, con orden termi- 
nante de no separar la vista un minuto de la 



298 LOS PAZOS DE ULLOA 

urna.— "¿Tú entendiste, Roque? No me apartas 
los ojos de ella, así se hunda el mundo.,,— Ins- 
talóse el payo, apoyando los codos en la mesa. 
y las manos en los carrillos , contemplando de 
hito en hito la misteriosa olla, tan fijamente 
como si intentase alguna experiencia de hip- 
notismo. Apenas alentaba, ni se movía más que 
si fuese hecho de piedra. Trampeta en persona, 
que daba sus vueltas por allí , llegó á impacien- 
tarse viendo al inmóvil testigo, pues ya otra- 
olla rellena de papeletas, cubiertas á gusto deL 
Alcalde y del secretario de la mesa, se escon- 
día debajo de ésta, guardando ocasión propicia, 
de sustituir á la verdadera urna. Destacó, pues, 
unseide encargado de seducir al vigilante, con- 
vidándole á comer, á ;har un trago, recurrien- 
do á todo género de insinuaciones halagüeñas. 
Tiempo perdido : el centinela ni siquiera miraba 
de reojo para ver á su interlocutor : su cabeza 
redonda, peluda, sus salientes mandíbulas , sus 
ojos que no pestañeaban, parecían imagen de 
la misma obstinación.— Y era preciso sacarle 
de allí, porque se acercaba la hora sacramen- 
tal, las cuatro, y había que ejecutar el escamo- 
teo de la olla Trampeta se agitó, hizo á sus 
adláteres preguntas referentes á la biografía 
del vigilante , y averiguó que tenía un pleito de 
tercería en la Audiencia , por el cual le habían 
embargado los bueyes y los frutos. Acercóse á 
la mesa disimuladamente, púsole una mano en 
el hombro , y gritó :— ¡ Fulano... ganaste el plei- 
to!— Saltó el labriego, electrizado.— ¡Qué me 
dices, hombre!— Se falló en la Audiencia ayer* 



POR E. PARDO BAZAN 299 



—Tú loqueas —Lo que oyes.— En este intervalo» 
el secretario de la mesa verificaba el trueque 
de pucheros : ni visto ni oído. El Alcalde se le- 
vantó con solemnidad. — "¡Señores. . se va á. 
proceder al discutinio ! n — Entra la gente en 
tropel : comienza la lectura de papeletas ■ mí- 
ranse los curas atónitos , al ver que el nombre 
de su candidato no aparece.— ¿Tú te moviste de 
ahí?— pregunta el abad de Naya al centinela — 
No, señor— responde éste con tal acento de sin- 
ceridad, que ninguna sospecha cabe.— Aquí al- 
guien nos vende— articula el abad de Ulloa en 
voz bronca, mirando desconfiadamente á Don 
Eugenio. Trampeta, con las manos en los bol- 
sillos , ríe á socapa. 

Tales amaños mermaron de un modo notable 
la votación del marqués de Ulloa, dejando cir- 
cunscrita la lucha, en el último momento, á 
disputarse un corto número de votos, del cual 
dependía la victoria. Llegado el instante crí- 
tico; cuando los ulloístas se juzgaban ya due- 
ños del campo, inclinaron la balanza del lado 
del gobjemo defecciones completamente im- 
pensadas, por no decir abominables traiciones,, 
de personas con quienes se contaba en absoluto, 
habiendo respondido de ellas la misma casa de 
los Fazos, por boca de su mayordomo. Golpe 
tan repentino y alevoso no pudo prevenirse ni 
evitarse. Primitivo, desmintiendo su acostum- 
brada impasibilidad, mamlestó una cóleía fu- 
riosa , desatándose en amenazas abordas con- 
tra los tránsfugas. 
Quien se mostró estoico fué Barbacana. La 



300 LOS PAZOS DE ÜLLOA 



tarde que se supo la pérdida definitiva de la 
■elección, el abogado estaba en su despacho, 
rodeado de tres ó cuatro personas. Ahogándose 
como ballena encallada en una playa y á quien 
el mar deja en seco, entró el Arcipreste, mo- 
rado de despecho y furor. Desplomóse en un 
sillón de cuero, echó ambas manos á la gar- 
ganta, arrancó el alzacuello, los botones de 
camisa y almilla, y trémulo, con los espejuelos 
torcidos y el fusique oprimido en el crispado 
puño izquierdo, se enjugó el sudor con un pa- 
ñuelo de hierbas. La serenidad del cacique le 
sacó de tino. 

— ¡Me pasmo, caramelos! ¡Me pasmo de ver- 
le con esa flema! ¿O no sabe lo que pasa? 

— Yo no me apuro por cosas que están pre- 
vistas. Es materia de elecciones, no se me coge 
á mí de susto. 

— ¿Y se esperaba lo que ocurre? 

— Como si lo viera. Aquí está el abad de 
Naya, que puede responder de que se lo profe- 
ticé. No atestiguo con muertos. 

— Verdad es— corroboró Don Eugenio, harto 
compugido. 

— ¿Y entonces, santo Dios, á qué tenernos 
embromados? 

— No les íbamos á dejar el distrito por suyo, 
sin disputárselo siquiera. ¿Les gustaría á uste- 
des? Legalmente el triunfo es nuestro. 

— Legalmente... jToma, caramelos! ¡Legal- 
mente, sí, pero vénganos con legalidades! ¡Y 
•esos Judas condenados que nos faltaron cuando 
precisamente pendía de ellos la cosa! ¡El he- 



POR E. PARDO BAZÁN 201 



rrero de Gondás ; , los dos Ponlles ; el albéi- 
tar!... 

—Esos no son Judas , no sea inocente, señor 
Arcipreste : esa es gente mandada , que acata- 
una consigna. El Judas es otro. 

— ¿Eeeeh? Ya entiendo, ya .. ¡ Hombre, si es- 
cierta esa maldad— que no puedo eonvencerme,. 
que se me atraganta — aún sería poco para el 
traidor el castigo de Judas ! Pero V , santo, 
¿por qué no le atajó? ¿Por qué no avisó? ¿Por 
qué no le arrancó la careta á ese pillo ? Si el se- 
ñor marqués de Ulloa supiese que tenía en casa- 
ai traidor, con atarle al pié de la cama y cru- 
zarle á latigazos... ¡Su propio mayordomo! Na 
sé cómo pudo V. estarse así, con esa flema. 

—Se dice luego ; pero mire V., cuando la elec^ 
ción estriba en una persona, y no caoe cercio- 
rarse de si está de buena ó mala fe , de poco- 
sirve revelar sospechas... Hay que aguardar el 
golpe atado de pies y manos .. son cosas que se 
ven á la prueba, y si salen mal, se debe callar 
y... guardarlas... 

Al pronunciar la palabra guardarlas ,el caci- 
que se daba una puñada en el pecho, cuya con- 
cavidad retumbó sordamente, lo mismo que de- 
bía retumbar la de San Jerónimo cuando el San- 
to la hería con el famoso pedrusco. 

Y algo se asemejaba Barbacana al tipo de los. 
San Jerónimos de escuela española , amojama- 
dos y huesudos , caracterizados por la luenga y 
enmarañada barba y el sombrío fuego de las pu- 
pilas negras. 

—De aquí no salen— añadió con torvo acento- 



302 LOS PAZOS DE ULLOA 

—y aquí no pierden el tiempo, que todavía na- 
die se la hizo á Barbacana sin que algún día se 
a pagase. Yrespecto del Judas, ¿cómo quería V. 
•que lo pudiésemos desenmascarar, si ahora, lo 
mismo que en tiempo de la pasión de Nuestro 
Señor Jesucristo, tenía la bolsa en la mano? Á 
ver, señor Arcipreste ; ¿quién nos ha facilitado 
as municiones para esta batalla? 

— ¿ Que quién las ha facilitado ? En realidad de 
verdad , la casa de Ulloa. 

—¿Las tenía disponibles? ¿Sí ó no? Ahí está 
el toque. Como esas casas no son más que va- 
nidad y vanidad, por no confesar que le faltaban 
los cuartos y no pedirlos á una persona de cono- 
cida honradez , pongo por ejemplo, un servidor, 
va y los recibe de un pillastre ; de una sangui- 
juela que le está chupando cuanto posee. 

—Buenas cosas van á decir de nosotros los 
badulaques de la Junta de Orense. Que somos 
unos estafermos y que no servimos para nada, 
i Perder una elección ! Es la primera vez de mi 
vida. 

—No. Que escogimos un candidato muy sim- 
ple. Hablando en plata, eso es lo que dirá la 
Junta de Orense. 

—Poco á poco— exclamó el Arcipreste, dis- 
puesto á romper lanzas por su caro señorito.— 
No estamos conformes... 

Aquí llegaban de su plática, y el auditorio, 
^ue se componía, además del abad de Naya, del 
de Boán y del señorito de Limioso, guardaba el 
silencio de la humillación y la derrota. De re- 
pente un espantoso estruendo, formado por los 



POR E. PARDO BAZÁN 303 

más discordantes y fieros ruidos que pueden 
desgarrar el tímpano humano, asordó la estan- 
cia. Sartenes rascadas con tenedores y cucha- 
ras de hierro ; tiestos de cocina tocados como 
címbalos ; cacerolas dentro de las cuales se agi- 
taba en vertiginoso remolino un molinillo de 
oatir chocolate; peroles de cobre en que tañían 
"broncas campanadas fuertes manos de almirez ; 
latas atadas á un cordel y arrastradas por el 
suelo ; trébedes repicadas con varillas de hie- 
rro ; y por cima de todo la lúgubre y ronca voz 
<iel cuerno, y la horrenda vociferación de mu- 
chas gargantas humanas , con esa cavernosidad 
que comunica á la laringe el exceso de vino en 
«1 estómago. Realmente acababan los bienaven- 
turados músicos de agotar una redonda coram 
"bre, que en la casa consistorial les había brin- 
dado la munificencia del Secretario. Por enton- 
ces, aún ignoraban los electores campesinos 
ciertos refinamientos , y no sabían pedir delvino 
que hierve y hace espuma , como algunos años 
después , contentándose con buen tinto empeci- 
nado del Borde. Al través de las vidrieras de 
Barbacana penetraba, junto con el sonido de los 
hórridos instrumentos y descompasada grite- 
ría , vaho vinoso , el olor tabernario de aquella 
patulea, ebria de algo más que del triunfo. El 
Arcipreste se enderezaba los espejuelos; su 
rostro congestionado revelaba inquietud. El cura 
de Boán fruncía el cano entrecejo. Don Eugenio 
se inclinaba á echarlo todo á broma. El señorito 
de Limioso, resuelto y tranquilo, se aproximó 
ú la ventana, alzó un visillo y miró. 



304 LOS PAZOS DE ULLOA 

La cencerrada proseguía implacable, frené- 
tica, azotando y arañando el aire como una mul- 
titud de gatos en celo el tejado donde pelean; 
súbitamente; de entre el alboroto grotesco se 
destacó un clamor que en España siempre tiene 
mucho de trágico : un muera. 

— ¡ Muera el Terso ! 

Un enjambre de mueras y vivas salió tras el 
primero. 

—¡ Mueran los curas ! 

— ¡ Muera la tiranía ! 

— i Viva Cebre y nuestro diputado ! 

— ¡ Viva la Soberanía nacional ! 

— ¡ Muera el marqués de Ulloa ! 

Más enérgico, más intencionado, más clara 
que los restantes, brotó este grito : 

— ¡ Muera el ladrón faucioso Barbacana ! 

Y el vocerío, unánime, repitió : 

— ¡ Mueraaaa ! 

Instantáneamente apareció junto á la mesa 
del abogado un hombre de siniestra catadura, 
hasta entonces oculto en un rincón. No vestía 
como los labriegos , sino como persona de baja 
condición en la ciudad : chaqueta de paño ne- 
gro, faja roja y hongo gris ; patillas cortas, de 
boca de hacha, redoblaban la dureza de su fiso- 
nomía, abultada de pómulos y ancha de sienes. 
Uno de sus hundidos ojuelos verdes relucía feli- 
namente ; el otro, inmóvil y cubierto con grue- 
sa nube blanca , semejaba hecho de cristal cua- 
jado. 

Abriendo Barbacana el cajón de su pupitre, 
sacaba de él dos enormes pistolas de arzón, 



POR E. PARDO BAZÁN 305 



prehistóricas sin duda, y las reconocía para 
cerciorarse de que estaban cargadas. Mirando 
al aparecido fijamente, pareció ofrecérselas 
con leve enarcamiento de cejas. Por toda res- 
puesta, el Tuerto de Castrodorna hizo asomar 
al borde de su faja el extremo de una navaja 
de cachas amarillas, que volvió á ocultar al 
punto El Arcipreste ,, que había perdido los 
bríos eon la obesidad y los años , sobresaltóse 
mucho. 

