(navigation image)
Home American Libraries | Canadian Libraries | Universal Library | Community Texts | Project Gutenberg | Children's Library | Biodiversity Heritage Library | Additional Collections
Search: Advanced Search
Anonymous User (login or join us)
Upload
See other formats

Full text of "Tratado del socorro de los pobres [microform]"

MASTER 
NEGA TIVE 

NO. 91-80354 




MCROFILMED 1991 
COLUMBIA UMVERSITY LIBRARIES/NEW YORK 



iC 



as part of the 
Foundations of Westem Civilization Preservation Project" 



Funded by the 
NATIONAL ENDOWMENT FOR THE HUMANITIES 



Reproductions may not be made without permission from 

Columbia University Library 



COPYRIGHT STATEMENT 

The copyright law of the United States - Title 17, United 
States Code ~ concems the making of photocopies or ofher 
reproductions of copyrighted material... 

Columbia University Library reserves the right to refuse to 
accept a copy order if , in its judgement, fulfillment of the order 
would involve violation of the copyright law. 



A UTHOR : 



VIVES, JUAN LUIS 



TITLE: 



TRATADO DEL 
SOCORRO 

PLACE: 

VALENCIA 

DA TE : 

[19--?] 



COLUMBIA UNIVERSITY LIBRARIES 
PRESERVATION DEPARTMENT 



Master Negative # 



BIBLIOGRAPHIC MICROFORM TARGET 



Restrictions on Use: 



Original Material as Filmed - Existing Bibliographic Record 



^l y n m ■ m , 

■ 87 3\^0o2 



n < im 



• • •»m ■ .^ 1 * 



?d'6 



\^' 



I 



Viven, Ju(in iiuiu, 1492-1540. 

... Tratadü del socorro de loo pobres, por el 
doctor Juan ;.uin Vives. Traducido al 3astell«no. 
por el dr. Juan de Gonzalo tlieto é Ivr.rra. 
Valencia, Proaioteo [!!)«;-?. 

210 p. I9.',cm. (cUsicos esp^íñolcr.) 
Original titla: Do subvontione pnuporum. 



c<vv\Hn 



TECHNICAL MICROFORM DATA 



REDUCTION RATIO: 



FILM SIZE:__3S^__J^_^ 

IMAGE PLACEMENT: lAfllA/ IB IIB 

DATE FILMED:___/_L_-.h^r__U INITIALS /2_¿_ 

HLMEDBY: RESEARCH PUBLICATIONS. INC WOODBRIDGE. cf 



u 



)C 




c 




Association for Information and Image Management 

1100 Wayne Avenue. Suite 1100 
Silver Spring. Maryland 20910 

301/587-8202 




Centimeter 

12 3 4 5 

liiilimimiimiiiniimiliiiiliiiiliiiiliiiilii 



TíT 



Inches 



1 1 1 



1 



iiiiiiii 



7 8 

liiiilimliii 



iiiliiii 



10 



1 1 1 1 1 



11 

ülm 



12 13 14 15 mm 



LO 


L¿ 1 2-8 

■ 63 

1.4 


2.5 
2.2 

2.0 
1.8 

1.6 


Ll 


1.25 



iliiiiliiiiliiiiliiiiliiiilm jjmil 



TTT 



I 




MfiNUFflCTURED TO fllIM STRNDRRDS 
BY fiPPLIED IMfiGE, INC. 




'I»J 



Ut 




'Ñ 



.4' 



ri^ 



m 




m 



^^':^'M^i^'^%'^ 



"m9 



Columbta (Bnitif «¡ííp 

inttirCtipoflmitDrk 



LIBRARY 





Director lilerario; V. Blasco Ibáfiez 



TRATADO DEL SOCORRO DE LOS POBRES 



/^ 





^ 
^ 



EN ESTA COLECCIÓN 



^ 
^ 









te 



CLÁSICOS GRIEGOS 

Homero: /liada. í t.— Odisea. 
S tomos. 

Esquilo: Tragedia». 1 t. 

Sófocles: Tragedias. S t. 

HKSioDO: La Teogonia.— £1 e«CM- 
do de Heracles.— Lo8 trabajos y 
los dias.—Biós: Idilios.— ^os- 
eo: JdílíOÍ. -HlMSOS ÓBPICOS: 

Los perfumes. 1 1. 
BüBtPiDBS: Obras completas. 4 t. 
TBÓCBITO: Idilios V epigramas.— 

TiBTKO. — Odas anacbeónti- 

CAS. 1 t. 

Abistófanbs: Comedias. S t. 
Jbnofontb: La vida y las doctri- 
nas de Sócrates. 1 1. 
Abistótbles: La Politica. 1 1. 

CLÁSICOS LATINOS 

Cicbbón: La República. Las pa- 
radojas. 1 t.—Las leyes, la ve- 
jez. La amistad. 1 1. 

Pladto: Comedias. S t. 

Valbrio Máximo: Hechos y di- 
chos memorables. 1 1. 

Horacio: Sátiras. 1. t. . 

ViKOiLio: Églogas. Geórgicas. 
1 tomo. 

EDAD MEDIA 

La CANCióH DB Roldan, i t. 

CLÁSICOS ESPAÑOLES 

Vida de Cervantes, por su pri- 
mer biógrafo D. Gregorio Ma- 
yáns y Sisear. 1 1. 

QüEVBDO: Obras satiricas. 1 t. 

GüiLLKM DE Castro: Teatro. 1 t. 

Cervantes: Teatro selecto. 
medias y entremeses. 1 1. 

Lope dk Vega: Novelas. 1 
Comedias. 2 t. 

Calderón: Teatro. S t. 

M o RETO: Comedias. 1 1. 

Timoneda: El patrañuelo—El 
sobremesa y alivio de caminan- 
tes. Xt. „ ■,. 
Lope de Rueda: Comedias y 

Pasos. 1 1. 



Co- 



t.- 



RojAS Zobrilla: Comedias. 1 1. 

Ruiz DE AlarcóN: Teatro. 1 t. 

Tirso de Molina: Teatro. 1 1. 

A. Velázquez de Vblasco: La 
Lena. 1 t. 

Juan Rüiz, Arcipreste de Hita. 
Cantigas et Fablas. 1 1. 

F. DE Rojas: La Celestina. 1 t. 

H. NÚSez: Refranero español. íU 

Varios: Letrillas. 1 1. 

Romanrero español y morisco. 1 1. 

Romancero del Cid. 1 t. 

Góngora: Obras poéticas. 1 t. 

Baltasar Gbacián.— -fc'i Discre- 
to. \t. _,, 

Juan Luis Vi\ES.—I)ialogos. 1 1. 

Diego ük Torres Villarroel. 
—Obras varias. 1 t. 

CLÁSICOS INGLESES 

Shakbspbabb: Obras completas. 
12 tomos.— I. WilliaHtt Shakes- 
peare, por Víctor Hugo. Ham- 
let, príncipe de Dinamarca. 
Los dos hidalgos de Verona.— 
II. Ótelo, elvmoro de Venecia. 
Medida por medida. Cuento de 
invierno.— III. Romeo y Julie- 
ta. Bien está lo que bien aca- 
ba. Comedia de equivocacio- 
nes.— IV. El mercader de Ve- 
necia. Penas de amor perdidas. 
Cimbelino.— V. Macbeth. Troi- 
lo y Crésida. Enrique VIII ó 
Todo es verdad. — VI. El rey 
Lear. Coriolano. Como gustéis. 
—Vil. La fiera domada. La 
duodécima noche. Mucho rui- 
do para nada.— VIII. Sueño de 
una noche de verano. La tem- 
pestad. Las alegres comadres 
de Wíndsor.— IX. Julio César. 
Antonio y Cleopatra. Timón de 
Atenas.- X. El rey Juan. La 
vida y la muerte del rey Ri- 
cardo II. La tragedia de Ricar- 
do III. -XI. La primera parte 
de Enrique IV. La segunda 
parte de Enrique IV. Kl rey 
Enrique V.-XII. La primera 
parte del rey Enrique VL La 
segunda parte del rey Enri- 
que VI. La tercera parte del 
rey Enrique VI. 












CLÁSICOS ESPAÑOLES 



TRATADO 
DEL SOCORRO 
DE LOS POBRES 



POR EL 



DOCTOR JUAN LUIS VIVES 

TRADUCIDO al CASTELLANO POR EL 

DR. JUAN DE GONZALO NIETO É IVARRA 




PROMETEO 

Germdnías. 35.— VALENCIA 
(Published in Spain) 







W^^<§><^^<^^^<^^^^^^^^£Éa 






Ps 






AL LECTOR 



i^-mw' 



TS3 



« 



EN 1526, y en la ciudad flamenca de Brujas, dio á la 
estampa el preclaro hijo de Valencia Juan Luis Vi- 
ves una obra titulada De subvenUone patcperum (Del so- 
corro de los pobres), la cual dedicó al ilustre Senado de 
la hospitalaria ciudad en que tantos años vivió este 'filó- 
sofo español. 

Traducida al castellano por el doctor Juan de Gonzalo 
Nieto é Ivarra, se imprimió en Valencia en 1*781, y ahora 
sale de nuevo á luz para dar á conocer una de las más 
brillantes obras del eximio pensador valentino. 

Luis Vives se muestra en esta obra como profundo 
filósofo, citando en apoyo de sus teorías, unas veces, á 
los más esclarecidos griegos y romanos, y otras, á los 
apóstoles y profetas. 

Como verdadero representante del Renacimiento, es 
ecléctico, fusionando las teorías del mundo antiguo con 
la religión del Crucificado. 

Sus remedios para el socorro de los pobres merecen 
^er estudiados detenidamente por los que tienen á su 
;argo el cuidado de la sociedad, y en general, por todos 
iquellos que llevan en su alma calor de humanidad. 



G a D 




^^^^^^^<^^^^^^ 



^^^ 



JUAN LUIS VIVES 

A LOS CÓNSULES Y SENADO DE LA CIUDAD DE BRUJAS (1) 



E8 obligación del peregrino y extranjero, dice Ci- 
cerón, no ser curioso en una República extraña. 
Es verdad; porque al paso que el cuidado y consejo 
amigables no pueden reprocharse, es aborrecible en 
todas partes la curiosidad en cosas ajenas; bien que, 
por otra parte, la ley de la naturaleza no permite 
que sea ajeno del hombre lo que conviene á los hom- 
bres, y la gracia de Cristo ha unido á todos entre 
sí estrechamente, digámoslo así como betún celestial 
el más tenaz y sólido; mas dado que algo nos sea 
ajeno, el negocio presente no es de esta calidad para 
mí, que tengo á esta ciudad la misma inclinación 
que á mi Valencia; y no la nombro con otra voz que 
cPatrla mía», porque ha catorce años que habito en 
ella, en cuyo tiempo, aunque haya interrumpido mi 
residencia algunas veces, otras tantas me he vuelto 
aquí como á mi propia casa. 



(1) Brujas, ciudad de Flandes, su propio nombre flamenco 
Bruggbe, que significa <puente>. Tomó el nombre de un puente 
llamado Brugb Stocb, que babía en el sitio donde esté ahora la 
ciudad, cerca de la catedral. Otros dicen que tomó su nombre de 
los muchos puentes que hay allí sobre canales.-Jfo^a del Tra- 
ductor. 



h%' 



8 ^ 

Me ha agradado la conducta de vuestro manejo y 
administración, la educación y civilidad de este pue- 
blo, y la increíble quietud y justicia que resplande- 
cen en ól, y las gentes aplauden y celebran. En efec- 
to, aquí me casé; ni de otra suerte quisiera que se 
procurase el bien de esta población, que como el de 
una ciudad en que tengo resuelto pasar el resto de 
vida que la benignidad de Cristo me concediere, y 
de la que me reputo ciudadano, mirando á los demás 
como hermanos míos. Las necesidades de muchos de 
ellos me obligaron á escribir los medios con que juzgo 
se les puede socorrer; asunto que en Inglaterra me 
había rogado emprendiese mucho tiempo ha el señor 
Pratense, vuestro Prefecto, que piensa celosa ó ince- 
santemente cómo debe en el bien público de esta 
ciudad. 

A vosotros dedico esta obra; ya porque os esme- 
ráis en hacer bien y aliviar á los miserables, de que 
da bastante testimonio la muchedumbre de pobres 
que concurre de todas partes aquí, como á refugio 
siempre prevenido para les necesitados, ya también 
porque como haya sido el origen de todas las ciuda- 
des, con el ñn de que cada una de ellas fuera un lugar 
en donde con dar y recibir beneficios, y con el auxi- 
lio recíproco, se aumentase la caridad y afirmase la 
sociedad de los hombres, debe ser particular desvelo 
de los que gobiernan cuidar y poner todo esfuerzo 
en que unos sirvan á otros de socorro, nadie sea opri» 
mido, nadie injuriado, nadie reciba daño Injusto, y 
que al que es más débil asista el que es más pode- 
roso, y de esta suerte la concordia del común y con- 
gregación de los ciudadanos se aumente cada día en 
la caridad y permanezca eternamente. 



9 



A la verdad: así como es cosa torpe para un padre 
de familia el que deje á alguno de los suyos padecer 
hambre, ó desnudez, ó el sonrojo y fealdad de la vi- 
leza del vestido en medio de la opulencia de su casa, 
del mismo modo no es justo que en una ciudad rica 
toleren los magistrados que ciudadano alguno sea 
maltratado de la hambre y miseria. No os desdeñéis, 
os ruego, de leer este escrito, ó, si no gustáis de ello, 
á lo menos reflexionad muy cuidadosamente el asunto 
que en él se trata del bien público, ya que os mostráis 
tan solícitos en enteraros del pleito de cualquiera per- 
sona particular de mil florines, por ejemplo, de con- 
troversia. 

Deseo á vosotros, y á vuestra ciudad, toda pros- 
peridad y dicha. Brujas, G de Enero 1526. 








Tratado del socorro de los pobres 



LIBRO PRIMERO 



Origen de la necesidad y miseria 

del hombre 

EL autor do todas las coaaB, nuestro Dios, 
UBÓ do uaa genoroBidad maravillosa en la 
creación y formación del hombre, de suer- 
te que ninguna cosa hubiera 6 m&s nobl« que M 
debajo del cielo, ó mayor en el orbe que hay b^o 
de la luna todo el tiempo que en él viviese, como 
permaneciera sujeto * la divina voluntad; ué 
Suecldo con un sano y robusto cuerpo, con 
muy «ludables alimentos que se hallaran con 
abundancia en todas partes, criado con un enten- 
dimiento agudísimo y una alma muy santa y 
hecho muy 4 propósito para el comercio de la 
ylda, á fin de que empezase ya entopces á medí- 



12 



LUIS VIVBS 



tar en este cuerpo mortal la compañía de los bue- 
nos ángeles, supuesto que se criaba para reparar 
la ruina de los malos; pero, incitado de la sober- 
bia, y buscando una dignidad que excedía á la 
esfera de su condición, no contento con la huma- 
nidad más excelente, pretendió la divinidad, mo- 
vido de las promesas de aquel que había perdido 
sus bienes por semejante camino: «Seréis como 
unos dioses, sabedores del bien y del mal.» 

Efecto fué de una arrogante soberbia inten- 
tar subir á la altura de una deidad, sobre la cual 
no se halla cosa alguna. Y tan lejos estuvo de lo- 
grar lo que deseaba, que antes perdió muchlaimo 
de lo mismo que había recibido, como se halla 
escrito en los Cánticos del rey David: «Hallán- 
dose el hombre con honor, no lo conoció; fué 
comparado á los insensatos jumentos, y hecho 
semejtinte á ellos.» Es á saber, de tal manera se 
apartó de la semejanza de Dios, que cayó en la 
semejanza de las bestias, y pensando ser más 
que los ángeles, vino á ser menos que hombre, á 
la manera que aquellos que, apresurándose sin 
consideración á subir a^gún sitio sin guardar el 
orden de los escalones, dan tanto mayor caída 
cuanto más alto era el lugar á que subían. De 
aquí provino el invertirse el orden de la consti- 
tución humana, por haber disuelto el hombre el 
que tenia con Dios, de tal modo, que ni las pa- 
siones obedecían ya á la razón, ni el cuerpo al 
almc!, ni lo exterior á lo interior, quedando en 



TRATADO DBL SOOOBRO DB LOS P0BBE8 



13 



una guerra civil é intestina, abandonada ya la 
reverencia al principe y sus leyes. 

Desnudo el hombre de la inocencia, él mismo 
cargó con todo para su ruina; se entorpeció el 
entendimiento y se oscureció la razón. La sober- 
bia, la envidia, el odio, la crueldad, un grande 
número de variedad de apetitos, y las demás per- 
turbaciones, fueron como tempestades movidas 
en el mar á la violencia del viento. Se perdió la 
fidelidad, se reefrió el amor, todos los vicios aco- 
metieron como en escuadrón, el cuerpo se llenó 
de miseria al mismo tiempo, y aquellas maldicio- 
nes: «Maldita será la tierra en tu trabajo» se ex- 
tendieron á todas las cosas en que había de ejer- 
citarse la diligencia de los hombres. No hay cosa 
alguna exterior ó interior que no parezca haber 
conspirado al daño de nuestro cuerpo; hediondos 
y pestilentes hálitos en el aire, las aguas nada 
saludables, la navegación peligrosa, molesto el 
invierno, congojoso el verano, tantas fieras da- 
ñosas, tantas enfermedades por la comida. ¿Quién 
es capaz de contar los géneros de venenos y las 
artes de hacer mal? ¿Quién los daños recíprocos 
que se causan los hombres? ¡Tantas máquinas 
contra fortaleza tan débil, á quien basta ahogar 
un grano de uva detenido en la garganta, ó un 
cabello tragado, muriendo muchos de repente 
por causas no conocidas! 



D D D 




s>^<^^^<^<s 



^^^^^^^^^<^^ 



Las necesidades de los hombres 



No Bin razón muchos de los antiguos dijeron 
que nuestra vida no es vida, sino muerte; y 
los griegos llamaron á nuestro cuerpo soma, como 
Bl dijesen sema, que entre ellos significa el sepul- 
cro. Habla Dios amenazado á Adán que, en cual- 
quier día que comiese del fruto vedado, habla de 
morir. Comió, y á la comida se siguió la muerte. 
Porque ¿qué es esta vida sino una muerte conti- 
nua que se perfecciona cuando queda el alma 
del todo libre de este cuerpo? Cuando nacemos, 
dice un poeta, morlmoa; y el fip empieza ya desde 
el principio; porque desde el primer Instante que 
nace el hombre lucha el alma con el cuerpo, al 
cual desampara luego sin duda, si no fortaleciese 
éste BU flaqueza con el alimento como una medi- 
cina. Para esto crió Dios las comidas, para que 
fuesen, digámoslo asi, como unos pies derechos 
ó firmes maderos que sostuviesen este caduco 
edificio que va caminando siempre hacia su ruina. 
De estos alimentos unos hay que los da de bI la 
tierra en sus árboles, arbustos, hierbas y raicea, 
y otros se apacientan en ella para nuestro uso, 



TRATADO DEL SOCORRO DE LOS POBRES 15 

como los ganados. Hay unos que tomamos del 
agua, y otros que cazamos del aire. Fuera de 
esto, nos defendemos de la fuerza del frío con pie- 
les, pafio y fuego, y nos guardamos del calor con 
el beneficio de la sombra. 

Nadie hay, ó de cuerpo tan robusto ó de in- 
genio tan capaz, que se baste á si mismo si quiere 
vivir según el modo y condición humana. En 
efecto, une á si el hombre una mujer, por asegu- 
rar la sucesión y conservar lo adquirido, porque 
este sexo, por medroso, es guardador por natura- 
leza. Busca después los compañeros de sus mise- 
rias á quienes quiere bien, y procurando hacer- 
les todo el bien que puede, crece el amor y la 
sociedad poco á poco, y sale y se extiende hacia 
fuera. Unidos ya unos á otros por las obligacio- 
nes y beneficios, no permanece encarcelado el 
amor dentro de los cortos limites de una familia 
y de un hogar, sino que el favorecido agradece 
el beneficio sin descuidarse en recompensarlo en 
la primera ocasión; porque, en verdad, la natu- 
raleza, que hasta á las bestias fieras, como ele- 
fantes, leones y dragones, inspiró sentimientos 
de gratitud y una como memoria del beneficio, 
nada aborrece más que á la alma ingrata. 

No podían dejar de conocer, ya que deseaban 
í con ansia ayudarse mutuamente franqueándose 
favores, cuan útil y agradable habla de ser edi- 
ficar cercanas habitaciones para proveer de este 
modo de las cosas que estuvieran en bu mano á 






' "V^-^M^ 



16 



LUIS VIVB8 



loa que querían socorrer. Ocuparon el campo más 
vecino, y cada cual, para aprovecharse á si mis- 
mo y á los otros, se aplicó de buena gana á aquel 
oficio á que se halló más proporcionado y dis- 
puesto. Unos tomaron á au cargo la pesca, otros 
la caza, la agricultura, apacentar ganados, tejer, 
edificar, ú otros oficios necesarios ó útiles para 
vivir. Hasta aqui conversaban ellos entre si con 
la mayor limpieza y unión, pero el antiguo mal 
no tardó en apoderarse de muchos con el deseo 
de anteponerse, ó por mejor decir, de oprimir á 
otros, para gozar, ociosos y venerados, de los 
trabajos ajenos y obligar á los demás á ejecutar 
sus preceptos; resplandeciendo ellos con el reino 
y el poder, guardados con un ejército de los mis- 
mos á quienes hablan hecho consentir en su tira- 
nía ó por el engaño ó por el miedo. Todo esto se 
originaba do aquella ambición con que nuestros 
primeros padres habían presumido y esperado 
temerariamente ser dioses; y verdaderamente 
nuestro apetito de dominar no se fija otro tér- 
mino que un ser divino. Bastante lo manifestó 
aquel furioso joven, rey de Macedonia (1), cuan- 
do le parecía haber hecho aún poco en la con- 
quista que pensaba haber conseguido de todo el 
orbe, sin embargo de faltarle aún la mejor parte 
que vencer. De aquí viene haber sido corrompi- 
das por la violencia de los dominantes las leyes 



I 



(1) Alejandro Magno.— Jí^. del T. 



TRATADO DKL SOCORRO DB LOS POBRBS H 

bien recibidas y justas para todos; de aquí los 
muros añadidos á las ciudades, y la guerra, ya 
civil, ya extraña, peste la más contagiosa de 

todas. 

En este estado fué ya preciso empezar á ata- 
jar la corriente de la pereza, arrogancia y mise- 
ria humana, pues aumentado el género de los 
hombres, habla quienes no tenían de qué susten- 
tarse, y holgazanes pedían su alimento de los 
trabajos ajenos. En conclusión: fueron primera- 
mente los campos contiguos á las ciudades divi- 
didos como era razón entre los ciudadanos, seña- 
lando á cada uno sus límites, que fueron consa- 
grados por el vigor de las leyes. Y porque el 
cambio de unas cosas por otras, que era lo único 
que habla estado en uso hasta entonces, pareció 
molesto, se Inventó el dinero por acuerdo del pú- 
blico, como una insignia que, autorizada con la 
fe de la ciudad, bastara para que recibiese cual- 
quiera de mano del zapatero el calzado, del pa- 
naderp el pan y del fabricante el paño. Esta in- 
signia ó señal se esculpió en una materia que 
fácilmente conservase lo impreso en ella por su 
firmeza y solidez, no se consumiese entre los 
dedos de los que la manejasen, y que ni por su 
abundancia se hiciese despreciable, ni por su 
preciosidad difícil de hallar. Al principio fué 
cobre, después plata, y por fin oro; concillando 
también el valor á estos metales la nobleza de 
su ser, en que dicen se aventajan. Se acuñó al 

2 






í 



X 



18 



LUIS V1VB8 



principio multitud de eatoa dineros, y se repartió 
entre los ciudadanos, para que negociando cada 
uno con ellos, los diese por el trabajo ó por las 
cosas de los otros, y los recibiese por las suyas, 
conservando, por este medio, con un honesto 
ejercicio las facultades de la vida, y comunica- 
dos de unos á otros, é Igualados por las mutuas 
conmutaciones los oficios de la ciudad, cada cual 
hubiese lo suyo. Pero he aquí que ocurren mu- 
chas casualidades; unos, cesando del trabajo por 
la enfermedad de BUS cuerpos, vienen á pararen 
la pobreza, porque se ven en la necesidad de ex- 
pender sus dineros sin recibir otros. Lo mismo 
acontece á aquellos que perdieron su hacienda 
en la guerra ú otra grande calamidad, de las que 
necesariamente han de llegar á muchos que vi- 
ven en este mundo turbulento, como incendios, 
avenidas, ruinas, naufragios. Hay otros, cuyo 
oficio deja de ser ganancioso, y á más de éstos, 
los que consumieron torpemente sus patrimonios 
ó lieciamente fueron pródigos de ellos. En fin, 
muchos son los caminos para adquirir y conser- 
var la hacienda, pero acaso no son menos los que 
hay para perderla. Esto es por lo que toca á las 
cosas exteriores, á las que llamaron casuales los 
antiguos, por una ley incierta, esto es, oculta á 
los entendimientos de los hombres. 

También se proveyó el cuerpo miserable y 
enfermizo, para que fuese ayudado por los reme- 
dios buscados á costa de la experiencia, y para 



TRATADO DBL SOCORRO DB LOS POBRBS 



19 



que el ánimo afilgido se aliviase con las conver- 
saciones y obsequios de los amigos. Dlóronse 
después maestros á la edad ruda, que formasen 
la vida, mostrasen el camino de la virtud y di- 
rigiesen el talento. Primeramente lo fué para 
cada uno su padre, su madre; luego sus madri- 
nas, padrinos, tíos, abuelos, y los que distan más 
y están unidos con menos estrecho vínculo de 
sangre. Después fueron las escuelas, los maes- 
tros de la sabiduría, y muchedumbres de funda- 
ciones que dejaron á este fia los hombrea más 
grandes; pero estos remedios se han de ir á bus- 
car lejos, ó ya son desconocidos ó costosos, ó se 
ignora el modo de usarlos, en todo lo cual nece- 
sitamos de la ayuda ajena. Hay algunos que no 
lograron maestro para cultivar su ingenio, y 
otros á quienes corrompió y echó á perder el 
mismo maestro corrompido y malo, como el pue- 
blo, que es un grande doctor de errores, y un 
vecino á otro vecino, y el padre al hijo, son los 
autores y maestros de las perversas opiniones; 
también muchos maestros de juicios estólidos y 
depravados, á quienes no fiarlas tus gansos, go- 
biernan las escuelas de niños nobles. Otros hay 
que, despreciando al maestro, van dando de pre- 
cipicio en precipicio con toda la ceguedad de su 
mal consejo, apartando de si la guía ó escogiendo 
la que es más ciega. 

De esta suerte hecho un miserable todo el 
hombre exterior ó interiormente, pagó justísima- 



20 



LUIS VIVB8 



^^^^^^<^^<^<^^^^^^^M 






mente la avilantez con que emprendió usurpar la 
divinidad. Fué abatida la Boberbia del animal 
más desvanecido, hasta llegar á ser el más flaco 
y el que menos vale de todos por si mismo. Toda 
su vida y su salud depende de los auxilios de 
otros, ya para que se corte la raiz de la soberbia, 
que por medio de nuestros primeros padres se nos 
comunica á sus descendientes, ya especialmente 
por ocultos juicios de Dios, faltando á unos el 
dinero y á otros la salud ó el Ingenio, porque ha- 
blan de usar mal de estas cosas; para otros la 
misma pobreza es instrumento de grandes virtu- 
des, porque todo lo refiere á nuestro provecho 
aquel principe y gobernador de este mundo, pa- 
dre el más sabio y liberal. Concluyamos, pues, 
que todo aquel que necesita de la ayuda de otro 
es pobre y menesteroso de misericordia, que en 
griego se llama limosna, la cual no consiste sólo 
en distribuir dinero, como el vulgo piensa, sino 
en cualquiera obra por cuyo medio se socorre 
la miseria humana. 




Cuál sea la razón de hacer bien 



PARA que todos sepan cuál aea el orden de los 
beneficios, cómo se han de recibir ó hacer y 
cuánto deba ser el agradecimiento de cada uno, 
declararé cuáles sean los principales y de pri- 
mera nota, también los que son próximos á éstos 
y los que distan más de ellos. Piensan muchos 
que ni se da ni se recibe por beneficio otra cosa 
que dinero, ó que no hay más beneficio que el 
dinero. De aqui viene aquella vulgaridad de: 
«¿Qué aprovechó, qué ayudó, si nada dio?», ó á 
lo menos extienden la razón de beneficio á las 
cosas por cuyo medio se alcanza el dinero, como 
si alguno enseñó un oficio ganancioso ó dio un 
consejo lucrativo; en esto pecan muchos, que 
cuando dan un consejo fijan toda su atención en 
el dinero, y se olvidan del bien de la razón y la 
virtud; pero nosotros, que constamos de alma y 
cuerpo, en ambos tenemos las cosas siguientes, 
ahora gustes de llamarlas bienes, ahora prove- 
chos; en primer lugar, en el ánimo está la virtud, 
que es el único y verdadero bien; después está el 
ingenio, la agudeza, la erudición, el consejo y la 






22 



LUIS V1VB8 



TRATADO DBL SOCORKO DE LOS POBRES 



23 



prudencia. Demás de esto está en el cuerpo la 
salud robusta, para que sirva á la alma, y tam- 
bién las fuerzas que basten á llevar los trabajos 
de la vida; finalmente, entre los bienes exterio- 
res están los dineros, las posesiones, haciendas 

y alimentos. 

El principal beneficio, como que es el sumo, 
es coadyuvar uno á la virtud de otro; por esto 
deben á Dios mucho más que todos los otros, no 
las personas á quienes tocó la nobleza, la hermo- 
sura, las riquezas, el ingenio ó la reputación, 
sino aquellos á quienes se dignó el Señor co- 
municar BU espíritu para conocer y ejecutar lo 
santo y saludable, esto es, todo lo que pueda 
agradarle. De este don leemos el Salmo 147: 
cDlos es el que manifiesta su palabra á Jacob, y 
sus justicias y juicios á Israel. No hizo cosa se- 
mejante con otra alguna nación, ni les descubrió 
y enseñó sus juicios y secretos. > E^te es aquel 
grande beneficio que hace Cristo á los que por 
su santo nombre han sido verdaderamente bauti- 
zados, y que creen y confian únicamente en él. 
Los ministros y como dispensadores de este bene- 
ficio fueron sus discípulos, que tanto bien hicieron 
al género humano, y después de ellos, todos los 
que suceden á los Apóstoles, no tanto en la dig- 
nidad como en el ministerio y obras. A este bien 
«s Imposible el decir dignamente cuánto recono- 
cimiento debemos, porque él es el que cada uno 
debe desear á cualquiera otro mortal, y, en 



cuanto le fuere posible, procurárselo con el con- 
sejo, con la diligencia, con la obra. 

' Después de la virtud se sigue la enseñanza, 
que se dirige al conocimiento de la verdad, aque- 
lla instrucción, digo, con que enciende un hom- 
bre á otro una luz de su misma luz, sin que ésta 
se disminuya, pues antes se aumenta. iQuó bella 
y magnifica cosa es enseñar, pulir, instruir, ador- 
nar á la más excelsa de las potencias, que es el 
entendimiento! Protesta Sócrates que no agrade- 
cerla al que le diese dinero, y que se confesarla 
reconocidísimo al que le quitase su ignorancia. 
El santo Job, sumergido en miserias é inmundi- 
cias, no pide dones á sus poderosos amigos, sólo 
les iuega que le enseñen: «¿Por ventura os dije 
I yo, traedme vuestros regalos, y dadme de vues- 
tra hacienda, ó libradme de la mano del enemi- 
go, ó sacadme de la mano do los poderosos? En- 
señadme y callaré, y si alguna cosa he ignorado, 
instruidme.» Los hombres viles, que en tonto re- 
putan el dinero que dan, y tanto se jactan de 
haber mantenido los estudios de otros, enseñen 
ellos, y tendrán entonces de qué gloriarse con 

rA7Ón 

Aristóteles compara el beneficio de los maes- 
tros con el de Dios y con el de los padres; y á 
estos tres dice él que nadie puede tener un agra- 
decimiento que sea igual al beneficio. 

Es indecible cuánto aprovecharían á la re- 
pública algunos grandes y eruditos varones, si 



24 



LUIS VIVES 



tuvieran á bien tomar ellos miamos á su cargo 
el instruir á la niñez, edad flexible á todo y á la 
que es muy fácil inspirar las sanas opiniones; ó 
á lo menos asistir á los maestros con avisos, pre- 
ceptos y otros auxilios á este modo, y les seña- 
lasen como con el dedo el camino que se debe 
seguir. Ciertamente, no es decente que los que 
gobiernan las ciudades sean descuidados en pro- 
veer á sus niños de los mejores maestros, que 
estén adornados no sólo de iogenio y erudición, 
sino también de un juicio sencillo y sano, pues 
la instrucción pueril tiene gran fuerza para lo 
restante de la vida, asi como la tienen las semi- 
llas para las mieses venideras. Por cierto que 
convendría más velar con más cuidado en esto 
que en hermosear ó enriquecer la ciudad, si ya 
acaso no pensamos que es mejor dejar malos 
descendientes, como los dejemos ricos. 

Fuera de lo que llevamos dicho, cuan grande 
y glorioso debe reputarse el cargo de apaciguar 
y sosegar los ánimos, que se consigue parte con 
loi preceptos de la virtud, parte con el trato, los 
consuelos, el agrado, la visita y obsequios, y ade- 
más elde defender los cuerpos, por lo que fue- 
ron hallados aquellos nombres de libertadores y 
conservadores, y se inventaron en otro tiempo 
tantas^coronas, señales del valor y de la gloria, 
es, á saber, la de grama para el que hubiese libra- 
do á un ciudadano en la batalla, la de encina para 
el que hubiese hecho levantar algún cerco, y por 



TRATADO DBL SOCORRO DE LOS POBRES 25 

lo mismo fué también tenida la Medicina en la 
mayor estimación, y elogiada como invención de 
los dioses. cEl varón médico -dice Homero-- 
vale por muchos hombres» , y el Señor manda 
.que se honre al médico». iCuán grande oñcio es 
asimismo redimir á otros de la cárcel y cautive- 
rlol Terencio Cuíco, senador libertado de la cár- 
cel de Cartago por Escipión Africano, le miró y 
reverenció toda su vida como á su señor, y asis- 
tió á su triunfo con la cabeza descubierta. En 
otro tiempo era muy honroso, aun entre los mis- 
mos gentiles, redimir con la propia hacienda los 
cautivos, como atestigua Cicerón en sus libros 
de los Oficios, y para que fuera mayor el amor 
del pueblo hacia su principe, como el más bien- 
hechor, se inventó el dar soltura de las prisiones 
y de la cárcel á los reos en el día de su precia- 

mación. « . « **i 

En este catálogo de los beneflcioa, casi el 
último lugar se dejó al dinero; sin embargo, 
ayudar coa él es cosa liberal y honesta, y en 
que se encuentra maravillosa dulzura, porque, 
como Aristóteles, Cicerón y los demás filósofos 
enseñan, más glorioso y agradable es dar que 
recibir; lo cual comprobó también el Señor con 
8u sentencia, como se ve en San Pablo escri- 
biendo á los corintios: «Según la palabra del Se- 
ñor, dice él, es cosa más bienaventurada dar 
que recibir.. Tomado el gusto & la liberalidad, 
no podemos apartarnos de ella mientras haya 



-i»:' . 