—Déjese de calaveradas, mi amigo. Por si 
acaso, me parece oportuno salir por la puerta 
de atrás. ¿En? No es cosa de aguardar á que 
esos incircuncisos vengan aquí á darle á uno 
tósigo. 

Mas ya el cura de Boán y el señorito de Li- 
mioso, unidos al Tuerto, formaban un grupo 
lleno de decisión. El señorito de Limioso , no 
desmintiendo su vieja sangre hidalga, aguar- 
daba sosegadamente, sin fanfarronería algu- 
na, pero con impávido corazón; el abad de 
Boán, nacido con más vocación de guerrillero 
que de misacantano, apretaba con júbilo la pis- 
tola, olfateaba el peligro, y, á ser caballo, hu- 
biese relinchado de gozo ; el Tuerto , encogido 
y crispado como un tigre , se situaba detrás de 
la puerta , á fin de destripar á mansalva ai pri- 
mero que entrase. 

—No tenga miedo, señor Arcipreste...— mur- 
muró gravemente Barbacana. — Perro que la- 
dra no muerde. Ni á romperme un vidrio se 
atreverán esos bocalanes. Pero conviene estar 
dispuesto, por si acaso, á enseñarles los dientes. 

20 



306 LOS PAZOS DE ULLOA 

Resonaban nutridos y feroces los mueras; 
mas , en efecto, ni una piedra sola venía á he- 
rir los cristales. El señorito de Limioso se acer- 
co otra vez, levantó el visillo y llamó á Don 
Eugenio. 

—Mire, Naya, mire para aquí... Buena gana 
tienen de subir ni de tirar piedras... Están bai- 
lando. 

Don Eugenio se llegó á la vidriera y soltó la 
carcajada. Entre la patulea de beodos, dos sei- 
dc¡> de Trampeta, cartelero el uno, el otro al- 
guacil, trataban de calentar á algunos de los 
que chilkiban más fuerte, para que atacasen la 
morada del abogado ; señalaban á la puerta, 
indicaban con ademanes elocuentes lo fácil que 
seria echarla abajo y entrar. Pero los borra- 
chos, que no por estarlo perdían la cautelosa 
prudencia, el saludable temor que inspira el 
cacique al labriego, se hacían los desentendi- 
dos , limitándose á berrear, á herir cazos y sar- 
tenes con mayor íuría. Y en el centro del corro, 
at compás de los almireces y cacerolas, brinca- 
ban como locos los más tomados de la bebida, 
los verdaderos pellejos. 

— Señures— dijo en grave y enronquecida voz 
Ramón Limioso.— Es siquiera una mala ver- 
güenza que esos pillos nos tengan aquí sitia- 
dos... Me dan ganas de salir y pegarles una co- 
rrida, que no paren hasta el Ayuntamiento. 

—Hombre— gruñó el abad de Boán:— V. poco 
habla, pero bueno. Vamos á meterles miedo,. 
¡quoniam! Estornudando solamente espanto 
yo media docena de esos pellejones. 



POR E. PARDO BAZÁN 307 

No pronunció el Tuerto palabra ; únicamente 
•su ojo verdoso se encendió con fosfórica luz , y 
miró á Barbacana como pidiéndole permiso de 
tomar parte en la empresa. Barbacana hizo con 
la cabeza señal afirmativa; pero le indicó al 
mismo tiempo que guardase la navaja. 

—Tiene razón— exclamó el hidalgo de Limio- 
«o, enderezando la cabeza y dilatando las ven- 
tanillas de la nariz con altanera expresión, muy 
•desusada en su lánguida y triste faz.— A esa 
gente , á palos y latigazos se les sacude el pol- 
vo. No ensuciar un arma que uno usa para el 
monte, para las perdices y las liebres, que valen 
más que ellos (fuera el alma). 

Y al decir fuera el alma, persignóse el se- 
ñorito. 

—Tengan miramiento, hombre, tengan mira- 
miento—murmuraba el Arcipreste difícilmente, 
■extendiendo las manos como para calmar los 
ánimos irritados. (¡Cuan lejos estaban los tiem- 
pos belicosos en que aseguraba una elección á 
puntapiés !) 

Barbacana no se opuso á la hazaña; al con- 
trario, pasó á otra estancia y volvió con un haz 
-de junquillos, palos y bastones. El cura de 
Boán no quiso más garrote que el suyo, que 
era formidable : Ramón Limioso , fiel á su des- 
dén de la grey villana, asió el látigo más del- 
gado, un latiguillo de montar. El Tuerto empu- 
ñó una especie de tralla, que, manejada por 
su diestra vigorosa, surtiría terrible efecto. 

Bajaron cautelosamente la escalera , cuidan- 
do de no zapatear, previsión que el endiablado 



308 LOS PAZOS DE ULLOA 



estrépito de la cencerrada hacía de todo punto 
ociosa Tenía la puerta su tranca y los cerrojos 
corridos , medida de precaución adoptada por 
la cocinera del abogado así que oyó estruendo 
de motín. El abad de Boán los descorrió impe- 
tuosamente, el Tuerto sacó la tranca, giró la 
llave en la cerradura, y clérigos y seglares se 
lanzaron contra la canalla, sin avisar ni dar vo- 
ces j con los dientes apretados , chispeantes los 
ojos, blandiendo látigos y esgrimiendo garrotes. 

No habrían transcurrido cinco minutos cuan- 
do Barbacana, que por detrás de los visillos 
registraba el teatro del combate , sonrió silen- 
ciosamente, ó más bien regañó los labios des^ 
cubriendo la amarilla dentadura, y apretó con 
nerviosa violencia la barandilla de la ventana. 
En todas direcciones huían los despavoridos 
borrachos, chillando como si los cargase un re- 
gimiento de caballería á galope : algunos trope- 
zaban y caían de bruces , y la tralla del Tuerta 
se les enroscaba alrededor de los lomos, arran- 
cándoles alaridos de dolor. Fustigaba el hidal- 
go de Limioso con menos crueldad, pero con 
soberano desprecio , como fustigaría á una pia- 
ra de marranos. El cura de Boán sacudía esta- 
cazo limpio, con regularidad y energía infatiga- 
bles. El de Naya, incapaz de mantenerse dentro- 
de los límites de su papel justiciero , insultaba, 
reía y vapuleaba á un mismo tiempo á los- 
beodos. 

— ¡Anda, tinaja, cuba, mosquito! ¡Toma r 
toma, para que vuelvas otra vez, pellejo, odre I 
i Ve á dormir la mona, cuero ! ¡Á la taberna coa, 



POR E. PARDO BAZÁN 309 

tus huesos, tarpán j tonel de mosto! ¡Á la cárcel, 
borrachos, á vomitar lo que tenéis enesastripasi 

Limpia estaba la calle ; más limpia ya que una 
patena: silencio profundo había sustituido al 
vocerío, á los mueras y á la cencerrada feroz. 
Por el suelo quedaban esparcidos despojos de 
la batalla : cazos , almireces , cuernos de buey. 
En la escalera se oía el bullicio de los vencedo- 
res , que subían celebrando su fácil triunfo. De- 
lante de todos entró Don Eugenio, que se echó 
en una butaca, partiéndose á carcajadas y pal- 
moteando. El cura de Boán le seguía limpián- 
dose el sudor. Ramón Limioso, seno, y aun me- 
lancólico, se limitó á entregar á Barbacana el 
latiguillo, sin despegar los labios. 

— ¡Van... buenos!— tartamudeó el abad de 
Naya, reventando de risa. 

—Yo mallé en ellos... como quien malla en 
centeno ¡—exclamó, respirando con placer, el de 
Boán. 

—Pues yo— explicó el hidalgo,— si supiese que 
habían de ser tan cobardes y echar á correr sin 
volvérsenos siquiera , á fe que no me tomo el 
trabajo de salir. 

—No se fíen— observó el Arcipreste.— Ahora 
en el Ayuntamiento los avergüenza Trampeta, 
y capaz es de venir acá en persona con los in- 
circuncisos á darle un susto al señor Licencia- 
do. (Así llamaban á Barbacana familiarmente 
sus amigos.) Por si acaso , es prudente que es- 
tos señores pasen aquí la noche. Yo tengo que 
misar mañana en Loiro, y mi hermana estará 
muerta de miedo... que si no...! 



310 LOS PAZOS DE ULLOA 

—Nada de eso— replicó perentoriamente Bar- 
bacana.— Estos señores se vuelven cada uno á 
su casa. No hay cuidado ninguno. A mí... me 
basta con este mozo— añadió señalando al 
Tuerto, agazapado otra vez en su rincón. 

No fué posible reducir al cacique a que acep- 
tase la guardia de honor que le ofrecían. Por 
otra parte, no se notaba síntoma alguno de que 
hubiese de alterarse el orden nuevamente. Ni 
se oían á lo lejos vociferaciones de electores- 
victoriosos. El soñoliento silencio de los pue- 
blecilios pequeños y sin vida pesaba sobre la 
villa de Cebre. Tres héroes de la gran batida, y 
el Arcipreste con ellos, salieron á caballo hacia 
la montaña. No iban cabizbajos, á fuer de mu- 
ñidores electorales derrotados, sino llenos de 
regocijo, con gran chachara y broma, celebran- 
do á más y mejor la somanta administrada á los 
borrachínes cencerreadores Don Eugenio es- 
taba mspirado, oportuno, bullanguero, ocurren- 
tísimo, en una palabra , hacia que oírle reme- 
dar los aullidos y la caída de ios ebrios en el 
lodo de la calle , y el gesto que ponía el cura de 
Boán al majar en ellos. 

Bai bacana se quedó solo con el Tuerto. Si 
alguno de los molidos músicos de la cencerrada 
se atreviese a asomar la cabeza y mirar hacia 
las ventanas del cacique , vería que , por fanfa- 
rronada ó por descuido, no estaban cerradas las 
maderas , y podría distinguir , al través de los 
visillos y destacándose sobre el fondo de la ha- 
bitación, alumbrada por el quinqué, las cabe- 
zas del Abogado y de su feroz defensor y seide. 



POR E. PARDO BAZÁN 311 



Sin duda hablaban de algo impoi iantc , porque 
la platica íué larga. Una hoia ó a%o más corrió 
üesdc que encendieron la luz n^Sia que id¿ iha- 
dci as se cerrar un, quedando lacasaoiic^iw»¿vi, 
tona y sombría, como quien oculta al¿an negro 
secreto. 



XXVII 



La persona en quien se notó mayor sentimien- 
to por 3a pérdida de las elecciones, lué Nu- 
cha. Desde la derrota se desmejoró más de lo 
que estaba, y creció su abatimiento tísico y mo- 
ral. Apenas salía de su habitación, donde vivía 
esclava de su niña, cosida á ella dia y noene. 
En la mesa, mientras comía poco y sin gana, 
guardaba silencio, y á veces Julián, que no 
apartaba los ojos de la señorita, la veía mo\ el- 
los labios, cosa frecuente en las perdonas po- 
seídas de una idea fija, que nublan para ¿i, sin 
emitir la voz. Don Pedro, huraño como nunca, 
no se tomaba el trabajo de intentar un asomo 
de conversación. Mascaba ñrme, bebía seco, y 
tenía los ojos fijos en el plato , cuando no en las 
vigas del techo, jamás en sus comensales. 

Tan deshecha y acabada le parecía al cape- 
llán la señorita, qae un día se atrevió, vencien- 
do recelos inexplicables, á llamar aparte á Don 
Pedro, preguntándole en voz entrecortada si 



312 LOS PAZOS DE ULLOA 

no sería bueno avisar al señor de Juncal para 
que viese... 

—¿Está V. loco?— respondió Don Pedro, ful- 
minándole una mirada despreciativa —Llamar 
á Juncal... ¿después de lo que trabajó contra mí 
en las elecciones? Máximo Juncal no atravesará 
más las puertas de esta cnsa. 

No replicó el capellán; pero pocos días des- 
pués, volviendo de Naya, se tropezó con el mé- 
dico Éste detuvo su caballejo, y, sin apearse, 
contestó á las preguntas de Julián 

—Puede ser grave .. Quedó muv débil del 
parto, y necesitaba cuidados exquisitos... Las 
mujeres nerviosas sanan d<:l cuerpo cuando se 
las tranquiliza y se les distrae el espíritu... 
Mire, Julián, tendríamos qué hablar para seis 
horas, si yo le dijese todo lo que pienso de esa 
infeliz señorita y de esos Pazos... Punto en 
boca .. Bonito diputado querían Vds. enviar á 
las Cortes... Más valdría que sus padres le 
hubiesen mandado á la escuela... 