•i^ir^ 



26 



LUIS VIVES 



que dar, y aun en no habiendo 8e busca á veces 
hurtando; aai lo declararon con su ejemplo mu- 
chos que quitaban á unos para dar á otros, como 
Alejandro, Sila y César; por tanto, dice un ada- 
gio antiguo que el dar no tiene fondo. Aun dar 
á aquellos que sabemos que son ingratos, deleita 
sólo porque damos. Verdaderamente, hay una 
cierta semejanza de la condición de Dios y su 
naturaleza, en ver á otros necesitar de nuestro 
socorro, no necesitando nosotros del suyo, y mi- 
rarles aguardar nuestras manos y auxilio; por- 
que de Dios se dice en los Salmos: «Dije al Se- 
ñor: tú eres mi Dios, porque no tienes necesidad 
de mis bienes», y en otro lugar: «Todas las cosas 
esperan de ti, Sefior, que les des en tiempo opor- 
tuno BU mantenimiento. Abres tu mano y llenas 
de bendición á todo animal.» En esto hay un 
grandísimo error, que es el despojar á unos para 
dar á otros. Porque ¿qué género de beneficio es 
hacer bien por medio de la injuria? En realidad 
ellos no consiguen la gracia á que aspiran, pues 
á quien agrada la dádiva la olvida; á quien le 
duele, se acuerda, y queriendo parecer poderosos 
se ven obligados á implorar la ayuda de los más 
pequeños; de modo, que ya se dice vulgarmente: 
«El grande principe, grande mendigo.» Pero he 
dicho esto para manifestar más bien cuánta dul- 
zura se encierra en el dar, que sola ella podía 
incitar á ser dadivoso, dejadas aparte todas las 
demás utilidades. 



TRATADO DBL SOCORRO DB LOS POBRES 27 

Asi como no solamente debe socorrerse por 
lo que toca al sustento, necesitando todo el hom- 
bre de auxilio por todas partes, asi tampoco se 
han de limitar á solo el dinero nuestros benefi- 
cios. Se ha de hacer bien con lo que está dentro 
del ánimo, como con esperanzas, consejo, pru- 
dencia y preceptos para la vida; y con lo que 
está en el cuerpo, es, á saber, con la presencia 
corporal, palabras, fuerzas, trabajo y asistencia; 
y con lo exterior, cual es la dignidad, autoridad, 
empeño, amistades, dinero, en el que se com- 
prende todo lo que con él se compra. En lo que 
cada uno pueda, ayude y aproveche á los que lo 
necesitan, á ninguno dañe en cuanto esté de su 
parte, á no ser que por este medio concurra á la 
utilidad de -aquel bien, que es el principal; esto 
es, la rectitud ó virtud; pero esto no se podrá 
llamar daño, porque no se ha de dar á cada uno 
lo que apetece, sino lo que le conviene, á cuyo 
fin debe estar libre de toda perturbación de áni- 
mo el que lo ha de juzgar. 




I 




TRATADO DEL SOCORRO DE LOS POBRES 



29 



^^^^ 



^<^^^^^^^^^^^^^ 



Cuan natural sea el hacer bien 



EMPERO, el Señor clementísimo se apiadó del 
hombre, ya porque éste ae avergonzó de bu 
hecho, ya también porque habla sido Impelido de 
las persuasiones del astuto enemigo, y le reservó 
' el lugar que primero le habla destinado, pero 
cuya consecución era ya mucho más trabajosa. 
Quiso que en esta vida unos favoreciesen á otros 
por la caridad, primeramente para que empe- 
zasen desde luego los hombres con este amor á 
prepararse para la celestial ciudad, en donde 
no hay otra cosa que un amor perpetuo y una 
concordia Indisoluble. A más de esto, dispuso 
Dios que el hombre, que habla de pasar su vida 
en la sociedad y trato común, depravado en el 
ánimo y soberbio por su manchado origen, ne- 
cesitase de la ayuda de otro, único medio para 
que pudiera habar entre ellos una compañía fiel 
y duradera, siendo cierto que cada cual, engreído 
de BU original arrogancia, y por su genio pro- 
penso al mal, despreciarla y dejarla al compa- 
ñero, á no ser contenido con el miedo de necesi- 
tar de él en algún tiempo; porque á nadie le- 



vantó de suerte el favor de la fortuna, que no 
le humille, á pesar suyo, á implorar el socorro 
del inferior, antes bien, aquel favor ó no se 
adquiere ó no se conserva sin la ayuda de loa 
menores. De ejemplo nos sirven los grandes 
reyes, cuyo poder estriba en sus subditos, y 
caerla en el punto mismo que éstos le abando- 
nasen. 

¿Qué niño ó vlejezuela ignora que los mayo- 
res Imperios ae afirman con el consentimiento de 
loa vasallos, y que nada serían bí nadie obede- 
ciese? Ni puede subsistir por mucho tiempo aque- 
lla república en donde cada uno cuida solamente 
de sus cosas y de las de sus amigos, y ninguno 
de los comunes, ahora se gobierne todo por la 
voluntad de uno, que es lo que se llama monar- 
quía, ahora administren pocos, que es lo que de- 
cimos oligarquía, ó sea el pueblo el que tenga la 
potestad suprema y el imperio, que es en lo que 
consiste la democracia. Justa es la república y 
saludable el imperio, siempre que los ciudadanos 
y consejos de los que gobiernan se dirijan á la 
pública utilidad; per-o si cualquiera particular 
va trayendo hacia sí todo cuanto puede con la 
astucia, arte y poder, entonces es el pueblo tirano 
de si mismo, ni mantiene mucho tiempo la liber- 
tad y poder, sino que en breve es hecho esclavo 
del dominio y arbitrio de otro. Bien declararon 
esto aquellas dos poderosísimas repúblicas ro- 
mana y ateniense, y lo declararán cuantaa ten- 






90 



LUIS VIVB8 



TRATADO DBL SOCORRO DB LOS POBRES 



31 



gan tales cludadanoa, que quieran más ser ellos 
grandes y poderosos que su patria. 

Sobre todo, correspondomos bien á la natura- 
leza si, necesitando nosotros de que muchos nos 
ayuden, ayudamos también & otros muchos; y 
asi el deseo de favorecer penetra tan maravillo- 
samente á los corazones humanos, que quisieran 
los espíritus generosos hacer bien, y ayudar ¿ 
muchísimos, reputando este empleo por la cosa 
más honrosa y más noble; y esto sin provecho 
alguno suyo, antes á veces con grande detri- 
mento ó de la hacienda ó de la vida: todo lo 
tuvieron por cosa vil muchos varones de grande 
y excelso corazón con tal que aliviaran á los 
oprimidos, socorrieran á los pobres, fortalecieran 
á los enfermos, y dieran ayuda y consuelo á los 
afligidos, consiguiendo por eete medio el grande 
premio de ser juzgados dignos de la inmortali- 
dad. Tan cierto es que no ignoró la antigüedad 
ser cosa muy divina el hacer bien; pero ¿para qué 
hablo sólo de los varones buenos? Cuando los pi- 
ratas y ladrones, que inquietan el mar y la tierra 
con el ansia de robar, quieren aparentar que 
aprovechan á algunos, pues pudiendo matarles 
los conservaron, que este es el mayor beneficio 
de un ladrón. Los soldados, hombres por su na- 
turaleza jactanciosos, no alaban su valor y forta- 
leza sino porque aprovecha al bien común como 
un poderoso asilo. Por tanto, nada debe avivar y 
mover más los pensamientos del hombre que el 



deseo de hacer bien á otros, ya sea porque lo 
mandó aquél, que tiene señalado el más magni- 
fico premio á la obediencia de sus preceptos, ó 
porque de otra suerte no pueden permanecer las 
sociedades de los hombres, ya también porque 
obra inútilmente y contra la naturaleza quien 
no favorece á los que pueda, ó porque por este 
camino unos ponen para otros el beneficio como 
en depósito común, por si en alguna ocasión el 
que es más poderoso no quisiere socorrer al que 
es más débil. Finalmente, conviene que todos 
conspiren á tan noble objeto como es el hacer 
bien, llamados por las voces de la suerte uni- 
versal, porque á todos nos puede suceder el ver- 
nos necesitados. 



.Mm^ 





^^^^^^^^^^^<^^^^^^^ 



Por qué causas algunos se apartan 

de hacer bien 



Dos BOQ las causas por que se suele coartar 
notablemente nuestra beneficencia, es á sa- 
ber, ó porque desesperamos de poder ser útiles á 
los demás, ó porque pensamos que nos hemos de 
dañar á nosotros ó á los que amamos, como son 
hijos, parientes y amigos. Juzgamos que no apro- 
vecha lo que se da al malo, y nos damos sobre- 
manera por sentidos de la ingratitud. Demás de 
esto nos amamos tan tiernamente, que no nos 
atrevemos á hacer bien, no sea que esto mismo 
nos dañe. Hablaré primero de los pobres, y des- 
pués de los ricos. Nada hay más amable que la 
virtud, y ninguna cosa atrae á si más fuerte- 
mente á los hombres que la hermosura de lo ho- 
nesto; por el contrario, nada hay más feo que el 
vicio, y ninguna cosa aparta con abominación 
más pronto de si á los que lo miran. Asi, pues, 
según aquellos antiguos vesillos: «Dando recibió 
un beneficio el que lo dio á un digno», y aquel 
de Enio: «Los beneñcios mal hechos, los tengo 



TaATADO DBL SOCORRO DB LOS POBRBS 



33 



por maleficios.» No hay cosa que nos aparte más 
de dar que el temor de colocar indignamente el 
benefieio; y esto por doa razones: la primera, por- 
que no aprovecha el f^vor á quien lo hicimos, 
y nos duele haber perdido el gasto y el trabajo. 
La segiiudi, porque experimentamos que el que 
lo recibió es un ingrato; el cual vicio no eota- 
meüte ofende á aquel contra quien determinada- 
mente se comete, ó no daña só'o al ingrato, sino 
á todos en común, porque coarta la benignidad 
de ios hombres y apaga el ardor de ayudar á los 
necesitados. Timón, hombre rico de Atenas, que 
fué al principio muy bienhechor y muy Bit)gular- 
mente liberal; pero habiendo experimentado que 
muchos le eran ingratos y desconocidos, ca>ó en 
un género do aborrecimiento al. género bumano, 
quo le concilló el renombre de Mhántropu, que 
quiere decir aborrecedor de los hombres. 

Vemos que muchos convirtieron en daño de 
los maestros la oratoria, hab'a y estilo, que es- 
toa mismos pulieron y perfeccionaron en ellos: 
¿Quién habrá que quiera enseñar? Vemos á mu- 
chos padres deshonrados, robados, expelidos, 
heridos, muertos por sus mismos hijos. ¿Q jién 
habrá que se determine á educarles, criarles ó 
darles el ser? Vemos que muchos favorecidos, 
criados y criaddis, admitidos en la casa y familia, 
ayudados con hacienda, sublimados con digni- 
dad, mirados y tenidos como hijos, mancharon 
las mujeres de sus señores, sus hijas, parieutas. 



TRATADO DBL SOCORRO DE LOS POBRBS 



35 



34 



LUIS VIVBS 



■^ 



las coBtumbres de loa hijos, robaron la casa, y 
fueron traidores á sus amos, de tal suerte, que 
hubiera sido mejor meter en casa una serpiente 
qua hoaibr.^a tan pestíferos. ¿Quién habrá, pues, 
que no quiera más pasar la vida en las selvas y 
desiertos? A un gobernador de una ciudad, que 
vela día y noche por la utilidad pública con Inco- 
modidad y trabajo suyo, le llaman ligero, ambi- 
cioso é Inh&bll para gobernar. Desprecia el pue- 
blo á un principe justo y obedece á un malo; esto 
es lo que mueve á muchos á ser malos, pagando 
los agradecidos io que pecaron ios Ingratos. Por 
este motivo aborrecen todos la Ingratitud, aun 
la que es contra otros, y ha sido tenida por un 
crimen de tanta gravedad, que no obstante ser 
frecuente en las repúblicas, no se le encuentra 
castigo establecido por las leyes, porque el ta- 
Barlo°excedló á todo humano conocimiento, y era 
de aquellos que, como dice Séneca, se remite á 
sólo el rey de las venganzas. Hay quienes esco- 
gieron á algunos hijos de los mismos mendigos 
para enseñarles é Instruirles en el modo de ganar 
la vida, les adoptaron por hijos, dejándoles here- 
deros en el testamento, los cuales huyeron de sus 
amos pocos días después con lo que les hurtaron, 
ó si permanecieron en sus casas algún tiempo, en- 
tregándose del todo á la desvergüenza é inmodes- 
tia, se hicieron murmuradores, y lo que se llama 
replicones. Insolentes, rateros é Intolerables. 
Y ya que el mismo asunto nos ha puesto de- 



lante á los mendigos, si alguno considera su vida 
y vicios, y las atrocidades y delitos que nos ofre- 
cen cada día, se admirará más aún de que haya 
quien ios mire; ¡tan perdido queda lo que se lea 
da! Primeramente piden muy desvergonzada é 
importunamente, más para alcanzar por fuerza 
que por ruegos. Algunos no les dan por solo este 
motivo, y otros les dan por apartar de sí seme- 
jante molestia. No mirando ellos en dónde y en 
qué tiempo piden, en la operación misma del 
sagrado misterio, en el santo sacrificio de la misa 
no dejan á los demás venerar atenta y piadosa- 
mente el Sacramento; se hacen paso por la más 
unida turba, deformes con sus llagas, respiran- 
do por todo su cuerpo un inaguantable hedor. 
Tanto se aman á si mismos y desprecian la repú- 
blica, que no se les da nada comunicar á otros 
la fuerza de su enfermedad, no habiendo casi 
género alguno de mal que no tenga su contagio. 
Y no sólo esto, de muchos se ha averiguado que 
con ciertos medicamentos se abren y aumentan 
llagas para parecer más lastimosos á los que los 
miran. Ni solamente afean de esta suerte sus 
cuerpos por la avaricia de la ganancia, sino los 
de los hijos y nlfios, que aun algunas veces han 
pedido prestados para llevarlos por todas partes. 
Sé de unas gentes que llevan hasta los niños 
hurtados y enflaquecidos para conmover más los 
ánimos de aquellos á quienes piden limosna. Asi 
también muchos sanos y robustos fingen varias 



V 



K 



33 



LÜI8 VIVB8 



TR4TAD0 DBL SOCORRO DB LOS POBRES 



37 



eofermedades, pero estando solos ó sobrevinien- 
do de repente alguna necesidad, mueatran bien 
claraoaente cuan buenos están. 

Hay quienes se ponen á salvo con la fuga ei 
alguno quiere curarles sus llagas y accideiites. 
Otros OCIOSOS hucau oficio de sus miamos males 
por la dulzura qu3 les causa la ganancia»; no 
quieren de modo alguno cambiar este modo de 
adquirir dinero, ni pelean con menor ardor por 
BU mendiguez;, si alguno intenta quitársela, que 
otros por sus riquezas; y asi, estando ellos ya 
ricos, aunque ocultamente, piden aún limosna, 
recibiéadola de aquellos á quienes con más razón 
deberían ellos dársela, lo que descubierto en 
algunos á todos biace sospechosos. Hay también 
quieuea teniendo siempre a Dos y á cuantos san- 
to^ hay en la boca, uad* tienen en su corazón 
menos que á ellos, y profieren contra Dios blas- 
feGoiae impacientláimas. San de ver con el mayor 
lamento aus rabioa^is rlüaa, maldiciones, execra- 
ciones, y por un dinero cien perjurios, g)lpes, 
muertes todo con la mayor ferocidad y crueldad 
espantoaísima. Ddapreeian algunas veces lo que 
Be les da de limosna si no ea tanto como desean, 
deaecihándolo con grande enfado y fastidio del 
semblante y con palabras injuriosas. Alcanzada 
la iimosua, se rien y burlan de los que se la die- 
ron: tan lejoa están de rogar á Dios por ellos á 
BUS solas. Uqo8 eacoüdan con increíble avaricia 
lo que recogen, y ni aun al morir lo manifiestan 



para que se pueda hacer algún uso de ello á sa 
favor. Otros, con un lujo y prodigalidad detesta- 
ble, consumen derramadamente lo que adquieren 
en cenas espléndidas, cuales no tienen en sus ca- 
sas los ciudadanos opulentos; con más ánimo mal- 
gastan ellos un doblón en capones ó peces deli- 
cados, ó vino generoso, que los ricos un real. De 
modo, que no sia gracia dicen algunos, que estos 
pobres mendigan para el figonero, no para si, y 
66 que confian que con la facilidad que adquirie- 
ron el dinero que gastan bailarán otro tan^o ma- 
ñana. No sé ciertamec te por qué causa es tan rara 
la parsimonia en los caudales corfos, y mucho más 
rara.si se han adquirido sin industria ni trabajo. 
Por último, ;con qué estrépito no comen ellos! 
¡Con qué voces tan desentonadas! Dirías al oirloB 
que era pendencia entre rameras y rufianes. 

Buacan y solicitan los deleites con más dili- 
gencia, y se entregan y sumergen en ellos con 
más vehemencia y más profundamente que los 
ricos; semejante modo de vida los hace insocia- 
bles, desvergonzados, ladrones é inhumanos, y 
á las mczuelas disolutas y torpes; si alguno lea 
aconseja bien con alguna libertad, murmuran 
desbocadamente, teniendo siempre en la boca: 
«Somos pobres de Jesucristo.» Como si Jesuciisto 
reconociese per suyos á unos pobres tan ajenos 
de sus costumbres y de la santidad de la vida 
que nos enseñó; Cristo no llama bienaventura- 
dos á los pobres de dinero, sino á los pobres de 



1.- 



) u 



LUIS VIVÍS 

«nfermedades, pero etUodo ioloi 6 aobrevinlen- 
do de repente zigana necesidad, muestran bien 
olara{B**nce cuáu buenos están. 

H4y quienea se ponen A ialvo con la faga b1 
alguno q ilere curarles sus llagaa y accidobtes. 
Otros oc osos h«»c3u oficio de sus mismos males 
por la dulzura qu^ les causa la ganaocU; no 
qatereu de modo alguno cambiar este modo de 
adquirir dinero, ni pelean con menor ardor por 
■u mend.guez, si alguno intenta qultáraela, que 
otros por sus riquezas; y asi, estando ellos ya 
ricos, aunque ocultamente, piden aún limosna, 
reclbiéadola de aquellos á qulanea con más razón 
deberUu ei;oa dársela, lo que descubierto en 
algunos A todos bace sospechosos H^y también 
quienes teniendo siempre A D-os y á cuantos san- 
tof hay en la boca, nad* tienen en au corazón 
menos que a ellos, y profieren contra Dios blas- 
femiae ImpaclentUlmas. Saa de ver con el mayor 
lamento sus rabios'is rifias, maldiciones, execra- 
ciones, y por un dinero cien perjurios, g »lpe8, 
muertes todo con la mayor ferocidad y crueldad 
espanioaísitna Dcjapredan algunas veces lo que 
Be les da de limosna si no ea tanto como desean, 
desechándolo con grande enfado y fastidio del 
temblante y con palabras Inj irlosas. Alcanzada 
la limosua, se ríen y burlan de los que se la die- 
ron: tan lejos están de rogar á Dioa por ellos á 
BUS solas. Uaoa eacoadan con increíble avaricia 
lo que recogen, y ni aun al morir lo manifiestan 



TRATADO DBL 80CX)BR0 DB LOS P0BRB8 



S7 



para que se pueda hacer algún uso de ello á sn 
favor. Otros, con un lujo y prodigalidad detesta- 
ble, consumen derramadamente lo que adquieren 
en cenas espléndidas, cuales no tienen en sus ca- 
sa» los ciudadanos opulentos; con más ánimo mal- 
gastan ellos un doblón en capones ó peces deli- 
cados, ó vino generoso, que los ricos un real. De 
modo, que no sin gracia dicen algunos, que estos 
pobres mendigan para el figonero, no para si, y 
68 que confian que con la facilidad que adquirie- 
ron el dinero que gastan hallarán otro tanto ma- 
ñana. No eé clertameLte por qué causa es tan rara 
la parsimonia en los CHudales cortos, y mucho más 
rara si se han adquirido sin industria ni trabajo. 
Por último, icon qué estrépito no comen ellos! 
iCon qué voces tan desentonadas! Dirías al oirloB 
que era pendencia entre rameras y rufianes. 

Buscan y solicitan los deleites con más dili- 
gencia, y se entregan y sumergen en ellos con 
más vehemencia y más profundamente que los 
ricos; semejante modo de vida los hace íneocia- 
bles, desvergonzados, ladrones é inhumanos, y 
& las mozuelas disolutas y torpes; si alguno leB 
aconseja bien con alguna libertad, murmuran 
desbocadamente, teniendo siempre en la boca: 
«Somos pobres de Jesucristo.. Como si Jesuciisto 
reconociese per suyos á unos pobres tan ajenos 
de BUS costumbres y de la santidad de la vida 
que nos enseñó; Cristo no llama bienaventura- 
dos á los pobres de dinero, sino á los pobres de 



t 



p^^^^"^^ 



38 



LUIS VIVB8 




espíritu, y estos de que hablamos levantan á ve- 
ces más soberbiamente sua espíritus y corazones 
por el becho mismo de ser pobres, que los ricos 
por su riqueza y abundancia. Aborrecen á todos 
los que ó no les dan ó les reprehenden. Nada les 
aparta de hurtar sino el miedo de la pena ó el no 
hallar ocasión, pues cuando la hallan, ni á las 
leyes ni á los magistrados tienen respeto alguno; 
todo piensan que les ea licito con el pretexto de 
lu pobreza; no quisieran vengar sus iras con las 
palabras y los puños, sino con el hierro y la 
muerte; prueba son de eato loa muchos homici- 
dios que han cometido ¿ escondidas, y si alguna 
vez se levanta algún tumulto, ningunos hacen 
más muertes que ellos, ó manifestando á unos 
traidoramente, é instigando á otros, ó con sus 
propias manos; de suerte que no fc;in gravísimo 
consejo parece que retiraron los romanos á ios 
necesitados de todo cuidado, cargo y adminis- 
tración de ia república, porque los consideraban 
como enemigos de loa ciudadanos. No se piense 
que digo esto de todos sin excepción, sino de lo 
que regularmente acontece; sin embargo de que 
en unos hombres ó naciones reinan unos vicios, 
en otras otros, y en algunas ninguno: además de 
esto lo he dicho para exhortar á ios grandes ma- 
gistrados, y á los particulares á socorrer á los 
pobres con presteza para que no se pegue y endu- 
rezca perniciosamente en las entrañas de su ciu- 
dad tan grande mancha y tan hedionda apostema. 



De qué modo deben portarse los pobres 



AHORA, para enseñar y amonestar á los mis- 
mos pobres el modo con que so han de ma- 
nejar en sus adversidades, deben considerar pri- 
meramente que la pobreza se la envía un Dios 
justísimo por un oculto juicio, aun par:i ellos 
muv útil, pues les quita la ocasión y materia de 
pecar, y se la da para que se ejerciten más fácil- 
mente en la virtud, y que por tanto no sólo se ha 
de tolerar con paciencia, sino que se ha de abra- 
zar también con gusto, como don de Dios. Vuél- 
vanse al Señor, que les ha tocado con una coaa 
que es una señal grande de su amor, porque á 
quien ama castiga; no pierdan el fruto de la co- 
rrección y calamidad, que es conocerse á sí mis- 
mos y á su Criador que los avisa, llama y acerca 
á sí, desechados del mundo y elegidos de Dios; 
desnudos, desembarazados y expeditos acompa- 
ñen con alegría á Cristo despojado, expedito y 
y desnudo; obren santamente y confíen en Dios 
sólo, no en socorro humano alguno. Supuesto que 
reciben males en esta vida, trabajen y esfuér- 
cense para no tenerlos mucho más grandes y 






40 



LUIS VIVE8 



peorea en la otra, no sea que por mínirnaa y vi- 
lííimaa gaDancias en una vida amarguísima, 
tei)gaii la fatalidad de perder los gozcs celestia- 
les. Nada fli»jan, no parezca que usan de {as im- 
posturas como de un medio ó arte, confiados que 
en la bondad de Cristo que á todos nos alimenta; 
porque el que nos mantiene no es el dinero, ó 
el pan, que de ningún modo faltará á loa que 
fueren verdaderos pobres, como Cristo los ama, 
Bencillos, puros, vergonzosos, amables. Pidan y 
traten con las gentes racdeetamente y con bon- 
dad, que nada hay más hermoso que la ver- 
güenza y la moiií'Btia, ni máa eficaz para gran- 
jear el amor. 

Como al contrario, ¿qué cosa más intolerable 
que un pobre soberbio? De él dijo el sabio hebreo: 
«Tres géneros de hombrea abjrreció mi alma, j 
me lastimo muchísimo de la alm* do ellos, el po- 
bre soberbio, el rico engaüAdor y el viejo fatuo é 
insensato.» A nadie aborrezcan, á ninguno envi- 
dien las cosas perecederas, cifiéndoae y cami- 
nando apriesa para las inmortales, amen y aeran 
amados, sean sem*?jante8 á Criato en la pobreza 
é imitadores suyoa en la caridad; loa que puedan 
trabajar no estén ociosos, que esto lo prohibe el 
discípulo de Cristo, Pablo. 

La ley de Dios sujetó al hombre al trabajo^ 
y el Silmista llama bienaventurado á aquel que 
come el pan adquirido con el trabajo de sus ma- 
no8. Aai como ahora nada lea es máa dulce que el 



.-Wa... -T-^ ' '^ '^^ -i^W-V. A.^:-^ 



TRATADO DBL SOCORRO DE LOS P0BRB8 41 

% 

ocio torpe y perezoso, aai al ae acostumbrasen á 
hacer algo, nada lea aeria máa pesadlo y aborre- 
cido que la ociosidad, nada máa gustoso que el 
trabajo; y si no me creen á mi, pregunten á los 
que desde el ocio y la desidia se trasladaron á la 
aplicación y á los quehaceres; pues al hombre 
acostumbrado al trabajo, ya por la fuerza de ia 
costumbre, ya por la naturaleza de la condición 
humana, le ea una especie de muerte el ocio y la 
pereza: rueguen mucho y con ánimos piadosos á 
Dios, por el bien de su alma y las de loa que lea 
ayudan en laa neceaidadea de la vida, para que 
el Señor Jeaucríato se digne gaUrdonarloa con 
aquel «ciento por uno» de loa eternos bleuea. 

No ae contenten con haber dado graclaa de 
palabra por los beneficios que recibieron, aino 
conserven un espirita agradecido, eato es, que 
ae acuerde del beneficio; no malgasten pródiga 
y torpemente lo que les han dado, ni lo guarden 
suela y ruinmeite, que no se lo han de llevar á 
la otra vida; gástenlo con prudencia eu loa usos 
necesarios, y una vez remediados, no quiten á 
otroa pobrea la limoana, antea procúrenaela ai 
pueden, y aun ello^ mismos den de lo sobrante de 
au mantenimiento cotidiano, imitando á aquella 
vlejecita judia, que con toda su pobreza ofreció 
al Sefior dos dineros, esto ea, todos sus haberea, 
y fué alabada por aquella sagrada boca de nuea- 
tro Salvador. |F¿licl6ima mujer, que se olvidó de 
BU pobreza, mirando Bólo á Dios! Por eso mere- 



.■** 






42 



LUIS VIVBS 



w 

ció tan grande panegirista de su devoción. ¡Di- 
choaa limosna que salió de las mismas necesida- 
des de la pobreza! Por eso fué preferida por tes- 
timonio de Cristo á las dádivas grandes de los 
ricos. No parezca esto impracticable á los hom- 
bres criatianoy, pues lo hicieron ciertos gentiles 
ajenos de la santa piedad, los cuales desde su 
tienda, porque en ella hablan vendido ya lo que 
bastaba para el mantenimiento del dia, enviaron 
un comprador al vecino que había vendido poco 
ó nada. {Oii pecho durísimo de aquel cristiano 
á quien no ablandan ni los ejemplos de los hom- 
bres que sirven al mundo y no á Dios, ni tantos 
documentos de tan grande pena ó premio del 
divino Maestro, que no claman otra cosa más 
que el que desees y hagas bien al prójimo en 
cuanto puedas! Pero volvamos á loa pobres. 

Eduquen y enseñen piadosa y santamente á 
sus hijos, para que, ya que no les queden rique- 
zas, les dejen virtud y sabiduría, herencia que 
debe anteponerse á todos los reinos; si practican 
lo que llevamos dicho, si así vivieren, sé cierta- 
mente, y me atrevo ¿ salir fiador con peligro de 
mi cabeza y de mi vida, que si les faltare la co- 
mida entre los hombres, les ha de proveer Dios 
desde los cielos; el que esto no cree, verdadera- 
mente que ni da crédito á las promesas de Cristo, 
ni entiende que su vida no se conserva de modo 
alguno principalmente por la comida, sino por 
la voluntad de Dios. 




Qué vicios impidan hacer bien 
á los que pueden hacerlo 



HAY, por el contrario, en noaotroa otros vicios 
que Impiden mucho más nuestra beneficen- 
cia, y todos nacidos de nuestro inmoderado amor 
propio, cuya cierta y legítima hija es la sober- 
bia, y el deseo de exceder á unos, por el cual 
oprimimos á otros. Da aquí proviene la envidia 
siempre unida en sumo grado á la soberbia, con 
la cual queremos que nuestros bienes sean sólo 
propios, nuestros, de tal suerte que no sufrimos 
que alguno llegue á igualar nuestra altura y 
grandeza, aborreciendo no sólo á los que ascien- 
den, sino á aquellos por quienes logran loa as- 
censos; también se causa en nueatros pechos una 
cierta frialdad cuando, favoreciendo á unos, te- 
memos que otros se ofendan, y esto retrae igual- 
mente á no pocos de defender á otros de las Inju- 
rias, porque recelan que de aquí á ellos mismos 
se les han de seguir daños y enemistades; temen 
también algunos el dar con sus beneficios en un 
ingrato, escarmentados más de los ejemplos aje- 



f 



44 



LUIS VIVB8 



no8 que de los propios, sin querer ellos experi- 
mentar á BU costa 8Í BU beuigoidad tendrá por 
▼entura un éxito máa feliz; nos detiene a8imi8> 
mo para hacer bien cierto género de desidia cor- 
poral, nacida de la delicadez y del regalo, de tal 
Buert^ que moetrándonoa por otra parte muy di- 
ligentes y ágiles para la gauancia y el recreo, 
huimos de todo trabajo y aoücitud por máa que 
hubiera de aprovechar ai prójimo; caminamos 
mar y tierra por un pequefio logro; nos metemos 
en mil peligros por un ligero paai^tiempo y de- 
leite; pero por el bien de nuestro hermano, aua 
la menor diligencia, aun el mover la mano, nos 
parece gravamen ii^soportable. 

Fuera de todo eato prevalecen ya tanto los 
deleite?, diversiones, lujo, ostentación y gestos 
Buperfluoa, que no lea puede dar abasto la más 
crecida hacienda, y asi no nos atrevemos á ha- 
cer bien á otros, no sea que á nosotros nos falte; 
esta fria pusilaniaiidad para hacer bien se origi- 
na igualmente de que no sólo hemos perdido las 
cosas buenas, sino aun los verdaderos nombrea 
de ellas; hemos cedido de tal modo á los vicios» 
que con un tácito cooaentimleato atribuimos á 
ellos lo que es propio de las virtudes; ninguno 
cree que hace mal si los demás no juzgan que lo 
hace; la alabanza de la templanza, parsimonia, 
sobriedad y moderación, se ha vuelto en vitupe- 
rio; la prodigalidad y vana ostentación se apre- 
cian absurdamente como dignas de loa nobles j 



TRATADO DBL SOCORRO DE LOfi POBRBS 45 

ricos, en tanto grado, que llegan algunos á glo- 
riarse de que se embriagan muchas veces, como 
8i el embriagado fuera hombre y no bestia; mal- 
gastar cuantiosas sumas de dinero en juegos, 
aduladores y bufones, en teatros y suntuosos con- 
vites, se tiene por una cosa llena de gloria y 
hermosura; pero la sencillez, el Candor y la recta 
prudencia se reputan necedad, el nombre de 
prudencia se pasó al engafio y á la astucia, y el 
de Ingenio á la malvada sátira; enseñar á otros 
se estima ya por bajeza y oficio de hooibres viles, 
y esto aun respecto de los propíos hijos, si no es 
para enseñarles las artes de la vanidad y la so- 
berbia; hasta el orar y rogar á Dios se reputa 
por poco honesto y decente, porque no parezca 
que confesamos ser Dios mayor que nosotros, y 
que neceaitanooa en aigo de su socorro. Todo esto 
nos han introducido unos siglos llenos de igno- 
rancia, estolidez y barbarie. 

A más: el dinero, que no fué al principio sino 
un medio para adquirir el sustento y vestido, 
pasó á ser instrumento universal del honor, dig- 
nidad, soberbia, ira, profusión, venganza, vida, 
muerte, imperio, en fin de todas las co^as que 
medimos por el dinero; subido su precio á UQ 
grado tan alto, nadie hay que no ju/gue que se 
han de hacer diligencias para adquirirlo y con- 
servarlo por todos ios medios y camiooa posibles, 
<5on razón 6 sin ella, justa ó injustamente, y sin 
distinción de profano y sagrado, licito ó ilclto; 



^r^: 



46 



LUIS VIVES 



11 



el que lo adquirió es tenido ya por sabio, señor, 
rey, hombre de grande y admirable consejo y 
talento; mas el pobre es reputado por necio, des- 
preciable, y apenas por hombre; esta lamenta- 
ble opinión, tan recibida de todos, estrecha ¿ 
que se esclavicen á la fortuna aun aquellos hom- 
bres que están por su genio más ajenos del cui- 
dado de ella, porque unos sirven á otros de ejem- 
plo y aliciente para el mal, el padre, la madre, la 
ama ó aya, los hermanos, todos los que bien les 
quieren nada desean más para ellos que el dine- 
ro; lo mismo sucede con el amigo respecto del 
amigo, y con el pariente respecto del pariente, 
y á los enemigos no se les echa otra maldición 
que el que se vean en la pobreza. 