"Puede ser grave„... Esto, principalmente, se 
clavó en el pensamiento de Julián. Sí que podía 
ser grave y, ¿de qué medios disponía él para 
conjurar la enfermedad y la muerte? De ningu- 
no. Envidió á los médicos. Él sólo tenía facul- 
tades para curar el espíritu : ni aun esas le ser- 
vían, pues Nucha no se confesaba con él : y has- 
ta la idea de que se confesase, de ver desnuda 
un alma tan hermosa, le confundía y turbaba. 

Muchas veces había pensado en semejante 
probabilidad : cualquier día era fácil que Nu- 
cha, por necesidad de desahogo y de consuelo, 



POR E. PARDO BAZÁN 313 

viniese á echársele á los pies en e* tribunal 
de la penitencia, solicitando consejos, fuerza, 
resignación.— Y ¿quién soy yo— se decía Julián 
—para guiar á una persona como la señorita 
Marcelina? Ni tengo edad, ni experiencia, ni sa- 
biduría suficiente : y lo peor es que también me 
falta virtud , porque yo debía aceptar gustoso 
todos los padecimientos de la señorita , creer 
que Dios se les envía para probarla, para acre- 
centar sus méritos, para darle mayor cantidad 
de gloria en el otro mundo...; y soy tan malo, 
tan carnal, tan ciego , tan inepto , que me paso 
la vida dudando de la bondad divina porque veo 
á esta pobre señora entre adversidades y tribu- 
laciones pasajeras... Pues no ha de ser así,— re- 
solvía el capellán con esfuerzo.— He de abrir los 
ojos, que para eso tengo la luz de la fe, negada 
á los incrédulos, á los impíos, á los que están 
en pecado mortal. Si la señorita me viene á pe- 
dir que la ayude á llevar la cruz , enseñémosla 
á que la abrace amorosamente. Es necesario 
que comprenda ella, y yo también, lo que signi- 
fica esa cruz. Con ella se va á la felicidad única 
y verdadera. Por muy dichosa que fuese la se- 
ñorita aquí en el mundo , vamos á ver , ¿ cuánto 
tiempo y de qué manera podría serlo? Aunque 
su marido la... estimase como merece, y la pu- 
siese sobre las niñas de sus ojos, ¿se libraría 
por eso de contrariedades, enfermedades , vejez 
y muerte r^Y cuando llega la hora de la muerte, 
¿qué importa ni de qué sirve haber pasado un 
poco más alegre y tranquila esta vidilla pere- 
cedera y despreciable? 



314 LOS PAZOS DE ULLOA 

Tenía Tulián siempre ala mano un ejemplar 
de \dilmitricifin d<» Crz&p; era 1a modesta edi- 
ción de la Librería religiosa, v castiza v admi- 
rable traducción del Padre Nierembers: AJ fren- 
te de la portada había un grabado, bien ínfimo 
como obía de arte, que proporcionaba al cape- 
llán mucho alivio cada vez que fijaba sus oíos 
en él Representaba una colina, el Calvario; y 
por el estrecho sendero que conducía al lugar 
del suplicio, iba subiendo lentamente Jesús, con 
la cruz acuestas y el rostro vuelto hacia un frai- 
le que allá en lontananza se echaba otra cruz al 
hombro. Aunque malo el dibujo y peor el des- 
empeño, respiraba aquel grabado una especie 
de resignación melancólica, adecuada á la si- 
tuación mocal del presbítero. Y después de ha- 
beilo contemplado despacio, parecíale sentir en 
los nombí us una pesadumbre abrumador a y dul- 
císima a la vez, y una calma honda, como si se 
encontrase— calculaba él para sí —sepultado en 
el iondo del mar, y el agua le rodease por todas 
parte, sm ahogarle. Entonces leía párrafos del 
libro de oro , que se le entraban en el alma á 
manera de hierro enrojecido en la carne : 

u ¿Por qué temes, pues, tomar la cruz, por la 
cual se va al reino ? En la cruz está la salud, en 
la cruz está la vida, en la cruz está la defensa 
de los enemigos, en la cruz está la infusión de 
la suavidad soberana, en la cruz está la for- 
taleza del corazón, en la cruz está el gozo del 
espíritu, en la cruz está la suma virtud, en 
la cruz está la perfección de la santidad... Toma, 
pues, tu cruz, y sigue á Jesús... Mira que todo 



POR B. PARDO BAZÁN 315 



consiste en la cruz , y todo está en morir ; y no 
hay otro camino para la vida y para la verda- 
dera paz, que el de la santa cruz y continua 
mortificación... Dispon y ordena todas las co- 
sas según tu querer, y no hallarás sino que has 
de padecer algo, ó de grado ó por fuerza; y así 
siempre hallarás la cruz , porque, ó sentirás do- 
lor en el cuerpo ó padecerás tribulación en el 
espíritu . Cuando llegares al punto de que la 
aflicción te sea dulce y gustosa por amor de 
Cristo, piensa entonces que te va bien, porque 
hallaste el paraíso en la tierra...,, 

— ¡ Cuándo llegaré yo á este estado de bien- 
aventuranza, Señor! — murmuraba Julián, po- 
niendo una señal en el Libro. Había oído algu- 
nas veces que Dios concede lo que se le pide 
mentalmente en el acto de consagrar la hostia 
y con muchas veras le pedía llegar al punto de» 
que su cruz... no. la de la pobre señorita, le 
fuese dulce y gustosa, como decía Kempis... 

Ala misa, en lacapiJla remozada, asistía siem- 
pre Nucha, oyéndola toda de rodillas, y reti- 
rándose cuando Julián daba gracias. Sin vol- 
verse ni distraerse en la oración , Julián conocía 
el instante en que se levantaba la señorita y el 
ruido imperceptible de sus pisadas sobre el en- 
tarimado nuevo. Cierta mañana no lo oyó. Este 
hecho tan sencillo le privó de rezar con sosiego» 
Al alzarse, vio á Nucha también en pié, con e\ 
índice sobre los labios. Perucho , que ayudaba 
á misa con desembarazo notable, se dedicaba á 
apagar los cirios, valiéndose de una luenga caña. 
La mirada de la señorita decía elocuentemente: 



316 LOS PAZOS DE ULLOA 



—Que se vaya ese niño. 

El capellán ordenó al acólito que despejase. 

Tardó éste algo en obedecer, deteniéndose en 
-doblar la toalla del lavatorio. Al ñn se fué, no 
muy de su grado. Llenaba la capilla olor de 
flores y barniz fresco; por las ventanas entraba 
una luz caliente, que cernían visillos de tafe. 
tan carmesí ; y las carnes de los santos del 
altar adquirían apariencia de vida, y la palidez 
de Nacha, artificialmente se sonroseaba. 

— ¿Julián?— preguntó con imperioso acento, 
•extraño en elia. 

—Señorita...— respondió él en voz baja, por 
respeto al lugar sagrado. Tembláronle los la- 
bios y las manos se le enfriaron, pues creyó 
llegado el terrible momento de la confesión. 

—Tenemos que hablar. Y ha de ser aquí , por 
fuerza En otras partes no falta quien aceche. 

— Es verdad que no falta. 
—¿Hará V. lo que le pida? 
— Ya sabe que... 

—¿Sea lo que sea? 

-Yo... 

Su turbación crecía: el corazón le latía con 
sordo ruido. Se recostó en el altar. 

—Es preciso— declaró Nucha sin apartar de 
él sus ojos, más que vagos, extraviados ya- 
que me ayude V. á salir de aquí. De esta casa. 

— Á... á... salir... — tartamudeó Julián, atur- 
-dido. 

—Quiero marcharme. Llevarme á mi niña. 
Volverme con mi padre. Para conseguirlo, hay 
que guardar el secreto. Si lo saben aquí, me 



POR E PARDO BAZÁN 317 



encerrarán con llave Me apartarán de la pe 
quena La matarán Sé de fijo que la' matarán. 

El tono, la expresión, la actitud, eran como- 
de quien tiene perturbadas su^ facultades men 
tales ; de mujer impulsada por excitación ner 
viosa, que raya en desvaríp 

—Señorita...— articuló el capellán, no menos, 
alterado— no esté de pié, no esté de pié... Sién- 
tese en este banquito... Hablemos con tranqui 
lidad... Ya conozco que tiene disgustos, seño- 
rita... Se necesita paciencia, prudencia... Cál- 
mese... 

Nucha se dejó caer en el banco. Respiraba 
fatigosamente, con -sobrealiento penoso Sus 
orejas , blanquecinas y despegadas del cráneo-,, 
transparentaban la luz Habiendo tomado alien- 
to, habló con cierta serenidad : 

— ¡ Paciencia y prudencia ! Tengo cuanta 
cabe en una mujer. Aquí no viene al caso 
disimular: ya sabe V. cuándo empezó á cla- 
várseme la espina: desde aquel día me pro- 
puse averiguar la verdad, y., no me costa 
gran trabajo. Digo , sí ; me costó un un com 
bale... En fin, eso es lo que menos importa. 
Por mí no pensaría en irme , pues no estoy 
buena y se me figura que . . . duraré poco. .. 
pero... ¿y la niña? > 

<— La niña... 

—La van á matar, Julián, esas... gentes. ¿No> 
ve V. que les estorba? ¿Pero no lo ve V.? 

— Por Dios le pido que sosiegue... Hable- 
mos con calma, con juicio... 

— ¡Estoy harta de tener calma!— exclamó con 



318 LOS PAZOS DE ULLOA 

— ■— — — » • ■ 

enfado Nucha, como el que oye una gran sim- 
pleza —He rogado, he rogado... He agotado to- 
dos los medios... No aguardo, no puedo aguar- 
dar mas Esperé á que se acabasen las eleccio- 
nes dichosas, porque creía que saldríamos dé 
aquí, v entonces spme pasaría el miedo... Yo 
tengo miedo en esta casa , ya lo sabe V., Ju- 
lián; miedo horrible.. Sobre todo de noche. 

Á la luz del sol que tamizaban los visillos car- 
mesíes , Julián vio las pupilas dilatadas de la se- 
ñorita, sus entreabierto" labios, sus enarcadas 
cejas , la expresión de mortal terror pintada en 
su rostro. 

—Tengo mucho miedo— repitió estremecién- 
dose. 

Renegaba Julián de su sosera. ¡ Cuánto daría 
por ser elocuente ! Y no se le ocurría nada , na- 
da. Los consuelos místicos que tenía preparados 
y atesorados ; la teoría de abrazarse á la cruz- 
todo se le había borrado ante aquel dolor volun- 
tarioso, palpitante y desbordado. 

—Ya desde que llegué .. esta casa tan grande 
y tan antigua...— prosiguió Nucha— me dio frío 
en el corazón... Sólo que ahora... no son tonte- 
rías de chiquilla mimada, no... Me van á matar 
a la pequeña... ¡V. lo verá! Así que la dejo con 
^1 ama, estoy en brasas... Acabemos pronto... 
Esto se va á resolver ahora mismo. Acudo á V., 
porque no puedo confiarme á nadie más... V. 
quiere á mi niña. 

—Lo que es quererla...— balbució Julián, casi 
afónico de puro enternecido. 

—Estoy sola, sola...— repitió Nucha, pasando- 



POR E. PARDO BAZÁN 319 

se la mano por las mejillas. Su voz sonaba como 
entrecortada por lágrimas que contenía —Pensé 
en condesarme con V., pero... buena confesión 
te de Dios ... No obedecería si V. me mandase 
quedarme aqui... Yasé que es mi obligación: la 
mujer no debe apartatse del mando Mi resolu- 
ción, cuando me case, eia .. 

Detúvose de pronto, y careándose con Julián, 
le pie» unió : 

—¿No le parece á V., como á mí, que este casa- 
miento tema que salir mal? Mi nermana Rita ya 
era casi novia del primo cuando el me pidió... 
Sm culpa mía, quedamos reñidasRita y yo des- 
de entonces... No sé cómo fué aquello ; bien sabe 
Dios que no puse nada de mi parte para que Pe- 
dro se lijase en mí. Papá me aconsejó que, de 
todos modos, me casase con el primo... Yo se- 
guí el consejo... Me propuse ser buena, querer- 
le mucho, obedecel le, cuidar de mis hijos... Dí- 
game V., Julián, ¿he faltado en algo? 

Julián cruzó las manos. Sus rodillas se dobla- 
ban, y á punto estuvo de hincarlas en tierra. 
Pronunció con entusiasmo : 

—V. es un ángel , señorita Marcelina. 

—No...— replicó ella— ángel no ; pero no me 
acuerdo de haber hecho daño á nadie. He cui- 
dado mucho á mi hermanito Gabriel, que era 
delicado de salud y no tenía madre... 

Al pronunciar esta frase, la ola rebosó, las lá- 
grimas corrieron por fin ; Nuch? respiró mejor, 
como si aquellos recuerdos de la infancia tem- 
plasen sus nervios y el llanto la diese alivio. 

—Y por cierto que le tomé tal cariño, que pen- 



320 LOS PAZOS DE ULLOA 

saba para mí : "Si tengo hijos algún día, no es 
posible quererlos más que á mi hermano. „ Des- 
pués he visto que esto era un disparate ; á los 
hijos se les quiere muchísimo más 

El cielo se nublaba lentamente, y se obscure- 
cía la capilla La señorita hablaba con sosiego 
melancólico. 

- Cuando mi hermano se fué al colegio de ar- 
tillería, yo no pensé más que en dar gusto á 
papá y en que se notase poco la falta de la po- 
bre mamá... Mis hermanas preferían ir á paseo, 
porque, como son bonitas, les gustaban las di- 
versiones Á mí me llamaban feuciía y bizca , y 
me aseguraban que no encontrana marido. 

— ¡ Ojalá ! — exclamó Julián sin poder repri- 
mirse 

- Yo me reía ; Para qué necesitaba casarme? 
Tenía á papá y á Gabriel con quien vivir siem- 
pre Si ellos se me morían, podía entrar en un 
convento el de las Carmelitas, en que. está la 
tía Dolores, me gustaba mucho. En ím, no he 
tenido culpa ninguna del disgusto de Rila. Cuan- 
do papá me enteró de las intenciones del primo r 
le dije que no quería quitarle el novio á mi her- 
mana , y entonces papá . me besuqueó mucho 
en los carrillos como cuando era pequeña, y... 
me parece que le estoy oyendo .. me respondió 
así "Rita es una tonta... cállate.,, ¡Pero, por 
mucho que dijese papá... al primo le seguía 
gustando Rita! .. 

Continuó después de algunos segundos de si- 
lencio : 
—Ya ve V. que no tenía mucho por qué envi- 



POR E. PARDO BAZAN 321 

diarme mi hermana... ¡ Cuánta niel he tragado, 
Julián! Cuando lo pienso, se me pone un nudo 
aquí... 

El capellán pudo al fin expresar parte de sus 
sentimientos. 

—No me extraña que se le ponga ese nudo .. 
Soy yo y lo tengo también... Día y noche estoy 
cavilando en sus males, señorita .. Cuando vi 
aquella señal... La lastimadura en la muñeca... 

Por primera vez durante la conversación se 
encendió el descolorido r ostro de Nucha , y sus 
ojos se velaron, cubriéndolos la caída délas pes- 
tañas. No respondió directamente. 

—Mire V.— murmuró con asomos de amarga 
sonrisa— que siempre me suceden á mí desgra- 
cias por cosas de que no tengo la culpa . Pedro 
se empeñaba en que yo le reclamase á papá la 
legítima de mamá , porque papá le negó un di- 
nero que le hacía falta para las elecciones Tam- 
oién se disgustó mucho porque la tía Marcelina, 
irue pensaba instituirme heredera , creo que va 
á dejarle á Rita los bienes . Yo no tengo que 
ver con nada de eso . ¿Por qué me matan? Ya 
>é que soy pobre ; no hay necesidad de r epetír 
meló. . En fin, esto es lo de menos . Me dolió 
Dastante más el que mi mando me dijese q,ue 
por mí se ve sin sucesión la casa de Moscoso... 
^Sin sucesión! ¿ Y mi niña? ¡Angelito de mis en- 
trañas! 

Lloraba la infeliz señora, lentamente, sin 
sollozar. Sus párpados tenían ya el matiz ro- 
jizo que dan los pintores á los de las Dolo- 
rosas. 

21 



322 LOS PAZOS DE ULLOA 

— Lo mío— añadió— no me importa. Lo mío lo 
aguantaría hasta el último instante. Que me... 
traten de un modo... ó de otro, que... que la cria- 
da... sea... ocupe mi sitio... bien... bien, pacien- 
cia, sería cuestión de tener paciencia, de sufrir, 
de dejarse morir... Pero está de por medio la 
niña... hay otro niño, otro hijo, un bastardo... La 
niña estorba. . ¡La matarán!... 

Repitió solemnemente y muy despacio : 

—La matarán. No me mire V. así. No estoy 
loca, sólo estoy excitada. He determinado mar- 
charme é irme á vivir con mi padre. Me parece 
que este no es ningún pecado, ni tampoco el lle- 
varme á la pequeña. Y si peco , no me lo diga, 
Julianciño!... Es resolución irrevocable. V. ven- 
drá conmigo, porque sola no conseguiría reali- 
zar mi plan. ¿Me acompañará? 

Julián quiso objetar algo; ¿que? No lo sabía 
él mismo. El diminutivo cariñoso usado por la 
señorita, la febril resolución con que hablaba, 
le vencieron. ¿Negarse á ayudar á la desdicha- 
da? Imposible. ¿Pensar en lo que el proyecto 
tenía de extraño, de inconveniente? Ni se le 
ocurrió un minuto. A fuer de criatura candoro- 
sa, una fuga tan absurda le pareció hasta fácil. 
¿Oponerse á la marcha? También él había teni- 
do y tenía á cada instante miedo, miedo cerval, 
no sólo por la niña, sino por la madre : ¿acaso 
no se le había ocurrido mil veces que la exis- 
tencia de las dos corría inminente peligro ? Ade- 
más, ¿qué cosa en el mundo dejaría él de inten- 
tar por secar aquellos ojos puros , por sosegar 
aquel anheloso pecho, por ver de nuevo á la 



POR E. PARDO BAZÁN 323 

señorita segura, honrada, respetada, cercada 
de miramientos en la casa paterna? 

Se representaba la escena de la escapatoria. 
Sería al amanecer Nucha iría envuelta en mu- 
chos abrigos. El cargaría con la niña, dormidi- 
ta y arropadísima también Por si acaso, lleva- 
ría en el bolsillo un tarro con leche caliente. 
Andando bien, llegarían á Cebre en tres horas 
escasas Allí se podían hacer sopas. La nena 
no pasaría hambre Tomarían en el coche la 
berlina, el sitio más cómodo Cada vuelta de la 
rueda les alejaría de los tétricos Pazos. 

Muy quedito, como quien se confiesa, empe- 
zaron á debatir y resolver estos pormenores. 
Otro rayo de sol entreabría las nubes, y los 
santos, en sus hornacinas , parecían sonreír be- 
névolamente al grupo del banquillo. Ni la Purí- 
sima de sueltos tirabuzones y traje blanco y 
azul, ni el San Antonio que hacía fiestas á un 
niño Jesús regordete, ni el San Pedro con la 
tiara y las llaves, ni siquiera el Arcángel San 
Miguel, el caballero de la ardiente espada, siem- 
pre dispuesto á rajar y hendir á Satanás, reve- 
laban en sus rostros pintados de fresco el más 
leve enojo contra el capellán ocupado en com- 
binar los preliminares de un rapto en toda re- 
gla, arrebatando una hija á su padre y una mu- 
jer á su legítimo dueño. 



524 LOS PAZOS DE ULLOA 



XXVIII 



Al llegar aquí de la narración, es preciso- 
acudir para completarla á las reminiscen- 
cias que grabaron para siempre en la imagina- 
ción del lindo rapazuelo, hijo de Sabel, los su- 
cesos de la memorable mañana en que por últi- 
ma vez ayudó á misa al bonachón de Don Julián 
(el cual, por más señas, solía darle dos cuartos 
una vez terminado el oficio divino). 

El primer recuerdo que Perucho conserva es 
que , al salir de la capilla , quedóse muy triste 
arrimado á la puerta, porque aquel día el cape- 
llán no le había dado cosa alguna. Chupándose 
el dedo y en actitud meditabunda , permaneció^ 
allí unos instantes, hasta que la misma falta de 
los dos cuartos acostumbrados le descubrió un 
rayo de luz : su abuelo le había prometido otros 
dos si le avisaba cuando la señora se quedase 
©n la capilla después de oida la misa ! Racioci- 
nando con sorprendente rigor matemático, cal- 
culó que , pues perdía dos cuartos por un lado, 
era urgente ganarlos por otro ; apenos concibió 
tan luminosa idea, sintió que las piernas le bai- 
laban, y echó á correr con toda la velocidad po- 
sible en busca de su abuelo. 

Atravesando la cocina, colóse en la habita- 
ción baja donde despachaba Primitivo, y, em- 



POR E. PARDO BAZÁN 325 



pujando la puerta, le vio sentado ante una gran 
mesa antigua, sobre la cual se encrespaba un 
marewiagnum de papelotes cubiertos de cifras 
engarrap atadas, de apuntes escritos con letra 
jorobada y escabrosa por mano que no debía de 
ser diestra, ni aun en palotes. La mesa y el cuar- 
to en general atraían á Perucho con el encanto 
que posee para la niñez lo desordenado y re- 
vuelto , los sitios en que se acumulan muchas 
-cosas variadas, pues imaginan ellos que cada 
montón de objetos es un mundo desconocido, un 
-deposito de tesoros inestimables. Rara vez en- 
traba allí Perucho; su abuelo acostumbraba 
echarle pata que no sorprendiese ciertas ope- 
raciones financieras que el mayordomo gustaba 
de realizar sin testigos. Cuando el nieto en- 
tró , la cara dura y metálica de Primitivo po- 
día confundirse con el tono bronceado de un 
acervo de calderilla ó montaña de cobre , de la 
cual iban saliendo columnitas, columnitas que el 
mayordomo alineaba en correcta formación... 
Perucho se quedó deslumhrado ante tan fabu- 
losa riqueza. ¡Allí estaban sus dos cuartos! 
4 Menuda pepita de aquel gran criadero de mo- 
nedas ! Lleno de esperanza , alzó la voz cuanto 
pudo, y dio su recado. Que la señora estaba en 
la capilla con el señor capellán... Que le habían 
despedido de allí. 

Iba á añadir— y que se me deben dos cuartos 
•ó cosa análoga por la noticia,— pero no le dio 
lugar á ello su abuelo, alzándose del sillón con 
la agilidad de bicho montes que caracterizaba 
.sus movimientos todos, no sin que al hacerlo 



326 LOS PAZOS DE ULLOA 

1 rodujese un tempestuoso remolino en el mar 
de calderilla , y la caída de algunas torres que r 
con sonoro estrépito , se rindieron á su gran pe- 
sadumbre. Primitivo salió corriendo hacia el 
interior de la casa. El chiquillo se quedó allí, 
solicitado por las dos tentaciones más fuertes 
que en su vida había sufrido. Era una la de co- 
merse las obleas , que con su provocativa blan- 
cura y encendido rojo le estaban convidando 
desde un bote de hoja delata; y aun cuando sería 
más glorioso para nuestro héroe vencer el go- 
loso capricho, la sinceridad obliga á declarar 
que alargó el dedo humedecido en saliva, y fué 
pescando una , dos , tres , hasta zamparse cuan- 
tas encerraba el bote. Satisfecha esta concupis- 
cencia, le apremió la otra, incitándole nada 
menos que á cobrarse por su mano de los dos 
cuartos prometidos , tomándolos del montón 
que tenía allí delante , á su disposición y altoe- 
drío. No sólo apetecía cobrarse del debido sala- 
rio, sino que le seducían principalmente unos 
ochavos roñosos, llamados de la fortuna en el 
país , y que merced á consideraciones muy lógi- 
cas en su mente infantil, le parecían preferibles 
\ las piezas gordas. Las adquisiciones y place- 
res de Perucho las representaba generalmente 
un ochavo. Por un ochavo le daba la rosquillera, 
en ferias y romerías , caramelos de alfeñique ó 
rosquillas bastantes; por un ochavo le vendíai 
bramante suficiente para el trompo , y le surtía 
el cohetero de pólvora en cantidad con que ha- 
cer regueritos; por un ochavo se procuraba 
tiras de mixtos de cartón, groseras aleluyas 



por e; pardo bazán 327 



impresas en papel amarillo, gaílos de barro 
con un pito en parte no muy decorosa. Y todo 
esto lo tenía al alcance de su mano , como las 
obleas; ¡y nadie le veía ni podía delatarle! El 
angelote se empinó en la punta de los pies para 
alcanzar mejor el dinero , alargó á la vez am- 
bas palmas, y las sumergió en el mar de cobre... 
Las paseó mucho rato por la superficie sin osar 
cerrarlas... Por fin hizo presa en un puñado de 
ochavos, y entonces apretó el puño fortísima- 
mente, con la intensidad propia de los niños, 
que temen siempre se les escape la dicha por la 
mano abierta... Y así se mantuvo inmóvil, sin 
atreverse á retraer aquella diestra pecadora y 
cargada de botín al seguro rincón del seno, 
donde almacenaba siempre sus latrocinios. Por- 
que es de advertir que Perucho tenía bastante 
de ca^Oj y con la mayor frescura se apropiaba 
huevos, trata, y en general cuantos objetos 
codiciaba; pero, con respeto supersticioso de 
aldeano, que sólo juzga propiedad ajena el di- 
nero , jamás había tocado á una moneda. En el 
alma de Perucho se verificaba una de esas en- 
carnizadas luchas entre el deber y la pasión, 
cantadas por la musa dramática : el ángel malo 
y el bueno le tiraban cada uno de una oreja , y 
no sabía á cuál atender. ¡Tremendo conflicto! 
Pero regocíjense el cielo y los hombres, pues 
venció el espíritu de luz. ¿Fué el primer des- 
pertar de ese sentimiento de honor que dicta al 
hombre heroicos sacrificios? ¿Fué una gota de 
la sangre de Moscoso, que realmente corría 
por sus venas, y que, con la misteriosa energía 



328 LOS PAZOS DE ULLOA 



de la transmisión hereditaria, le guió la volun- 
tad como por medio de una rienda? ¿Fué tem- 
prano fruto de las lecciones de Julián y Nucha? 
Lo cierto es que el rapaz abrió la mano, sepa- 
rando mucho los dedos , y los ochavos apresa- 
dos cayeron entre los restantes con sonoro 
retintín. 