Protestan algunos para esto honestas y gra- 
ves causas á su parecer; dicen que recogen el 
dinero para la vejez que de su naturaleza es débil 
y flaca, necesitada por lo mismo de muchos soco- 
rros, para las enfermedades también y para va- 
rios acasos imprevistos que ocurren, y á más 
para los hijos, nietos y demás parientes por con- 
sanguinidad y afinidad; á esto llaman providen- 
cia, siendo asi que semejante solicitud es una 
imprudencia que no tiene fía ni limites, porque 
queremos cuidar nosotros de hacer inmortal 
nuestro linaje y proveerle para siempre de lo ne- 
cesario; llega á tanto la preocupación, que suele 
decirse del que da algo más abundantemente á 
los pobres que defrauda á sus herederos, y aun 



TRATADO DEL 80C0RB0 DE LOS POBRES 47 

con palabras más denigrativas, que es un ladrón 
que se lo hurta y rapiña; tampoco faltan leyes 
que favorezcan á la avaricia de los herederos y 
aten las manos bienhechoras, y asi vino á ha- 
cerse común aquel di8par».te en tono de senten- 
cia: que al peor heredero se le debe todo, nada 
al mejor pobre. Este tan grande cuidado y vene- 
ración del dinero ha puesto en tal estado las co- 
sas, que más ama cada uno su hacienda que su 
vida y su alma, y si alguao da al pobre una mo- 
neda, piensa que le dio Ja sangre, no un poco de 

metal. 

Llégase á esto que todos suelen morir confor- 
me viven; el que pasó la vida en la ambición, 
soberbia y codicia, se hace edificar una iglesia, ó 
capilla ó sepulcro, según son sus riquezas, ador- 
nado insignemente con plata, oro, mármol y mar- 
fil, de suerte que viva también en el muerto la 
avaricia, esparcidos por todas partes los escudos 
de armas, y ostentando so>^erbiamente lo noble 
de BU linaje, y añadidas las armas ofensivas y 
defensivas, ó para conquistar al mismo cielo si 
fuere necesario, ó para defender al cuerpo si al- 
guno intenta ultrajarlo, vengándolo de la inju- 
ria, y antes de todo para matar los gusanos que 
cometan el desacato de querer comérselo; se po- 
nen también en el sepulcro hechos bélicos, y mo- 
numentos ó memorias de hazañas crueles, que es 
una recomendación bien triste para el Juez de 
la paz; de los robos y despojos que se han hecho 



i^:s^Sfs^8^^^^t^m^- 



48 



LUI8 VIVK8 



[A 




á loe pobres y de las riquezas mal adquiridas ó 
iDicuameute guardadas, aun después que ya do 
son Duestras, mandamos que se nos canten cier- 
tos ealmos y que se nos digan misas sin restituir 
lo ajeno; otros levantan alcázares, castillos, pi- 
rámides ó estatuas, en fin, todo aquello que no 
permita que falte memoria de nosotros, y cuando 
andamos agitados de estos pensamientos y nos 
prometemos de su ejecución la mayor gloria, y 
aun vivir después de muertos, negamos un di- 
nero al pobre porque nada nos falte para tantos 
gastos, ó por mejor decir, quitamos al pobre un 
maravedí si lo tiene, y si se puede decir asi, des- 
pojamos al desnudo; la causa principal, pues, 
para no hacer bien es nuestra soberbia y amor 
propio, que cuando arde con m^s fervor tanto 
más ap^ga la caridad para con otros. Sobre esto 
dice nuestro Stúor en su Evangelio: «Porque cre- 
cerá con abundancia la iniquidad, se enfriará la 
caridad de muchos.» 

E^tüS son las más verdaderas y más ciertas 
causas por qué nos encogemos para hacer limos- 
na, pero siguiendo la costumbre común de todos 
los hombres, echamos á otros la cu!pa de nues- 
tros defectos, y lo que nosotros repugnamos vo- 
luntariamente, pretextamos que si no lo hacemos 
es por vicio ajeno. * 

DDO 




^^<^^<@>^<^<§>^^^^<^^^^^ 



Que ninguna cosa debe impedirnos 
para hacer bien 



SIN embargo, es cosa muy "^hermosa y exce- 
lente el ser bienhechor, y nada nos es más 
decente y conviene más que el ser en esto imi- 
tadores de nuestro padre Dios, cuya benignidad 
no es capaz de agotar nuestra ingratitud, pues 
«llueve sobre los justos y los injustos, hace á su 
sol nacer para los buenos y los malos», y más, 
que si bien se considera, casi todos los vicios de 
los pobres se nos deben atribuir á nosotros, nos- 
otros los hacemos ingratos socorriéndolos pere- 
zosa, fría y malignamente, no con ánimo puro, 
sino teniendo por fin otra cosa distinta del bene- 
ficio y de la gracia, afrentando con el mismo be- 
neficio, con el recuerdo, el gesto y el fastidio; 
hay también muchos tan delicados, que, por la 
ingratitud de uno solo, á nadie quieren ya favo- 
recer, y nadie ignora que no todos los hombres 
han de ser ingratos porque uno lo sea, pues no 
todos son de un mismo genio ni de unas mismas 
costumbres; antes de resolverte á no hacer bien 

4 



I 



1i 



•W; 



I .-i. 



! 






50 



LUIS VIVB8 



TRATADO DBL SOCORRO DB LOS POBRES 



51 



por miedo de la ingratitud, baz tú por ti mismo 
la experiencia; oye á Séneca, que es un hombre 
gentil, enseñar á los cristianos lo que él debia 
aprender de ellos; copiaré el lugar entero, para 
que se avergüence cada uno de nosotros de no 
ordenar nuestra vida ni aun por los preceptos un 
poco más sanos de los mismos gentiles. 

«No es razón — dice— que la muchedumbre de 
los ingratos nos haga más tardos para ser bien- 
hechores, porque primeramente, como ya he 
dicho, nosotros somos los que aumentamos 3U 
falta de correspondencia; después de esto, ni 
aun los dioses inmortales se retraen de socorrer 
una necesidad, que tanto se extiende por todas 
partes, porque haya sacrilegos que los menos- 
precian; ellos usan de su natural, se portan 
como quien son y ayudan á los mismos que abu- 
san é interpretan mal sus dones; sigamos estas 
guias en cuanto lo permita la flaqueza humana, 
demos liberalmente el beneficio, no lo demos á 
usuras; digno es de quedar burlado quien al mis- 
mo tiempo que daba estuvo pensando en recibir; 
pero no fué de provecho, replican, se malogró 
lo que se dio. ¿Qué importa? También los hijos y 
las mujeres nos han engañado muchas veces, j 
han salido malos y malas, y con todo, los educa- 
mos y nos casamop; en otras materias somos tan 
pertinaces contra las experiencias, que volve- 
mos á las batallas después de haber sido venci- 
dos, y á los mares después de haber naufragado; 



pues cuanto más constantes debemos ser en 
hacer beneficios, cuando si alguno no los hace 
porque no recibe, seflal es de que no los hacía 
sino para recibir; este tal hace buena la causa 
de los ingratos, que por otra parte obran torpe- 
mente en no corresponder. jPara cuántos nace 
el día que son indignos de luz! ¡Cuántos se quejan 
de haber nacido, y no obstante la naturaleza 
saca á luz nuevas producciones y deja que ten- 
gan ser aun los que quisieran más no haber sldol 
Ea propio de un ánimo grande y bueno hacer 
bien sólo por hacerlo, no por el provecho que se 
le puede seguir, y buscar lo bueno aun entre los 
mismos malos. ¿Qué tendría de grande favore- ^ 
cer á muchos si ninguno engañase? La virtud ' 
está en hacer beneficios que de cierto no se han 
de corresponder, pero al mismo tiempo ya per- 
cibió su fruto luego al punto el varón noble y 
magnánimo; tan lejos está el que esto nos aparte 
y haga perezosos para ejecutar la acción hermo- 
sísima de ser bienhechores, que si me quitaran 
toda esperanza de hallar un hombre agradecido, 
más quisiera no recibir beneficios que no hacer- 
los, porque el que no da cae en un vicio que an- 
tecede al del ingrato; diré la que siento: no peca 
más el que no corresponde al beneficio que el 
que no lo hace.> Hasta aquí Séueca. 

Pero vaya que entre los gentiles hubiera este 
miedo de la ingratitud, que sin embargo intenta 
Séneca quitar, como oísteis, con tanta vehemen- 



te 



'■^■.^IM.^ ¿t .._ t 



i.iVwi'iW 



52 



TRATADO DSL 8000RB0 DR LOS P0BRB8 



53 



LUI0 YIYRS 






cia, 7 esto en el míemo capitulo primero de los 
libros que intituló de los Beneficios, como que era 
una piedra de tropiezo puesta en el mismo um- 
braly que habia de molestar y dañar en los pri- 
meros pasos á los que entran; mas á nosotros 
¿qué miedo nos puede retraer de hacer limosnas 
cuando se nos ofrece el Sefior por fiador del po- 
bre y recibe en si lo que se da á los miserables? 
¿Buscamos acaso otro pagador más rico ó más 
fiel? ¿Qué se puede pensar más suave ó más be- 
nigno que nuestro Dios, quien habiéndonos dado 
todo lo que tenemos, si alguno obedeciéndole 
diere algo al pobre por su divino amor, él mismo 
se hace deudor y quiere que se repute por dado 
á su Majestad lo que de los bienes que son suyos 
damos nosotros á un hermano nuestro? ¿Y qué 
cosa puede haber más dura, cruel é ingrata que 
nosotros que rehusamos dar, mandándolo su Ma- 
jestad, de lo mismo que para este efecto depositó 
en nuestro poder, y más cuando nos propone tan 
grandes premios, si lo hacemos, y nos amenaza 
de lo contrario con tan ciertos castigos? No puede 
haber mayor necedad que el proceder asi, ni ce- 
guedad más grande que precipitarnos á un cas- 
tigo seguro por abrazar con tanto apego las cosas 
perecederas y expuestas á mil acasos. 

Fuera de esto, si socorriéramos á los pobres 
con prontitud y á tiempo, sin duda se seguirla 
el grande y público bien de que con la condición 
y estado de sus cosas mudaran ellos sus costum- 



bres; pero en el dia dejamos á los mendigos que 
se pudran en su necesidad; pues ¿qué pueden 
sacar ellos de sus inmundas miserias sino todos 
los vicios que ya hemos referido? Por eso sus 
culpas son miserias humanas y de algún modo 
necesarias, pero las nuestras son voluntarias, 
libres y casi diabólicas, porque iqué es en una 
ciudad cristiana en donde se lee diariamente el 
Evangelio, esto es, el libro de la vida, y en él, 
como único precepto, la caridad, vivir de tan 
diverso modo del que allí se prescribel No dudo 
decir que no aprobarían nuestro modo de portar- 
nos los gentiles mismos, algo más cuerdos, y que 
de las ciudades de la gentilidad parece que no 
hemos mudado mas que el nombre, y ¡ojalá que 
no hayamos aumentado los vicios 1 Oímos á la 
Sagrada Escritura, que nos dice: «Háced bien y 
rogad á Dios por los que os persiguen é impug- 
nan»; y nosotros, que podemos y debemos apro- 
vechar á nuestros ciudadanos, miramos como 
gravoso decir una palabra á su favor, y aun te- 
nemos á menos el hablarles: Sócrates, que era 
un hombre gentil, pospuestos sus particulares 
negocios, y á pesar de la contradicción y envidia 
de muchos, andaba por toda la ciudad enseftan- 
do, amonestando y exhortando á todos y cada 
uno de por si, entregado siempre é insistiendo sin 
cesar en el cuidado de hacer mejores á sus ciu- 
dadanos. No quiero repetir ahora las peregrina- 
ciones de los Apóstoles y tantos trabajos como 



>-í4 



^■^I^S^^^^^ wJ^rW^W^ 



-^^ 



54 



LUI8 VIVBS 



: 2 

M 



pasaron, baste la vida y operaciones de un gen- 
til para que se avergüancen los cristianos. Nos 
dice Cristo: <£l que tiene dos túnicas, dé una al 
que no tiene.» iPero no ves al presente qué enor- 
me es la desigualdad! Tú no puedes ir vestido 
sino de seda, y á otro le falta aun un pedazo de 
jerga con que cubrirse; son groseras para ti las 
pieles de carnero, ovejü ó cordero, y te abrigas 
con las finas de ciervo, leopardo ó ratón del Pon- 
to, y tu prójimo tiembla de frío encogido hasta el 
medio cuerpo por el rigor del invierno. Tú, car- 
gado de oro y de piedras preciosas, ¿no salvarás 
siquiera con un real la vida del pobre? A ti, por 
estar tan harto, te dan fastidio y ganas de vomi- 
tar los capones, perdices y otros manjares muy 
delicados y de grandísimo precio, y á tu herma- 
no le falta hasta un pan de salvado con que sus- 
tentarse, desfallecido é inválido, y con qué man- 
tener á su pobre mujer y niños tiernecillos, y 
echas tú mejor pan á tus perros. ¿No te remuer- 
de é incomoda entretanto la memoria de aquel 
rico lleno de ostentación que se vestía de púr- 
pura y lino finísimo, y comia todos los días es- 
pléndidamente, y la del pobre mendigo Lázaro? 
No bastan para ti las casas en que hubieran 
cabido las comitivas de los antigos reyes, y tu 
pobre hermano no tiene en dónde recogerse por 
la noche á descansar, y estás sin temor de que te 
digan algún día con severidad aquello del Evan- 
gelio: «Hijo, tú has recibido ya tus bienes en esta 



TRATADO DBL 80C0RB0 DB LOS P0BRB8 55 

vida», y aquella tremenda detestación del Sefior: 
«Ricos, lay de vosotros, que tenéis aquí vues- 
tros consuelos!» Caando no tiene limites el amon- 
tonar y atesorar para las enfermedades y vejez, 
¡oh! á qué oídos tan sordos se cantan aquellas 
sentencias: «No estéis ansiosos del día de maña- 
na, levantad los ojos, mirad las aves del cielo y 
loa lirios del campo, á quienes sin cuidado al- 
guno suyo mantiene y aumenta el Padre celes- 
tial.» Por ventura, ¿todas estas riquezas y cosas 
atesoradas no están expuestas á muchas contin- 
gencias? Nada aprovecha al hombre adquirir y 
guardar contra la voluntad de Dios, en cuya 
mano omnipotente están todos los sucesos. ¿A 
cuántos, de muy ricos hizo pobres repentina- 
mente una chispa de fuego no advertida, ó un 
poco de estopa en una nave, ó una avenida del 
rio ó del mar, ó la malicia del hombre, ó una pa- 
labrllla denigrativa y calumniosa? ¿Qué es esto? 
; Acaso no viven y se conservan sanos los pobres 
sin tantas cosas, y los ricos con ollas enferman 
y se mueren? |Qué locura tan grande es pensar 
que consiste la vida en solo el dinero y el pan! 
De ningún modo deberíamos ser ignorantes en 
esto los que olmos tantas veces: «No vive el hom- 
bre con pan solo, sino con la palabra y voluntad 
de Dios», y en otra parte: «No consiste la vida del 
hombre en la abundancia de lo que posee.» ¿Qué 
cosa más clara contra el vano esfuerzo y ansia 
de amontonar que la Insinuada palabra del rico 



■\ 






15* 



50 



LUIS YIYBS 



TRATADO DBL SOCORRO DB LOS P0BRB8 



57 



i 




avariento? Las rentas aumentadas extremada- 
mente le hablan producido en su aprehensión tan 
gran seguridad de vivir que se decia á si mis- 
mo: «Alma mia, come, bebe, goza de tus bienes, 
pues tienes muchos prevenidos para muchiaimoa 
afios», pero en aquella misma noche oyó lo que 
á cada uno de nosotros se dirá también en medio 
de los proyectos de sus riquezas y haciendas: 
«Necio, esta noche morirás, expirarás, exhalarás 
el alma. Tanto como has atesorado, ¿para quién 
será?» 

Después que hemos oido esto de la Sabiduría 
de Dios, no es licito mendigar ejemplos de las le- 
tras profanas que refieren haber muerto muchos 
en el primer establecimiento de los aumentos de 
su hacienda, cuando resolvían ya echar á un lado 
BUS cuidados, gozar de lo adquirido y pasar en 
adelante una vida suave y descansada; de modo 
que se verifica no verse otra cosa más frecuente 
en laa repúblicas que trabajar los hombres para 
morir ricos, no para vivir; por otra parte, si es- 
tas riquezas se juntan y atesoran para la vejei 
y enfermedades, ¿á qué fin tanto exceso en el 
vestido y manjares? ¿A qué fin esa muchedumbre 
de criados y favorecidos que viven ociosos en 
confianza de tus haberes? ¿Para qué tantos pe- 
rros, azores, gavilanes, monas, mesas de juego 
y truhanes? Nada se niega si lo pide alguno con 
recomendación de un rico. ¡En fatuos y bufonea 
cuánto caudal se consume! Para dar á éstos no* 



ponemos limites (lastimosa materia en que deli- 
ran altamente ahora los españoles), ¿y á honra 
y gloria de Dios nada se ha de hacer? Con la 
costumbre de los vicios se nos ha hecho tal callo 
que ya no sentimos unas cosas que nos dañan en 
tan gran manera; á semejintesricos acaece mu- 
chas veces lo que dice el sabio: «El que calum- 
nia al pobre por aumentar riquezas, tendrá la 
pena de dárselas á quien es más rico que él, j 
llegará á ser necesitado.» 

Pero para que nadie retire su mano de soco- 
rrer al pobre, ó lo haga con cortedad por miedo 
de que á él le falte, oigamos á Salomón: «El que 
da al pobre no se verá en necesidad; el que des- 
pide con desdén ó despreció al necesitado, sufri- 
rá la penuria.» Y oigamos también á San Pablo, 
que confirma de este mismo modo á los corintios 
en dar limosoa: «Poderoso es Dios para aumen- 
tar en vosotros todo género de gracia; esto es, 
para que tengáis con qué ejercitar vuestra^nise- 
ricordia, y teniendo siempre en todas las cosas 
todo lo que basta, nada os falte con abundancia 
para toda obra buena y benéfica, como está es- 
crito: Repartió, dio á los pobres, y su justicia 
permanecerá por los siglos de los siglos; quiere 
decir, que la caridad, misericordia y beneficen- 
cia no perece, sino que, á manera de la semilla 
que se echa en la tierra, produce frutos abun- 
dantísimos, y conseguirá las alabanzas de los 
hombres y el premio de Dios; el que da la semi- 






■ - -'^-•^ 



58 



LUIS VIVB8 



TRATADO DEL SOCORRO DB LOS POBRES 



59 



lia al que siembra, esto es, el que os da con qué 
socorrer á los pobres, dará también pan para 
comer, y multiplicará yuestraa simientes, y au- 
mentará el incremento y multiplicación de las 
mieses de vuestro justo modo de obrar, para que, 
enriquecidos en todas las cosas, tengáis con abun- 
dancia todo género de sencillez y sinceridad de 
corazón, ó liberal voluntad de hacer limosna, 
que es la que produce en nosotros y por nosotros 
la acción de gracias á Dios, porque por ella las 
damos á su Majestad; pues el ministerio de esl^e 
oficio y cargo, esto es, el dar limosna, no sólo 
suple lo que falta á los cristianos, sino que lo 
aumenta con abundancia por medio de las accio- 
nes de gracias que ae hacen al Señor.» Asi San 
Pablo. Conviene á saber, que la oración y ac- 
ción de gracias que se hace á Dios por la limosna 
que se ha dado alcanza de su Majestad los au- 
mentos de aquellos mismos bienes de que hemos 
dado* limosna. 

¿Y acaso consta esto por dichos y amonesta- 
ciones solamente y no por ejemplos? En el libro 
tercero de los Reyes ó de los Reinos, leecffos que 
habia en la población de los sidonios una viuda 
que tenia en su casa tan poca harina como pue- 
de caber en un pufio, y unas pocas gotas de acei- 
te; habiendo salido la pobre á traer leña, llevaba 
á BU casa dos leños con que cocer una torta para 
^ai y su pequeño hijo, acabado lo cual hablan de 
morir precisamente porque habia una hambre 



atrocísima en Israel; ocurrió entonces Elias y pi- 
dió aquello de limosna, prometiendo á la viuda 
que ni á ella ni á su hijo había de faltar que 
comer en adelante; creyó la mujer al profeta y 
le dio cuanto tenía; pero después, ni á la vasija 
que tenia con harina le f<tUó ésta, ni á la que 
tenía con aceite se le disminuyó este licor hasta 
el día en que el Señor tuvo misericordia de su 
pueblo. iQué ejemplo! Anda cou esto y da con 
temor lo que has de recibir con tantas creces 
aun en los bienes de esta vida. 

Pero dirá alguno que él pone su atención en 
su posteridad y descendencia; mas valga la ra- 
zón: siendo la posteridad, como es, un Inñaito, 
¿qué limites puede tener el amontonar? ¿Qué es 
esto que haces? ¿No quieres dejar cuidado alguno 
á tus descendientes? ¿Nada les quieres dejar que 
hacer, ni en qué ejercitarse? Verdaderamente 
que te portas muy mal mirando sólo por ellos, y 
no rehusando tu vivir miserablemente, y aun 
mal, por causa de unos que ignoras cómo serán. 
Oye al sapientísimo de los Reyes, que dice: «Máa 
de una vez he detestado y abominado la indus- 
tria y solicitud con que trabajé acá abajo culda- 
dosísimamente, habiendo de tener después un 
heredero de quien ignoro si sera sabio ó necio, 
y se hará dueño y disfrutará los trabajos en que 
yo sudé y anduve ansioso; ¿hay cosa alguna que 
pueda ser tan vana? Por lo mismo dejó la fatiga, 
y mi corazón renunció para en adelante de todo 



-^.^*P-r 



Í 



•O 



LUIS YIVBS 



TRATADO DBL SOCORRO DB LOS POBRBS 



61 



nimio trabajo lobre la tierra, porque trabajando 
VDo con sabiduria y solicitud, deja para un ocioso 
lo que habia adquirido.» Hasta aqui Salomón; 
pero nosotros somos tan ciegos que no nos damos 
por entendidos con los ejemplos que se presentan 
á nuestros ojos cada dia; antes si, apartamos de 
ellos la consideración, pensando erradamente 
que no estamos compretiendidos en la condición 
común de los demás hombres, siendo nosotros 
hombres como ellos. 

Unos hay que, cuando menos se piensa, les 
quita Dios los hijos para quienes hablan amonto- 
nado grandes riquezas, y se verifica lo que lee- 
mos en el salmo 48: «Dejarán sus riquezas para 
los extraños, y no tendrán ellos otras cosas que 
BUS sepulcros, en su errado juicio durarán sus 
edificios de generación en generación; pusieroa 
■US nombres á la frente de sus tierras.» 

Hay otros cuyas riquezas no llegan á segundo 
heredero, porque se corrompió la Índole y cos- 
tumbres de loa hijos con la esperanza de la he- 
rencia, ó con la blandura é indulgencia de lo» 
mismos padres, y también porque no sabe con- 
servar el que no trabajó para adquirir. Otros 
hay cuyos hijos hubieran sido óptimos sin rique- 
zas, y con ellas son pésimos, de modo que parece 
que no les dejó otra cosa que un instrumento de 
torpezas y maldades el padre que procuró por 
lodos los medios enriquecer á sus hijos; y tam- 
bién porque viendo los hijos que su padre tien* 



i todo en menos que las riquezas, tienen igual- 
mente ellos en menos que á las riquezas á su mis- 
mo padre; pena justísima del tallón, que permite 
Dios suceda para nuestra enseñanza. 

Dejarás muy ricos á tus hijos si los dejas ins- 
truidos en una honesta facultad ú oficio, y con 
honestas costumbres; no les enseñes que «ha- 
cienda en todo caso, hacienda, ó que la hacienda 
de cualquier modo adquirida es hacienda>, por- 
que serás tú el primero en quien harán experien- 
cia de la fuerza de tal precepto ó documento. 
¿Quieres oir cuáles son las verdaderas riquezas, 
y los mandatos que debe dejar á sus hijos un 
padre en los últimos instantes de su vida? Pues 
oye al santo Tobias, que cercano á su muerte 
habla de este modo: «Oid, hijos mios, á vuestro 
padre; servid con verdad al Señor, y procurad 
saber lo que le es agradable, para ejecutarlo; 
mandad á vuestros hijos que hagan obras jus- 
tas y den limosnas; que se acuerden de Dios, y 
le bendigan en todo tiempo con verdad y con 
todas sus fuerzas.» Asimismo todo el capitulo 
cuarto de este mismo libro de Tobías está lleno 
de los preceptos con que conviene que un padre 
enriquezca á sus hijos, no con el oro ó la plata. 
Antigua sentencia ó proverbio es que: Al ava- 
riento guardador sucede un heredero gastador; J 
también que: Ni al heredero bueno le hace falta 
el dinero, ni al malo, porque aquél lo adquirirá 
fácilmente, y éste lo desperdiciará al punto. Por 



62 



LUI8 VIVBS 



TRATADO DBL SOCORRO DE LOS POBRES 



63 



Ir 



cierto que juzgarías dejar muy ricos á tus hijos 
si hubieras logrado con tus diligencias que un 
principe quedase por tutor, patrono, y como pa- 
dre de ellos; pues si tienes fe debes creer por 
cierto que si fueres bueno y misericordioao dejas 
á Dios por padre de tus hijos: tLa generación de 
los buenos— dice su Majestad— será bendita»; y 
en otro lugar: «El que vive como verdadero justo 
é irreprensible, dejará hijos felices y venturo- 
sos», y es que el mismo Señor es el que perdona 
al pueblo de Israel por sus mayores Abraham^ . 
Isaac y Jacob, y el que viaita ó castiga la mal- 
dad de los padres que le ofendieron, en sus mis- 
mos hijos hasta la tercera y cuarta generación, 
y usa de misericordia hasta mil generaciones, 6 
siempre y sin fin, con los que le aman y guardan 
sus preceptos: tMás vale morir sin hijos— dice 
el sabio Slrach— que dejar hijos impíos y mal- 
vados.» 

Voy á decir una cosa acaso de poca acepta- 
ción para el vulgo, pero en mi sentir muy verda- 
dera; es á saber: que los padres que habiendo 
experimentado el mal genio ó inclinación de sus 
hijos, y que con el dinero se les corrompe como 
con un veneno, hacen muy mal en dejarles mu- 
chas riquezas, porque es lo mismo que dejarles 
la más cierta materia y cebo de los vicios, y por- 
que semejantes riquezas se quitan á los buenos, 
que saben el uso que debe hacerse de ellas, y se 
dan á los malos, que habiendo conseguido de esta 



modo el medio é instrumento de sus maldades, se 
hacen peores con ellas; y si algún rico quiere 
acerUr en las miras que tiene por el bien de un 
hijo que le sale malo, créame, tome mi consejo, 
deposite su dinero en manos de varones de cono- 
cida fidelidad, para que éstos le entreguen el 
depósito si mudara de vida y se portare bien y 
cristianamente; pero si perseverare y se obsti- 
nare en su malicia y delitos, lo repartan de li- 
mosna á loa pobres que sean buenos, ó por mejor 
decir, se les restituya á los pobresa quel dinero,., 
porque se les debe, y más es restitución que li- 
beralidad. Oigamos ya á un hombre profeta y 
anciano: «Ful joven y envejecí, y nunca jamás 
vi en mis días á un justo desamparado, ni á sus 
hijos pedir limosna: continuamente hace cari- 
dad, presta sin interés, y su descendencia será 

bendita.» 

Tú te ocupas en cuidar diligentemente, al pre- 
sente y para lo venidero, de los cuerpos de tus 
hijos, y convendría que con mucha mayor dili- 
gencia cuidases de lo que toca á sus almas, á 
ejemplo del santo y prudente Job, que ofrecía á 
Dios sacrificio por cada uno de sus hijos, para 
que se purgasen por medio de la religiosa acción 
del padre, si por desgracia habían pecado ó no 
hablan dado al Señor la bendición que se le debe; 
pues mira: la limosna es un sacrificio y acción 
religiosa muy verdadera y muy agradable á Dios, 
y de ella se escribe en las divinas letras: «La 



I 



TRATADO DBL SOCORRO DB LOS POBRES 



65 



64 



LUIS VIVB8 



agua apaga al fuego que arde, la limosna resiste 
¿ los pecados, y Dios pone sus ojos misericordio- 
sos sobre el que la hace.> jCuán grande riqueza 
es aun entre los hombres el ser hijo de un buen 
padre! No hay necesidad alguna de traer para 
esto ejemplos antiguos, que son innumerables los 
que se hallan en los escritores de todas las na- 
ciones; todos los dias vemos que muchos, aunque 
indignos por si miamos, son ascendidos á grandes 
riquezas y honras por solo la memoria de la vir- 
tud de sus padres, y siendo asi que mirando á 
esos hijos sin ese respeto los despreciamos, los 
veneramos mirando á su padre en ellos, no á 
ellos mismos; de aqui nace el verdadero decoro 
de la nobleza, pero tus sepulcros ó panteones, 
altares, sagrados ornamentos, misas y salmos, 
son abominación delante de Dios cuando le le- 
vantas un templo con piedras muertas, y dejas 
que se caigan, se arruinen y perezcan sus tem- 
plos vivos; no mira las dádivas y dones magní- 
ficos, sino la alma pura y conciencia inmacula- 
da; verdad es esta conocida por los mismos gen- 
tiles y enseñada por Platón, Jenofonte, Cicerón 
y Séneca. Pues ¿cuánto más sabida debe ser de 
los cristianos que no tienen absoluta necesidad 
de templo alguno, debiendo adorar en espíritu y 
verdad al padre de las luces, cuyo templo es todo 
el mundo, pero más particularmente las almas 
puras, de quienes dice el Apóstol: «Santo es el 
templo de Dics, y vosotros sois ese gran templo»? 



¿Para qué he de decir, finalmente, que con 
estas cosas ostentosas más se busca cierta fama 
y vanagloria que el culto de Dios, como lo mues- 
tra bien claramente ver puesto en todas partes 
el nombre de quien las costeó, y sus armas y es- 
cudos grabados á cada paso? ¿Y qué es lo que 
hace allí el oro? ¿Acaso piensas que Dios es un 
nifio que se ve deslumhrado y como encantado 
detrás del resplandor del oro, ó un avariento que 
se deja arrebatar de su posesión, ó un hombre 
que deja cautivarse de su uso? Y si en esas obras 
que dispones tienes por mira y fin la gloria y 
fama, debes advertir que la gloria para el que 
vive es pesada si la apetece; si no la apetece, 
inútil; pero al muerto siempre le es superflua, 
porque serán tan grandes los gozos ó tormentos 
en que estará, que nuestras voces y aclamacio- 
nes mundanas, aunque llegaran á él, no serían 
capaces de moverlo ni darle satisfacción. ¿Qué 
le aprovecha á Aquiles la Hiada tan decantada 
de Homero? ¿Qué á Ulises la Odisea, ni ambas 
obras á su autor? ¿De qué le sirven á Alejandro 
tantas Alejandrlas por el Oriente? ¿De qué á los 
condes de Fiandes las doradas estatuas puestas 
en las Casas Consistoriales? Porque, dejando 
aparte lo caducas que son todas estas obras, y 
cuan en breve han de perecer, son siempre pocos 
los que las miran, menos los que se paran á con- 
siderarlas, casi ninguno de éstos pregunta por 
los sujetos á quienes representan, ni las hazañas 

5 



Aix^s^ 



\íjk »«^Jb 



M 



LUIS TLYEB 



de esas personae á qulenea han puesto aquelloB 
monumentos, y aunque pregunte no hace gran 
caso de ellos; pero si se busca la verdadera glo- 
ria, ¿en dónde se ha de hallar mayor que ha- 
cíeDdo bien, aprovechando y ayudando á mu- 
chos? Este ora entre los antiguos el único camino 
para la Inmortalidad, como dejamos expuesto 
arriba; dioses llamaron á los bienhechores. Dios 
es, dice Pllnlo, el mortal que ayuda al mortal, 
nlhay entre todas las virtudes otra más agrada- 
ble y plausible que la liberalidad y munificencia, 
pues hubo muchos que por sola ella consiguieron 
grandes reinos; mas sobre todo cada uno de loa 
hombres debe reputar por buena, verdadera y 
grande gloria la de tener paz con su conciencia 
cuando le llegue la muerte, y ser bien recibido 
de Dios, logrando por esta causa y buenas obraf 
la eterna bienaventuranza. 




Que lo que da Dios á cada uno 
no se lo da para él solo 



DF.GÍA el filósofo Platón que serian felices las 
repúblicas si se quitasen de entre los hom- 
bres aquellas dos palabras mió y tuyo; porque 
¿cuántas tragedias excitan entre nosotros? Con 
qué clamores no se entonan aquellas expresiones 
y frases: Yo di lo que era mió, él me quitó lo qut 
€8 miOj nadie llegue á lo que es mió; no he tocado 
lo que es tuyo, guarda lo que sea tuyo, conténtate 
con ello; como si hubiera algún ho robre que po- 
seyera algo que con razón pueda llamar suyo; 
aun la virtud misma la ha recibido de Dios, que 
DOS lo ha dado todo á unos por causa de otros. 
Primeramente la naturaleza, por la cual quiero 
que se entienda á Dios, porque no es ella otra 
cosa que la voluntad y mandamiento del Señor, 
¿cuántas utilidades nos ha producido y produce, 
ya para comer, de hierbas, ralees, frutos, mie- 
ses ganados, peces, todo en comúu? ¿Ya para 
vestir, de pieles y lanas? También maderas y 
metales, y las comodidades que se nos derivan 






68 



LUIS VIVB8 



TRATADO DBL SOCORRO DB LOS POBRBS 



69 



de los animaleB, como perros, caballoa, bueyes; 
finalmente, cuantas cosas dio á luz las expuso en 
esta gran casa del orbe sin cerrarles con valla ó 
puerta alguna, para que fuesen comunes á todos 
los que engendró. Dlme, ahora, tú que te has 
alzado con algo ó con mucho, si eres más hijo de 
la naturaleza que yo. Si no lo eres, ¿por qué me 
excluyes como si fueras tú hijo legitimo de la 
naturaleza y yo un bastarda? Pero respondes: yo 
empleé mi trabajo y mi industria; no me impidan 
el poseer, que yo haré lo mismo. Luego hacemos 
propio por nuestra malignidad lo que la liberal 
naturaleza hizo común á todos; lo que ésta puso 
á la vista y disposición de todos, nosotros lo 
apartamos, escondemos, cerramos, lo defende- 
mos de otros, y los apartamos de ello con los 
postes, paredes, cerraduras, hierro, armas, y en 
fin con las leyes; y asi nuestra avaricia y malig- 
nidad ha inducido carestía y hambre en la abun- 
dancia de la naturaleza, y pone pobreza en las 
riquezas de Dios; ya casi hizo nuestra malicia 
que no se pueda decir de Dios con verdad: «Abres, 
Señor, tu mano y llenas á todo animal de bendi- 
ciones», no se puede contar el número de los que 
tres años ha murieron de hambre en la Andalu- 
cía, que vivieran aún si estuviéramos tan pron- 
tos ¿ dar socorros como á pedirlos, ó si nos mo- 
viese siquiera la liberalidad de las bestias y su 
género de sentido más acomodado á la natura- 
leza que el nuestro, pues ninguna bestia hay que 



apacentada y satisfecha no deje alli al común lo 
que le sobra, sin custodia alguna, como en una 
grande y patente despensa ó almacén de la na- 
turaleza. 

Sepa por esto cualquiera que posee los dones 
de la naturaleza, que si hace participante de 
ellos á su hermaiio necesitado, los posee con de- 
recho, y por voluntad, institución, intento y dis- 
posición de la naturaleza misma, pero si uo, es 
un ladrón y robador convicto y condenado por 
la ley natural, porque ocupa y retiene lo que no 
crió la naturaleza para él solo. Escribiendo Pla- 
tóü á Architas, pitagórico, le dice: «No hemos 
nacido para nosotros solos, sino también para la 
patria y para los amigos», y aquel viejo dice en 
la comedia (1): cHombre soy, y nada que sea hu- 
mano lo reputo ajeno de mi.» Ninguno, pues, 
igQore que no ha recibido solamente para su uso 
y comodidad el cuerpo, la alma, la vida, ni el 
dinero, sino sepa que es un dispensero ó fiel re- 
partidor de todas esas cosas, y que no las reci- 
bió de Dios para otro fin. Esto, aunque entre 
sombras, lo conoció también la antigua gentili- 
dad cuando estableció acerca de sus ciudadanos 
tales leyes que se dejaba ver por ellas que cada 
uno lo debía todo á su ciudad, y que ésta tenia 
derecho y autoridad de disponer contra cual- 
quiera de su cuerpo, su vida y sus caudales, y 



(1) Terencio, apud Heautoniimorumeno8,—N. del E. 



70 



LUIS VIVB3 



asi los areopagitas entre loa atenieoses, y entre 
loa romanoa loa cenaorea, inquirían y averigua- 
ban laa vidaa, r^ntaa y coatumbrea de todoe, 
para juzgar y sentenciar con laa leyea y penaa, 
de qué modo laa adminiatraba y uaaba cada uno 
para la utilidad pública. 

Pero en esta materia pongamos delante de loa 
ojoa no ya el testimonio de loa hombrea, aino el 
edicto y mandato del mismo Dioa: «De gracia 
— dice el S ñor — habóia recibido lo que tenéis, 
dadlo también sin interés y de gracia», y aque- 
lla parábola que se nos propone del que fué cas- 
tigado con el mayor rigor por haber eacondido 
el talento que recibió de Dioa y no haber nego- 
ciado con él, quedando líenos de alabanzas loa 
que aumentaron bu porción con el buen comer- 
cio, esto es, loa que ayudaron y aocorrieron á 
muchoa con loa mismos beneficios que gracioaa- 
mente recibieron del Sefior; por tanto, el que dis- 
minuye lo que ha de dejar al heredero por darlo 
á los pobres, no ea eae el ladrón, aino todo aquel 
que abusa inútilmente de au erudición ó inatruc- 
ción, conaume vanamente aua fuerzaa, deja á aa 
ciencia entorpecerae, derrama el dinero, ó lo ate- 
sora y cierra. Dirá alguno, y eato con grande 
cefio y altanería: Hago esto de lo que es mió; pero 
¿para qué me alegas ante el tribunal de Cristo 
defenaor y justo vengador de la caridad y bene- 
ficencia recíproca, lo que no te hubiera sido li- 
cito alegar ante el tribunal y sillas de loa censo- 



a^^mL»>ÍA^-l^ :. '.'-> ' 



-W^-m'- 'Wfpp^' ■ i-'.-T-T- ■ - ■ -^-r-- ■", 



TRATADO DBL SOCOaaO DB LOS POBRES 'íl 

res gentiles de Roma? Ya mostré el buen sentido 
en que nadie tiene cosa suya; ladrón ea, vuelvo 
á decir, y robador, todo aquel que deaperdicia 
el dinero en el juego, que lo retiene en au caaa 
amontonado en las arcas, que lo derrama en fies- 
tas y banquetea, el que lo gasta en vestidos muy 
preciosos ó en aparadores llenos de varias pie- 
sas de oro y plata, aquel á quien se le pudren 
on casa los vestidos, loa que consumen el caudal 
en comprar con frecuencia cosas auperfluaa ó in- 
útilea; finalmente, no eos engañemoa, todo aquel 
que no reparte á los pobres lo que sobra de los 
uBoa necesarios de la naturaleza, es un ladrón, 
y como tal es castigado, si no por las leyea hu- 
manas, aunque también por algunas de éataa, & 
lo menos lo ea, y ciertamente lo será, por las di- 
Tinaa. 




Que no puede haber verdadera piedad y 
cristianismo sin el socorro ó benefi- 
cencia recíproca. 



HASTA aquí he unido las cosas divinas con iaa 
humanas á causa de aquellos que, sumergi- 
dos en densieimas tinieblas, no pueden sufrir el 
resplandor de la divina luz; mas ahora expon- 
dremos solamente los preceptos de aquel Princi- 
pe y Señor de quien está escrito: cNo temáis á 
los que matan el cuerpo, y después nada les que- 
da que hacer; temed, si, al que después de qui- 
tar la vida del cuerpo puede condenar la alma 
al fuego eterno. > La lástima es que nosotros nos 
hemos vuelto tan insensibles con las maldades, 
que nada se oye con menos atentos y más sordos 
oidos que lo que Dios manda; ni aun siquiera la 
▼anidad é insubeistencia de esta vida nos hace 
avieados para no fijar en este mundo nuestras 
esperanzas, ni para atender á qué hemos de ve- 
nir á parar á manos de aquel Dios que es sabedor 
7 testigo'de nuestros pensamientos, á que él mis- 
mo ha de ser juez de ellos, y á que tendrá con- 



TRATADO DKL SOCORRO DB LOS POBRES 



73 



eigo en la eterna bienaventuranza, ó enviará á 
los castigos sin fin á cada uno, següa lo merecie- 
re. Y este gran Dios ¿por qué personas nos habla 
elno principalmente por su mismo hijo, y después 
por medio de varones santos á quienes comunica 
eu divino espíritu? Ahora, pues, no hay cosa más 
expresa en los libros sagrados del viejo y nuevo 
Testamento que oráculos infalibles y sentencias 
del mismo Dios, en que nada se encomienda con 
más vehemencia ni se repite más frecuentemente 
que la misericordia y limosna. 

Asi habla el Señor en el Deuteronomio: «No 
faltarán pobres en la tierra donde habites; por 
tanto, yo te mando que abras tu mano para el 
necesitado y pobre que vive contigo en ella.» Ni 
se manda esto sin premio, sino que se añade la 
promesa de que hallará prevenida la misericor- 
dia cualquiera que la hiciere; asi lo declara tam- 
bién David en el salmo 40: cDlchoso y bienaven- 
turado el que entiende sobre el necesitado y el 
pobre, el que se aplica á conocer y socorrer al 
verdadero pobre y necesitado; el Señor le libra- 
rá y salvará en el día del Juicio. El Señor le con- 
serve y le vivifique, lo haga feliz y bienaventu- 
rado en la tierra y no lo entregue al arbitrio de 
sus enemigos. El Señor le socorrerá cuando estu- 
viere enfermo en cama, de suerte que se podrá 
decir á Dios, dándole gracias: Vos mismo os ha- 
béis dignado de haberle mullido el lecho, de ha- 
berle dispuesto blanda cama en su dolorosa en- 



■ r"^lF* V ' ' V*í l ¿ ^~'' 



74 



LUIS VIVB8 



TBA.TADO DBL SOCORRO DB LOS POBRKS 



75 



fermedad.» Aquel veraiculo del mismo David que 
Be halla en el salmo nono: «A ti se te ha dejado 
y encomeDdado el pobre, tú serás la ayuda del 
huérfano», maniñesta abiertamente que el pode- 
roso no con otro fía fué adornado de dignidad por 
el Señor, ó fortalecido y engrandecido con el po- 
der, el honor, la autoridad y las riquezas, sino 
con el de que fuese tutor y defensor del necesi- 
tado y miserable, á la manera que un padre amo- 
roso y advertido encarga al hijo robusto la cus- 
todia y defensa del que es más débil y flaco. 

No se maniQeata et Sefior solicito de sus cere- 
monias y sacrificios; lo que quiere y exige del 
hombre es la misericordia, y á esta sola promete 
el galardón; en el profeta Isaias se lee en boca 
del Sefior: «Qiieren entrar con Dios en cuentas 
y acercársele coa estas reconvenciones; ¿por qué 
razón no has hecho caso de nosotros, siendo asi 
que hemos ayunado? ¿Por qué, habiendo nosotros 
humillado nuestras almas, has hecho como que 
no lo entendías? Mirad: porque yo en vuestros 
ayunos no hsillo otra cosa que vuestro propio 
amor y voluntad; estrecháis con el mayor rigor 
á los que os deben, aunque sean pobres misera- 
bles; ayunáis solamente para pleitos, rifias y con- 
tiendas hasta maltratar á golpes á Iqs pobres des- 
apiadadamente: no es ese el ayuno que agrada al 
Sefior; ¿por ventura, dice Dios, el ayuno que yo 
elegí y aprobé no es el que va junto con la mise- 
ricordia y limosna? Procura deshacer las coliga- 



jiones y obliga ¿lonea inicuas que caminan á des-^ 
ti uir á los pobres con usuras; desunir las juntas 
y conspiraciones que los oprimen; despachar 
libres y consolados á los que has precisado á 
ceder sus pocos bieoes; y romper y anular todo 
vale, obligación y escrito contra ellos; da de tu 
pan al. hambriento y abriga en tu casa á los ne- 
cesitados que no tienen dónde meter la cabeza y 
se ven por eso en la dura precisión de andar va- 
gos de algún modo; al que vieres desnudo vls- 
t^?le, no le desprecies, mira que es de tu misma 
c:»rne y naturaleza; entonces brillará tu luz como 
ia de la mañana, y tu salud y sanidad nacerá 
más prontamente; tu juaticia y buenas obras irán 
siempre delante de ti, y la gloria del Señor te 
acogerá; entonces invocarás al Sefior y te oirá 
propicio; clamarás, y dirá: Aqui estoy pronto.» 
Tcdo esto es de. líalas. 

Por todas partes busca y registra un peca- 
dor el modo de poder aplacar al Señor á quien 
ha ofendido; quiere ofrecerle víctimas y aun su 
mismo hijo primogénito; y sin embargo, despre- 
ciadas por Dios todas las cosas que exterior- 
mente podían ofrecérsele, pide al pecador la mi- 
sericordia de sus entrañas; así lo leemos en el pro- 
feta Miqueaa: «¿Qué cosa podré ofrecer digna 
del Sefior? ¿Doblaré la rodilla delante de Dios 
excelso? ¿Le ofreceré holocaustos y becerros 
tiernos? ¿Puede aplacarse el Sefior con millares 
de carneros, ó con muchos millares de machos 



■y jÁ ' ^J 



•76 



LUIS VIVES 



plDgUea? O ¿por ventura, mi mismo primogénito, 
^fruto de mí vientre, será bastante sacrificio por 
mi maldad, por el pecado de mi alma? ¿Todo esto 
preguntas? Pues yo te daré á entender bien cla- 
ramente, |oh hombre! cuál es el bien que te con* 
viene, y qué es lo que Dios quiere de ti; cierta- 
mente no es otra cosa, en dos palabras: que el 
que obres con justicia y ames la misericordia. > 

Los que tienen cuidado de averiguar la natu- 
raleza de las cosas afirman que el amor por su 
naturaleza é índole de nada se origina más ver- 
daderamente que del amor, asi nada nos con- 
cilla tanto la misericordia de Dios que nuestra 
misericordia. 

«El que es inclinado y pronto á hacer miseri- 
cordia será bendito», dice Salomón, y del que no 
tiene misericordia dice él mismo: «El que cierra 
sus oídos por no oír al desdichado y débil invo- 
cará al Señor y no habrá quien le oiga.» 

Pero ¿á qué nos cansamos? Esto es buscar 
nosotros, como suele decirse, agua en el mar, 
porque ¿qué otra cosa resuena en los antiguos 
preceptos de Dios sino que el único camino de 
alcanzar la divina misericordia, aun respecto de 
los bienes de esta vida temporal, es nuestra mi- 
sericordia? 

Abraham y Lot, por la santa costumbre de 
ejercitar la hospitalidad, recibieron en su casa 
espíritus angélicos sin conocerlo, fueron reputa- 
dos por dignos de tan grande honor, y los ánge- 



TBATADO DEL SOCORRO DE LOS POBRES 77 

les no se ausentaron sin correspondorles y hacer- 
les favores. Lot fué libertado de quemarse y que- 
dar oprimido con el incendio y ruina de las cinco 
ciudades. Abraham recibió de ellos la noticia de 
que tendría un hijo que había de ser el principio 
de aquella santa é innumerable posteridad que 
Be le había prometido; el rey David, como an- 
ciano y como profeta, dice asi: «Joven fui, ya 
he envejecido, y no he visto á un justo desampa- 
rado, ni á BUS hijos pedir limosna: todos los días 
tiene misericordia, y presta graciosamente, y su 
descendencia será siempre bendita.» 

Vengamos ya á Cristo, legado fidelísimo del 
Eterno Padre, enviado á nosotros con grande y 
admirable autoridad de hacer milagros en aque- 
lla humildad de nuestro cuerpo, para reconciliar 
con el padre airado al hombre enemigo de Dios, 
para enseñar al ignorante, reducir al camino al 
extraviado, y volver al ciego el uso del sol y de 
las luces; á éste mandó que oyéramos el mismo 
padre con su voz; nosotros nos vendemos por se- 
guidores de su doctrina y su luz; nos gloriamos 
de llevar su nombre, que es sobre todo nombre, 
ni hay otro sobre la tierra por quien podamos 
salvarnos, ni otra cosa en que convenga gloriar- 
nos, que á ejemplo de San Pablo, la cruz de nues- 
tro Señor Jesucristo; pero no veo ciertamente con 
qué cara nos atrevemos á llamarnos cristianos, 
no haciendo cada uno cosa alguna de las que 
principal y casi solamente mandó Cristo. 



•» 



LUIS YIYKB 



TRATADO DEL SOCORRO DB LOS POBRES 



19 



Tenían loe fílósoíos gentiles por sefiales para 
ser conocidos y distinguidos la desnudez de loa 
pies y vileza del vestido, como muestra el Na- 
cianceno; tienen los judíos la circuncisión; los 
soldados en la guerra tienen sus divisas; las ove- 
jas están asimismo señaladas; y también se sellan 
las mercaderías. ¿Acaso no tiene Cristo alguna 
sefial con que nota y caracteriza á los suyos y los 
separa de los extrafios? Sí, por cierto. «En esto 
— dice Cristo — conocerán todos que sois mis dis- 
cípulos, si os amáis de corazón unos á otros», y 
después, dice: «E^te es mi precepto: que os améis 
recíprocamente.» Este es el primero y principal 
dogma. 

Es esencia y naturaleza del amor hacerlo todo 
comÚQ, según la antigua sentencia y expresión, 
que nacida de Pitágoras y continuada por sus 
discípulos, conservaron las demás sectas de filó- 
sofos; el que verdaderamente ama, no de otra 
suerte cuida de las cosas del amigo que de las 
suyas propias, antes bien trabaja algunas veces 
por aquéllas con más esmero y con amor y afecta 
más ardiente; mas, entre nosotros, cada cual 
hace su negocio, y ninguno el de su hermano y 
prójimo, y al modo que reprehendiendo San Pa- 
blo á los corintios les dice: «Uno se muere de ham- 
bre, y otro está harto y embriagado», estamos 
tan lejos de hacer participante de lo que tene- 
mos á nuestro pobre prójimo y hermano, que 
con todo el arte y engaño posibles nos apropia- 



mos lo poco que él posee; ves á un pobre desnuda 
y pasas de largo tü, que vas, no digo vestido, 
8ÍD0 cargado y abrumado de vestidos. Pues ¿en 
dónde está aquella sefial con que se sellan y dis- 
tlDguen las ovejas de Cristo? Lo que es más, ni 
aun á Dios ama el que no ama al prójimo; aei la 
aeegura San Juan en sus eplstolae: «El que pose- 
yere hacienda en este mundo, y viendo á su her- 
mano teneir necesidad le cerrase sus entrafias^ 
¿cómo tendrá en si la caridad y amor de Dios?» 
Y poco más abajo: «Si alguno dijere que ama á 
Dios y aborreciere á su prójimo, es mentiroso, 
porque el que no ama á su hermano á quien está 
viendo, ¿cómo puede amar á Dios á quien no ve?» 
Fuera de esto, ni á Cristo cree el que no con- 
fia en su Majestad; porque ¿qué otra cosa es creer 
á alguno sino confiar en sus dichos, y tener por 
cierto que se cumplirán sus promesas?, pues el 
Señor nos mandó hacer bien, y lo que es más 
difícil, desear el bien á todos, aun á aquellos que 
se han portado muy mal con nosotros, y que nos 
harían mal y daño si por alguna parte pudiesen; 
él 80 ofrece á pagarte por aquel á quien hicieres 
el bien; si creyeras que Cristo te ha de satisfacer 
tan abundantemente como te promete, ¿dejarías 
de dar, cuando entregas á uu negociante diez 
mil ducados, por ejemplo, porque te los vuelva 
con ganancias, cotfiado en la palabra de un 
mortal ó en la escritura de un perverso? Pues 
mira que también Cristo te tiene hecha su carta 



-TJ- 




SO 



LUI8 YIVBS 



de obligación; pero el caso es que nos dejamos 
oprimir y mover demasiado de lo terreno y cor- 
poral, y las cosas espirituales no penetran hasta 
nuestras almas, cercadas por todas partes con 
una carne pesadísima que hizo ya callo con la 
costumbre de los vicios. 

Voy á explicarme más: ni aun á Dios confia- 
mos nuesta vida, siendo asi que es su Majestad 
quien únicamente le dio el ser y la conserva, 
porque si creyéramos á Cristo, que nos manda 
que todo el cuidado de defendernos y sustentar- 
nos lo dejemos al padre, de quien proceden todas 
las cosas y que mantiene y sustenta á las que no 
pueden cuidar de si mismas, ¿estaríamos tan ex- 
tremadamente solícitos de nosotros? No lo esta- 
ríamos, por cierto, si algún rey mortal nos lo hu- 
biera prometido. Qué otra cosa podré decir sino 
que nosotros hablamos como que lo creemos todo, 
7 vivimos como que nada creemos. 

Tampoco te mueve ni te hace mella el fin de 
la vida, pasada en virtudes ó en vicios, á que le 
siguen infaliblemente premios ó castigos, que 
es lo sumo y último de la verdadera religión; dice 
Cristo que los pecados se purgan, limpian y per- 
donan por la limosna. «No os resta otra cosa 
— dice su Majestad — sino que ejercitéis la mise- 
ricordia, y por su mérito os concederé, miseri- 
cordioso, que estéis limpios en todo.» Confirmó 
en esto la sentencia de los antiguos, porque To- 
bías dice: c Atesoras en verdad un buen premio 



TE ATADO DBL SOCORRO DK LOS P0BRB8 



81 



para el día de la necesidad, porque la limosna 
liberta de todo pecado y de la muerte, y no deja- 
rá que la alma vaya á las tinieblas.» Y el Ecle- 
éiásHco: «La agua apaga al fuego ardiente, y la 
misericordia resiste á los pecados.» 

Al rey más soberbio aconsejó Daniel que redi- 
miera sus pecados y blasfemias con la misericor- 
dia y limosnas de los pobres; concuerdan con 
todos éstos los discípulos de Cristo, diciendo, por 
lo que había aprendido en la escuela de su Maes- 
tro, que «la caridad cubre la multitud de los po- 

caaos». 

Consta en los Hechos de los Apóstoles que á 
aquel centurión gentil por sus limosnas le ensefió 
un ángel el camino de la salvación; y al modo 
que es consejo saludable para los que han de 
pasar á alguna ciudad, que procuren merecerse 
por algún servicio la atención de algunos de sus 
habitantes, así el Señor nos amonesta y exhorta 
á que con el inicuo Mammón, ó dios de las ri- 
quezas, busquemos y ganemos amigos que nos 
reciban después de la muerte en los palacios eter- 
nos. A aquel joven que consultaba á Cristo sobre 
la vida eterna, le respondió: «Si quieres ser per- 
fecto, anda, vende todo lo que tienes, dalo á loa 
pobres, y tendrás con esto un tesoro allá en los 
cielos, y ven y sigúeme.» lOjalá fuese tan temi- 
da, como oída muchas veces y conocida por to- 
dos, aquella sentencia áe\ Juez de vivos y muer- 
tos, que premia con la vida eterna por las obras 

6 



S2 



LUIS VIVB8 



TRATADO DBL 80C5OBRO DB LOS P0BBB8 



83 



\^ 



de misericordia que se hicieron, ó condena al 
eterno castigo por las que se dejaron de hacer! 

¿Qué diremos k todo esto? Por desgracia ¿nos 
está aconteciendo lo que de los fariseos dice en 
BU Evangelio San Lucas, que por ser avarientos 
hacían irrisión de los preceptos de Cristo? Es de 
temer; porque á nadie, aun ahora, parece tan 
ridicula la doctrina celestial como á los entrega- 
dos á la ansia de las riquezas. iQué inepto y 
como incapaz es para el reino de Dios el rico 
que ama sus riquezas! No sio gran razón entre 
todos los pecados llamó San Pablo cá sola la ava- 
ricia servidumbre de los Ídolos, pues por amar 
algunos con ansia su dinero se apartaron de la fe, 
que es la nave más segura»; ningún pecado ven- 
garon con pena de muerte loa Apóstoles sino la 
avaricia de Ananias y de su mujer; contra el vi- 
cio de éstos mostró y ejerció San Pedro su potes- 
tad apostólica, no por medio de algún atormen- 
tador ó verdugo, sino con la eficacia de su misma 
voz, porque sabia bien el odio y guerra tan san- 
grienta que había declarado contra las buenas 
costumbres y piedad de los cristianos el perverso 
afecto de la codicia, y que algún día habla de 
arder más, con gran detrimento y ruina de la re- 
ligión. Examine cada uno su conciencia, á ver 
si cree las verdades que hemos referido, puesto 
que se mueve tan poco de ellas: yo bien creo, 
dice cada uno; pues yo te oigo que crees, pero 
no veo que lo hagas. «Hijos míos — amonesta Saa 



Juan—, no amemos sólo de palabra, sino real- 
mente y de obra», y Santiago: «Sed ejecutores de 
la palabra, y no oyentes solamente. • Si crees, 
¿cómo no te das por entendido de tan grandes 
¿romesas y amenazas? ¿Por qué no tomas á tu 
cargo el desempeño de la obligación que se te 
ha intimado de hacer bien, efcpecialmente, es- 
tando prevenidos tan grandes gozos para el que 
lo practicare, y tan grandes tormentos para el 

que lo omitiere? 

La suma de lo que he querido decir es esta: 
ú ninguno tengo por verdadero cristiano que al 
próximo necesitado no le socorre en cuanto pue- 
de. San Pablo y San Bernabé, habiendo llegado 
á Jerusalén y hablado con Santiago, llamado 
hermano del Safior, que ora obispo santísimo de 
aquella ciudad, y al mismo tiempo con San Pedro 
y San Juan, dada razón del Evangelio que ha- 
blan predicado á los gentiles y alabada su con- 
ducta por los Apóstoles, sólo de la misericordia 
hicieron memoria unos y otros al despedirse. 
«Nos dieron— dice San Pablo -las manos en se- 
ñal de compañeros á Bernabé y á mi, para que 
nosotros fuésemos á predicar á los gentiles, y 
ellos á los judíos; tan solamente se advirtió que 
nos acordáramos siempre de los pobres.» 

De todo el hombre cuidan loa Apóstoles y dis- 
cípulos de Cristo, á todo el hombre alimentan y 
confortan; á todo él procuran aprovechar: á la 
alma con la predicación y sagrada doctrina; á los 



i^^s^P' 



"nv<f--^ iiJVJÍ" 



84 



LUI8 YIYBS 



4 

.1 



;.i 



enerpoB primeramente con los milagros y virtud 
de curar las enfermedades que acompafiaba' á la 
predicación y á su constantisima fe, y también 
con los socorros^ para la vida temporal, reco- 
giendo dinero con que se sustentasen los necesi- 
tados: esto es propiamente ser cristiano, y ser 
Terdaderamente seguidor de su Principe y Maes- 
tro, que dio el ser á todo el hombre, y á todo él 
lo sanó y alimentó: á la alma con la doctrina y 
al cuerpo con la comida; es justo, pues, que nos- 
otros hagamos bien al prójimo en el alma y en 
el cuerpo, según cada uno pudiere. 





Cuánto bien se ha de hacer á cada uno, 
y cómo se ha de hacer 



CICERÓN, Aristóteles, Teofrasto, Panecio, Po- 
sidonio, Hecatón, Séneca, y los demás que 
eacrlbleron de los oficios de vida común, estable- 
cieron ciertas leyes que prescriben, á quién, de 
qué suerte, cuánto, en qué tiempo y cómo se ha 
de hacer el buen oficio ó el beneficio, ó el agra- 
decimiento; pero como ellos sólo atendieron & 
las cosas humanas, no pudieron abrazarlo todo 
en sus preceptos, porque la naturaleza de los 
hombres, por su variedad, ofrece un infinito, que 
sólo el Señor, como su autor y criador, pudo 
comprehenderlo y lo comprehendió en su breve, 
única y divina fórmula; con solo el precepto del 
amor de Dios y del prójimo asignó una infalible 
norma, regla y pauta, con que se puede gober- 
nar enteramente la vida de todos los mortales; 
una vez que cualquiera ame verdaderamente y 
de corazón á Dios, y al prójimo por Dios, est* 
mismo amor le enseñará más verdadera y recta- 
mente lo que debe hacer que cualesquiera maes- 



86 



LUIS TIVB8 



tro de la sabiduría; tenga cada uno al prójimo 
un afecto legítimo y propiamente amigo, y mire 
sólo á Dios cuando le socorra, esperando de su 
Majestad el galardón; no hay que decir más: sólo 
este documento excede con incomparable ven- 
taja á los largos escritos de los filósofos de que 
ahora he hecho memoria. 

Acerca de la cantidad del beneficio, y á quién 
se ha de hacer, son aquellas palabras de Cristo: 
«Da á todo el que te pida; no despidas al que te 
suplica que le prestes; haced bien á los que os 
persiguen; amad á los que os aborrecen; rogad á 
Dios por los que oa abominan y maldicen.» Así 
debe portarse el que desde estas cosas del mundo 
se eleva del todo á la confianza y amor de Dios; 
pero algo mád adaptable á nuestra naturaleza es 
aquello de Tobías: «Haz limosna de tu hacienda 
y no apartes tu cara de pobre alguno, porque asi 
lograrás que no se aparte de ti el rostro del Se- 
ñor; procura ser misericordioso del modo que 
puedas, si tienes mucho da abundantemente, y 
si poco, da también de lo poco, pero de buena 
gana.» No disuena de esto lo que se lee en el 
Eclesiástico: «Antes de tu muerte haz bien á tu 
amigo, y alargándote según tus fuerzas, da limos- 
na al pobre.» Los que lo hacen así se miden con 
BUS haberes y no carecen del cuidado que les pa- 
rece prudente de que á ellos no les falte, que es 
una solicitud que el verdadero amor la excluya; 
pero cuánto mejor se portan éstos que los que de 



TRATADO DBL SOCORRO DB LOS P0BRB8 87 

unas grandes rentas y facultades de hacer bien 
sólo reparten una pequeña porcioncilla, cuales 
Bon los que hallándose con grandísimas riquezas 
Bólo dan de iimoana una ü otra vez la menor mo- 
neda que hay, llamémosla minuta, como hasta 
aquí lo hemos hecho, usando de la voz ó expre- 
sión de vuestro idioma; pues atendamos: «El que 
siembra parcamente— dice el Apóstol— segará 
parcamente, y el que siembra en bendiciones, 
esto es, largamente y á manos llenas, segará 
también con abundancia.» Seínejante á ésta es 
la sentencia que escribe á loe gálatas y os voy 
á referir: «Como recibes de Dios correspóndele 
tú.» Si su Majestad te da con abundancia, ¿por 
qué tú le correspondes tan escasa, ruin y malig- 
namente, en especial no habiéndote dado cosa 
alguna para ti solo, como queda ya manifestado? 
También se ha de tener presente que no he- 
mos de medir nuestras necesidades d^ modo que 
contemos entre ellas el lujo, ostentación y de- 
masía, como vestirse de sedas, resplandecer con 
oro y piedras preciosas, andar rodeado de una 
gran caterva de sirvientes, comer todos los días 
espléndidamente y jugar j^randes caudales con 
animosidad; y para que nadie se lisonjee de que 
si tiene mucha hacienda, da también mucho á 
los pobres. Hemos de estar enterados en que no 
es agradable á Dios la limosna de lo que ha qui- 
tado y tiene el rico del sudor y hacienda del po- 
bre, porque ¿adonde va á parar despojar tú á 



88 



LUIS VIVK8 



TRATADO DBL SOCOBRO DB LOS P0BRB8 



89 






muchoa con engafios, mentirae, fuerzas y rapi- 
fias para dar un poco á aigunoB? ¿Quitar mil para 
dar ciento? Esto es en lo que se engañan misera- 
blemente los que piensan haber cumplido con su 
obligación y que Sf? han redimido de grandes hur- 
tos ó fraudps, d»ndo de ellos á los pobres alguna 
corta cantidad, ó edificando con ella alguna er- 
mita ó capilla, poniendo alli su escudo de armas, 
ó adornan algún templo con viBtosas claraboyas, 
ó, lo que es más lastimoso, regalan ó dan dinero 
al confesor para que los absuelva. La confesión 
«leí publicano Zaqueo fué esta que se sigue; «M¡- 
rac, Señor, yo doy á los pobres la mitad de todos 
mis bienes, y si en algo he defraudado á alguno, 
le restituyo cuatro veces máa.t Por eso le absol- 
vió Cristo asi: «Hoy ha recibido la salud la casa 
de Zaqueo, porque él es verdadero hijo de Abra- 
ham.» Quiere decir que no profesaba con solas 
palabras la justicia de Abraham, sino que la 
practicaba con las obras; en una palabra: sólo 
es agradable á Dios la limosna que se hace de lo 
justo y bien ganado: haga, pues, cada cual lo 
que Zaqueo, sí quiere oir lo que él oyó. 

¿Y á quién hemos de hacer bien? A todos, 
porque por todos se ofrece Jesucristo; y para que 
no nos entibie ni amedrente la indignidad del 
necesitado, tenemos un Dios infioitamente digna 
que sin merecerlo nosotros, y aun desmerecién- 
dolo, es el primero que nos llena de beneficios; y 
no sólo eso, sino que de acreedor se hace deudor 



nuestro ai damos algo al pobre. Aristóteles, filó* 
Bofo gentil, no tan bueno como docto, habiendo 
dado una moneda á cierto hombre malo, pero 
pobre, avisándole y como reprehendiéndole sus 
amigos de que hubiera hecho bien á aquel indig- 
no, respondió: «No me he apiadado de él, sino de 
BU naturaleza.» ¿Cuánto más debemos los cris- 
tianos tener misericordia del pobre porque lo 
manda Dios, cuya misericordia si por un solo 
instante se apartara de nosotros, no habría cosa 
más miserable en todo el mundo? Pues mirad: 
esta es la escritura y vale del Dios y Sefior de 
todos, conviene á saber: «Lo que hicisteis á favor 
de cualquiera de estos pequeñuelos, á mi lo hicis- 
teis; yo lo reputo, estimo y premio, como hecho 
á mi mismo.» Oid también á un hombre, si es 
licito oírle después de haber oido á Dios, pero es 
sapientísimo é iluminado escritor de Dios, y asi 
Be debe juzgar que habla Dios en él: «El que se 
apiada del pobre da su caudal á buenas usuras y 
ganancias, no menos que al mismo Dios; este 
Sefior se lo volverá con muchas creces, á veces 
acá, y siempre en bienes eternos. » ¿Quién de nos- 
otros podrá sufrir aquel tremendo cargo del Se- 
fior: «Siervo malvado, ¿por qué no diste de lo 
que era mío lo que yo mandé? ¿Qué hubiera» 
hecho de lo tuyo?» Por tanto, no poseerás estos 
bienes espirituales que son por sí eternos en que 
seguramente no hubieras sido fiel, puesto que 
fuiste tan infiel en los bienes vanísimos del mun> 



r.i 






90 



LUIS VIVB8 



TRA.TADO DBL SOCORRO DB LOS POBRBS 



91 






t^ 



do. No finjo yo eitas expresiones, no; palabras 
■on del mismo Cristo en el Evangelio de San Lu- 
cas: <E1 que es fiel en lo menos, lo es también en 
lo más, y el que es inicuo en lo poco, lo es tam- 
bién en lo mucho. Si no fuisteis fieles en las ri 
quezas inicuas que son mentira, ¿quién os dará lo 
que es verdad? Esto es: si en las riquezas vanas 
y falsas de este mundo no fuisteis fíeles, ¿quién 
ha de fiaros las verdaderas y celestiales? Si no 
hicisteis bien de lo ajeno, ¿quién os dará lo que 
es vuestro? esto es: si en los bienes temporales 
que se os dan solo por ciertos días, y por eso los 
debéis llamar ajenos, no sois buenos administra- 
dores, ¿quién os ha de entregar los dones y rique- 
zas espirituales, que por perpetuas y que sacian 
vuestro corazón se podrían llamar vuestras?» 