No por eso hay que figurarse que Perucho 
renunciaba á sus dos cuartos , los ganados hon- 
radamente con la agilidad de sus piernas. ¡Re- 
nunciar! ¡ Á buena parte ! Aquel mismo embrión 
de conciencia que en el fondo de su ser, donde 
todos tenemos escrita desde abinicio gran par- 
te del Decálogo, le gritaba— no hurtarás— le 
dijo con no menor energía: — tienes derecho á 
reclamar lo que te han ofrecido.— Y obedecien- 
do á la impulsión , la criatura echó á correr en 
la misma dirección que su abuelo. 

Casualmente tropezó con él en la cocina, 
donde preguntaba algo á Sabel en queda voz. 
Acercósele Perucho, y asiéndole de la chaque- 
ta, exclamó: 

— ¿Mis dos cuartos? 

No hizo caso Primitivo. Dialogaba con su 
hija, 3^, á lo que Perucho pudo comprender, ésta 
explicaba que el señorito había salido de ma- 
drugada á tirar á los pollos de perdiz, y supo- 
nía que anduviese hacia la parte del camino de 
Cebre. El abuelo soltó un juramento que usaba 
á menudo y que Perucho solía repetir por fan- 
farronada, y sin más conversación, se alejó. 

Aseguró Perucho después que le había lla- 
mado la atención ver salir al abuelo sin tomar 



POR E. PARDO BAZÁN 329 

la escopeta y el sombrerón de alas anchas, 
prendas que no soltaba nunca . Semejante idea 
debió de ocurrírsele al chiquillo más tarde , en 
vista de los sucesos. Al pronto sólo pensó en 
alcanzar á Primitivo , y lo logró en lo alto del 
camino que desciende á los Fazos. Aunque el 
cazador iba como el pensamiento, el rapaz 
también corría en regla. 

*-¡Anda al demonio! ¿Qué se te ofrece?— 
gruñó Primitivo al conocer á su nieto. 

—¡Mis dos cuartos! 

—Te doy caatro en casa si me ayudas á bus- 
car por el monte al señorito, y le dices, en cuanto 
le veas lo qae me dijiste á mí , ¿entiendes? Que 
el capellán cata con la señora encerrado en la 
capilla y que te echaron de allí para quedar 
solos. 

El angelón fijo sus pupilas límpidas en los 
fascinadores ojuelos de víbora de su abuelo* y 
sin esperar mas instrucciones, abriendo mucho 
la boca, salió á galope hacia donde por instinto 
juzgaba él que el señorito podía encontrarse. 
Volaba, con los puños apretados, haciendo sal- 
tar guijarros y tierra al golpe de sus piececi- 
llos encallecidos por la planta. Cruzaba por 
cima de los tojos sin sentir las espinas , hollan- 
do las flores del rosado brezo , salvando mato- 
rrales casi tan altos como su persona , espan- 
tando la liebre oculta detrás de un madroño ro 
ó la pega posada en las ramas bajas del pino. 
De repente oyó el andar de una persona, y vio 
al señorito salir de entre el robledal... Loco de 
júbilo , se acercó á darle su recado , del cual es- 



330 LOS PAZOS DE ULLOA 



peraba albricias. Estas fueron la misma pala 
brota inmunda y atroz que había expectorado 
su abuelo en la cocina ; y el señorito salió dis- 
parado en dirección de los Pazos , como si un 
torbellino le arrebatase. 

Perucho se quedó algunos instantes atortola- 
do y suspenso: él afirma que al poco rato volvió 
á embargar su ánimo el deseo de los cuartos 
ofrecidos, que ya ascendían á la respetable 
suma de cuatro. Para obtenerlos era menester 
buscar á su abuelo, y avisarle del encuentro 
con el señorito : no lo tuvo por difícil , pues re- 
cordaba aproximadamente el punto del bosque 
donde Primitivo quedaba; y por atajos y veri- 
cuetos sólo practicables para los conejos y para 
él], Perucho se lanzó tras la pista del mayordo- 
mo. Trepaba por un murallón medio deshecho 
ya , amparo de un viñedo colgado , por decirlo 
así, en la falda abrupta del monte , cuando del 
otro lado del baluarte que escalaba creyó sentir 
rumor de pisadas , que la finura de su oído no 
confundió con las del cazador ; y con el instinto 
cauteloso de los niños hijos de la naturaleza y 
entregados á sí propios, se agachó, quedando 
encubierto por el murallón, de modo que sólo 
rebasase la frente. No podía dudarlo ; eran pisa- 
das humanas , bien distintas de la corrida de la 
liebre por entre las hojas, ó de los golpecitos 
secos y reiterados que sacuden las patas ungu* 
ladas del zorro ó del perro. Pisadas humanas 
eran, aunque sí muy recelosas , apagadas y len- 
tísimas. Parecían de alguien que procuraba 
emboscarse. Y, en efecto, poco tardó el niño en 



POR E. PARDO BAZÁN 331 



ver asomar , gateando entre los matorrales , á 
un hombre cuya descripción acaso había oído 
mil veces en las veladas , en las deshojas , acom- 
pañada de exclamaciones de terror. El hongo 
gris, la faja roja, las recortadas patillas desta- 
cándose sobre el rostro color de sebo, y sobre 
todo el ojo blanco , sin vista , frío como un pe- 
dazo de cuarzo de la carretera, en suma la 
desapacible catadura del Tuerto de Castro- 
dorna, dejó absorto al chiquillo. Apretaba el 
Tuerto contra su pecho corto y ancho trabuco, 
y, después de girar hacia todas partes el único 
lucero de su fea cara, de aguzar el oído , de ol 
fatear, por decirlo así ; el aire , arrimóse al mu 
rallón, medio arrodillándose tras de un seto de 
zarzas y brezo que lo guarnecía. Perucho, cu 
yos pies descansaban en las anfractuosidades 
del muro, se quedó como incrustado en él, sin 
osar respirar, ni bajarse, ni moverse, porque 
aquel hombre desconocido , mal encarado y en 
acecho , le infundía el pavor irracional de los 
niños , que adivinan peligros cuya extensión 
ignoran. Por mucho que le aguijonease el deseo 
de sus cuatro cuartos , no se atrevía á descol 
garse del murallón , temiendo hacer ruido y que 
le apuntase con el cañón de aquel arma, cuya 
ancha boca debía , de seguro , vomitar fuego y 
muerte... Así transcurrieron diez segundos de 
angustia para el angelote. Antes que pudiese 
entrar á cuentas con el miedo , ocurrió un nue 
vo incidente. Sintió otra vez pasos , no recelo 
sos, como de quien se oculta, sino precipitados 
como de quien va adonde le importa llegar 



332 LOS PAZOS DE ULLOA 



presto ; y por el camino hondo que limitaba el 
murallón, divisó á su abuelo que avanzaba en 
dirección de los Pazos , sin duda con su vista 
de águila había divisado al señorito, y le se- 
guía, intentando darle alcance. Iba Primitivo 
distraído, con el propósito de reunirse á Don 
Pedro, y no miraba á parte alguna. Llegó á 
atravesar por delante del muro. El niño enton- 
ces vio una cosa terrible, una cosa que recordó 
años después y aun toda su vida: el hombre 
emboscado se incorporaba, con su único ojo 
-centelleante y fiero , se echaba á la cara la for- 
midable tercerola negra; flotaba un borrón de 
humo, que el aire disipó instantáneamente , y al 
través de sus últimos tules grises, el abuelo 
giraba sobre sí mismo como una peonza, y caía 
boca abajo, mordiendo sin duda, en suprema 
convulsión, la hierba y el lodo del camino. 

Asegura Perucho que no ha sabido jamás Sj 
fué el miedo ó su propia voluntad lo que le 
obligó á descolgarse del murallón, y descender, 
más bien que á saltos , rodando, los atajos cono- 
cidos, magullándose el cuerpo, poniéndose en 
trizas la ropa sin hacer caso de lo uno ni de lo 
otro. Rebotó como una pelota por entre las nu- 
dosas cepas , brincó por cima de los muros de 
piedra que las sostenían ; salvó como una flecha 
sembrados, de maíz , metióse de patas en los re- 
gatos, mojándose hasta la cintura, por no de- 
tenerse á seguir las pasaderas de piedra; salvó 
vallados tres veces más altos que su cuerpo; 
•cruzó setos, saltó hondonadas y zanjas ; no com- 
prendió por dónde ni cómo, pero el caso es que, 



POR E. PARDO BAZAN 



arañado, ensangrentado, sudoroso, jadeante, se- 
encontró en los Pazos, y maquinalmente volvió- 
ai punto de partida , la capilla , donde entró en- 
teramente olvidado de los cuatro cuartos , pri- 
mer móvil de sus aventuras todas. 

Estaba escrito que aquella mañana había de 
ser fecunda en extraordinarias sorpresas En la. 
capilla acostumbraba Perucho notar que se ha- 
blaba bajito, se andaba despacio, se contenía. 
hasta la respiración : el menor desliz en tal ma- 
teria solía costarle un severo regaño de Don Ju- 
lián ; de modo que, sobreponiéndose el instinto- 
y el hábito al azoramiento y trastorno, penetró' 
en el sagrado lugar con actitud respetuosa. En 
él sucedía algo que le causó un asombro casi 
mayor que el de la catástrofe de su abuelo. Re- 
costada en el altar se encontraba la señora de 
Moscoso, con un color como una muerta, los 
ojos cerrados, las cejas fruncidas, temblando- 
con todo su cuerpo : frente á ella , el señorito 
vociferaba, muy de prisa y en ademán amena- 
dor, cosas que no entendió el niño , mientras ei 
capellán, con las manos cruzadas y la fisonomía- 
revelando un espanto y dolor tales que nunca 
había visto Perucho en rostro humano expre- 
sión parecida, imploraba, imploraba al señori- 
to, á la señorita, al altar, á los santos .. y de 
repente, renunciando á la súplica, se colocaba, 
encendido y con los ojos chispeantes, dando 
cara al marqués, como desafiándole... Y Peru- 
cho comprendía , á medias , frases indignadas, 
frases donde se desbordaban la cólera , el furor, 
la indignación, la ira, el insulto ; y sin saber la 



334 LOS PAZOS DE UIXOA 



«ausa de alboroto semejante, deducía que el se- 
ñorito estaba atrozmente enfadado , que iba á 
pegar á la señorita, á matarla quizás; á desha- 
cer á Don Julián ; á echar abajo los altares ; á 
quemar tal vez la capilla... 

El niño recordó entonces escenas análogas, 
pero cuyo teatro era la cocina de ios Pazos, y 
las víctimas su madre y él : el señorito tenía en- 
tonces la misma cara, idéntico tono de voz Y 
en medio de la confusión de sa cierno cerebro; 
de los terrores que se reunían para aturdirlo, 
una idea, superior á todas, se levantó triunfan- 
te. No cabía duda que el señorito se disponía á 
acogotar á su esposa y al capellán; también 
acababan de matar á su abuelo en el monte; 
aquel día , según indicios , debía de ser el de la 
general matanza. ¿Quién sabe si luego que aca- 
base con su mujer y con Don Julián, se le ocu- 
rriría al señorito quitar la vida a la nene? Se- 
mejante pensamiento devolvió á Perucho toda 
la actividad y eneigía que acostumbraba des- 
plegar para el logio de sus azarosas empresas 
en coriaies, gahmeíos y establos. 