En todo caso se deben reflexionar y pesar las 
necesidades de los hombres, porque unos son más 
necesitados que otros; hay también algunos á 
quienes es mejor dar un talento ó una crecida 
cantidad que á otros un dinero, como son los que 
los gastan en usos honestos; pero dar á los juga- 
dores ó á los lascivos, ¿qué otra cosa es que 
echar estopa en el fuego, como dicen? no seria 
esto beneficio, sino daño. Por eso San Pablo es- 
cribe asi á los gálatas: <El que es eneefiado en 
la fe, dé parte de todos sus bienes al que le en- 
Befia; no erréis; Dios no puede ser burlado, por- 
que lo que el hombre sembrare, eso cogerá; el 
que siembra en su carne, cogerá la corrupción, 



mas el que siembra en el espíritu, del espirita 
cogerá la vida eterna; no desmayemos en obrar 
bien, que perseverando cogeremos á su tiempo, 
y asi, mientras tenemos tiempo, hagamos bien á 
todos, pero en especial á loa fieles que por serlo 
son nuestros domésticos»: los debemos mirar por 
6U fe como qcre son de nuestra casa que es la 
Iglesia. El mismo Apóstol manda á Timoteo: 
«Qae los presbíteros que cuidan bien del rebaño 
que tienen á su cargo so tengan por dignos de 
doble honor, esto es, de doble premio, liberali- 
dad y porción, principalmente los que trabajan 
eu la predicación é instrucción», no por otr» 
ciiusa, sino porque éstos dispensarán y distri- 
buirán el caudal que se les confia mejor que otros 
hombres necios ó malos, ó desalmados. 

A este mismo modo el buen ingenio se ha de 
fomentar, ayudar, alentar, adornar ó instruir 
eu la elegancia, erudición y autoridad; el malo 
se ha de refrenar, despojar, desarmar y castigar, 
80 le ha de quitar la elocuencia y autoridad, y 
:odo lo que en él son instrumentos de hacer mal, 
porque no se ha de poner la espada en manos 
del furioso; pero esta distinción no se ha de eje- 
cutar, como ahora lo hacemos, de suerte, que 
valga más para nosotros el parentesco, el ser 
nuestro conocido ó paisano, la familiaridad ó los 
servicios, que la sabiduría, las costumbres y la 
virtud, pues de esto, y uo de las otras preocupa- 
ciones, se ha de tomar la diferencia. Hermanos 



<..i!3> 



■■^T#^v^^".; 






92 



LUIS yiYBS 



TR4TAD0 DKL 8000RBO DK LOS POBRBS 



93 



Terdaderoa nuestros son los que de un modo par- 
ticular y santo ha reengendrado Cristo, «para 
quien no hay distinción de judio y griego, porque 
ano solo y el mismo es el Sefior de todos, rico 
para todos ios que le invocan». En esto está toda 
la suma del asunto: diríjanse todas las cosas al 
bien principal, que es el servicio de Dios y nues- 
tra salvación, y alúdese á cada uno en todo 
cuanto pareciere que necesita para este santo 
fin; por lo mismo se ha de dar á cada uno lo que 
ha de ser muy provechoso, y ae le ha de dar por 
el tiempo que pidiere su necesidad y permitieren 
nuestras facultades; lo que no aprovecha es su- 
peifluo, y más es carga que dan, como, según 
dice Séneca, dar armas para cazar á una débil 
mujer ó á un viejo caduco, ó dar libros á un rús- 
tico; pues si esto ea verdad, como lo es, con 
cuanta más razón se puede llamar maleficio que 
beneficio dar lo que dafia, como dar vino al que 
86 embriaga, y espada al pendenciero é iracun- 
do; en esto dafiamos sobremanera pensando apro- 
vechar, porque ¿qué distancia hay entre los de- 
seos y maldiciones que tengan y nos echen nues- 
tros enemigos, y semejantes dádivas de amigos? 
También se ha de atender á no errar en el 
modo de hacer el bien, de suerte que nada orde- 
nemos á nosotros mismos, sino todo á Dios; por 
tanto, se ha de obrar alegremente dando la limoB- 
na con buena cara, ó, como Tobias lo dijo, de 
buena gana y con gusto; y San Pablo: «Cada uno 



dé de corazón, ó como lo resolvió en su corazón, 
no con tristeza, enfado, mal gesto, ó por preci- 
9lón, porque Dios ama y quiere al que da con 
gu3to y alegría», y asi el beneficio ha de nacer 
de un ánimo pronto para socorrer y hacer bien, 
no porque no te atreves á hacer otra cosa ó por- 
que te avergüenzas de negarlo; ¿qué diferencia 
hay entre esto y no hacer el beneficio? El que 
tarda en dar no está muy lejos del que niega, 
porque la tardanza es seCal cierta de que lo rehu- 
sábamos y que se nos sacó más por fuerza que 
de grado; se ha de dar, pues, prontamente, esto 
es, al punto que se ofrece la ocasión y oportuni- 
dad; ya viene tarde el beneficio cuando se hace 
fuera de tiempo, ó por mejor decir, ya no es en- 
tonces beneficio porque no se necesita; advirtien- 
do siempre que no se dice que es pronto antes 
que se necesite, sino antes que esta necesidad 
estreche, antes que obligue á una torpeza ó mal- 
dad, antes que encienda el rostro del necesitado 
la vergüenza y rubor de pedirlo, porque esto es 
mucho mayor y más pesado premio que lo que 
vale el dinero, asi como es más agradable y dig- 
no de agradecimiento el beneficio que precedió 
á la dura é ingrata necesidad de pedirlo. 

La alegría que quiere San Pablo que se mez- 
cle con la beneficencia y con la limosna es aquel 
pronto afecto del espíritu que sobresale en el 
semblante, en las palabrfiís y en todo el gesto, no 
adornando ni ponderando con frases lo que se 



'TVT' 



94 



LUIS VIVB8 



TRATADO DBL 80C0RE0 DB LOS P0BRB8 



95 



"i 



da» que es lo que aquel loco amante manda á su 
■iervo en la comedia, sino mostrando un ánimo 
alegre y contento porque se ofreció ocaeión de 
favorecer, y asimismo deseoso de dar más si la 
necesidad lo pidiere ó fuere justo, con sana liber- 
tad, y señales nada confusos de los deseos; pero 
de modo que manifiestes lo que te desagrada, y 
lo que quisieras que se corrigiese y mudase, por- 
que el aviso y la corrección, como hemos decla- 
rado, son uu género de limosna mayor que la 
que se da en dinero; bien que has de cuidar de 
corregir de suerce que no parezca que lo haces 
porque llevas á mal que te pidan el beneficio, y 
tampoco parezca que has tomado aquel derecho 
de reprehender, no de la culpa del otro ni de tu 
pecho bienintencionado, sino que por el mismo 
hecho de haberle beneficiado te tomaste esa au- 
toridad, pues en tal caso es de ningún valor la 
reprehensión, y asi vale más con semejantes 
hombres sospechosos dilatar para otro tiempo la 
corrección, es, á saber, para cuando no des. 

No nos atribuyamos gloria alguna porque 
damos algo, pues no lo damos de nuestros bienes, 
sino que volvemos á Dios lo que es suyo; antes 
bien, demos muchas gracias porque nos fué per- 
mitido el usar de ellos, y nos tengamos por feli- 
ces viendo que hemos logrado con eso los medios 
de conseguir premio tan grande como el de una 
dichosa eternidad; tampoco hemos de echar á 
perder el beneficio echándolo en cara, jactándo- 



nos de él y haciendo memoria y ostentación de 
que lo hicimos; y finalmente, no demos cosa al- 
guna porque lo vean los hombres, sino sólo Dios; 
que cuanto menos esperáremos de los hombres 
tanto más nos dará Dios; ai de los hombres espe- 
ramos el premio, nos quedaremos sin el divino, 
y las más veces también sin el humano; enten- 
damos, pues, que aquella beneficencia y limosna 
es más agradable á Dios, que solamente se ma- 
nifiesta á BUS divinos ojos, porque de este modo 
de ninguna suerte se da lugar á la vanidad hu- 
mana; hermosa acción es edificar y adornar tem- 
plos en que se da culto á Dios; pero no sé qué 
afecto de vanidad se introduce en todas estas 
cosas, aun en aquellos varones de juicio muy en- 
tero, porque de los que sólo se mueven por va- 
nagloria ¿para qué se ha de hablar? ¿Cuánto más 
puro, más santo y más agradable y aceptable es 
H Dios lo que sólo pasa entre el que da y el que 
recibe, sin querer más testigo que el invisible que 
todo lo ve? Portándote de este modo es total- 
mente cierto que sólo á Dios deseas agradar, y 
que nada ordenas á tu alabanza y gloria vana, 
y con esto te aseguras por remunerador al más 
seguro y generoso, á aquel Padre celestial de 
quien sólo quisiste ser visto. 

Pero escuchad sobre todo al Señor mismo que 
habla asi por San Mateo: cGuardaos de hacer 
vuestras buenas obras delante de los hombres 
con el fin de ser vistos por ellos, de otra suerte 



*■■— ^ 



"mKIi'T^JBMMIti 



'I* 






» 



-^M 



í¿ 



96 



LUIS VIVR8 



no tendréis premio de mano de nuestro padre que 
está en los cielos; por eso cuando das limosna, 
no quieras llevar delante de ti quien la publique 
como con una trompeta, que es lo que hacen los 
hipócritas en las sinagogas y en las calles para 
ser honrados por los hombres: os aseguro en ver- 
dad que esos ya recibieron su premio; pero tú, 
al hacer limosna, cuida tanto del secreto que no 
sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha, 
para que de este modo esté oculta tu limosna y 
tu padre que la ve escondida te dará el premio 
eterno.» 





LIBRO SEGUNDO 



Cuanto pertenezca y convenga á los go- 
bernadores de la República cuidar de 
los pobres. 



HASTA ahora hemos dicho lo que debe hacer 
cada particular; en adelante trataremos 
de lo que pertenece al cuerpo de la Repú- 
blica y á los que la gobiernan, que son en ella lo 
que el alma en el cuerpo; asi pues, como ésta no 
vegeta ó vivifica solamente una ú otra parte del 
cuerpo, alno á todo él, asi también el magistrado 
de todo ha de cuidar en su República, y de nada 
ha de ser negligente; porque los que eólo miran 
por los ricos, despreciando á los pobres, hacen 
lo mismo que si un médico juzgase que no se de- 
bían socorrer mucho con.la medicina las manos 
y los pies, porque distan mucho del corazón; la 

1 



^Ms^^ 



- ^^i m^s m^ ^^^^^s^^- 



2 



96 LÜI8 VIYBa 

« 

eual, asi como no se hada ein grave dafio de todo 
el hombre, aei en la República no se desprecian 
loB más débiles y pobres sin peligro de los pode- 
rosos, pues aquéllos, estrechados de la necesi- 
dad, en parte hurtan (el juez no se digna de co- 
nocer de ello, pero sea esto lo de menoe), tienen 
envidia á los ricos, se indignan é irritan de que 
á éstos les sobre para mantener bufones, perro9, 
mancebas, muías, caballos y otros animales, fal- 
tándoles á elloi^ qué dar á sus pequeñuelos hijos 
hambrientos, y de que abusen soberbia é inso- 
lentemente de las riquezas que han quitado á 
ellos y á otros semejantes. 

No es fácil de creer cuántas guerras civiles 
han excitado estas voces en todas las naciones; 
encendida por ellas la muchedumbre y ardiendo 
en odio, hizo contra los ricos las primeras y más 
sangrientas experiencias de su furor; no alega- 
ban otro motivo los Gracos y Lucio Catilina, de 
la discordia civil que hablan excitado, por no 
traeros á la memoria lo que ha pasado en nues- 
tros tiempos y regiones. Menos molesto me será, 
ó por mejor decir, más agradable, copiar aqui 
un lugar de laócrates en la oración que se llama 
Areopagitica, acerca de las costumbres de» la re- 
pública de los atcDieuses: «Semejante — dice — á 
lo que queda dicho es el modo con que ellos se 
portaban entre si, porque no solamente habia este 
consentimiento y concordia en los negocios pú- 
blicos, sino también en su vida privada; mostra- 



TRATADO DBL 8000EH0 DB LOS POBRBS 



99 



ban unos para con otros tanta prudencia cuanta 
usan con razón los que piensan con acierto y 
tienen una patria común; estaban los pobres tan 
lejos de envidiar á los ricos, que no tenían me- 
nos cuidado de las casas de éstos que de las su- 
yas propias, hechos cargo de que la felicidad de 
aquéllas era provecho de los necesitados; los opu- 
lentos no despreciaban á los pobres, antes bien 
considerando que les era vergonzosa la miseria 
de sus ciudadanos, les socorrían en sus necesida- 
des dando á unos en arriendo por poca renta cam- 
pos que cultivasen, enviando á otros por procura- 
dores para sus negocios, y proporcionando á 
otros otras ocaeiones de ganancia; ni temían dar 
en uno de dos escollos, ó en el de ser despojados 
de todo su caudal, ó á lo menos de alguna parte 
de él; al contrario, no confiaban menos en lo que 
les hablan dado que en lo que tenían guardado 
en casa.» Hasta aqui laócrates. 

Llégase á los daños arriba dichos el peligro 
común que se origina del contagio de las enfer- 
medades, supuesto que hemos visto muchas vece» 
que un solo hombre ha introducido en la ciudad 
un grande y cruel mal que hizo perecer á mu- 
chos, como la peste, el gálico, y otros á este 
modo. ¿Acdónde va á parar que en cualquiera 
templo, cuando h».y en él alguna festividad muy 
célebre y solemne, no se haya de poder entrar 
sino por entre dos filas ó escuadrones de enfer- 
medades, tumores podridos, llagas y otros malea 



100 



LUI8 VI 788 



TRATADO DBL SOCORRO DB LOS POBRBS 



101 



que aun nombrarlos no ee puede sufrir, y que 
este sea el único camino por donde han de pasar 
los niños, doncellas, ancianos y preñadas? Ha- 
céis juicio que todos son tan de hierro que, yen- 
do muchos sin desayunarse, porque se van & 
confesar ó por otro motivo, no se conmuevan de 
semejante vista, y más cuando tales úlceras no 
solamente se exponen á los ojos, sino que las 
acercan al olfato, á la boca y casi á las manos y 
cuerpo de los que van pasando. ¡Tanta es la falta 
de vergüeoza en el pedir! y dejo aparte que al- 
gunos se mezclan entre la turba y muchedum- 
bre, habiéndose apartado en aquel mismo punto 
del lado de alguno que acaba de morir de peste; 
por cierto que estas cosas no son para despre- 
ciarse por los gobernadores de la República, ya 
para poner remedio á las enfermedades, ya para 
que no trasciendan á otros muchos. 

Fuera de que no es propio de un magistrado 
sabio y cuidadoso del bien público dejar que tan 
grande parte de la ciudad sea no sólo inútil, sino 
perniciosa á si y á otros, porque cerradas las 
entrañas de muchos, no teniendo los necesitados 
con qué sustentarse, unos se ven como precisa- 
dos á declararse ladrones en el poblado y en los 
caminos, y otros hurtan á escondidas; las muje- 
res que son de buena edad, destorrada la ver- 
güenza, destierran también la honestidad, ven- 
diéndola en todas partes por el precio más vil, 
flin que sea fácil después apartarlas de tan 



maldita costumbre; las adelantadas en edad se 
entregan al punto al lenocinio ó tercería, y al 
maleficio que suele acompañarle; los hijos peque- 
ños de los necesitados se educan muy perversa- 
mente; padres é hijos tendidos delante de los tem- 
plos, ó vagando por todas partes á pedir, ni asis- 
ten á misa, ni oyen sermón, l1 se sabe en qué ley 
viven, ni lo que sienten acerca de la fe y de las 
costumbres; no demos lugar á que se diga que ha 
decaído tanto la disciplina eclesiástica, que nada 
Fe administra de balde, que abominando todos el 
vocablo de vender, obligan á contar, y que el 
obispo diocesano no reputa por de su pasto y 
redil ovejas tan sin lana; en efecto, prosiguiendo 
nuestro asunto, nadie hay que vea á semejantes 
mendigos confesarse, ni comulgar, y como no 
oyen á alguno que les enseñe, es preciso que juz- 
guen de las cosas muy corrompida y erradamen- 
te, que sean de costumbres muy desarregladas, 
y que si acaso por algún camino llegan á ser 
ricos, sean Intolerables por su indecente y vU 

educación. 

De aqui nacen los vicios que acabo de referir, 
y que, en verdad, no se les deben imputar á ellos 
tanto como á veces á ios magistrados, que no sin- 
tiendo rectamente acerca del gobierno del pue- 
blo, no miran por la República, sino como si sola- 
mente se juzgasen elegidos para resolver sobre 
pleitos de hacienda ó dinero, ó para sentenciar 
delincuentes, cuando por el contrario conviene 



102 



LUIS VITES 



incomparablemente más que trabajen en cómo 
hacer buenoe á los ciudadanos que en castigar ó 
poner freno á los malos, porque ¿cuánto menos 
necesidad habría de penas si primero se cuidara 
bien de cortar de raiz la causa del mal en cuanto 
fuera posible? Los romanos, antiguamente, pro- 
veían y miraban por sua ciudadanos, de tal suer- 
te que ninguno tuviera necesidad de mendigar, y 
ni aun le era licito, por antigua prohibición de 
las XII tablas; lo mismo dispuso el pueblo de 
los atenienses; el Sefior daba á los judíos una ley 
particular, dura y áspera, como convenia á un 
pueblo de genio semejante, y sin embargo, man- 
da en el DeuUronomio que cuiden y trabajen en 
cuanto alcancen sus fuerzas, para que no haya 
entre ellos necesitado y mendigo alguno, princi- 
palmente en el afio de descanso y quietud, tan 
aceptable al Sefior; pues advirtamos que los cris- 
tianos estamos siempre en ese afio de quietud, 
porque para nosotros es para quienes fué sepul- 
tado nuestro Sefior Jesucristo con la ley antigua, 
con las ceremonias y con el hombre viejo, y para 
nosotros resucitó para siempre porque tengamos 
nueva vida y nuevo espíritu. 

Por cierto que es cosa torpe y vergonzosa 
para los cristianos, á quienes nada se nos ha 
mandado más eficazmente, y no sé si diga sola- 
mente, que la caridad, hallar á cada paso en 
nuestras ciudades tantos necesitados y mendigos; 
á cualquiera parte que te vuelvas verás pobreza, 



TEATADO DBL 8000BK0 DB LOS POBRBS 103 

necesidades, y muchos que se ven obligados á 
alargar la mano para que les des; verdadera- 
mente que asi como«se renuevan en la ciudad 
todas las cosas, que por el tiempo y acasos ó se 
niuian ó se acaban, como eon muros, fosos, pa- 
rapetos, arroyos, institutos, costumbres, y aun 
las leyes mismas, asi también sería justo reno- 
var aquella primera dietribucióu del dinero, que 
con el curso del tiempo ha recibido daños de mu- 
chas maneras; algunos gravísimos varones, que 
deseaban el bien de la República, pensaron para 
esto algunos medios saludables, como minorar 
los tributos, dar á los pobres los campos comu- 
nes para que los cultiven, y distribuir pública- 
mente el dinero de algún sobrante, lo que aun en 
nuestra edad hemos alcanzado; pero para esto 
son necesarias ciertas ocasiones y proporciones 
que en estos tiempos muy rara vez acontecen, 
por tanto debemos acudir á otros remedios más 
átiles y permanentes. 




.Di 



TRATADO DRL BOCOREO DB LOS POBRES 



105 






Del recogimiento ó recolección de los 
pobres, y de que se les tome el nombre 



ME preguntará alguno: ¿Cómo piensas que se 
puede socorrer á tanta multitud? iOh! Si pu- 
diera algo en nosotros la caridad, ella misma y 
sola sería la ley, que no se necesita imponer al 
que ama; ella haría todas las cosas comunes, y 
ninguno mirarla con otros ojos las necesidadef 
ajenas que las propias; ahora ninguno hay que 
extienda sus cuidados fuera de su casa, y á veces 
ni fuera de su cuarto, ni aun fuera de si mismo, 
respecto de que muchos ní aun á sus padree, 
hijos, hermanos, ó mujer son bastantemente fie- 
les; con remedios, pues, humanos hemos de ocu- 
rrir como se pueda á las necesidades, especial- 
mente respecto de aquellos con quienes tienen 
poca eficacia los divinos, y según mi parecer del 
modo siguiente: Entre los pobres hay unos que 
viven en las casas comúnmente llamadas hospi- 
tales, en griego Ptochotrophios, pero usaremos 
del primer vocablo como más conocido; otros 
mendigan públicamente; y otros sufren come 



pueden cada uno en su casa sua necesidadesr 
llamo hospitales aquellas casas en que se alimen- 
tan y cuidan los enfermos, en que se sustenta 
uu cierto número de necesitados, se educan los 
nifios y niñas, se crian los expósitos, se encie- 
rran los locos, y pasan su vida los ciegos: se- 
pan los que gobiernan la ciudad que todo esto 
pertenece á su cuidado; no hay sujeto alguno á 
quien se permita excusarse ó eximirse alegando 
por causa las leyes de los fundadores, que éstas 
permanecerán siempre inviolables, pues no se ha 
de atender en ellas á las palabras, sino á la equi- 
dad, como en los contratos de buena fe, y á la 
voluntad, como en los testamentos, de la cual no 
puede haber duda que fué el que se distribuye- 
sen las rentas ó haciendas, que se dejaron en los 
mejores usos y se consumiesen del modo más 
digno, sin cuidar tanto por quienes ó de la ma- 
nera con que se había de hacer, como de que se 

hiciese. 

A más de esto, nada hay tan libre en la Re- 
pública que no esté sujeto al conocimiento de los 
que la gobiernan; porque el no sujetarse ni obe- 
decer á los magistrados comunes no es libertad 
racional, sino incitar á la ferocidad, y tomar 
ocasión de un desenfreno ó licencia que se de- 
rrama á todo lo que se antoja. Ninguno puede 
eximir sus bienes del cuidado é imperio de los 
que gobiernan en la ciudad sin salir al mismo 
tiempo de ella, porque ni aun puede eximir su 



# 



■""•^.v^' -»-»*^^^^^ 



^^s ís ^m 



Vi 



106 



LUI8 YIYBS 



TBATADO DBL 80C0RB0 DB LOS POBRBS 



107 



P- 



vida, que es para cada uno más principal y mát 
amada que sus bienes, mayormente cuando el 
baber adquirido hacienda, y el conservarla, lo 
debe al cuidado y defensa del buen gobierno' de 
la República, pues sin él pronto la perderia. 

Visiten, pues, y registren á cada una de todas 
estas casas dos senadores, ó dos diputados y co- 
misionados de autoridad por orden del gobierno, 
acompañados de un escribano; asienten y tomen 
razón de las rentas y del número y nombres de 
los que alli se mantienen, y al mismo tiempo del 
motivo por que cada uno está en ellas: de todo 
esto se ha de llevar noticia y hacerse relación á 
los jueces y senado en su tribunal. 

Los que padecen en su casa la pobreza sean 
también anotados juntamente con sus hijos por 
dos diputados en cada parroquia, añadiendo las 
necesidades, el modo con que vivieron antes y 
por qué acasos han venido á pobreza; por los 
vecinos se podrá saber fácilmente qué género de 
hombres sean y de qué vida y costumbres, pero 
en orden á un pobre no se reciba informe de otro 
pobre, porque la envidia no huelga. De todas 
estas cosas se ha de dar cuenta individual á los 
jueces y gobierno, y si hubiere algunos que ha- 
yan caldo de repente en alguna desgracia, há- 
ganlo saber al tribunal por medio de alguno de 
sus miembros, y dése acerca de ello la disposi- 
ción que convenga según la cualidad, estado y 
condición del necesitado. 



Los mendigos vagos, sin domicilio cierto, que 
están sanos, digan sus nombres y apellidos de- 
lante de los jueces y gobernadores, y al mismo 
tiempo la causa que tienen de mendigar, pero 
sea esto en algún lugar ó plaza patente, para 
que no entre semejante chusma á la casa ó sala 
del tribunal ó gobierno; los enfermos hagan lo 
mismo delante de dos ó de cuatro comisionados 
con un médico, para que todo el Congreso no 
tenga que ocuparse en verlos, y pídaseles que 
manifiesten quién los conoce que pueda dar tes- 
timonio de su vida. 

A los que eligiere el gobierno para examinar 
y ejecutar estas cosas déseles potestad para obli- 
gar, compeler y aun poner en prisiones, para que 
puedan conocer los jueces del que no obedeciere. 




»»„• 



^^^^^^^<§>^^<^^<^^^<^<^<^ 



De qué modo se ha de buscar el alimento 

para todos estos 



I 



ANTE todas cosas se ha de decretar lo que im- 
puso el Señor á todo el género humano como 
por pena y multa del delito, es, á saber, QUI 

CADA UNO COMA EL PAN ADQUIRIDO CON SU SUDOR 

Y TRABAJO. Cuando uso de los nombres comer, 
alimentarse ó sustentarse , quiero que no se en- 
tienda por ellos sola la comida, sino también el 
vestido, la casa, lefia, fuego, luz y todo lo que 
comprehende el mantenimiento del cuerpo hu- 
mano. 

A ningún pobre que por su edad y salud pue- 
da trabajar se le ha de permitir estar ocioso; 
asi lo escribe el apóstol San Pablo á los tesalo- 
nicenses: «Os debéis acordar de que cuando es- 
taba entre vosotros os denunciaba é intimaba 
que el que no quiera trabajar, no coma; he en- 
tendido que entre vosotros andan algunos inquie- 
tos, ociosos y llenos de vana curioaldad; k todos 
los que son de esta especie les intimamos y exhor- 
tamos con ruegos santos en nuestro Sefior Jesu- 



TRATADO D8L SOOOREO D8 LOS POBRBS 109 

cristo, que trabajando en silencio procuren co- 
mer BU pan»; y el Salmista promete las dos feli- 
cidades, la de esta vida y la otra, al que comiere 
del trabajo de sus manos; por eso no debe permi- 
tirse que viva alguno ocioso en la ciudad, en 
donde, como en una casa bien gobernada, con- 
viene que cada cual tenga su oficio; antigua sen- 
tencia es: «Que los hombres no haciendo nada 
aprenden á hacer mal.» 

Se ha de tener consideración con la edad y 
quebranto de la salud, pero con la precaución de 
que no nos engañen con la ficción ó pretexto del 
achaque ó enfermedad, lo que acontece no pocas 
veces; para evitar esto se recurrirá al juicio de 
los médicos, castigando al que engañare. De loa 
mendigos saoos, los que sean forasteros remítan- 
se á sus ciudades ó poblaciones, lo que también 
se manda en el derecho civil, pero dándoles viá- 
tico, porque seria cosa inhumana despachar al 
necesitado sin remedio para el camino, y quien 
esto hiciera ¿qué otra cosa haría que mandar 
robar? Mas si son de aldeas ó lugarcillos afiigidos 
y acosados de la guerra, entonces, atendiendo á 
lo que enseña San Pablo que entre los bautizados 
en la preciosa sangre de Cristo ya no hay griego, 
ni bárbaro, francés ni flamenco, sino una nueva 
criatura, se han de reputar como patricios. 

A los hijos de la patria se ha de preguntar si 
saben algún oficio; los que* ninguno saben, sisón 
de proporcionada edad, han de ser instruidos en 



lio 



LUIS YIVBfl 



?. 



aquel á que tengan más inclinación, si ae puede, 
y ai no, en el que sea más semejante, como el 
que no pueda coser vestidos cosa las que se lla- 
man polainas, botines y calzas; si es ya de pro- 
vecta edad ó de ingenio demasiado rudo, enséñe- 
sele oficio más fácil, y finalmente el que cual- 
quiera puede aprender en pocos dias, como 
cavar, sacar agua, llevar algo á cuestas ó en el 
pequeño carro de una rueda, acompañar al ma- 
gistrado, ser ministro de éste para algunas dili- 
gencias, ir adonde le envíen con letras ó manda- 
tos, ó cuidar y gobernar caballos de alquiler. 

Los que malgastaron su hacienda con modos 
feos y torpes, como en el juego, rameras, aman- 
cebamientos, lujo ó gula, se han de alimentar con 
precisión, porque á ninguno se ha de matar de 
hambre; pero á éstos mándenseles trabajos más 
molestos, y déseles menos sustento, para que es- 
carmienten otros, y ellos se arrepientan de su 
▼ida anterior y no vuelvan á caer fácilmente en 
los mismos vicios; estrechados con la pobreza 
del alimento y dureza de los trabajos, no se han 
de matar de hambre, pero se han de macerar 
debilitando sus pasiones. 

A todos éstos no faltarán oficinas en donde 
sean admitidos; los que trabajan en lana en la 
población ó lugar de Armenter, ó, por mejor de- 
cir, los más de todos los artífices se quejan de la 
escasez que hay de oficiales; loa que tejen las 
ropaa de seda en Brujas conducirían y admiti- 



TRATADO DBL SOCORRO DB LOS POBRES 111 

rían á cualesquiera muchachos solamente para 
hacer girar y rodar ciertos tornillos ó ruedeci- 
Uas, y darían á cada uno diariamente hasta la 
moneda llamada estufero, más ó menos, fuera de 
1» comida, y no pueden hallar quien lo haga 4 
causa de decir sus padres que de andar mendi- 
gando llevan á su casa más ganancia. 

Mas para que á los artífices no les falten ofi- 
ciales, ni á loa pobres les falten oficinas, asíg- 
nese á cada artífice, por autoridad pública, cierto 
número de los que no pueden tener por sí fábrica 
alguna; si alguno aprovechó bien en su facultad^ 
que abra oficina; así á éstos, como á los que el 
magistrado asignare algunos aprendices, enco- 
miéndeseles, lo uno, las obras públicas de la ciu- 
dad, que son muchísimas, como imágenes, esta- 
tuas, vestidos, cloacas ó lugares comunes, fosos 
y edificios; lo otro, todas aquellas obras que fuere 
necesario hacer en los hospitales, para que loa 
caudales ó rentas que desde el principio se die- 
ron á los pobres se consuman entre los pobres: 
lo mismo aconsejaría á los obispos, colegios y 
abades, pero en otra ocasión escribiremos á éetoa, 
y espero que ellos lo han de hacer de su propia 
voluntad aunque ni yo ni otro alguno se lo avise. 

Los que no hubieren sido aún destinados á al- 
guna casa ó amo, sean alimentados por un poco 
de tiempo, en alguna parte, de las limosnas que 
se recogen, pero entretanto.no omitan el traba- 
jar, no sea que por el ocio aprendan la desidia; 






l\ 



112 



LUIS VIVB8 



í 






I! 



en la misma casa se dará comida ó cena á los 
▼erdaderos pobres sanos que van de camino, y 
algún poco de viático ó pequefio socorro, cuanto 
bastare hasta la ciudad más cercana por donde 
hacen su viaje. 

Los que están sanos en los hospitales, y alli 
Be mantienen como unos zánganos de los sudores 
ajenos, salgan, y envíense á trabajar, á no ser 
que les pertenezca permanecer alli por algún de- 
recho, como por derecho de sangre por haberles 
dejado esta conveniencia sus mayores por los 
beneficios que hicieron al hospital, ó que de sus 
haciendas dieron ellos á la casa lo bastante; sin 
embargo, hágaseles trabajar en ella para que el 
fruto del trabajo sea común; si hubiere algÚQ 
otro allí sano y robusto y por amor de la casa y 
de los antiguos compañeros rogare que se le per- 
mita lo mismo, désele licencia de permanecer 
bajo las mismas condiciones. 

A nadie sea lícito regalarse con los bienes que 
se dejaron en otro tiempo para los pobres; no es 
ociosa esta advertencia, porque hay algunos que 
de ministros ó criados de los hospitales se han 
hecho ya señoree, y hay también algunas muje- 
res que, admitidas al principio sólo para ser- 
Tir, despreciando después ó tratando mal á los 
pobres, como soberbias señoras, viven delica- 
damente y con adornos espléndidos y profanos: 
quíteseles todo esto para que no se verifique que 
engordan y lucen con la sustancia de los mismos 



TRATADO DRL SOCORRO DE LOS P0BRB8 113 

débiles y enflaquecidos pobres; cumplan el des- 
tino y qainisterio para que fueron admitidas en 
la casa; atiendan al servicio de los enfermos, 
semejantes á aquellas viudas del principio de la 
Iglesia que tanto alaban los Apóstoles; y en el 
tiempo que lea quedare hagan oración, lean, 
hilen, tejan y ocúponse en alguna obra buena y 
honesta, como aun á las más opulentas y nobles 
matronas manda San Jerónimo. 

Ni á los ciegos se les ha de permitir ó estar 
ó andar ociosos; hay muchas cosas en que pue- 
den ejercitarse; unos son á propósito para laa 
letras, habiendo quien les lea; estudien, que en 
algunos de ellos vemos progresos de erudición 
nada despreciables; otros son aptos para la mú- 
sica, canten y toquen instrumentos de cuerda ó 
de soplo; hagan otros andar tornos ó ruedecillas; 
trabajen otros en los lagares ayudando á mover 
las prensas; den otros á los fuelles en las oficinas 
de lod herreros; se sabe también que los ciegos 
hacen cajitas, costillas, canaetllloa y jaulas, y 
las ciegas hilan y devanan; en pocas palabras, 
como no quieran holgar y huir del trabajo, fácil- 
mente hallaran en qué ocuparse; la pereza y flo- 
jedad, y no el defecto del cuerpo, es el motivo 
para decir que nada pueden. 

A los enfermos y á los viejos dénseles también 
cosas fáciles de trabajar según su edad y salud; 
ninguno hay tan inválido que le falten del todo 
las fuerzas para hacer algo, y asi se conseguirá 

8 



.•ü 






114 



LUIS VIVB8 



qaé ocupados y dados al trabajo se les refrenen 
los pensamientos y malas inclinaciones que les 
nacen estando ociosos. 

Limpios ya los hospitales de semejantes san- 
guijuelas que les chupan la sangre, y examina- 
das las rentas anuales y lo que tienen en dinero, 
considérense las fuerzas de cada una de estas 
caeas, véndanse las dádivas y adornos super- 
fluos, que son más agradables á los nifios y á los 
avarientos que útiles á los piadosos, y hecha 
esto remítanse á cada uno de estos hospitales los 
que parecieren bastantes de los enfermos men- 
digos, de suerte que no les quederuna ración tan 
corta que apenas pueda bastar para la mitad de 
la hambre, lo que principalmente se ha de pro- 
videnciar para los enfermos de cuerpo ó alma, 
porque unos y otros se empeoran con la falta de 
alimento, pero no haya regalos, porque podrían 
fácilmente acostumbrarse mal. 