Escurrióse bonuameiite de la capilla, resuelto 
a salvar á toda cosía la vida de la heredera de 
Mcs( o^o ¿Cómo híiiía? faltábale tiempo de ma- 
cular el pian . lo que importaba era obrar con 
ccIct 'dad. y ro an edrai se ante obstáculo algu- 
no Se deslizó sin ser visto por la cocina, y subió 
la encale: a á escape. Llegado que hubo á las 
hab'taciones altas, residencia de los señores, de 
tal maneía supo amortiguar el ruido de sus pi- 
sadas que el cídomás fino lo confundiría con 



POR E. PARDO BAZÁN 335 

el susurro del aire al agitar una cortina. Lo que 
él temía era encontrar cerrada la puerta del 
dormitorio de Nucha. El corazón le dio unbrinco 
de alegría al verla entornada. 

La empujó con suavidad de gato que esconde 
las uñas... Tenía la maldita puerta el vicio de 
rechinar; pero tan sutil fué el empuje, que ape- 
nas gimió sordamente : Perucho se coló en la 
habitación, ocultándose tras del biombo. Por 
uno de los muchos agujeros que este lucía, miró 
al otro lado, hacia donde estaba la cuna. Vio á 
la niña dormida, y al ama, de bruces sobre el 
lecho de Nucha, roncando sordamente. No era 
de temer que se despabilase la marmota : el ra- 
paz podía á mansalva realizar sus propósitos. 

Sin embargo , convenía que no despertase la 
chiquilla , no fuese á alborotar la casa lloriquean- 
do. Perucho la tomó como quien toma un mu- 
ñeco de cristal muy rompedizo y precioso : sus 
palmas llenas de callos y sus brazos, hechos á 
disparar certeras pedradas y á descargar puñe- 
tazos en el testuz de los bueyes , adquirieron de 
golpe delicadeza exquisita, y la nene, envuelta 
en el pañolón de calceta, no gruñó siquiera al 
trocar la cama por los brazos de su precoz rap- 
tor. Éste, conteniendo hasta el respirar, andando 
con paso furtivo, rápido y cauteloso— el andaí 
de la gata que lleva á sus cachorros entre los 
dientes, colgados de la piel del pescuezo— se 
dirigió á buscar la salida por el claustro, pues 
de cruzar la cocina era probable una sorpresa. 

En el claustro se paró obra de diez segundos, 
Tpara meditar. ¿Dónde escondería su tesoro? 



336 LOS PAZOS DE ULLOA 

;En el pajar, en el herbeiro , en el hórreo, en el 
establo? Optó por el hórreo — el lugar menos 
frecuentado y más obscuro.— Fajaría la escale- 
ra • se escurriría por el claustro : se colaría por 
las cuadras ■ salvaría la era , y después , nada 
más sencillo que ocultarse en el escondrijo. Di- 
cho y hecho. 

Arrimada al hórreo estaba la escala. Perucho 
comenzó á subir, operación bastante difícil aten- 
dido el estorbo que le hacía la chiquilla. Lo es- 
trecho y vertical de los travesanos imponía la 
necesidad de agarrarse con manos y pies al ir 
ascendiendo : Perucho no disponía de las ma- 
nos . la energía de la voluntad se le comunicó 
al dedo gordo del pié , que semejaba casi pre- 
hensil á fuerza de adaptarse y adherirse á las 
barras de palo, bruñidas ya con el uso. En mitad 
de la ascensión pensó que rodaba al pié del hó- 
rreo , y apretó contra el pecho á la niña , que, 
despertándose, rompió enllanto... ¡Que lloraseí 
Allí no la oía alma viviente ; por la era sólo va- 
gaba media docena de gallinas , disputando á dos 
gorrinos las hojas de una col. Perucho entró 
triunfante por la puerta del hórreo... 

Las espigas de maíz no lo llenaban hasta el 
techo, dejando algún espacio suficiente para 
que dos personas minúsculas , como Perucho y 
su protegida, pudiesen acomodarse y revolver- 
se. El rapaz se sentó sin soltar ala nena, di- 
ciéndola mil chuscadas y zalamerías á fin de 
acallarla, abusando del diminutivo que tan ca- 
riñosa gracia adquiere en labios del aldearfb. 

— Reiniña, mona, ruliña, calla, calla, que te 



POR E. PARDO BAZAN 337 



he de dar cosas bunitas, Dimitas, bunitiñas... 
¡Si no callas, viene un cocón y te come! Velo, 
ahí viene! ¡Calla, soliño, paloma blanca, rosita! 

No por virtud de las exhortaciones, pero sí 
por haber conocido á su amigo predilecto, la 
niña callaba ya. Mirábale , y, sonriendo regoci- 
jadamente, le pasaba las manos por la cara, 
gorjeaba, se bababa, y miraba con curiosidad 
alrededor. Extrañaba el sitio. Enfrente , alrede- 
dor, debajo , por todos lados , la rodeaba un mar 
de espigas de oro , que al menor movimiento de 
Perucho se derrumbaban en suaves cascadas, 
y donde el sol , penetrando por los intersticios 
del enrejado del hórreo, tendía galones más 
claros, movibles listas de luz. Perucho com- 
prendió que poseía en las espigas un recurso 
inestimable para divertir á la pequeña. Tan 
pronto le daba una en la mano, como alzaba 
con muchas una especie de pirámide; la nene 
se entretenía en derribarla ó forjarse la ilusión 
de que la derribaba, pues realmente una pata- 
da de Perucho hacía el milagro. Reía ella lo 
mismo que una loca, y pedía impaciente, por 
señas, que renovasen el juego. 

Pronto se cansó de él. Con todo, estaba de 
buen humor, gracias á la compañía de Perucho. 
Su mirada risueña y dulce , fija en la de su com- 
pañero, parecía decirle : — ¿ Qué mejor juego 
que estar juntos? Disfrutemos de este bien que 
siempre nos han dado con tasa.— En vista de 
tan^cariñosas disposiciones, Perucho se entre- 
gó al placer de halagarla á su sabor. Ya le apo- 
yaba un dedo en el carrillo , para provocarla á 

22 



338 LOS PAZOS DE ULLOA 

risa; ya remedaba á un lagarto arrastrando la 
mano por el cuerpo de la nene arriba, é imi- 
tando los culebreos del rabo ; ya se fingía enco- 
lerizado, espantaba los ojos, hinchaba los ca- 
rriños, cerraba los puños y resoplaba fiera- 
mente; ya, tomando á la nena en peso, la subía 
en alto y figuraba dejarla caer de golpe sobre 
las espigas. Por último, recelando cansarla, la 
cogió en brazos , se sentó á la turca, y comenzó 
á mecerla y arrullarla blandamente, con tanta 
suavidad , precaución y ternura como pudiera 
su propia madre. 

¡Qué ganas , qué violentos antojos se le pasa- 
ban! ... ¿De qué? En las veces que fué admitido 
á la intimidad de la habitación de Nucha y se 
le consintió aproximarse á la nene y vivir su 
vida, jamás osara hacerlo... Miedo de que le 
riñesen ó echasen; vago respeto religioso que 
se imponía á su alma de pilluelo diabólico; ver- 
güenza, falta de costumbre de sus labios, que 
á nadie besaban ; todo se unía para impedirle 
satisfacer una aspiración que él juzgaba ambi- 
ciosa y punto menos que sacrilega... Pero ahora 
era dueño del tesoro ; ahora la nene le pertene- 
cía; la había ganado en buena lid, la poseía por 
derecho de conquista, ¡ese derecho que com- 
prenden los mismos salvajes ! Adelantó mucho 
el hocico , igual que si fuese á catar alguna go- 
losina, y tocó la frente y los ojos de la peque- 
ña... Después desenvolvió lentamente los plie- 
gues del mantón, y descubrió las piernas, 
calentitas como chicharrones, que apenas se 
vieron libres del envoltorio , comenzaron á bai- 



POR E. PARDO BAZÁN 339 

lar, sacudiendo sus favoritas patadas de júbilo. 
Perucho alzó hasta la boca un pié, luego otro, 
y así, alternando, se pasó un rato regular; sus 
tesos hacían cosquillas á la niña, que soltaba 
repentinas carcajadas y se quedaba luego muy 
seria; pero en breve empezó á sentir frío, y, 
con la rapidez que presentan en los niños muy 
chicos los cambios de temperatura, los piececi- 
llos se le quedaron casi helados. Al punto lo 
advirtió Perucho , y echándoles repetidas veces 
el aliento , como había visto hacer á la vaca con 
sus recentales , los envolvió en mantillas y pa- 
ñolón, y nuevamente llegó á sí á la criatura, 
meciéndola. 

El más glorioso conquistador no sobrepujaría 
<en orgullo y satisfacción en tales momentos, 
á Perucho, cuando juzgaba evidente que había 
salvado á la nene de ia degollación segura y 
puéstola á buen recaudo, donde nadie daría con 
eña. Ni un minuto recordó al duro y bronceado 
abuelo tendido allá junto al paredón... Á menu- 
do se ve al niño , deshecho en lágrimas al pié 
del cadáver de su madre, consolarse con un 
juguete ó un cartucho de dulces: quizá vuelvan 
más adelante la tristeza y el recuerdo ; pero la 
impresión capital del dolor ya se ha borrado 
para siempre. Así Perucho. La ventura de po- 
seer á su nene adorada, la gloria de defender su 
vida, le distraían de los trágicos acontecimien- 
tos recientes. No se acordaba del abuelo, no, ni 
4el trabucazo que le había tumbado como él 
tumbaba las perdices. 

Con todo, velo medroso y tétrico debía de en- 



340 LOS PAZOS DE ULLOA 



volver su imaginación, según el cuento que em- 
pezó á referir en voz hueca á la nene , lo mismo 
que si ella pudiese comprender lo que le habla- 
ban. ¿De dónde procedía este cuento, variante 
de la leyenda del ogro? ¿Lo oiría Perucho en 
alguna velada junto al lar, mientras hilaban las 
viejas y pelaban castañas las mozas? ¿Sería 
creación de su mente excitada por los terrores 
de un día tan excepcional?— Una ves— empe- 
zaba el cuento — era un rey muy malo, muy ga- 
lopín, que se comía la gente y las presonas 
vivas... Este rey tenía una nene bunita, bunita, 
como la/rol de Mayo... y pequeñita, pequeñita, 
como un grano de millo (maíz quería decir Pe- 
rucho). Y el malo bribón del rey quería comer- 
la, porque era el coco, y tenía una cara más 
fea, más fea que la del diaño... (Perucho hacía 
horribles muecas , á fin de expresar la fealdad 
extraordinaria del rey. ) Y una noche dijo él, 
dice : —Heme de comer mañana por la mañanita 
trempano á la nene... así , así. (Abría y cerraba 
la boca haciendo chocar las mandíbulas , como 
los papamoscas de las catedrales.) Y había un 
pag arito sobre un arbole, y oyó al rey, y dijo, 
dice:— Comer, no la has de comer, coco feo. ¿Y 
va y qué hace el pa garito ? Entra por la venta- 
nita... y el rey estaba durmiendo. (Recostábala 
cabeza en las espigas de maíz y roncaba estre- 
pitosamente para representar el sueño del rey.) 
Y va el pagarito y con el bico le saca un ojo, y 
el rey queda chosco. (Guiñaba el ojo izquierdo,, 
mostrando cómo el rey se halló tuerto.) Y el 
rey á despertar y á llorar, llorar, llorar (imita- 



POR E. PARDO BAZAN 341 

ción de llanto) por su ojo, y el pagar ito á se 
reír muy puesto en el arbole... Y va y salta y 
dijo, dice:— Si no comes á la nene y me la re- 
galas, tedoy el ojo... Y va el rey y dice: Bueno... 
Y va el pagarito, y se casó con la nene , y esta- 
ban siempre cantando unas cosas muy precio- 
sas, y tocando la gaita... (solo de este instru- 
mento) : y entré por una porta y salí por otra, 
y manda el rey que te lo cuente otra vez ! 

La nene no oyó el final del cuento... La músi- 
ca de las palabras,, que no le despertaban idea 
alguna, el haber vuelto á entrar en calor, la 
misma satisfacción de estar con su favorito , le 
trajeron insensiblemente el sueño anterior, y 
Perucho, al armar la algazara acostumbrada 
cuando terminan los cuentos de cocos , la vio 
con los ojos cerrados... Acomodó lo mejor que 
pudo el lecho de espigas ; llególe el mantón al 
rostro, como hacía Nucha, para que no se le 
enfriase el hociquito, y muy denodado y resuel- 
to á hacer centinela, se arrimó á la puerta del 
hórreo, en una esquina, reclinándose en un 
montón de maíz. Pero fuese la inmovilidad , ó el 
cansancio, ó la reacción de tantas emociones 
consecutivas , también á él la cabeza le pesaba 
y se le entornaban los párpados. Se los frotó con 
los dedos , bostezó, luchó algunos minutos con 
el sueño invasor... Éste venció al cabo. Los dos 
ángeles refugiados en el hórreo dormían en paz. 

Entre las representaciones de una especie de 
pesadilla angustiosa que agitaba á Perucho, 
veía el muchacho un animalazo de desmesurado 
grandor, bestión indómito que se acercaba á él ru- 



342 LOS PAZOS DE ULLOA 

giendo, bramando y dispuesto á zampárselo de 
un bocado ó á deshacerlo de una uñada... Se le 
erizó el cabello, le temblaron las carnes, y un 
sudor frío le empapóla sien... ¡Qué monstruo tan 
espantoso! Ya se acerca... ya cierra con Peru- 
cho... sus garras se hincan en las carnes del ra- 
paz, su cuerpo descomunal le cae encima lo 
mismo que inmensa roca... El chiquillo abre 
los ojos... 

Sofocada y furiosa , vociferando , moliéndolo- 
á su sabor á pescozones y cachetes, arrancán- 
dole el rizado pelo y pateándolo, estaba el ama, 
más enorme, más brutal que nunca. No hay que 
omitir que Perucho se condujo como un héroe. 
Bajando la cabeza, se atravesó en la entrada 
del hórreo, y por espacio de algunos minutos 
defendió su presa haciéndole muralla con el 
cuerpo. Pero el enorme volumen del ama pesó 
sobre él y le redujo á la inacción, comprimién- 
dole y paralizándole. Cuando el mísero chiqui- 
llo, medio ahogado, se sintió libre de aquella 
estatua de plomo que á poco más le convierte 
en oblea, miró hacia atrás... La niña había des- 
aparecido. Perucho no olvidará nunca el deses- 
perado llanto que derramó por más de media 
hora, revolcándose entre las espigas. 



POR E. PARDO BAZÁN 343 



XXTX 



Tampoco Julián olvidará el día en que ocu- 
rrieron acontecimientos tan impensados; 
día dramático entre todos los de su existencia, 
en que le sucedió lo que no pudo imaginar ja- 
más; ser acusado, por un marido, de inteli- 
gencias culpables con su mujer , por un marido 
que se quejaba de ultrajes mortales , que le ame- 
nazaba , que le expulsaba de su casa ignominio- 
samente y para siempre ; y ver á la infeliz se- 
ñorita, á la verdaderamente ofendida esposa, 
impotente para desmentir la ridicula y horrenda 
calumnia. ¿ Y qué sería si hubiesen realizado su 
pian de fuga al día siguiente? ¡Entonces sí que 
tendrían que bajar la cabeza , darse por convic- 
tos!... ¡Y decir que cinco minutos antes no se 
les prevenía siquiera la posibilidad de que Don 
Pedro y el mundo lo interpretasen así ! 

No , no lo olvidará Julián. No olvidará aque- 
llas inesperadas tribulaciones, el valor repen- 
tino y ni aun de él mismo sospechado que des- 
plegó en momentos tan críticos para arrojai á 
la faz del marido cuanto le hervía en el alma, 
la reprobación , la indignación contenida por su 
habitual timidez ; el reto provocado por el bár- 
baro insulto; los calificativos terribles que acu- 
dían por vez primera á su boca, avezada úni- 



344 LOS PAZOS DE ULLOA 



camente á las palabras de paz ; el reto airado, 
de hombre á hombre, que lanzó al salir de la 
capilla... No olvidará, no, la escena terrible, 
por muchos años que pesen sobre sus hombros 
y por muchas canas que le enfríen las sienes. Ni 
olvidará tampoco su partida precipitada, sin dar 
tiempo á recoger el equipaje ; cómo ensilló con 
sus propias inexpertas manos la yegua ; cómo, 
desplegando una maestría debida á la urgencia, 
había montado, espoleado, salido á galope , eje- 
cutando todos estos actos mecánicamente, cual 
entre sueños , sin aguardar á que se disipase el 
corto hervor de la sangre , sin querer ver á la 
niña ni darla un beso, porque comprendía, es- 
taba seguro de que, si lo hiciera, sería Gapaz de 
postrarse á los pies del señorito rogándole hu- 
mildemente que le permitiese quedarse allí en 
los Pazos , aunque fuese de pastor de ganado ó 
jornalero... 

No olvidará tampoco la salida de la casa so- 
lariega , la ascensión por el camino que el día 
de su llegada le pareció tan triste y lúgubre... 
El cielo está nublado ; ciernen la claridad del 
sol pardos crespones cada vez más densos ; los 
pinos , juntando sus copas , susurran de un modo 
penetrante , prolongado y cariñoso ; las ráfagas 
del aire traen el olor sano de la resina y el aro- 
ma de miel de los retamares. El crucero , á poca 
distancia, levanta sus brazos de piedra man- 
chados por el oro viejo del liquen... La yegua, 
de improviso, respinga, tiembla, se encabri- 
ta... Julián se agarra instintivamente á las cri- 
nes, soltando la rienda... En el suelo hay un 



POR E. PARDO BAZÁN 345 



bulto, un hombre, un cadáver: la hierba, en 
derredor suyo, se baña en sangre que empieza 
ya á cuajarse y ennegrecerse. Julián permane- 
ce allí, c/avado, sin fuerzas, anonadado por 
una mezcla de asombro y gratitud á la Provi- 
dencia, que no puede razonar, pero le subyu- 
ga... El cadáver tiene la faz contra tierra; no 
importa: Julián ha reconocido á Primitivo, al 
traidor. El capellán no investiga, no cavila en 
quién le habrá matado. ¡Cualquiera que sea el 
instrumento, lo dirige la mano de Dios ! Desvía 
la yegua, se persigna, se aparta, se aleja defi- 
nitivamente , volviendo de cuando en cuando la 
cabeza para ver el negro bulto, sobre el fondo 
verde de la hierba y la blancura gris del pa- 
redón... 

¡ Ah! No, no olvida nada Julián. No olvida en 
Santiago , donde su llegada se glosa , donde su 
historia en los Pazos adquiere proporciones 
legendarias, donde el éxito de las elecciones, 
la partida del capellán, el asesinato del mayor- 
domo, se comentan, se adornan, entretienen al 
pueblo casi todo un mes , y donde las gentes le 
paran en la calle preguntándole qué ocurre por 
allá , qué sucede con Nucha Pardo , si es cierto 
que su marido la maltrata y que está muy en- 
ferma y que las elecciones de Cebre han sido 
un escándalo gordo. No olvida cuando el Arzo- 
bispo le llama á su cámara , á fin de inquirir 
qué hay de verdad en todo lo ocurrido , y él, 
después de arrodillarse , lo cuenta , sin poner ni 
quitar una sílaba, encontrando en la sincera 
confesión inexplicable alivio , y besando , con el 



346 LOS PAZOS DE ULLOA 

corazón desahogado ya, la amatista que brilla 
sobre el anular del Prelado. No olvida cuando- 
éste dispone enviarle á una parroquia aparta- 
dísima, especie de destierro, donde vivirá com- 
pletamente alejado del mundo. 

Es una parroquia de montaña , más montaña 
que los Pazos , al pié de una sierra fragosa , en 
el corazón de Galicia. No hay en toda ella, ni 
en cuatro leguas á la redonda, una sola casa 
señorial, en otro tiempo, en épocas feudales, 
se alzó, fundado en peñasco vivo, un castillo- 
roquero , hoy ruina comida por la hiedra y ha- 
bitada por murciélagos y lagartos. Los feligre- 
ses de Julián son pobres pastores : en vísperas 
de fiesta y tiempo de oblata le obsequian con 
leche de cabra, queso de oveja, manteca en 
orzas de barro. Hablan dialecto cerradísimo, 
arduo de comprender; visten de somonte, y 
usan greñas largas , cortadas sobre la frente á 
la manera de antiguos siervos. En invierno cae 
la nieve y aullan los lobos en las inmediaciones- 
de la rectoral; cuando Julián tiene que salir á 
las altas horas de la noche para llevar los sa- 
cramentos á algún moribundo, se ve obligado 
á cubrirse con coraza de paja y calzar zuecos 
de palo; el sacristán va delante, alumbrando 
con un farol, y entre la oscuridad nocturna, las- 
encinas parecen fantasmas... 

Corrrrido medio año, recibe una esquela, 
una papeleta orlada de negro ; la lee sin enten- 
derla al pronto ; después se entera bien del con- 
tenido, y, sin embargo, no llora, no da señal 
alguna de pena... Al contrario, aquel día y los 



POR E. PARDO BAZÁN 347 

siguientes experimenta como un sentimiento 
de consuelo , de bienestar y de alegría , porque 
la señorita Nucha, en el cielo, estará desqui- 
tándose de lo sufrido en esta tierra miserable, 
donde sólo martirios recoge un alma como la 
suya... La doctrina resignada de la Imitación 
ha vuelto á remar en su espíritu. Hasta el efec- 
to de la noticia se borra pronto , y una especie 
de insensibilidad apacible va cauterizando el 
espíritu de Julián : piensa más en lo que le ro- 
dea, se interesa por la iglesia desmantelada, 
trata de enseñar á leer á los salvajes chiquillos 
de la parroquia, funda una congregación de 
hijas de María para que las mozas no bailen los 
domingos . Y así pasa el tiempo, con unifor- 
midad, sin dichas ni amarguras, y la placidez 
de la naturaleza penetra por el alma de Julián, 
y se acostumbra á vivir como los labriegos, pen- 
diente de la cosecha , deseando la lluvia ó el 
buen tiempo como el mayor beneficio que Dios 
puede otorgar al hombre, calentándose en el 
lar, diciendo misa muy temprano y acostándo- 
se antes de encender luz, conociendo por las 
estrellas si se prepara agua ó sol , recogiendo 
castaña y patata, entrando en el ritmo acompa- 
sado , narcótico y perenne de la vida agrícola, 
tan inflexible como la vuelta de las golondrinas 
en primavera y el girar eterno de nuestro glo- 
bo, describiendo la misma elipse , al través del 
espacio .. 

Y, sin embargo, no olvida. Y en aquél rincón 
viene á sorprenderle el ascenso, la traslación á 
la parroquia de Ulloa, especie de desagravio 
del Arzobispo. La mitra alterna con los se- 



348 LOS PAZOS DE ULLOA 

ñores de Ulloa en la presentación del curato, y 
el Arzobispo quiere manifestar así al hu- 
milde párroco enterrado diez años hace en la 
montaña más fiera de la diócesis, que la ca- 
lumnia puede empañar el cristal de la honra, 
no mancharlo. 



XXX 



Diez años son una etapa , no sólo en la vida 
del individuo, sino en la de las naciones Diez 
años comprenden un período de renovación: 
diez años rara vez corren en balde, y el que mira 
hacia atrás suele sorprenderse del camino que 
se anda en una década. Mas así como hay per- 
sonas, hay lugares para los cuales es insensible 
ei paso de una décima parte de siglo. Ahí están 
los Pazos de Ulloa, que no me dejarán mentir. 
La gran huronera , desafiando al tiempo , per- 
manece tan pesada, tan sombría, tan adusta 
como siempre. Ninguna innovación útil ó bella 
se nota en su mueblaje, en su huerto, en sus 
tierras de cultivo. Los lobos del escudo de ar- 
mas no se han amansado ; el pino no echa re- 
nuevos ; las mismas ondas simétricas de agua 
petrificada bañan los estribos de la puente se- 
ñorial. 

En cambio la villita de Cebre, rindiendo culto 
al progreso, ha atendido á las mejoras morales 



POR E. PARDO BAZÁN 34S> 



y materiales , según frase de un cebreño ilus- 
trado, que envía correspondencias á los diarios 
de Orense y Pontevedra. No se charla ya de 
política solamente en el estanco : para eso se ha 
fundado un Círculo de instrucción y recreo, ar- 
tes y ciencias (lo reza su reglamento), y se han 
establecido algunas tiendecillas que el cebreño 
susodicho denomina basares. Verdad que los 
dos caciques aún continúan disputándose el me- 
ro y mixto imperio ; mas ya parece seguro que 
Barbacana, representante de la reacción y la 
tradición , cede ante Trampeta , encarnación 
viviente de las ideas avanzadas y de la nueva 
edad. 