Ya que la materia nos ha puesto delante á 
los privados del uso de la razón, no habiendo en 
el mundo cosa más excelente que el hombre, ni 
en el hombre cosa más noble que el entendimien- 
to, se ha de trabajar principalmente para que 
éste esté bueno, y se ha de reputar por el mayor 
de los beneficios si redujéremos al estado de sa- 
nidad los entendimientos de otros, ó los conser- 
váremos en su sanidad y firmeza; llevado, pues, 
al hospital un hombre de juicio descompuesto, se 
ha de averiguar, antes que todo, si la locura es 



TRATADO DBL SOCOERO DB LOS POBRES 115 

natural ó provino de algún acontecimiento, si 
da esperanzas de sanidad ó es del todo desespe- 
rada; nos hemos de compadecer y doler de un 
tan grande detrimento de la cosa más noble de 
la alma humana, y se ha de tratar ante todas 
coaas al que lo padece, de suerte que no se le 
aumente ó tome fuerzas la locura, que es lo que 
sucede con los furiosos, haciendo burla de ellos, 
provocándoles é irritándoles, y con los fatuos 
asintiendo y aprobando lo que dicen ó hacen ne- 
ciamente, é irritándoles á que desatinen más 
ridiculamente, como quien fomenta y aplica ex- 
citativos á la insensatez y necedad. 

¿Qué cosa se puede decir más inhumana que 
volver á uno loco para tener que reir y hacer 
juguete de un mal tan grande en el hombre? Al 
contrario, apliqúense á cada uno caritativa y se- 
riamente loa remedios necesarios; unos necesitan 
de confortativos y alimentos; otros de un trato 
suave y afable para que se amansen poco á poco 
como las fieras; otros de enseñanza; habrá algu- 
nos que necesiten de castigo y prisiones, pero 
úsese de esto de modo que no sea motivo de en- 
furecerse más; ante todas cosas, en cuanto sea 
posible, se ha de procurar introducir en sus áni- 
mos aquel sosiego con que fácilmente vuelve el 
juicio y la sanidad al entendimiento. 

Si todos los mendigos inválidos, enfermos ó 
achacosos no caben en los* hospitales, establéz- 
case una casa ó muchas, las que basten; sean 



"W^^ T.7-T-'^'"yy^:.-^l* "'-^VW^ 






116 



LUIS VIVB8 



alli recogidos y asiatidos de médico, boticario, 
criados y criadas; de esta suerte se hará lo que 
hace la naturaleza y los que fabrican las na vea, 
es á saber, que lo que carece de limpieza se re- 
coja en un sitio para que no dafie á lo demás del 
cuerpo; consiguientemente los que están tocados 
de algún mal espantoso ó contagioso, acuéstense 
aparte y coman con separación, no sea que tras- 
cienda á los otros el fastidio ó la infección, y ja- 
más tengan fin las enfermedades. 

Cuando alguno haya convalecido, trátesele 
como á los demás sanos, y envíesele á trabajar, 
á no ser que, movido de piedad, quiera más apro- 
vechar alli con su oficio á los demás. 

A los necesitados que se están en su casa se 
les ha de proporcionar trabajo ó faena de las 
obras públicas ó de los hospitales; ni faltará que 
darles á trabajar de otros ciudadanos; y si pro- 
baren que son mayores sus necesidades que lo 
que alcanza lo que ganan con su trabajo, afiá- 
daseles lo que se juzgase que les falta. 

Examinen los cuestores ó averiguadores, hu- 
mana y afablemente, las necesidades de los po- 
bres; no hagan caso de interpretaciones sinies- 
tras; no usen de severidad, sino en el caso de que 
juzgaren preciso algún rigor contra los pertina- 
ces que desprecian y resisten al imperio público. 

Establézcase esta ley: Si alguno rogare ó in- 
terpusiere su empeño ó autoridad para que á 
alguno se le de dinero diciendo que está necesi- 



TRATADO DBL 80CORBO DB LOS P0BRB8 HT 

tado, no alcance lo que pide, é impóngasele la 
multa que pareciere conveniente al magistrado; 
Bolamente sea licito avisar que hay alguno que 
tiene necesidad; lo demás conózcanlo los admi- 
nistradores de las limosnas, ó los que el gobierno 
señalare, y hágase la limosna según lo pidiere la 
urgencia, no sea que, andando el tiempo, los ri- 
cos, perdonando este gesto á sus dineros, pidan 
que de lo que es de los pobres se dé á sus criados, 
familiares y parientes afines ó consanguíneos, 
quitándoselo á los muy necesitados, y empezando 
aal el empeño á excluir las necesidades; lo que 
vemos haber sucedido en los hospitales. 




• ) 



T^ 




^<^<^^^^^^@H@>^^<@><^<@><^^ 



El cuidado de los niños 



T os niños expósitos tengan su hospital en donde 
^^ Be alimenten; los que tienen madres ciertas 
críenlos ellas hasta loa seis afios, y sean trasla- 
dados después á la escuela pública, donde apren- 
dan las primeras letras y buenas costumbres, y 
sean alli mantenidos. » 

Gobiernen esta escuela varones honesta y 
cortésmente educados, en cuanto sea posible, que 
comuniquen sus costumbres á esta ruda escuela, 
porque de ninguna cosa nace mayor riesgo á loa 
hijos de loa pobres que de la vil, inmunda, inci- 
vil y tosca educación; no perdonen gasto alguno 
á los magistrados para adquirir estos maestros, 
que si lo consiguen, harto provecho harán á la 
ciudad que gobiernan, á poca costa. 

Aprendan los niños á vivir templadamente, 
pero con limpieza y pureza, y á contentarse con 
poco; apárteseles de todos los deleites; no se 
acostumbren á las delicias y glotonería; no se 
crien esclavos de la gula; porque cuando falta á 
ésta con qué satisfacer su apetito, desterrado todo 
pudor, se dan á mendigar, como vemos que lo 



TRATADO DKL SOCORRO DK LOS P0BRB8 119 

hacen muchos luego que les falta, no ¡acomida, 
sino la salsa do la mostaza ó cosa semejante. 

No aprendan solamente á leer y escribir, sino 
en primer lugar la piedad cristiana, y á formar 
juicio recto de las cosas. 

Lo mismo digo de la escuela de las niñas, en 
donde se han de enseñar loa rudimentos de las 
primeras letras, y si alguna fuere apta y entre- 
gada al estudio, permítasele dilatarse en esto 
algo más de tiempo, con tal que se dirija todo á 
las mejores costumbres; aprendan sanas opinio- 
nes y la piedad ó doctrina cristiana, asimismo 
á hilar, coser, tejer, bordar, el gobierno de la 
cocina y demás cosas de casa, la modestia, so- 
briedad ó templanza, cortesía, pudor y vergüen- 
za, y lo principal de todo guardar la castidad, 
persuadidas á que este es el único bien de las 

mujeres. 

Después, por lo que toca á los niños, los que 
sean muy á propósito para las ciencias detén- 
ganse en la escuela para que sean maestros de 
otros, y en adelante seminario de sacerdotes; los 
demás pasen á aprender oficios, según fuere la 
inclinación de cada uno. 




ri. 



Los censores y censura 



NÓMBRENSE cada afio por censores, dos varo- 
nes del magistrado, gravísimos y muy reco- 
mendables por su bondad, que se informen de la 
yida y costumbres de los pobres, sean nifios, 
jóvenes ó viejos; qué hacen los niños, cuánto 
aprovechan, qué costumbres tienen, qué Índole, 
qué esperanzas dan, y si algunos pecan quién 
tiene la culpa: corríjase todo. 

Investiguen si los jóvenes y viejos viven se- 
gún las leyes que se les han intimado; pesquisen 
muy cuidadosamente acerca de las viejas, artífi- 
ces principales del lenocinio ó tercería y de la 
hechicería ó maleficio; con qué parsimonia y 
templanza pasan todos y todas la vida; reprehen- 
dan á los que frecuentan los juegos de suerte y 
las tabernas de vino ó cerveza, y castíguenlos 
ti no aprovecha una y otra reprehensión. 

Las penas se han de establecer según pare- 
ciere á los que en cada ciudad tengan más pru- 
dencia, porque no convienen unas mismas cosas 
en todos los lugares, ni en todos tiempos, y unoa 



TRATADO DBL SOCORRO DB LOS P0BRR8 121 

sujetos se mueven más fácilmente con unas pe- 
nas, y otros con otras. 

Debe haber una diligente cautela contra el 
fraude de los ociosos y perezosos, para que no 

engafien. 

Quisiera también que los mismos censores co- 
nociesen de la juventud é hijos de los ricos; serla 
útilísimo á la ciudad hacerles que dieran cuenta 
y razón á los magistrados, como á padres públi- 
cos, de cómo, en qué artes y en qué ocupaciones 
gastan el tiempo; sin duda sería ésta una limosna 
mayor que si se repartieran á los pobres muchos 
millares de ñoriues; ya antiguamente cuidaban 
de esto los romanos por medio de la dignidad 
censoria, y los atenienses por medio de la areo- 
pagltica; pero habiendo decaído la entereza de 
las antiguas costumbres, lo renovó el emperador 
Justinlano en la colación sobre el cuestor, en 
que se manda que se inquiera y averigüe acerca 
de todas las personas, así sagradas como segla- 
res, de cualquiera estado y fortuna, quiénes son, 
de dónde han venido y por qué causa; esta misma 
ley á nadie permite que pase su vida ocioso. 













^^<$>^<^^^^<^^<§>^^^<^^^<gy 



Del dinero que basta para estos gastos 



DICES muy bieD en esto, dirá alguno, pero ¿de 
dónde ee han de sacar caudales para todo? 
Mas yo estoy tan lejos de temer que falten, que 
veo claramente que han de sobrar, y no sólo para 
las urgencias ordinarias ó de cada día, sino tam- 
bién para las extraordinarias, de cuyo géoero 
acaecen á cada paso muchfsimas en todas ias 
ciudades. 

En otro tiempo, cuando aún hervia, digámoslo 
aai, la sangre de Cristo, todos arrojaban sus ri- 
quezas ¿ los pies de loa Apóstoles para que éstos 
laa distribuyesen según las necesidades de cada 
uno; repudiaron después los Apóstoles este cui 
dado como indigno de su ministerio, porque era 
conveniente que se ocuparan en predicar y en 
sefiar el Evangelio m&s que en recoger ó distri- 
buir los dineros, y asi se encomendó este encar- 
go Á los diáconos; ni aun éstos le tuvieron por 
mucho tiempo, ¡tan grande era el deseo de ense- 
fiar, de aumentar la piedad y religión y de darse 
priesa á llegar á los bienes eternos por medio de 
miA gloriosa muertel Por esto los seglares mia- 



TRATADO DBL SOCORRO DB LOS POBRES 123 

mos del cristianismo suministraban á los nece- 
sitados, del dinero que se recogía, lo que era ne- 
cesario á cada uno; pero creciendo el pueblo 
cristiano, y habiéndose admitido á él muchos no 
muy buenos, empezaron algunos á administrar 
este negocio nada fielmente, y los obispos y sa- 
cerdotes, movidos de la caridad para con los po- 
bres, tomaron otra vez á su cuidado aquellas ri- 
quezas que se habían recogido para el socorro de 
los necesitados: nada dejaba de fiarse en aquel 
tiempo á los obispos, varones todos de una recti- 
tud y fidelidad bien conocida y experitaentada: 
así lo refiere en cierto lugar San Juan Crisós- 

tomo. 

Resfrióse después más y más aquel santo fer- 
vor de la caridad, y se comunicó á menos al es- 
píritu del Sefior, y ved aquí que empezaron algu- 
nos en la Iglesia á emular al mundo y á dispu- 
tarle el fausto, lujo y pompa; ya se queja San 
Jerónimo de que los presidentes de las provin- 
cias cenaban con más esplendidez en un monas- 
terio que en palacio; para tan grandes gastos era 
preciso mucho dinero: de esta suerte ciertos obis- 
pos y presbíteros convirtieron en hacienda y ren- 
tas suyas lo que antes había sido de los pobres. 
1 Ojalá que les tocase el espíritu de Dios, y tra- 
jesen á la memoria de dónde tienen lo que po- 
seen, quién lo dio y con qué intención, y se 
acordasen de que son poderosos con la sustancia 
de los que nada pueden! Su obligación es ense- 



^ 



AnÜliH á Ll 



»:-' 



h : 



124 



LUIS VIVB8 



fiar, consolar, corregir, por lo tocante á las al- 
mas, y también sanar los cuerpos, lo que harían 
ti fiasen tanto en Cristo como quieren que otros 
fien en ellos para sus conveniencias; pero este 
es un mal común; cada uno de nosotros exige 
severamente del otro el bien que él no hace; es 
también su obligación socorrer, aun de lo poco 
que tengan suyo, á los necesitados, á ejemplo de 
San Pablo, y en suma, ser perfectisimos en la 
caridad, haciéndose todo para todos, sin despre- 
ciar á los humildes, bajándose hasta ellos para 
aprovechar, y ceder á loa altos por medio de la 
predicación y palabra de Cristo, para edificar. 
Si éstos, los abades y otros superiores ecle- 
siásticos quisieran, aÜTiarian una grandísima 
parte de los necesitados con la grandeza de sus 
rentas; si no quieren, Cristo será el vengador; 
siempre se ha de evitar el tumulto y discordia 
civil, que es mayor mal que el retener los dine- 
ros de los pobres, porque ninguna suma de di- 
nero, por grande que sea, debe ser tan estimada 
por los cristianos que lleguen por ella & tomar las 
armas; enteramente y con todas las fuerzas se 
ha de servir y coadyuvar á la tranquilidad pú- 
blica, que es lo que manda Cristo, y San Pablo, 
siguiendo á su maestro; ni los pobres deben de- 
sear que se mueva en la ciudad tumulto alguno 
para que se les remedie, porque, por su mismo 
estado de pobreza deben estar muertos al mundo, 
y entregarse día y noche á pensar en el fin de 



TRATADO DBL SOCORRO DB LOS POBRBS 125 

nuestra peregrinación & aquel puerto y patria 
en donde oigan: «El pobre Lázaro recibió males 
en su vida, y por eso ahora es recreado y lo será 

eternamente.» 

Hágase, pues, un cómputo de las rentas anua- 
les de los hospitales ú hospicios, y se hallará sin 
duda que añadiendo lo que ganen con su trabajo 
los pobres que tengan fuerzas, uo solamente se- 
rán suficientes los réditos para los que hay den- 
tro de esas casas, sino que de ellos se podrá re- 
partir también á los de fuera; porque se dice que 
en cada lugar son tan grandes las riquezas de los 
hospitales, que si se administran y dispensan 
bien, bastan con abundancia para socorrer todas 
las necesidades de los ciudadanos, asi ordinarias 
como repentinas y extraordinarias. 

Los hospitales ricos den, de lo que les sobra, 
á los más tenues, y si ni aun éstos lo necesitan, 
denlo á los pobres ocultos; ni solamente se ex- 
tienda la caridad cristiana por toda la ciudad, 
de tal suerte, que la constituya toda como una 
casa concorde y bien unida entre si, y haga que 
cada uno sea amigo de todos, sino también que 
salga afuera, abrace á todo el orbe cristiano, y 
se haga lo que leemos que sucedió entre los Após- 
toles: «La muchedumbre de los creyentes ó fieles 
tenían un solo corazón y una alma, ni llamaba 
suya nadie cosa alguna de las que poseía, sino 
que todo era común á todos, y no habla entre 
ellos necesidad alguna.* En realidad, asi los hos- 



m 



■--<»si'-'''r',-wit. 



126 



LÜI8 VIVB8 



pítales ricoa como los hombres opulentos, cuan- 
do faltasen en sus respectivas ciudades á quie- 
nes comunicar parte de sus riquezas, seria justo 
que las enviaran á las vecinas, y aun á las re- 
motas en donde fuesen mayores las neceeidades: 
verdaderamente esto deben hacer los cristianos. 

Nombre el gobierno dos procuradores á cada 
hospital, que sean varones respetables, y en 
quienes resplandezca un gran temor de Dios; 
den éstos todos los afios al magistrado cuenta de 
8U administración, y si agrada y se aprueba su 
fidelidad, continúaseles el encargo, si no, elíjan- 
se nuevos. 

Cada uno de los que mueren suele, según sus 
facultades, dejar algo á los pobres; exhórtesele 
á que de la pompa del entierro mande quitar 
algo que aproveche á los necesitados: este es el 
funeral más agradable á Dios, y que no desme- 
rece aun para con los hombres, bien que los que 
pasan ya de esta vida á la eterna no deben cui- 
dar de otra gloria ó alabanza que la que provie- 
ne de Dios. También se da carne en algunos en- 
tierros, y se distribuye pan con dinero ú otras 
cosas, á loa que llevan una cédula ó sefial que 
para este efecto ee les ha entregado; este repar- 
timiento conviene que, en las primeras exequias 
y cabo de afio, esté libremente al prudente arbi- 
trio de los que cuidan de las disposiciones del 
difunto, pero en adelante en esto que se ha deja- 
do para distribuir á los pobres, conozcan los pro* 



TRATADO DBL SOCORRO DB LOS POBRES 127 

feotes ó administradores de las limosnas sobre el 
modo en que se distribuye, no sea que se dé k 
los que no lo necesitan. 

SI todo esto no bastare, pónganse arquitas ó 
cepillos en los tres ó cuatro principales templos 
de la población que sean más frecuentados, en 
donde cada uno pueda echar lo que le Inspirare 
BU devoción; ninguno habrá que no quiera más 
poner alli una gran cantidad, por ejemplo, diez 
estuferos, que en loa mendigos que andan va- 
gando dos minutas, ó digámoslo asi, dos dineros 
ú ochavos; pero no se pongan estas arquitas to- 
das las semanas, sino cuando obligare la nece- 
sidad. 

Cuiden de estas arquillas dos hombres elegi- 
gidoB, honrados y buenos, no tanto ricos, como 
de un ánimo nada rapaz y codicioso, que es lo 
que ante todas cosas se ha de tener delante para 
dar estos encargos. 

Ni recojan todo cuanto se pueda, sino lo que 
baste para cada semana, ó á lo sumo un poco 
mái, no sea que se acostumbren á manejar mucho 
dinero y les suceda lo que á algunos de los que 
tienen á su cargo el cuidado de los hospitales; yo 
no sé lo que aquí en Flandes sucede, ni lo pro- 
curo saber, entregado del todo á mis estudios, 
mas en España oia en conversación á los ancia- 
nos que habia muchos que con las rentas de los 
hospitales hablan aumentado sin medida sus 
casas, manteniéndose ellos y los suyos en lugar 



123 



LUIS VIVK8 



•de los pobres, poblando sus casas de mucha fami 
lia y despoblando de pobres á los hospitales: todo 
esto por la oportunidad de un dinero tan numo- 
roso y pronto que hallan en su mano. 

Por lo mismo, si no se halla remedio eficaz 
para este riesgo y el que se sigue, no se compren 
en adelante fincas para los pobres, porque con 
éste pretexto, cuando no se lo gasten los admi- 
nistradores del hospital, detienen el dinero ya 
para juntar lo necesario para un buen rédito, ya 
hasta que haya ocasión de comprar, y entretanto 
el pobre se pudre de miseria y perece de hambre. 

Si hubiere alguna grande suma de dinero en 
poder de los que cuidan de las limosnas en nom- 
bre del público, extráigase de alli, como poco 
antes dije, lo que pareciere conveniente, y en- 
víese á los lugares que más lo necesiten, porque 
una gran partida de dinero hace crecer tanto la 
codicia de aumentarlo, que los que la manejan 
sienten más que se reparta algo de ella que de 
una corta suma; mas el necesario guárdese en 
poder del magistrado, consagrando ó solemni- 
zando BU entrega, custodia y recibo, con el jura- 
mento é imprecaciones para que no se invierta 
en otros usos, y repártase en la primera ocasión 
que se necesite, para que no se haga costumbre 
de tener algo alzado por mucho tiempo, pues 
nunca faltarán necesitados, según lo dijo el Se- 
ñor: «Siempre tendréis pobres con vosotros.» 

Los sacerdotes en ningún tiempo hagan suyo 



TRATADO D8L 80C0RB0 DB LOS POBRES 129 

tíl dinero de los pobres con pretexto de piedad y 
da celebrar misas; bastante tienen con que pa- 
sar, no necesitan de más. 

Si alguna vez no fueren suficientes las limos- 
nas, acúdaee á los ricos, y ruógueseles que ayu- 
den á los pobres, recomendados por Dios tan en- 
carecidamente, y que á lo menos presten lo ne- 
cesario, volviéndoselo después fielmente cuando 
sea más abundante la limosna, si lo quieren. 

A más de esto, el cuerpo de la ciudad cercene 
de los gastos públicos, com'o son solemnes con- 
vites, regalos, aparatos, dádivas, fiestas anuales 
y pompas, todo lo cual no sirve sino para el de- 
leite, soberbia ó ambición; yo no dudo que el 
mismo principe, al llegar á cualquiera ciudad, 
llevarla á bien, ó por mejor decir, se alegrarla 
de que le recibiesen con menos aparato, como 
supiera que se consumía en estos usos piadosos 
el dinero que era costumbre gastar á su llegada, 
y si no lo diese por bien empleado, verdadera- 
mente serla necia y puerilmente ambicioso; y al 
la ciudad, teniendo caudales, no se allana á esto, 
á lo menos dé á empréstito, y recíbale después 
cuando se aumenten las limosnas. 

Saa del todo libre la limosna, como dice San 
Pablo: «Cada uno dé como propuso y destinó en 
su corazón, no por tristeza ó violencia», porque 
á nadie se ha de forzar á hacer bien, de otra 
suerte perece este nonabre de caridad ó benefi- 
cencia. Aunque todas estas cosas tengo por sin 

9 






-ÍÜS- 



130 



LUIS VIVR8 



duda que abundarán, pero en un negocio de tanta 
piedad no nos hemos de medir por lo limitado de 
las fuerzas humanas, hemos de confiar solamente 
en las divinas; la benignidad de Dios asistirá 
siempre á tan santos conatos, y multiplicará á 
los ricos la hacienda de que hacen limosnas, y á 
los pobres las limosnas mismas, pedidas vergon- 
zosamente, piadosamente recibidas, y distribui- 
das sobria y prudentemente, porque por todos 
mira el Señor: cde quien es la tierra y todas las 
cosas de que está llena>, su Majestad lo cria todo 
con abundancia para nuestros usos, y sólo nos 
pide una pronta y verdadera voluntad, y un 
afecto agradecido á vista de tan inmensos be- 
neficios. 

Muchísimos ejemplos tienen los hombres de 
que algunos empezaron una santa obra, con re- 
celo y aun sin esperanza de que bastasen las 
fuerzas y fondos que se habían destinado á aquel 
fin, pero siguiendo la obra, se aumentó el caudal 
de tal modo que los mismos que habían gober- 
nado el negocio no podían menos de admirarse 
por cuan secretos é imprevistos conductos habían 
entrado aumentos tan grandes. Traed á la me- 
moria una sola experiencia, que vale por innu- 
merables, tomada de la escuela de vuestros ni- 
ños pobres; la empezasteis diez afios ha con tan 
tenues principios que sólo diez y ocho niños po- 
dían mantenerse en ella, y aun recelabais que os 
había de faltar con qué sostener este instituto; 



TRATADO DBL 80C0BR0 DB LOS POBRES 131 

en el día se mantienen ya cien niños, poco más 
ó menos, con tan abundantes caudales que sobran 
para sustentar otros muchos más, y cuando so- 
brevienen algunos niños extraordinarios, no falta 
que darles de comer; ya se ve: por la largueza 
de Dios se sustentan, se mantienen, viven, sub- 
Bísten todas las cosas, no por las riquezas, pro- 
pia industria ó consejo humanos; por tanto: Ten 
por cierto que para emprender obras de verdadera 
piedad, es maldad considerar y pararte en lo que 
puedes tú, sino en lo que confias en el que todo lo 

puede. 

Los pobres mismos que no trabajan aprendan 
á no tener muchas cosas prevenidas por largo 
tiempo, porque de ahí se les aumenta la falsa se- 
guridad en ellas, y se disminuye la confianza en 
Dios; no fíen en los socorros humanos, sino en 
Cristo sólo, que nos exhortó á dejar nuestra ma- 
nutención á su cuidado, y al de su Padre celestial 
que sustenta y viste á las cosas que ni siembran, 
ul cogen, ni tejen, ni hilan; hagan los pobres 
una vida como de ángeles, atentos y aplicadoa á 
rogar á Dios por si y por la salvación do los que 
les socorren, para que nuestro Señor Jesucristo se 
digne premiarles con el ciento por uno en bienes 
eternos. 




De los que están afligidos de alguna 
necesidad repentina ú oculta 



No hemos de socorrer solamente á los pobres 
que carecen de lo que se necesita cada día, 
sino también ¿ los que se hallan de repente coa 
alguna gran fatalidad, como cautiverio en l;t 
guerra, prisión por deudas, incendio, naufragii , 
ayenidas, muchos géneros de enfermedades, y en 
fin, innumerables acontecimientos que afligen i 
las casas y familias honradas; no son menos d^* 
atender las doncellas pobres, á quienes obliga 
muchas veces la miseria á abusar de su pudor y 
honestidad; porque no debe sufrirse que en ud:í 
ciudad, no digo de cristianos, sino ni aun de gei 
tiles, con tal que se viva en ella según la hMma. 
nidad, que rebosando algunos en riquezas, de 
modo que gastan millares en un sepulcro ó torro, 
ó en un vano edificio, ó en convites y otras exte- 
rioridades, peligre por falta de cincuenta ó cien 
monedas la castidad de una virgen, la salud y 
vida de un hombre honrado, y que un pobre ma- 
rido se vea forzado tristemente A desamparar á 



TRATADO DBL SOCORRO DB LOS POBRBS 133 

8U mujer y k sus pequeños hijos; también se han 
de redimir los cautivos, beneficio que contaron, 
entre los más señalados, los filósofos antiguos 
Aristóteles, Cicerón y otros; pero entre los que 
eetán en cautiverio primero han de ser atendidos 
los que padecen una dura esclavitud entre los 
enemigos, como los pobres cristianos que están 
en poder de los agarenos con un continuo riesgo 
respecto de la fe; después los negociantes y los 
qie sin armas para defenderse cayeron en manos 
de los enemigos, porque á los armados quo irri- 
taron, y que son causa de que otros padezcan 
untos males, se les ha de socorrer los últimos; 
de los presos en las cárceles son primero los que 
rnás por infortunio que por culpa vinieron á po- 
breza y no pueden pagar, y después los que hace 
mucho tiempo que están en la prisión. 

Del que fué feliz en algún tiempo y cayó en 
pobreza sin culpa ó torpeza alguna suya debe 
haber mucha y muy especial compasión; lo uno 
porque nos avisa de lo que nos puede ser común 
y sirve como de ejemplar nuestro y de otros, pues 
mañana nos puede suceder lo mismo; y lo otro 
porque padece más trabajosa y cruel miseria el 
quo aún retiene algún sentido, concepto ó memo- 
ria reciente de la felicidad. 

No hemos de esperar á que los que han sido 
honestamente educados expongan sus necesida- 
des; se han de rastrear ton diligencia y se les ha 
de socorrer ocultamente, como se refiere que lo 



rti iiji-Atat 



m 
lí- 



134 



LUIS VIVB8 



practicaron muchieimos, y eepecialmente aquel 
Arceailao, que estando durmiendo un amigo suyo, 
pobre y enfermo, que disimulaba ambas cosas 
por vergüenza, le puso bajo la almohada una 
gran suma de oro para que en despertando ha- 
llara con qué socorrerse sin sonrojo de su ver- 
gonzante pobreza; conviene, pues, saber que 
debe procurarse que cuando los que se socorren 
se han criado con un prudente honor no se le3 
llene de vergüenza sacándoles los colores, por 
que suele series esto m&s penoso que útil ó agra- 
dable el beneficio. 

Aquellas personas á quienes se ha encargado 
el cuidado de las parroquias serán las que inves- 
tiguen estas ocultas y vergonzosas necesidades 
y las hagan saber al gobierno y á los hombrea 
ricos, callando los nombres de los que las pade- 
cen hasta que se lea llegue á socorrer, porque 
entonces será mejor el hacerlo descubiertamente, 
ya para que sepan á quiénes han de estar agra- 
decidos, ya también para que nadie tenga sos- 
pecha de que las manos por cuyo medio se hizo 
la limosna extraviaron algo de ella: esto se en- 
tiende á no ser tanta la dignidad del necesitado 
que se deba no exponerle á tan grande riesgo de 
vergüenza. 

«Según eso— dirá alguno—, ¿habiendo de so- 
correr también á éstos, jamás tendrá fin el dar?» 
Has dicho una cosa atroz: ¿qué cosa se puede 
pensar más feliz y bienaventurada que el que no 



TRATADO DBL SOCORRO DB LOS POBRES 135 

tenga limites el hacer bien? Yo juzgaba que te 
quejarlas de que en algún tiempo faltarían pobres 
con quienes pudieses ser misericordioso; debes á 
la verdad desear por el bien del prójimo que no 
haya quien necesite de la asistencia ajena, pero 
por tu bien debes apetecer que nunca te falte 
materia para una tan grande ganancia como 
cambiar lo perecedero, y expuesto á varias 
casualidades, por los bienes eternos. 

Esto es lo que me parece que se debe practi- 
car según el presente estado de las cosas; acaso 
no convendrá que se observe en toda ciudad y 
tiempo todo lo que dejamos dicho; considérenlo 
ios prudentes de cada pueblo, y miren con cui- 
dado por BU República movidos de un amor pia- 
doso y cuerdo de la patria; creo, si, que conven- 
drá siempre y en todo lugar que se establezca el 
mismo fin, proyecto y blanco que he propuesto, 
y si no conviniere que se ejecute todo á un mismo 
tiempo, porque la costumbre recibida se opondrá 
quizá á la novedad, se podrá usar do arte intro- 
duciendo al principio lo más fácil, y después, 
poco á poco é Insensiblemente, lo que pareciere 
más dificultoso. 




n 



1P 



•i.- 



De los que reprobarán estas nuevas 
constituciones y establecimientos 



AUNQUE es verdad que la virtud es por sí mía- 
ma muy hermosa y digna de apetecerae» 
tiene con todo eao no pocos enemigos que se dis- 
gustan mucho de su belleza y bondad porque ee 
áspera y contraria á sus costumbres y delicias; al 
modo que el mundo declaró guerra y la declarará 
siempre á ia ley de Cristo, cuyo resplandor no 
pueden sufrir las tinieblas y ojos viciados de los 
mundanos, asi también en el negocio y asunto 
que he propuesto aunque todo se dirige al soco- 
rro y alivio de las necesidades de loa pobres mi- 
■erables, como lo juzgará y sentenciará cual- 
quiera que no sea un censor inicuo, sin embargo 
no faltará, aun á vista do tan grande humanidad, 
quien ó calumnie algo, ó á lo menog no lo lleve 
á bien; algunos, no parando^ en otra cosa que 
en que oyen que se quitan los pobres, piensan 
que se les destierra, expele y desecha, y claman 
que es un hecho inhumano arrojar de esta suerte 
á los desdichados, como si nosotros los expeliéia- 



TRATADO DBL SOCORRO DB LOS POBRBS 137 

moa 6 trabajáramos porque fueran más misera- 
bles- no es esta nuestra intención, sino que Bal- 
dan 'de la miseria, del llanto y de aqualla su 
perpetua calamidad, á fin de que sean reputados 
.orno hombres y se hagan dignos de las llriosnas. 
otros hay que quieren parecer teólogos, y por 
lo mismo nos citan algo del Evangelio, no pare- 
ciéndoles importante á qué fin ó propósito se dijo, 
ea á saber, que Cristo Señor y Dios nuestro pro- 
fetizó: .Siempre tendréis pobres con vosotros » 
Pero ¿qué se saca de aqui? ¿No predijo también 
que habla de haber escándalos, y San Pablo que 
hablan de levantarse herejías? No socorramos, 
pues á los pobres, ni evitemos los escándalos, ni 
reaistamos á las herejías, para que no parezca 
que Cristo y San Pablo mintieron. lOh Dios! Ol- 
ivamos mejorea cosas: no í)ronoBticó Cristo que 
habla de haber siempre pobres entre nosotros 
porque deseara esto, ni que hablan de sobrevenir 
escándalos porque le agradaban, pues por el con- 
trario nada nos encomendó más encarecida- 
mente que el auxilio de los pobres, abominando 
también del que fuere causa del escándalo, sino 
porque conociendo nuestra debilidad y poco po- 
der por lo que caemos en pobreza, y nuestra ma- 
licia en no levantar prontamente al que ha caído 
en ella, dejándole postrado y apurado de fuerzas 
hasta el extremo, por eso nos anuncia que hemos 
de tener siempre pobres; ib mismo es de los es- 
cándalos. 



138 



LUIS VIVB8 



* 



i : 



■í^ 



I 



Por lo que toca á las herejías, tuvo la misma 
■causa San Pablo para profetizarlas, pues sabía 
bien que liabían de nacer de la naturaleza de ios 
hombres, corrompida y manchada con muchos 
vicios, pero sin embargo quiso que se saliese al 
encuentro y nos opusiéramos á ellas cuando se 
levantaaen, como lo dice á Tito: «Sea poderoso 
el obispo en la doctrina sana, para reprehender, 
didoutar y convencer á los que la contradicen.» 
Liego con estas predicciones no nos manda 
Cristo que obremos asi, sino solamente ve que 
asi obraremos. 

Del mÍBmo modo estos nuestros consejos no 
quitan á ios pobres, sino que los alivian; no im- 
piden del todo que alguno sea pobre, sino que no 
lo sea por mucho tiempo, alargándole al punto 
la mano para que se levante. ¡Ojalá que pudié- 
semos lograr enteramente que no hubiera pobre 
alguno en esta ciudad, no había que temer el pe- 
ligro de que se pensase que Cristo habia mentido 
ó se había engañado, pues siempre habría po- 
bres con abundancia en otras partes; fuera de 
que no solamente son pobres los que carecen de 
dinero, sino cualesquiera que están privados de 
fuerzas en el cuerpo, ó de la sanidad, ingenio 
y juicio, como explicamos al principio de la 
obra; á lo que se añade que no con menos razón 
debe llamarse pobre, aun de dinero, el que re- 
cibe ó en el hospital y hospicio, ó en su pobre 
choza, un corto sustento no adquirido con su 



TRATADO DBL 80C0BR0 DB LOS P0BRB8 139 

trabajo ó industria, sino enteramente por bene- 
ficio ajeno. 