Dicen algunos maliciosos que el secreto del 
triunfo del cacique liberal está en que su adver- 
sario, hoy cano vista , se encuentra ya extrema- 
damente viejo y achacoso, habiendo perdido 
mucha parte de sus bríos é indomable al par que 
traicionera condición. Sea como quiera, el caso 
es que la influencia barbacanesca anda maltre- 
cha y mermada. 

Quien ha envejecido bastante, de un modo 
prematuro, es el antiguo capellán de los Pazos. 
Su pelo está estriado de rayitas argentadas ; su 
boca se sume, sus ojos se empañan, se encor- 
van sus lomos. Avanza despaciosamente por eL 
carrero angosto que serpea entre viñedos y ma- 
torrales conduciendo á la iglesia de Ulloa. 

¡Qué iglesia tan pobre! Más bien parece la 
casuca de un aldeano, conociéndose únicamente 
su sagrado destino en la cruz que corona el te- 
jadillo del pórtico. La impresión es de melan- 



350 LOS PAZOS DE ULLOA 



eolia y humedad * el atrio herboso está á todas 
horas, aun á las meridianas, muy salpicado y 
como empapado de rocío La tierra del atrio 
sube más alto que el peristilo de la iglesia, y 
ésta se hunde, se sepulta entre el terruño que 
lentamente va desprendiéndose del collado pró- 
ximo. En una esquina del atrio, un pequeño cam- 
panario aislado sostiene el rajado esquilón ; en 
el centro, una cruz baja, sobre tres gradas de 
piedra, da al cuadro un toque poético, pensati- 
vo Allí, en aquel rincón del universo, vive Je- 
sucristo... ¡pero cuan solo! ¡cuan olvidado! 

Julián se detuvo ante la cruz. Estaba viejo 
realmente, y también más varonil : algunos ras- 
gos de su fisonomía delicada se marcaban, se 
delineaban con mayor firmeza : sus labios, con- 
traídos y empalidecidos , revelaban la severidad 
del hombre acostumbrado á dominar todo arran- 
que pasional , todo impulso esencialmente terres- 
tre. La edad viril le había enseñado y dado á 
conocer cual es el mérito y debe ser la corona 
del sacerdote puro. Habíase vuelto muy indul- 
gente con los demás al par que severo consigo, 
mismo. 

Al pisar el atrio de Ulloa, notaba una impre- 
sión singularísima. Parecíale que alguna per- 
sona muy querida , muy querida para él , andaba 
por allí, resucitada, viviente, envolviéndole en 
su presencia, calentándole con su aliento. ¿Y 
quién podía ser esa persona? ¡ Válgame Dios ! 
¡ Pues no daba ahora en el dislate de creer que 
la señora de Moscoso vivía , á pesar de haber 
leído su esquela de defunción ! Tan rara aluci- 



POR E. PARDO BAZÁN 35l 

nación era j sin duda , causada por la vuelta á 
Ulloa después de un paréntesis de dos lustros. 
jLa muerte de la señora de Moscoso! Nada más 
fácil que cerciorarse de ella... Allí estaba el ce- 
menterio. Acercarse á un muro coronado de 
hiedra, empujar una puerta de madera, y pene- 
trar en su recinto. 

Era un lugar sombrío , aunque le faltasen los 
lánguidos sauces y cipreses que tan bien acom 
pañan con sus actitudes teatrales y majestuo 
sas la solemnidad de los camposantos. Limita 
banlo de una parte las tapias de la iglesia, de 
otra tres murallones revestidos de hiedra y 
plantas parásitas; y la puerta, fronteriza á la 
de entrada por el atrio , la formaba un enverja 
do de madera , al través del cual se veía diáfano 
y remoto horizonte de montañas, á la sazón 
color de violeta, por la hora, que era aquella 
en que el sol, sin calentar mucho todavía, em 
pieza á subir hacia su zenit , y en que la natu 
raleza se despierta como saliendo de un baño 
estremecida de frescura y frío matinal. Sobre 
la verja se inclinaba añoso olivo , donde nida 
ban mil gorriones alborotadores, que á veces 
azotaban y sacudían el ramaje con su voleteo 
apresurado ; y hacíale frente una enorme mata 
de hortensia, mustia y doblegada por las llu 
vias de la estación , graciosamente enfermiza, 
con sus mazorcas de desmayadas flores azules 
y amarillentas. Á esto se reducía todo el ornato 
del cementerio, mas no su vegetación, que por 
lo exuberante y viciosa ponía en el alma repug- 
nancia y supersticioso pavor, induciendo á fan- 



352 LOS PAZOS DE ULLOA 

tasear si en aquellas robustas ortigas , altas 
como la mitad de una persona , en aquella hier- 
ba crasa, en aquellos cardos vigorosos cuyos 
pétalos ostentaban matices flavos de cirio , se 
habrían encarnado , por misteriosa transmigra- 
ción, las almas vegetativas también en cierto 
modo de los que allí dormían para siempre , sin 
haber vivido, sin haber amado, sin haber palpi- 
tado jamás por ninguna idea elevada, generosa, 
puramente espiritual y abstracta , de las que agi- 
tan la conciencia del pensador y del artista. Pa- 
recía que era substancia humana— pero de una 
humanidad ruda, primitiva, inferior, hundida 
hasta el cuello en la ignorancia y en la materia 
—la que nutría y hacía brotar con tan enérgica 
pujanza y savia tan copiosa aquella flora lúgu- 
bre por su misma lozanía. Y,. en efecto, en el 
terreno, repujado de pequeñas eminencias que 
contrastaban con la lisa planicie del atrio, ad- 
vertía á veces el pié durezas de ataúdes mal 
cubiertos , y blanduras y molicies que infundían 
grima y espanto , como si se pisaran miembros 
nacidos de cadáver. Un soplo helado , un olor 
peculiar de moho y podredumbre , un verdadero 
ambiente sepulcral se alzaba del suelo lleno de 
altibajos , rehenchidos de difuntos amontonados 
unos encima de otros; y entre la verdura hú- 
meda, surcada del surco brillante que dejan 
tras sí el caracol y la babosa, torcíanse las 
cruces de madera negra fileteadas de blanco, 
con rótulos curiosos , cuajados de faltas de or- 
tografía y peregrinos disparates. Julián, que 
sufría la inquietud, el hormigueo en la planta 



LOS PAZOS DE ULLOA &5i 



de los pies que nos causa la sensación de hollar 
algo blando, algo viviente ó que por lo menos 
estuvo dotado de sensibilidad y vida, experi- 
mentó de pronto gran turbación: una de las 
cruces, más allá que las demás, tenía escrito 
en letras blancas un nombre. Acercóse y desci- 
fró la inscripción,, sin pararse en deslices orto- 
gráficos: «Aquí nacen las cenizas de Primi- 
tibo Suáres, sus parientes y amigos ruegen á 
Dios por su alma»... El terreno en aquel sitio, 
estaba turgente, formando una eminencia. Ju- 
lián murmuró una oración, desvióse aprisa, 
creyendo sentir bajo sus plantas el cuerpo de 
bronce de su formidable enemigo. Al punto 
mismo se alzó de la cruz una mariposilla blan- 
ca, de esas últimas mariposas del año que vuelan 
despacio, como encogidas por la frialdad de la 
atmósfera, y se paran en seguida en el primer 
sitio favorable que encuentran. La siguió el 
nuevo cura de Ulloa y la vio posarse en un mez- 
quino mausoleo, arrinconado entre la esquina 
de la tapia y el ángulo entrante que formaba la 
pared de la iglesia. 

Allí se detuvo el insecto y allí también Ju- 
lián, con el corazón palpitante, con la vista nu- 
blada, y el espíritu, por vez primera después 
de largos años, trastornado y enteramente 
fuera de quicio, al choque de una conmoción 
tan honda y extraordinaria, que él mismo no 
hubiera podido explicarse cómo le invadía, ava- 
sallándole y sacándole de su natural ser y esta- 
do, rompiendo diques, salvando vallas, ven- 
ciendo obstáculos, atropellando por todo, im- 

23 



554 LOS FAZOS DE ULLOA 



poniéndose con la sobrehumana potencia de los 
sentimientos largo tiempo comprimidos y al fin 
dueños absolutos del alma porque rebosan de 
ella, porque la in andan y sumergen. No, echó 
de ver siquiera la ridiculez del mausoleo, cons- 
truido con piedras y cal, decorado con calave- 
ras, huesos y otros emblemas fúnebres por la 
inexperta mano de algún embadurnador de 
aldea; no necesitó deletrear la inscripción, por- 
que sabía de seguro que donde se había dete- 
nido la mariposa, allí descansaba Nucha, la 
señorita Marcelina, la santa, la víctima, la vir- 
gencita siempre candida y celeste. Allí estaba, 
sola, abandonada, vendida, ultrajada, calum- 
niada, con las muñecas heridas por mano bru- 
tal y el rostro marchito por la enfermedad , el 
terror y el dolor... Pensando en esto , la oración 
se interrumpió en labios de Julián, la corriente 
del existir retrocedió diez años, y en un trans- 
porte de los que en él eran poco frecuentes, 
pero súbitos é irresistibles, cayó de hinojos, 
abrió los brazos , besó ardientemente la pared 
del nicho sollozando como niño ó mujer, fro- 
tando las mejillas contra la fría superficie, cla- 
vando las uñas en la cal, hasta arrancarla... 

Oyó risas, cuchicheos , jarana alegre, impro- 
pia del lugar y la ocasión. Se volvió, y se incor- 
poró confuso. Tenía delante una pareja hechi- 
cera, iluminada por el sol que ya ascendía apro- 
ximándose á la mitad del cielo. Era el mucha- 
cho el más guapo adolescente que pued^ soñar 
la fantasía; y si de chiquitín se parecía al Amor 
antiguo, la prolongación de líneas que distingue 



POR E. PARDO BAZÁN 355 



á la pubertad de la infancia le daba ahora se- 
mejanza notable con los arcánge.es y ángeles 
viajeros de los grabados bíblicos que unen á la 
lindeza femenina y á los rizados bucles rasgos 
de graciosa severidad varonil En cuanto á la 
niña, espigadita para sus once años, hería el 
corazón de Julián por el sorprendente parecido 
con su pobre madre á la misma edad : idénticas 
largas trenzas negras, idéntico rostro pálido, 
pero más mate, más moreno, de óvalo más co- 
rrecto, de ojos más luminosos y mirada más 
firme. ¡Vaya si conocía Julián n la parejaj 
¡Cuántas veces la había tenido en brazos \ 

Sólo una circunstancia le hizo dudar de si 
aquellos dos muchachos encantadores eran en 
realidad el bastardo y la heredera legítima de 
Moscoso. Mientras el hijo de Sabel vestía ropa 
de buen paño , de hechura como entre aldeano 
acomodado y señorito, la hija de Nucha, cu- 
bierta con un traje de percal asaz viejo, llevaba 
los zapatos tan rotos , que puede decirse que iba 
descalza. 

París , Marzo de 1886, 



FIN 



CATALOGO COMPLETO 

DE LAS 

OBRAS Y PUBLICACIONES 

DE LA 

CONDESA DE PARDO BAZAN 

OBRAS COMPLETAS 

Tomo 1. La cuestión palpitante.— Este libro es el 
que ha dado en España lugar á más reñidas polémi- 
cas. Cuando se publicó la traducción francesa de La 
cuestión palpitante , la ciítica parisiense consagró á 
esta obra grandes y unánimes elogios. — Precio, 3 
pesetas. 

Tomo 2. La piedra angular. — Novela muy cele- 
brada en Italia, donde se tradujo y comentó. Tra- 
ducida recientemente al idioma tcheco. — Precio, 3 
pesetas. 

Tomo 3. Los Pazos de Ulloa.— Interesantísima 
novela, dos tomos en un volumen. Estudio acabado 
de la decadencia de una casa de la aristocracia, y de 
la vida y paisaje de una región española. La novela 
que antes se vendía á 6 pesetas, en Obras completas 
cuesta 3 pesetas 50 céntimos. 

Tomo 4. La Madre Naturaleza.— Novela de alta 

transcendencia. Traducida al inglés y al griego mo- 
derno. — Esta novela, que costaba 6 pesetas, cuesta 
en Obras completas 3 pesetas 50 céntimos. 

Tomo 5. Cuentos de Marineda. — Traducida al 
alemán, — Precio, 3 pesetas, 



^-"^w- — " 





HEW YORK 






&J* 






• 


. 








i 


K ; - : 


• 


: v- ■ ^' ; , ' * 


;2* 


' :V ^^ 1 


* 




3fes 






Y 

. V 1 



* - ¿*> i