Esto supuesto, vamos ahora á cuentas: ¿Quié- 
nes obran más inhumanamente, los que quieren 
que los pobres se pudran entre inmundicias, as- 
cos, vicios, maldades, desvergüenza, lascivia, 
ignorancia, locura, calamidad y todo género do 
miseria, ó los que eacogltan medios y caminos de 
sacarles de tan infeliz estado, trayéndoles á una 
vida más civil, más pura y más sabia, con tan 
gran ganancia de tantos hombrea inútiles y per- 
didos? En suma, nos portamos nosotros como el 
arte de la Medicina, que no quita de todo el gé- 
nero humano las enfermedades, sino las sana en 
cuanto puede. ¡Ojalá que la ley de Cristo reinase 
en nuestras almas y en nuestros corazones, que 
más eficaz sería que ios conocimientos de la Me- 
dicina! Ella baria que no hubiese pobres entre 
nosotros, como no los hubo en el principio de la 
Iglesia, según refiere San Lucas en los Hechos de 
los Apóstoles, ni habría escándalos, ni herejías, 
pero porque nuestras maldades prevalecerán 
más grave y pesadamente, y no profesarán los 
hombres el nombre cristiano tanto con el cora- 
zón y las acciones de la vida cuanto con sola la 
boca, nunca faltarán herejías, escándalos y po- 
bres. 

Habrá acaso aiguuos, como los suele haber 
en los consejos públicos, que para ser tenidos 
por más sabios y concillarse por esta fama una 



u 



'f^^Siiff''^ 



140 



LUIS VIVBfl 



TRABADO DBL SOCORRO DB LOS POBRES 



141 






ii' 



grande autoridad, nada aprueban sino lo que 
elloB discurren; por cierto que éstos sienten mal 
no sólo de los hombres, sino de Dios mismo, cre- 
yendo, ó queriendo que otros crean, que aquel 
Sefior, escaso y aun exhausto en las otras pro- 
ducciones suyas, derramó en ellos todas las fuer- 
zas del ingenio, juicio y prudencia. Burlándose 
Job de semejantes hombres, les dice: «¿Conque 
vosotros solos sois hombres y con vosotros morirá 
la sabiduria?> No negaré que hay algunos tan 
aventajados de ingenio, destreza y de cierta va- 
lentía, viveza y agudeza de juicio, que pensando 
y meditando inventan lo que casi ningún otro 
puede; pero pensar por oso que es siempre lo 
mejor lo que ha salido de ti, es propio de un hom- 
bre arrogante con demasía, y aun como Terencio 
dice, cimperito y necio, que nada tiene por bien 
hecho sino lo que él hace». 

Sobre todo á dos géneros de hombres pienso 
que hemos de tener muy contrarios, el uno ea de 
los mismos á quienes ha de llegar de lleno todo el 
fruto de esta benignidad, y el otro el de los que 
son excluidos de la administración del dinero; 
porque hay algunos que, acostumbrados á las 
inmundicias y á su infeliz miseria, llevan muy á 
mal ser sacados de ella, atraídos de cierta falsa 
dulzura de su ociosa desidia, teniendo por más 
penoso que la muerte obrar, trabajar y ser indus- 
triosos y templados. ¡Oh dura condición la de 
hacerb ien respecto de estos hombrea, cuyas mal- 



dades miran como injuria el beneficio! ¿Qué cosa 
más odiosa que recibir soberbio y airado el be- 
ueflcio como si se te agraviase y conceptuarlo 
por ofensa y daño? Es muy semejante este vicio 
al de los judíos, que persiguieron de muerte al 
autor de la vida porque beneficiaba, ayudaba y 
traía consigo la sanidad, la salvación y la luz, y 
le colmaron de ignominia por su generosísima 
beneficencia para todos los que quisieran usar de 
ella; pero asi como aquellos sumergidos en la 
soberbia, arrogancia, ambición y avaricia juzga- 
ban por afrenta ser libertados de estos tan crue- 
les señores, asi éstos, cubiertos de suciedades, 
hediondez, falta de pudor, desidia y vicios, pien- 
san que son conducidos á dura esclavitud si se 
les eleva á mejor condición y estado. 

Pero ¿qué importa? Imitaremos á Cristo, que 
no se apartó de hacer bien por la ingratitud de 
los que recibían los favores y alivios; no se debe 
atender á lo que quiera recibir cada uno, sino á 
lo que deba; no qué es lo que le agrada, sino qué 
es lo que le convenga; conocerán el beneficio 
cuando se pongan cuerdos; dirán entonces: «El 
Senado de Brujas nos salvó aun contra nuestra 
voluntad», y bí condescendéis con ellos y dais 
gusto á sus deseos, si llegaren en algún tiempo, 
aunque no sea sino por un instante, á abrir los 
ojos y tener juicio, dirán sin duda: .El Sanado 
nos mató por amarnos Como no debía», que es la 
<iueia que un hijo criado con demasiada íudul- 



te*»;.. 



142 



LUIS VIVB8 



geoda suele proferir contra su padre, y aborre- 
cerán á los que les ayudaron para su dafio y per- 
dición. No sea asi. Hagamos lo que los médicos 
prudentes con los enfermos enfurecidos y lo que 
ios padres sabios con los malos hijos, que es 
coadyuvar al bien y provecho de los mismos que 
lo repugnan y resisten; finalmente, el oficio y 
obligación del gobernador de la República es no 
hacer caso de lo que sienta uno ú otro, ó algunos 
pocos, de las leyes y del gobierno como se haya 
consultado y mirado en común por el cuerpo de 
toda la ciudad, porque las leyes son útiles aun 
respecto de los malos, ó para que se corrijan, ó 
para que no permanezcan mucho tiempo en ha- 
cer mal. 

Los que manejaban los caudales de los po- 
bres llevarán á mal que se les prive de este em- 
pleo; las palabras grandes y ruidosas que se 
bascan para exagerar la atrocidad suelen ser 
estas y otras semejantes: «Que no se han de tocar 
las cosas que se hallan confirmadas con la apro- 
bación de tantos afíos; que es peligroso innovar 
las costumbres; que no se han de mudar los es- 
tatutos de los fundadores, pues de lo contrario al 
pumto se arruinará todo. > A edto opondremos 
nosotros, lo primero, que ¿por qué las buenas cos- 
tumbres no han de poder deshacer lo que hicie- 
ron las malas? Yo aseguro que no se atreverán á 
entrar en la disputa de cuál es mejor, ó lo que 
nosotros intentamos introducir, ó lo que ellos 



TRATADO DBL SOCORRO DB LOS POBRES 143 

pretenden mantener; y si nada se ha de mudar,. 
por qué ellos han ido mudando poco á poco las 
primeras costumbres que dejaron los fundado- 
res, de tal modo que se ve claramente que ésta» 
pon contrarias á aquéllas? 

Regístrense las actas, recúrrase á la memoria 
de los ancianos, y se hallará cuánto dista este 
roodo de administrar del que se observaba luego 
que se acabó la fundación, cuando aún vi7ia el 
f mdador ó poco antes de haber muerto; nosotros 
vamos y queremos que ellos vayan por un media 
justo; no queremos que se mude la primera insti- 
tución, no intentamos ni permitimos que se anule 
y haga de ningún efecto la voluntad del funda- 
dor, que en todo testamento es lo principal, ó 
por mejor decir, lo único que debe atenderse; 
19 la primera institución consta por las actas j 
oor la memoria de muchos; pero en cuanto á la 
' oluntad, ¿quién no ve que aquellos varones de- 
jaban los dineros y rentas anuales, no para que 
8Q saciasen los ricos, sino para que ae sustenta- 
ren los pobres, con la obligación de rogar á Dios 
por la alma del difunto, á fin de que, Ubre y pu- 
rificada de los pecados y sus penas, la reciba su 
Majestad en las moradas celestiales? Y si ellos in- 
sisten mucho en lo contrario, no harán otra cosa 
que el que todos conozcan que defienden su nego- 
cio y utilidad, no el de los pobres, porque habien- 
do nosotros tomado á nuestro cargo el cuidado de 
ios pobres, ellos se oponen y lo contradicen. 



144 



LUIS VIVBS 



¿Qué miran, pues, por fin? Si á si miamos que 
4aii convencldoB de avaricia y declaran abier 
tamente que administraron aquello para si y nc 
para los pobres, quedan convencidos de una 
avaricia ó codicia que no sólo es fea, sino perni 
ciosa y digna de ser abominada, porque siendo 
como es delito quitarle algo á un rico, ¿cuántu 
maldad será quitarlo á un pobre, respecto de que 
con el hurto se le quita al rico el dinero sola- 
mente, pero al pobre se le quita la vida? Mas sí 
con esa oposición y contradicción miran á loe 
pobres y el magistrado quiere socorrerles más 
prolija y eficazmente, ¿qué les Importa á ellos 
por medio de quiénes se haga, con tal que se 
haga, y muy rectamente, como se debe confiar 
de un Senado ñel á toda prueba y de una exac- 
titud muy experimentada en todo tiempo? «Sea 
predicado y alabado Cristo— dice San Pablo—; 
en orden al modo, nada me importa con tal que 
sea predicado y alabado»; pero quisieran elloa 
tener por si mismos el cuidado de los pobres: si 
en esto miran á Dios, con la voluntad sólo satis- 
facen, y si á los hombres, está conocida su am- 
bición: ¿acaso se atreverán también á quejarse 
de que vosotros mismos no os hacéis ministros é 
instrumentos de su ambición ó de su avaricia, ó 
de que no la favorecéis, á lo menos con vuestro 
disimulo y condescendencia? 

Paso en silencio lo demás que se podía decir 
en este lugar, si alguno les tomase cuentas de io 



TRATADO DBL SOCORRO DB LOS P0BRB8 145 

que han administrado tantos años; pero no remo- 
vamos esta laguna ó sentina, ni removamos este 
cieno: atiendan ellos á que no les será de poca 
honra el no haber resistido, el no haber retenido 
tenazmente el dinero que se les confió y depositó 
en su poder, el haber favorecido la causa de loa 
miserables, el haber unido sus miras á las de la 
República, y el ser tan amigos del bien público 
que lo miran como bien particular suyo. 




10 



mn-wmrm'Mlm i Bfc i. w -Ifc't 



■ llWtW ■l|W-'J'".U ■'■» ^^ - 






^ 



> 

1 



Que nada debe detenernos para hacer 
lo que dejamos dicho 



EN todo género de virtud se hallan muchas 
coBas grandemente dichas y ejecutadas con 
gravedad y dignidad por los mismos gentiles, 
pero nada tan constante, tan fuertemente, tan 
digno de ser imitado, como cuando tonian tan 
fija y pegada en sus entrañas la piedad para con 
la patria, y el amor y caridad para con sus ciu- 
dadanos, que recibían y sufrían con inalterable 
igualdad de ánimo las murmuraciones, interpre- 
taciones inicuas, detracciones, y dichos y hechos 
afrentosos de los suyos, sin que por eso se apar- 
tasen ni un pelo, como suele decirse, de la deter- 
minación que hablan tomado de ayudar á su pa- 
tria, siendo asi que se velan reprendidos y con- 
denados por los mismos á quienes ayudaban en 
grande manera; en este número son los principa- 
les Milcíades, Temístocles y Escipión; pero aún 
más principalmente dos, Epaminondas de Tebas, 
y Quinto Fabio Máximo de Roma; viendo éste 
que Aníbal no podía ser vencido con la fuerza, 



TKATADO DBL SOCORRO DB LOS P0BRB8 141 

sino con la espera, con el tiempo, y digámoslo 
así, con la tardanza, le hacía la guerra sin pre- 
sentarle ni admitirle batalla, en una palabra, 
r irdando, porque entendía que sólo esto conducía 
para la victoria; este modo de portarse lo acri- 
minaron muchos hombres ociosos ó maliciosa- 
mente inquietos, como que tenía pacto y estaba 
ocultamente de acuerdo con Aníbal, ó que lo ha- 
cia por ambición para gozar por más tiempo del 
imperio de las tropas, ó del supremo magistrado 
le Dictador, ó que se conducía así por desidia y 
miedo, hiriéndole en lo más vivo del honor, por 
tratarle de excesivamente ambicioso, de traidor 
y de cobarde, que todo es prueba bien dura para 
que la pueda sufrir sin conmoverse un hombre 
prudente, fiel, y general del ejército. 

Llegó esta persecución hasta tal grado que 
tentaron deponerle del mando, y efectivamente, 
á este gran Dictador fué igualado, por disposi- 
ción del pueblo, un Minucio, comandante de ca- 
ballería, novedad que nunca jamás se había visto 
ni oído; pero el invicto anciano, inmutable á la 
calumnia y necedad de los suyos, perseveró cons- 
tante en lo comenzado, y logró salvar á su pue- 
blo de Roma, que indubitablemente hubiera caído 
en las manos sangrientas de Aníbal, á no estor- 
barlo la sagacidad y estratagemas de Quinto Fa- 
bio Máximo. El éxito declaró qué ánimo, qué 
prudencia, qué amor á la patria y á los ciudada- 
nos tenia aquel gran varón, de suerte que por 






Ik' 



■ s9 



Es . 



148 



LUIS VIVM 



N 



■r 



i-, ! i 



confesión de todos f aeron celebradisimos aquellos 
versos (1) que se hicieron de él, antiguos á la 
yerdad y poco limados, pero de un elogio el más 
magnifico y excelente: 

Adquirió ano tardando gran victoria, 
despreciando el ramor por dar la vida 
¿ la patria ya expaeata & ser vencida: 
paes digno es tal varón de inmortal gloria. 

• 

Lo propio hicieron también otros de los mis- 
mos sentimientos que éste; y eso sin respeto al- 
guno á Dios, porque eran gentiles y no les habia 
nacido el Sol del cristianismo; sólo seguían su 
educación, su fama ó el honor y bien de su ciu- 
dad; pues ¿cu&nto más grandes y más excelen- 
tes cosas debemos emprender mirando sólo á 
Cristo, sin pararnos en las fuerzas humanas, y 
aun desestimadas y menospreciadas éstas, nos- 
otros á quienes ha iluminado ya aquel clarísimo 
Sol, que hemos sido enseñados con su santa doc- 
trina, á quienes recomendó y mandó la caridad 
amenazándonos con tan gran castigo si la omi- 
tiéremos, y prometiéndonos tan grande premio si 
la practicáremos, afiadiéndose el atractivo de 
que será mayor la recompensa cuanto mayores 



(1) Ünu8 homo nobis cunctando restituit rtm. 
Non ponebat enim rumores ante salutem; 
Ergo magisque viri nunc gloria clarei. 

Ennio, Annal. lib. 8, v. 4. 



TRATADO DBL 8000BR0 DB LOS POBRBS 149 

moleetias sufriéremos por amor de Dios y para 
8u honra y gloria? Luego no sólo es digno de 
aprobarse nuestro discurso, si también de abra- 
zarse y ejecutarse, porque no basta desear bien, 
si no se ponen manos á la obra cuando se ofrece 
la ocasión; no es decente ni licito el que se de- 
tengan por impedimentos humanos los que se 
ven estimulados por los preceptos divinos, espe- 
cialmente siguiéndose de ello pública y privada- 
mente utilidades humanas y divinas. 




h 
'•El 

1?. 






Las comodidades, provechos y bienes 
humanos y divinos que se siguen de 
estos establecimientos. 



Lo primero, un grande y verdadero honor de 
la ciudad, no viéndose en ella mendigo al- 
guno; porque esta frecuencia y multitud de men- 
digos arguye en loa particulares malicia é inhu- 
manidad, y en los magistrados descuido del bien 
público; lo segundo, se contarán menos hurtos, 
maldades, latrocinios y delitos capitales, y serán 
más raros los lenocinios ó alcahueterías contra 
la castidad, y los maleficios ó hechicerías, por- 
que se mitigará y disminuirá la necesidad, que 
es la que principalmente mueve, solicita, impele 
y arrastra á los vicios y torpes costumbres, y con 
más especialidad á las que van expresadas. 

Lo tercero, estando todos provistos habrá ma- 
yor quietud en el público; se verá una gran con- 
cordia en todos, no envidiando al más rico el que 
ea más pobre, que antes le amará como á su bien- 
hechor, ni el más rico mirará como sospechoso 
al que es más pobre, antes le amará como que es 



TRATADO DBL 80C0BR0 DE LOS POBRE» 151 

la morada y centro de su beneficio y debido fa- 
vor, porque la naturaleza misma nos inclina á 
amar á los que favorecemos, y de este modo una 
gracia es origen de otra. 

Lo cuarto, será más seguro, saludable y gus- 
toso el asistir á los templos, y por consiguiente 
andar por toda la ciudad, sin tener que ver á 
cada paso aquella fealdad de llagas y enferme- 
dades, de que se horroriza la naturaleza, y espe- 
cialmente el ánimo humano y misericordioso. 

Lo quinto, los menos acomodados no se verán 
compelidos y forzados á dar sólo por la importu- 
nidad, y si alguno quisiere dar algo, ni se re- 
traerla por la multitud de los mendigos, ni por 
el recelo ó miedo de dar á un indigno. 

Lo sexto, tendrá la ciudad un incomparable 
logro é imponderable ganancia con tantos ciuda- 
danos como verá hechos más modestos, más ci- 
viles y bien criados, más sociables, y más cómo- 
dos y útiles á la patria, y que la amarán más 
como que en ella y por eUa se sustentan, y no 
pensarán en novedades, sediciones ó tumultos; 
con tantas mujeres apartadas de la lascivia, tan- 
tas doncellas libres del peligro y tantas viejas 
separadas del maleficio; con tantos niños y ni- 
ñas instruidos en las letras, en la doctrina cris- 
tiana y religión, en la moderación y templanza, 
y en las artes y oficios con que se pasa la vida 
bien, honestamente y con piedad; finalmente, to- 
dos recibirán cordura, buen sentido, y vivirán 



J 






152 



LUIS VIVKS 



TRATADO DBL SOCORRO DB LOS POBRKS 



153 



piadosa y santamente; conversarán entre loe 
hombres con buena crianza, cortés y civilmente 
como lo pide la humanidad; tendrán y conserva- 
rán á BUS manos puras de maldades; se acorda- 
rán de Dios con verdad y buena fe; serán hom- 
bres, y lo que es más, serán lo que se llaman, 
esto es, cristianos; porque esto y no otra cosa 
es haber hecho que vuelvan en §1 muchos mi- 
llares de hombres, y haberlos ganado para 
Cristo. 

Vengamos ya á los provechos y bienes divi- 
nos, que son: Que los ánimos de muchos cumpli- 
rán con su obligación gozando de quietud en la 
conciencia; lo que ahora no logran, porque vien- 
do que deben dar limosna, no hacen lo que deben, 
ó retraídos por la indignidad de los que piden, ó 
por la muchedumbre, impedida su voluntad y 
como dividida en diversos pareceres, sin saber 
determinarse á quién socorrerán primero ó más 
principalmente al ver á tantos estrechados de la 
necesidad, y desanimados con cierto género de 
desesperación, á nadie socorren, conociendo que 
lo que dieren ha de aprovechar tan poco como si 
en el caso de un grande y voraz incendio echa- 
ses sólo una ú otra pequeña gota de agua. Los 
que tengan más facultades y bienes darán con 
más gusto, y por consiguiente más copiosamen- 
te, regocijados de que, hallándose ya dispuestas 
las cosas tan bien y santamente, pondrán y co- 
locarán su beneficio en tan buen lugar, que á un 



mismo tiempo ayudarán á los hombres y obede- 
cerán los mandamientos de Cristo, y que por lo 
mismo se adquirirán un grande mérito y reco- 
mendación para con su Majestad. 

También es de esperar que de otras ciudades, 
en que no se cuide de este ó semejante modo de 
los pobres, enviarán muchos ricos sus dineros á 
ésta, en donde sabrán que se distribuyen las 
limosnas con perfección socorriendo con ellas á 
los más necesitados; añádese á esto que el Señor 
defenderá con particularidad y hará verdadera- 
mente feliz y bienaventurado á un pueblo tan 
misericordioso: oíd por testimonio, no de un hom- 
bre cualquiera, sino de un profeta, cuál es el 
pueblo que con verdad pueda decirse bienaven- 
turado: cLlbrame-dice á Dios-de la mano de 
los hijos y hombres malos cuya boca habló siem- 
pre vanidad y cuya diestra es diestra de malda- 
des; BUS hijos se tienen por felices cuando florecen 
como las plantas nuevas; sus hijas se adornan y 
componen ricamente como imágenes del templo; 
sus graneros están tan llenos que se salen, y es 
preciso trasladar frutos de unos en otros; sus 
ovejas son tan fecundas que se advierten Innu- 
merables en su salida á pacer; sus vacas están 
gordas; no hay ruina alguna en sus casas, cer- 
cas, ni establos, ni se oye el menor tumulto, ni 
clamor triste en sus plazas y calles; llaman bien- 
aventurado al pueblo que tiene todo esto, pero 
yerran: El pueblo bienaventurado es el que tiene 






154 



LUIS VIYJiS 



■ni Omnipotente por su Dios y le reconoce y sirve 
como á su Señor,» 

Tampoco faltarán los bienes temporalea con 
estos establecimientos para los pobres, y con 
esto reconocimiento á Cristo que los mira como 
á sus miembros, asi nos lo asegura el ejemplo de 
aquella viuda que dio de comer á Elias; el mis- 
mo Salmista canta asi de la ciudad en donde ha- 
bita Dios: «Llenaré de bendiciones y abundan- 
cia k cualquiera de sus pobres viudas, y saciaré 
de pan á sus necesitados», y en otro lugar dice 
á la misma ciudad: «Extendió el Señor la paz 
por todos sua confínes, y te sacia con la sustan- 
cia del trigo y con el regalado pan de flor de la 
harina más pura y exquisita.» Pero aún excede 
á todo esto aquel feliz aumento del amor reci- 
proco de unos para otros, que se verificará co- 
municándonos mutuamente los beneficios con 
candor y sencillez y sin sospecha alguna de in- 
dignidad; y últimamente y sobre todo, se nos se- 
guirá el incomparable premio celestial de la 
eterna bienaventuranza, que hemos mostrado 
estar prevenido para las limosnas que nacen de 
la caridad, ó del amor de Dios, y del prójimo 
por Dios. 




INTRODUCCIÓN 



LA SABIDURÍA 



POR 



JUAN LUIS VIVES 



(FRAGMENTOS) 




INTRODUCCIÓN A LA SABIDURÍA^^^ 



LA verdadera sabiduría es juzgar bien de las 
cosas, con juicio entero y no estragado, de 
tal manera que estimemos 5 cada cual en 
aquello que ella es, y no nos vayamos tras las 
cosas viles como si fuesen preciosas, ni deseche- 
mos las preciosas por viles, ni vituperemos las 
que merecen loor, ni loemos las que de suyo me- 
recen ser vituperadas. 

Porque no hay error en el entendimiento ni 
vicio que no nazca de aquí, ni hay cosa en toda 
la vida que mayor destruición traiga que tener 
dañado el juicio de manera que no pueda apre- 

(1) El famoso filósofo valentino dio k la estampa esta 
obra en Lovaina, 1624, con el titulo Introductio in Sapten- 
tiam. Las ediciones que han visto la luz, tanto en latín 
como en castellano y otros idiomas, son numerosísimas. 



M 



Hb^. 'f-' ^ 



158 



LUI8 VIVB8 



INTRODUCCIÓN k LA SABIDURÍA. 



159 






M 



i 



% 

vi 

»• 

I 



%iar y estimar las cosas en su verdadero y justo 
precio. 

Cerca de lo cual es de notar que son dañosas 
las opiniones del vulgo, que con grandísimo des- 
atino juzga de las cosas. 

Gran maestro es el vulgo para mostrar á 
errar. Y con el que con buena afición sigue el 
camino de la sabiduría, el mayor trabajo que 
tenemos es ponerlo en su libertad, sacándole de 
la tiranía de las opiniones populares, si ya le 
tienen usurpado el juicio. 

Tenga primeramente el tal por sospechoso 
todo aquello que el vulgo con gran consenti- 
miento aprueba, hasta que con buen tino torne á 
pasar por la balanza en que pesan todas las 
cosas aquellos que las miden por virtud. 

Y aprenda cada uno desde mozo buenas opi- 
niones y acostúmbrese á ellas, porque será gran- 
dísimo el fruto que después le darán, creciendo 
juntamente con la edad. 

Sus apetitos y deseos confórmelos con la ra- 
zón; huya con gran diligencia de los que della 
se desvian y tuercen, porque esta costumbre en 
bien hacer, refrenando las pasiones, se apegue 
tanto que casi sea tan natural que ya no haya 
cosa que le traiga á hacer mal^ si no fuese for- 
zado y traído como de los cabellos arrastrando. 

Hase de tomar la más excelente manera de 
vivir, la cual, con la costumbre, será la más 
apacible. 



Todo el resto de la vida cuelga de la crianza 
de la mocedad. 

Sea, pues, en esta carrera que tomamos de 
la Sabiduría, el primer paso aquel dicho tan tri- 
llado de todos los antiguos, que es: Que se co- 
nozca cada uno ¿f sí mismo, porque sepamos juz- 
gar de nuestras cosas y veamos lo que nos tocaa 
las ajenas. 







I 






I 



INTKODUCOIÓN 1 LA SABIDURÍA 



161 






fi 



Del engaño que hay en las cosas exte- 
riores, tomándolas como las toma el 
vulgo. 



SI tomamos y apreciamos estas cosas de otra 
manera que és, si las entendemos como co- 
múnmente se entienden, hallaremos que van 
muy fuera de propósito y que son vanas y da- 
ñosas. 

Dando por ellas la vuelta, primeramente lo 
que hay fuera de nosotros, ó se endereza y sirve 
al cuerpo ó al ánimo; como las riquezas para 
defensa de la vida, la honra para juzgar de la 
virtud. 

El cuerpo no es otra cosa sino un abrigo ó 
vestidura ó esclavo del ánimo, al cual la Natu- 
raleza, la razón y Dios mandan que esté sujeto, 
como bruto á quien siente, como mortal á quien 
es inmortal y divino. 

En el ánimo, el saber le buscamos, para que 
más fácilmente huyamos del vicio que hemos 
conocido, y con mayor facilidad sigamos y al- 
cancemos la virtud que conocemos, porque para 



lo demás muy superfluo y fuera de propósito es 
todo aquello que sabemos. 

Nuestra vida ¿qué otra cosa es sino una cierta 
peregrinación y destierro, expuesto á mil fortu- 
nas, combatido de mil casos que suceden cada 
día, al cual no hay hora en que no le esté su 
fin como colgado de un cabello, amenazando 
que puede suceder por causas no pensadas y li- 
geras? 

Pues, siendo así, ¿qué mayor locura puede 
ser que hacer alguna cosa fea y mala con deseo 
de vida incierta? 

Y en esta vida, como en un camino, cuanto 
más despojados estuviéremos, y menos embara- 
zados con nuestro hato, tanto más ligera y des- 
envueltamente caminaremos con mayor placer. 

Allende de esto, la naturaleza y ccmpoeición 
de nuestro cuerpo es tal, que no buscando cosas 
Buperfluas y dañosas, tiene necesidad de muy 
poco: tanto, que si lo mirásemos de raíz, sin duda 
ninguna tendríamos por locos á los que con tan 
gran fatiga amontonaron tantas riquezas, te- 
niendo necesidad de tan pocas. 

Porque las riquezas, las posesiones, los vesti- 
dos, para esto sólo las buscamos y granjeamos, 
para usar de ellas cuando tenemos necesidad. 
Así que de lo superfluo no usamos, sino de lo ne- 
cesario; antes con lo que sobra, el uso se estorba 
y se embaraza y se pierde, no de otra manera 
que una nao con la demasiada carga. 

11* 



»»j 



162 



LUIS YIVM 



INTRODUCCIÓN 1 LA SABIDURÍA 



163 



¿De qué te aprovechan los ducados cerradoe 
en el cofre, si no te has de servir de ellos?, y 
quitado este respeto de lo que te han de servir, 
¿qué diferencia haces más que si tuvieses alU un 
poco de barro, si no es en tener mayor trabajo y 
pena de guardarlos? Tanto, que teniendo cuidado 
de esto solo, que no te sirve nada, te descuidas 
y menosprecias aquello en que principalmente 
habías de pensar. 

Que ciertamente la moneda es una conocida 
servidumbre de ídolos, cuando por ella menos- 
preciamos ía piedad, la religión y lo que es santo 
y bueno. 

Dejo aparte cuantos lazos están parados á las 
riquezas, por cuántos y cuan diferentes casos se 
pierden. Y lo que peor es, ya que se conserven, en 
cuántos y cuan diferentes vicios que nos llevan. 

Las lucidos atavíos ¿qué otra cosa son sino 
instrumentos y aparejos de soberbia? 

La necesidad halló á la mano vestidos pro- 
vechosos; la abundancia y supeiñuidad trajo loe 
ricos atavíos; la vanidad sacó los lucidos trajes; 
nació la porfía de los unos con los otros, que noe 
ensefió muchas cosas sobradas y dañosas, que- 
riendo los hombres ganar honra de una cosa que 
conocidamente arguye su flaqueza. 

Asi veremos al ojo que la mayor parte de las 
riquezas son suntuosos ediflcios. Las alhajas ri- 
cas, los servicios doblados, las piedras exquisi- 
tas, oro, plata, vestidos, se buscan más para sa- 



tisfacer á la vista de ios que lo han de mirar que 
para el uso de ios que lo poseen. 

Viniendo á la nobleza, ¿qué otra cosa es venir 
de nobles padres sino una euerte que os cupo al 
nacer?, ó, tomando la nobleza como comúnmente 
la toman, ¿qué otra cosa es sino una opinión sa- 
cada de la locura del vulgo, pues vemos muchas 
veces por cuan malos caminos semejantes noble- 
zas han sido ganadas? La verdadera y firme no- 
bleza nace de virtud; y es muy gran locura, 
quien es malo y con sus ruines obras escurece y 
mengua su ilustre linaje, preciarse que viene de 

buenos. 

Deshagámonos de nuestras vanidades, mire- 
mos la realidad de la verdad. Todos nuestros 
cuerpos son hechos de uoa masa, todos de unos 
mismos elementos, pues de nuestros ánimos ver- 
daderamente sólo Dios es nuestro padre. 

No se burle nadie, que menospreciar la bajeza 
del linaje es en cierta manera encubiertamente 
culpar á Dios, que es única causa y verdadero 
autor de nuestro nacimiento. 

El estado, gobierno ó señorío, ¿qué otra cosa 
es sino (ya que asi la queréis llamar) una ilustre 
pesadumbre?, que si supiésemos los trabajos, las 
congojas, las fatigas y los enojos que consigo 
trae, no hay nadie (ni de los que más deseosos 
son de esta honra) que no huyese de ella como de 
una pesada desventura. 

lOh, cuan grande é incomparable trabajo es 



Í4 



164 



LUIS VIVB8 



INTRODUCCIÓN 1 LA SABIDURÍA 



165 



|f 



gobernar ruin gente, y cuan mayor si tú, que la 
haa de gobernar, eres ruin! 

La honra que no nace de virtud es dañoaa y 
mala; y ai nace de virtud, la misma virtud que 
la ganó la menosprecia; que no ae puede llamar 
virtud la que, dejando au verdadero fin, buaca el 
precio en la honra, la cual, no buacándola ella 
misma, de suyo aigue á la virtud. 

Las que ordinariamente se llaman dignida- 
dea ¿cómo se podrán llamar asi si vienen á per- 
sonas indignas, que no las mereciendo, las gana- 
ron con engaño, con ambición, con soborno, con 
premios y otras malas artes? 

Y la gloria ¿es otra cosa sino levantársenos 
del aire los oídos, de la cual, como ni de la 
honra ni de la fama, qué le toca á aquel de quien 
ae suenan? Pues por la mayor parte aon incier- 
tas, que no llevan camino; injustas, de que presto 
ligeramente vuelan y se pasan, semejantes al pa- 
dre que las crió, que es el vulgo, el cual (como 
muchas veces se ve) en un mismo dia ensalza un 
hombre hasta las nubes, y al mismo, antes que 
anochezca, le ha puesto y abatido debajo loa 
abismos. 

¿Qué diré? Pues veo que muchas veces nacen 
de cosas de burla, otras veces de cosas que van 
fuera de todo entendimiento, y aun algunas ve- 
cea de cosas malas y perveraas; como de jugar 
bien á la pelota, de gaatar la hacienda en ban- 
quetea, en truhanea, en máacaraa, y principal- 



mente en guerra, que por la mayor parte es un 
robo, que es estimado porque no sufre castigo; 
porque veáis tras qué se va la locura del vulgo. 

Recoja cada uno su pensamiento dentro de 
si mismo y piense bien en esto: hallará cuan poco 
le toca y cuan poco le hacen al caso la fama, loa 
dichos, el acatamiento, la honra del vulgo, de la 
cual ahora se precia. Cuando duerme ó está solo 
retraído, decidme: ¿qué tan grande diferencia 
hay de un rey á uno que sirve? 

En fin, piense cada uno que ésta es la ver- 
dad: que la nobleza, la honra, el estado, queda- 
ron y nacieron de una perversa persuasión que 
el mundo tuvo antes que Cristo le alumbrase; la 
cual él desarraigó del ánimo de aquellos que en- 
señó, y después el perverso demonio y enemigo 
la sembró como una mala hierba en el buen pan« 

En este nuestro cuerpo, la hermosura, que 
tanto estimamos, ¿qué cosa es sino un buen lus- 
tre que está en la haz, por la cual si nuestra 
vista pasase más adentro, no hay tan hermoso 
cuerpo en quien no descubriese grandes feal- 
dades? 

Esta gentil traza y hermosa fígura de este 
cuerpo, ¿de qué sirven, si nuestro ánimo está es- 
tragado y feo, y como dijo un griego: si en una 
buena posada y bien aderezada acoges un huésped 

ruin y feof 

Laa grandea y crecidaa fuerzas, ¿qué apro- 
vechan en un hombre, si las coaaa excelentes de 



^■á 



m 






166 



LUIS VIVB8 



INTRODUCCIÓN 1 LA 81BIDURÍA. 



167 



que como un hombre te podrías preciar, las has 
de hacer, no con la fuerza de los neryios, sino 
con la del ingenio? 

Mira que por más crecidas que sean no igua- 
larán con las de un toro ó elefante, al cual con 
el ingenio y virtud llevas ventaja. 

Dejo de decir que la hermosura, la fuerza, 
la ligereza y otras gracias y dotes del cuerpo, 
como flores en muy breve tiempo se marchitan, 
por casos muy livianos se pierden; aun por recio 
que sea un hombre, una calentura le trastorna, 
y por hermoso que sea> en pocas horas le des- 
hace. 

Y caso de que nada de esto sea, no pueden 
estas cosas durar mucho; que fuerza es que con 
la edad y con el tiempo pierdan su lustre y se 
debiliten y deshagan. 

No hay, pues, nadie que con justo titulo pueda 
decir que es verdaderamente suyo cuanto fuera 
de él está, pues tan fácilmente muda tantos due- 
ños; ni aun las cosas del cuerpo, pues con tanta 
ligereza se nos vuelan. 

¿Qué diré? Pues estas cosas, tras que tanta 
gente corre embebecida, son conocidamente 
causa de grandísimos vicios: como de vanaglo- 
ria, de soberbia, de flojedad, de braveza, de 
malquerencia, de envidia, de enemistades, de 
ruidos, de guerras, de muerte y destruición de 
muchas gentes. 

£1 deleite del cuerpo, como el mismo cuerpo, 



es vil, torpe y aun bestial, en el cual más veces 
y más profundamente se deleitan los animales 
sin razón que el hombre. 

Y él es causa en el cuerpo de grandísimas 
enfermedades, en la hacienda de gran pérdida; 
y principalmente no puede dejar de traer tras si 
arrepentimiento en el ánimo y torpeza en el in- 
genio, que con las delicadezas y regalos del cuer- 
po, ó se hace boto ó pierde su fuerza y se quie- 
bra, y flnalmente, trae grande aborrecimiento y 
enemistad con todas las virtudes. 

Mirad lo que es; que no podéis gozar de él 
sino á hurtadas, porque como sea cosa taü ajena 
de la nobleza de nuestro ánimo, y que tan mal 
se la asiente, asi no hay hombre en el mundo 
tan perdido que no tenga vergüenza de tomarle 
delante de testigos; trae consigo conocida afren- 
ta, y así busca la soledad y tinieblas. 

¿Qué? Que huye tan de presto y pasa tan en 
un momento, y no hay fuerza en el mundo que 
baste para detenerle, y nunca viene sino aguado 
con agua de una manera ó de otra amarga. 

Desechando, pues, ya las opiniones del co- 
mún, apartándonos de lo que el vulgo siente, 
tengamos firmemente que ni la pobreza, ni la 
falta de nobleza, ni la prisión, ni el no tener 
que vestir más, ni la afrenta, ni la fealdad del 
cuerpo, ni la enfermedad, ni la flaqueza, no son 
los mayores males ni los que de suyo basten á 
hacernos desventurados; que esto sólo lo puede 



168 



LUIS VIVES 



INTRODUCCIÓN i LA SABIDURÍA 



169 



h 



hacer el vicio, que es el mayor mal de todos, y 
después de él sus vecinos, que son necedad, tor- 
pedad de ingenio, falta de entendimiento y de 

juicio. 

Por consiguiente, creamos que la virtud es 
un grande é incomparable bien; y luego tras ella 
los contrarios de los que tengo dicho: el saber, 
la viveza del ingenio, la entereza ó (como dicen 
los latinos) la salud del entendimiento. 

Todo lo demás que hay en el cuerpo ó fuera 
de él, si lo tienes, aprovecharte ha si lo encami- 
nas y te sirves de ello en la virtud: será causa 
de tu destruiclón si lo enderezas á los vicios. Si 
no lo tienes, guárdate por amor de Dios de pro- 
curarlo ni granjearlo, aventurándote á perder 
el menor quilate del mundo en la virtud. 

Grandísimo tesoro es la bondad, con tener 
solamente lo que hemos menester. La (ama, 
aunque no hayas de hacer nada porque las gen- 
tes lo vean y te precien, sin embargo es muy 
gran razón de entretenerla entera y limpia, por- 
que este cuidado muchas veces nos refrena de 
cosas que parecen mal; principalmente se ha de 
tener cuidado de ella, porque resplandezca de 
nosotros buen ejemplo para provecho de otros. 

Y á este propósito se ha de entender aquel 
precepto antiguo de sabios y santos varones, que 
dice que ni hemos de hacer mal ni cosa que pa- 
rezca mala, 

Y si no pudiéramos alcanzar esto, contenté- 



monos con satisfacer á nuestra conciencia. Y si 
los hombres estuvieren tan estragados que juz- 
guen por muy malo lo que realmente es santo y 
bueno, trabajemos con gran diligencia, asi en 
las obras que se muestran como en los secretos 
pensamientos, en contentar solamente á Dios, 
creyendo que sólo esto te basta suficientemente. 
Y aun de los males que llaman del cuerpo ó de 
la fortuna se puede sacar muy gran provecho si 
se toman con paciencia; si estando más despoja- 
do, tanto te despiertas más para seguir la virtud, 
cuanto más al revés te sucede por estotro ca- 
mino. ^ ^ , 

Que muchas veces se ha visto los males ó las 
desdichas haber sido causa de muy grandes vir- 
tudes. 







w 



Del respeto que hemos de tener á unos, 
y del buen tratamiento que se ha de 
hacer á otros. 



ESTANDO delante de las gentes haya templanza 
y moderación y buen asiento en todo el cuer- 
po, y mucho más en los ojos y en el rostro; no 
haya muestra en él de presunción ni de menos- 
precio; no haya gestoa ni se muestre desvergüen- 
za; haya serenidad y sosiego, que son señales de 
ánimo sereno y sosegado. 

El verdadero atavio del rostro, que nos hace 
bienquisto, y que todos nos deseen favorecer, es 
la templanza y vergüenza; y asi no hay nadie 
más aborrecido que el que la tiene raida. Bien 
podemos desahuciar á aquel que ha perdido la 
vergüenza de hacer mal. Tampoco quiero que 
sea el rostro bravo, ni aun demasiado grave, que 
son sefiales de ánimo cruel y que se puede mal 
gob3rnar. No te rias á menudo ni des grandes 
risadas; no salga la risa á burlar de nadie, ni 
pase á carcajadas. 

Piensa que no hay cosa que te pueda dar tan 



INTRODUCCIÓN Á LA SABIDURÍA. Hl 

grande placer que te fuerce á levantar gran ri- 
sada; mas para reir bien puede haber algunas 
causks, pero para burlar 6 escarnecer no hay 
ninguna. Burlar de lo bueno es ilícito y es gran 
maldad; de lo malo es crueldad; de lo que ni es 
bueno ni malo es necedad. Mofar de loa bueooB 
es cosa contra religión, de los malos es cosa 
cruel, de los que conoces es fiereza, de los que 
no conoces es locura y liviandad; y finalmente, 
burlar de hombres es inhumanidad. 

Los ojos estén graves y sosegados, las manos 
uo prestas ni ligeras. No burles de manos; que 
de burlas vienen á las veras. 

La verdadera honra, que nace de buena repu- 
tación y acatamiento del ánimo, da solamente á 
los buenos; y á los que tienen oficio público ó de 
juaticia, aunque no sean tales, hazles siquiera esta 
común honra exterior; obedécolos aunque te man- 
den cosas recias y graves y pesadas; que así lo 
quiere Dios, porque haya sosiego en la república. 
Haz lugar á los que son ricos; antes procura 
de contentarlos que enojarlos, por no los incitar 
á que hagan mal á ti ó á otros buenos. 

Levántate y haz acatamiento á los ancianos; 
ten en reverencia á la edad y al conocimiento, 
uso y prudencia de muchas cosas que suele ha- 
ber en aquella edad. 

No seas escaso en hacer honra; no la tengas 
á peso, mirando cómo te la hacen otros, para 
dalles la mesma medida; antes (como el Apóstol 






172 



LUIS VIVB8 



manda) procura de ganar por la mano. No salu- 
dar al que saluda, ó no volver buena respuesta 
á quien os habla cuando lo oís, ó es de barbari- 
dad extremada ó de un flojo descuido. 

¡Cuan poco es y cuan poco cuesta saludar, 
ser afable, ser bien criado, honrar ¿ todos, y es 
de considerar cuan gran fruto da una cosa que 
tan poco cuesta; cómo por aqui os hacéis bien- 
quisto; cómo ganáis muchas amistades; y por el 
contrario, cómo os traen todos sobre ojo, ó cómo 
perdéis las amistades que tenéis ganadas, si sois 
en esto descuidado! 

¡Cuan grandísima simpleza es no querer ga- 
nar la buena voluntad y amor de todos por una 
cosilla que tan poco cuesta! 

Cuanto un hombre es de mejor casta ó está 
mejor criado, tanto es más manso y más afable 
á todos. Y asi vemos que menospreciar á otros, 
tener hastio de hablar, ó hablar desabridamen- 
te, nace ó de bajeza ó de grosería ó de necedad. 
De aqui vino que la ciencia en que los hombres 
nobles y principales se criaban, ejercitando y pu- 
liendo sus buenos ingenios, la llamaron ciencia 
de humanidad. Si á vos no os saludan ó no os res- 
ponden, pensad que antes lo dejan por descuido 
y poca consideración qua porque os tienen en 
poco. Si os hablan desabridamente, ó si no os dan 
la honra que os parece que se os debe, atribuidlo 
antes á la ruin costumbre ó mala condición, que 
á mala voluntad; glosando las cosas de esta ma- 



INTRODUCCIÓN k LA SABIDUaÍA 



113 



ñera, viviréis descansada, alegre y santamente; 
porque asi á todos querréis bien, y no pensaréis 
que nadie os ha ofendido ni hecho agravio. 

Un dicho es muy antiguo y usado, que dice: 
tSi quieres ser verdadero, no seas so8pechoao>; 
que por palabras nuevas podríamos mudar en un 
dicho, que todos antiguamente sintieron: «Si 
quieres vivir sosegado, no seas sospechoso.» 

Mira que ni en el semblante, ni en dichos ni 
en hechos no parezca que menosprecias á nadie. 
Si eres menos que otro, ¿cómo quieres que quien 
está puesto más adelante sufra que tú le menos- 
precies? Si eres más que él, ¿á qué por menos- 
preciarle te quieres hacer de él malquisto? 

No hay nadie que pueda sufrir el menospre- 
cio, porque ¿quién hay que piense de sí que es 
tan bajo que merezca ser menospreciado? 

Muchos trabajan por no venir en menospre- 
cio; mas al respeto muchos más trabajan de ven- 
garse si los habéis tenido en poco. No hay nadie 
tan poderoso á quien la foituna alguna vez no le 
traya á tener necesidad de gente común. Allende 
de todo esto, ninguno á quien Dios toma por hijo 
merece ser menospreciado, si ya no vienes tam- 
bién á menospreciar en esto el juicio de Dios. Y 
muchas veces si mirásemos con buenos ojos á 
los hombres que andan echados por los suelos, 
pisados de las gentes, hallaríamos entre ellos 
quien mereciese ser honrado, acatado y casi 
adorado. 



t'ifíl 



áíg 



<.Wf» 



INTRODUCCIÓN 1 LA SABIDURÍA. 



115 



ú"^ 



De las palabras 



DIOS dio la lengua á los hombree por instru- 
mento con que se comunicasen y se allega- 
sen en compañía los unos con los otros, á la cual 
nuestra naturaleza nos llama y atrae. 

Esta es causa de grandes bienes y de grandes 
males, según que cada uno use della; y asi muy 
sabiamente la comparó el apóstol Santiago al 
timón del gobernalle de una nao. Hémoale de 
tener la rienda y hémosle de poner freno porque 
ni perjudique á otros ni á si mesma. 

No hay cosa que más presto nos haga trope- 
zar en el pecado, ni que más ligeramente nos 
haga caer en él de ojos. 

Ni digas á nadie mala palabra; no le maldí 
gas; no le perjudiques ni en hechos, ni en pala- 
bras, ni en cosa que le pueda tocar en la honra. 

No sueltes la lengua con desvergüenza, ni la 
desenfrenes, ni te vayas — como dicen — de 1» 
boca, aunque te hayan dado ocasión para ello; 
que si asi lo haces delante de Dioa y aun delante 
de hombres cuerdos, más te perjudicas á ti que 
á aquellos de quien dices mal. 



Responder á una mala palabra con otro de- 
nuesto es como querer limpiar alguna cosa sucia 
con lodo. Amenazar es cosa de mujeres bajas y 

malas. 

No seas tan sentido ni te hagas tan delicado 
que te traspase una palabrilla. 

Guárdate de procurar de parecer ingenioso 
en maldecir ni en afrentar á nadie, que en el 
mal de tu prójimo más valdría que fueses mudo. 

No seas muy curioso en reprender, sólo en 
mirar que no haya qué tachar en ti. 

Reprendiendo alguna cosa con razón, no uses 
de palabras recias ni ásperas, antes mezcla en 
ellas alguna virtud dulce que temple y mitigue 
el desabrimiento que de suyo trae la reprensión. 
Mas no sea de tal manera que la ablandes tanto 
que se pierda el provecho de la corrección ó que 
caigas en lisonja. 

Feo vicio es la adulación, torpe á quien la 
dice, dañosa al que la oye. Has de tener por 
cierto que no hay cosa en el mundo tan grande 
que sea bastante á hacerte torcer de la verdad. 
Desta manera ganarás autoridad y crédito y será 
estimado todo lo que dijeres; de otra manera to- 
dos te menospreciarán y aun juzgarán que no 
mereces que te oigan. 

Tu hablar sea templado, modesto, bien cria- 
do; no áspero, ni rústico, ni como de hombre que 
sabe poco. Tampoco en el hablar ha de haber 
demasiado cuidado ni afectación; que pues ha- 






r'Tr-'Jj/Vi-^-r-- 



176 



LUIS VIVB3 



INTRODUCCIÓN Á LA SABIDURÍA 



m 



i 

J 



blamoa para que nos entiendan, no hemos de 
hablar de manera que hayamos menester intér- 
prete. 

No tomes autoridad de hablar cosas que pese 
á las gentes de oirías; ni sea tu plática repren- 
dedora, ni áspera, ni blanda, ni afeminada, ni 
lisonjera. 

Hay una cierta medianía en que podemos 
nosotros guardar nuestra reputación y la de 
otros. Hémenos de guardar de desvergüenza ó 
suciedad en las palabras, como de ponzoña. No 
seas muy presto en el hablar; sigan las palabras 
al pensamiento; no se adelanten jamás, ni res- 
pondan antes de entender bien la materia que se 
trata, ni antes de tener bien entendido lo que 
dijo ó lo que pensó aquel con quien hablas. 

No hemos nosotros de tomar la licencia que 
Tulio daba á Ático, cuando le rogaba que si no 
sabia otra cosa, que á lo menos le escribiese lo 
que primero se le viniese á la boca. Esta licen- 
cia pudo solamente darse á una persona tan dul- 
ce, tan sabia, tan moderada y tan bien hablada 
como fué Ático; y lo más seguro seria no usar 
jamás della; porque aun cuando más descuidados 
estamos entre amigos, no ha de faltar un cierto 
respeto de no decir cosa que pueda ser principio 
de romper la amistad. 

¡Cuan fea cosa es y cuan peligrosa decir algo 
que después nosotros mismos, maravillados della, 
noB preguntemos qué es lo que habemos dicho! 



Nuestro Sefior Jesucristo, sabiendo que del 
mucho hablar salen muchos males, y principal- 
mente males que son contra ol principal capitulo 
de la ley, que son riüás, discordias, euomlstades, 
porque miremos bien lo que decimos, nos dijo y 
amenazó que aquel día en que ha de ser exami- 
nado y juzgado el mundo hemos de dar cuenta de 
toda palabra ociosa. 

Por esto el salmista, rogando á Dios que le 
guarde de hablar mal, dice: «Pv n guarda á mi 
boca y un candado á mis labios.» Guárdate de 
ser boquirroto, ni largo y demasiado en el ha- 
blar: no te lo quieras tú decir todo; que todos han 
de hablar á veces, aunque platiques con geote 
necia ó baja. Tampoco seas muy pesado ni tar- 
dío en el hablar, ni te escuches coutentáudote de 
lo que dices, pareciéndote cada palabra de las 
tuyas una rosa. 

Estando entre hombres sabios y prudentes, 
mucho mejor es oir que hablar; más lugares hay 
en que es tan gran tacha callar, como lo fuera 
hablar cuando no cumple. No hay deleite en el 
mundo que se pueda comparar con el que se 
toma en hablar y conversar con un hombre sa- 
bio y bienhablado. 

No seas importuno en preguntar, que es cosa 
pesada y enojosa. Sabe que dice Horacio: «Huye 
de los que preguntan á menudo, que no pueden 
dejar de ser parleros.» 

No seas en tus pláticas porfiado, ni te des 

12 






m4 



178 



LUIS V1VB8 



INTRODUCCIÓN k LA. SABIDURÍA 



119 



'4 



ñ 






macho por defender todo lo que dices; que al te 
responden la verdad, luego callando la has de 
reverenciar y acatar como cosa divina. 

Sí no te responden conforme á la razón, disi- 
múlalo, siquiera por amor de un amigo, ó por 
amor de guardar tú la templanza que debes, 
principalmente si no es cosa que perjudica á 
las buenas costumbres ni á la religión. 

Toda porfía es demasiada cuando no se espera 
della sacar algún provecho. 

Parece que naturalmente todoi se van á opo- 
ner contra los hombres arrogantes, que se pre- 
cian mucho, ó que son soberbios. NI hay nadie 
que pueda sufrir la autoridad, aunque sea en 
varones señalados y que la merezcan, si anda 
acompañada con menosprecio. 

N9 sean tus palabras pregoneras de tu sabor, 
ni muestres lo qu3 sabes con hablar; mas tus 
obras sean tales, que ellas de suyo lo declaren. 

No pienses que todos huelgan da oir lo que te 
huelgas de decir. 

Guarda de hacer cosa que hayas de tener cui- 
dado de encubrirla, ó que te haya de poner en 
cuidado si se sabe; mas si por ventura la hubie- 
ses hecho, mira no la descubras á nadie. Lo que 
quieres que otros no digan, tú lo has de callar 
primero; y ai lo dices, mira bien y torna á mirar 
de quién te fías, que cosas acontecen que á gran 
pena se pueden fi*r de un amigo. Guando te des- 
cubrieres, mira no mezcles alguna gracia; que 



hartaa veces se descubren secretos por contar un 

dicho. 

El secreto que pusieren en tu pecho guárdale 
con mayor lealtad que si te hubiesen fiado un 
gran teeoro. 

No hay cosa aegura en esta vida, ni de que 
nos podamos fiar, 6l no se guarda la fe que se 
debe á los secretos. 

Lo que hubieres prometido mira que lo cum- 
plas, por cosa recia ó difícil quQ te sea; á lo me- 
aos, á no hacer nada, has de hacer que te quiten 
la palabra que has dado; y si no te la sueltan, 
en ninguna manera dejes tú de quitarla cum- 

pliéndola. 

No seas importuno en demandar lo que te 
han prometido; juzga siempre con mayor rigor 
de tus coaas que de las ajonas. 

Mira que has da pensar que todos tienen sen- 
tido-, razón, entendimiento y juicio. No pienses 
que con palabras les podrás persuadir que es 
bien hecho lo que es malo, ni al revés. No ten- 
gas esperanza que se ha de engañar nadie con 
coaas fingidas, cubiertas y coloreadas; que á la 
fin todas estas cosas vienen á luz, y parecen 
tanto más feaa y son más aborrecidas, cuanto 
primero habían sido más solapadas y secretas. 

Porque cuanto mayor ha sido el engaño, 
tanto después de sabido nos da mayor enojo. Por 
esto es mucho mejor que Vayan todas nuestras 
cosaa á la clara, llana y sencillamente. 



180 



LUIS VIVB8 



INTRODUCCIÓN k LA SABIDUBÍA 



181 



tt' 






Porque, aunque algunas vecee parece que no 
es recibida la verdad al principio con buen roa- 
tro, mas después poco á poco viene de suyo á 
hacerse bienquista, tanto, que cuando lo conoce- 
mos, no liay cosa que más queramos ni con que 
más nos holguemos que con ella. 

Bien acaece que la verdad parece que anda 
en grande toriuenta y en peligro de perderse; 
pero á la fin jamás se anega. 

También habéis de mirar cuan vano es y 
cuan de poco tomo el provecho que se gana con 
mentiras, y cuan poquito dura; mas si la verdad 
trae algún desabrimiento ó perjuicio, presto se 
acaba. 

Huye, pues, de la mentira como de la cosa 
del mundo que más estraga las costumbres; que 
cierto no hay ninguna más baja en la naturaleza 
humana que es ésta, que nos aparta de Dios y 
nos hace semejantes y siervos suyos. 

Y al cabo, tarde ó temprano, la mentira ha 
de ser tomada á manos, y con gran afrenta vuel- 
ve ¿ dar en rostro á quien la inventó ó entretu- 
vo. ¿Qué cosa más menospreciada ni más vil 
que un mentiroso? Si te toman por tal, nadie te 
creerá, aunque digas la mayor verdad del mun- 
do. Si te tienen en opinión de verdadero, más 
creerán una cosa cuando hicieres de cabeza se- 
fialando que es asi, que si otro con grandieimos 
juramentos la afirmase. 

Si quieres nunca te contradecir y que en tus 



palabras haya siempre constancia, no tienes ne- 
cesidad de memoria para acordarte de lo que 
otras veces has dicho, sino de decir siempre co- 
sas que tú creas que son verdaderas. 

Siempre la verdad conforma con la verdad; 
mas la mentira ni cuadra con la verdad ni con 
la mentira. Mas si quieres creer siempre la ver- 
dad, no creas sino lo que tiene en si apariencia 
de verdad. 

Y no seas sospechoso; que bien dicho está 
aquel común dicho: <Si quieres ser verdadero, 
no seas malicioso. > Desventurado de aquel que 
se mete en cosas de donde no se puede escabu- 
llir sino mintiendo. No tengas por costumbre de 
jurar; que el sabio dice: «Quien mucho jurare 
será lleno de maldad, y nunca dejará Dios, 
nuestro Señor, de enviarle azotes.» 

Y el Señor en su Evangelio nos manda que 
no digamos sino: «Así es», ó «No es asi.» 

Grandísima es la reverencia que se debe á 
Dios; no le hemos de traer á cada paso ó por 
cada nonada por testigo, ni se ha de hacer sino 
contra nuestra voluntad y por fuerza. 

Quien fácilmente jura en las cosas de veras, 
ligeramente jurará burlando; y quien acostum- 
bra á jurar en cosas de burlas, no está en dos 
dedos de jurar mintiendo. 

Los que te han de creer, tan bien creerán ju- 
rando como no jurando; los que no, cuanto más 
jurares, te tendrán por más sospechoeo. 



-1 



líii 






<"«» 



iü 



'■ií 



í 



i 



INTRODUCCIÓN i LA SABIDURÍA 



183 



^<^^<^<^<^<^<^<^<@><^<@><§><^^^^<^ 



Cómo nos hemos de ayudar los unos 

de los otros 



SIENDO nuestro Intento, como ha de ser en ge- 
neral, de hacer bien y que nos ayudemos 
loa unos á los otros, base todavía de hacer algu- 
na diferencia entre los hombres, que son unos 
como de nuestra casa, otros son nuestros conocí- 
dos, á otros no los conocemos. De nuestra casa 
llamo á todos los parientes, deudos y aUegadoB, 
y á los que están en la misma casa y familia. A 
todos hemos de querer bien; tanto, que aun con 
los que nunca conocimos y con los que nos son 
extraüos noa hemos de haber de tal manera que 
se conozca que tenemos una general amistad con 
todo el mundo y que á todos tenemos buena vo- 
luntad. 

Mas no has de ser uno con todos; antes ha de 
haber gran discreción en juzgar cómo nos hemoB 
de haber con los unos y cómo con los otros. Con 
unos te has de aconsejar, á otros has de obedecer 
y seguir, á otros has de honrar y reverenciar, á 
otros has de pagar el bien que te han hecho, 



principalmente si con diligencia y lealtad te han 
hecho alguna buena obra ó si han entendido en 
tus cosas. En lo cual la voluntad se ha de recibir 
por hecho; que en poco menor grado está el que 
procuró hacernos algún bien que el que lo hizo. 
Si alguno ha trabikjado en tus cosas, no se lo 
agradezcas menos que si te hubiese dado dine- 
ros. Que no pieases que es menos entender con 
buena voluntad y diligencia en cosas ajenas que 
dar diaoros; antes se ha de estimar en tanto más, 
cuanto preciamos más nuestro cuerpo que el di- 
nero. 

No esperes & que tu amigo venga á descubrirte 
BU necesidad; tú la has de oler y salirlo al camino 
á ayudar. Ataja la plática cuando te piden algo 
justamente; otórgalo sin pesadumbre antes que 
te lo acaben de pedir. 

A tua padres no solamente los has de amar, 
mas después de Dios, los has de reverenciar sin- 
gularmente y obedecer sus mandamientos como 
preceptos divinoe; creyendo, como á la verdad 
es, que para contigo ellos en la tierra represen- 
tan á Dios, y que no hay nadie que te quiera 
más ni que tenga más cuidado de tus cosas. 

En el segundo lugar, después de éstos, has de 
tener á tus maestros, á tus ayos, á tus tutores, y 
finalmente á aquellos que han tenido cargo de 
tus coBtumbree, que son la cosa más preciosa y 
más excelente que hay en el* hombre. 

Ámalos y hónralos como si fuesen padres. 






r\» 



4 



"^«^W^VT^^ 



184 



LUIS VITB8 



INTRODUCCIÓN k LA SABIDURÍA 



185 



1' 



^ i 



obedécelos con humildad, alegría y presteza, 
pensando que lo que te mandan no lo mandan 
por 8U provecho, sino por el tuyo. Y pues esto es 
asi, muy malas gracias lea darás tú si, desvelán- 
dose ellos por hacer bien, en lugar de tan buena 
obra les pagas on aborrecerlos ó en ser rebelde 
y porfiado con ellos. 

Cree que te ama quien con amistad te re- 
prende, y que jamás daña la reprensión, aunque 
sea de tu enemigo; porque si dicen la verdad, 
muéstrante de qué te has de enmendar; y si no, 
enseñante de qué te has de guardar; y asi no 
puede faltar de hacerte mejor ó más avisado. 

Cuando piensas tomar á alguno por amigo, 
examina y conoce primero muy bien sus cos- 
tumbres y sabe cómo se ha habido con otros 
amigos, porque no entres en amistad que te pese 
de haberla tomado. No tomes conversación ni 
amistad con hombre de quien los buenos se apar- 
tan, ni quien conversa con ruines. 

Huye de los que no se aficionan á ti, sino á 
tus bienes, como son truhanes y chocarreros, 
con cuya conversación no puedes dejar de reci- 
bir mancilla en tus costumbres ó caer en gran 
peligro. 

Apártate de los que tienen envidia á la pros- 
peridad de BUS amigos, y de los que, ó por ser 
graciosos y no perder un dicho, ponen algunas 
veces la vida, otras veces la honra ó el secreto 
de su amigo al tablero, ó por ser parleros, se les 



suelta de la beca lo que con g>*an cuidado ha- 
brían de encubrir. Sobre todo huye de los que 
por cada nonada andan buscando ocasiones de 
reñir, y que por una rencilla de poca impor- 
tancia toman grandes enemistades, y se quieren 
más vengar de las personas á quien otra vez han 
querido bien, que de las que nunca conocieron, 
ó siempre han aborrecido, con una bárbara y 
diabólica persuasión, que tienen creido que han 
de sufrir menos la injuria de su amigo que de su 
enemigo, en lo cual muestran claramente que 
nunca supieron qué cosa era bienquerer; que el 
lo supiesen, no se tendrían tan presto por inju- 
riados. A los tales, cierto, mejor es tenerlos por 
enemigos que por amigos, ó á lo menos no los 
conocer ni conversarlos. 

Sé tardío en tomar amigos, y constante en 

guardar la amistad. 

Los familiares que escogieres, no sean los 
que te pueden dar mayor placer, sino los que 
más te han de aprovechar; no personas que ha- 
blen á favor de paladar, sino lo que más cum- 
ple; no que lisonjeen, eino que digan la verdad. 

Si te acostumbras á abrir las orejas á lison- 
jas y á cebarte en ellas, jamás oirás verdad. 

Dos malas bestias son las que en nosotros 
hacen más estrago: la una fiera y brava, que es 
la envidia; la otra mansa y doméstica, que es la 

adulación. 

Cuanto hemos de preciar y de querer la sa- 






1! 



<■>. 



.^úíi^'^.iJíA,^ 









186 



LUIS YIVBS 



I 



ñ 



biduria y la virtud, tanto hemos de aborrecer y 
maldecir de la lisonja, que nos estorba que no 
lleguemos á ser sabios ni buenos, dándonos á en- 
tender que ya lo somos, y tanto nos hemos de 
holgar con la amonestación que nos hace que lo 
seamos, mostrándonos cuánto nos falta y por 
dónde y cómo lo hemos de alcanzar. 

Ta -que tan de mal se te hdce que otro te re- 
prenda, mira no hagas cosa que merezca repren- 
sión. 

Desventurado el hombre que no tiene quien 
le amoneste cuando tiene necesidad dello. 

Huye de la conversación de los malos como 
de los que están heridos de peste; que no menos 
se ha de temer que se pegue el un mal que el 
otro; si ya tú no fueses tal que tengas contiaiza 
que los podrás enmendar con tu conversación. 
MaB guarda no sea demasiada esta confianza que 
de ti tienes, porque nuestra naturaleza se va ha- 
cia el mal cuesta abajo; mas el camino de la vir- 
tud es cuesta arriba y es muy alto. 

Considera y examina bien quién eres, y de 
dónde y de qué estado, y hallarás que no hay 
cosa en ti por que tú hayas de tener más licen- 
cia de hacer mal que los otros. 

Cuanto mayor fuere la licencia que tú tienes 
por uso ó por costumbre, tanto has de refrenar 
más tus antojos. 

Sé afable y bien criado con los que son me- 
nos que tú; ten acatamiento á los que son más; 



INTRODUCCIÓN k LA SABIDURÍA. 187 

con tus iguales eé fácil y conversable, de tal ma- 
nera, que donde interviene vicio guardes siem- 
pre tu entereza y rigor. 

No se te haga muy de mal de quien puede 
más que tú te menosprecie: cree que esta tacha 
más está en la fortuna que en el hombre. 

Si otro que puede menos que tú te enojare, 
no lo has de tomar luego por afrenta, sino echarlo 
& una cierta libertad, que nació de la confianza 
de tu humanidad. 

También has de pensar que eres demasiado 
delicado si cuando te tocan en un pelo te parece 
que te dan gran golpe. 

No creas que tú solo eres hombre y que los 
otros son bestias que no han de osar chistar ; 
hombre eres, vive en ley igual con los otros 

hombres. 

Mas si eres más sabio ó mejor, tanto más de- 
bes perder de tu derecho, y darle á otros, que ó 
son más simples ó más flacos. Sé más riguroso 
contigo, y L'o quieras que tan ligeramente te per- 
donen; pues la síibiduría y virtud te han hecho 
tan constante y fuerte. 

Si no excedes en virtud, ¿por qué quieres pa- 
recer mejor que otros? Y si lo eres, ¿cómo no les 
llevas ventaja en moderar tus pasiones? 

Sin comparación es muy menor mal recibir 
agravio que agraviar á nadie; ser injuriado que 
injuriar; y mejor es que otros te engañen á ti, 
que no que tú engañes á nadie; como aun por la 



188 



LÜI0 VIVBS 



INTRODUCCIÓN Á LA SABIDURÍii 



189 



aabiduria humana lo vinieron ¿ alcanzar Iob gen- 
tilee, como fueron Sócratee, Platón, Aristóteles, 
Séneca. 

Ten en memoria que es cosa de hombres y 
conforme á la flaqueza de nuestra naturaleza 
humana recibir engaño ó errar. Por eso no to- 
mes tan á mal los pecados que otros hacen, ni 
te agravies tanto del error que cometieron con- 
tra ti. 

De ánimo generoso es perdonar, mas guardar 
el enojo es de hombres recios y crueles, de ruin 
casta y bajos; lo cual aun la naturaleza nos lo 
muestra en los mudos animales. 

Y pues Dios ninguna cosa hace más veces ni 
de mejor gana que perdonar, ¿quién será tan 
loco que no diga que la más hermosa y excelen- 
te obra que podemos hacer es ésta, con que tan 
cerca nos allegamos á la naturaleza de nuestro 
sumo y poderoso Dioe? 

Asi te debes de haber con los hombres como 
querrías se hubiere Cristo contigo. Y cierto, es 
mucha razón que tú perdones á los hombres de 
tal manera como tienes necesidad que Dios te 
perdone semejantes ofensas ó muy poco menores. 

No hay mejor oración, ui que más fuerza tenga 
delante de Dios, que aquella que nos enseñó Je- 
sucristo, eu hijo, nuestro Redentor y Señor, por 
lo cual se llama la oración del Señor. 

Pues mira que esta tal oración no la puedes 
decir con sencillo y verdadero ánimo si de todo 



corazón no perdonas al hombre todo cuanto pi- 
des que Dios te perdone á ti. Con esta condición 
se nos perdona una deuda grandísima, con que 
nosotros perdonemos otra muy pequeña. 

Todo junto cuanto un hombre puede pecar 
contra otro no se puede traer en comparación 
con los pecados que cada uno de nosotros comete 
en cada punto contra Dios, porque la diferencia 
es tan grande de lo uno á lo otro, cuanto va de 
Dios á un hombre. 

SI estás enojado con alguno, haz según te 
aconseja el Apóstol, que no se caiga el sol antes 
que tu enojo. 

Cuando te hayas da ir á acost-^r desnuda de 
tu ánimo las rencillas, enojos, ofensas, codicias, 
congojas y pasiones, para que con ánimo con- 
certado y sosegado te puedas entregar en el dulce 
reposo. 

Si una vez has perdonado, procura que aquel 
que perdonaste sienta que lo hiciste de buen co- 
razón y lealmente, de manera que ni te acuer- 
des más de lo pasado, y te conozca por amigo en 
todo lo que le pudieres ayudar y aprovechar. 

Si otro te ha injuriado, guarda por amor de 
Dios no pretendas tú tomar venganza por tu 
mano ni por mano ajena. Mira que no tienes tú 
libertad, ni te toca á ti vengarte de quien es 
siervo de otro, ó por mejor decir, de aquel que 
sirve al mismo señor que tú: esta que haces in- 
juria á tu señor si no le dejas á él el conocimiento 



r-»» 



190 



LUIS VIVB8 



y juicio de la cauia que ha pasado en bu casa, y 
entre yoBotroa que juntamente le servia. 

Y pues no hay duda de que Dios es Sefior de 
todo el universo y todos somos siervos suyos, bás- 
tete á ti que tus quejas lleguen delante de su aca- 
tamiento; y aun más te digo: que seria mejor que 
tú no las llevases, porque el ojo del Señor ve to- 
das las particularidades que pasan en el mundo, 
y según dice la Escritura sagrada: «Él conoce ai 
que hace la injuria y al que la recibe.» 

Por esto dice Dios: «Dejad á mi cargo el cas- 
tigo; que yo pagaré á cada cual lo que merece.» 

Porque como la injuria esté en la intención 
del que la hace, y no en la obra, solamente Dios 
puede ver la intención y voluntad, y saber el 
justo castigo que se debe, y Él solo puede darie. 

Mas nosotros, ciegos por la mayor parte, to- 
mamos por injuria aquella quo no lo es, según 
que estamos apasionados con lo que deseamos, y 
esta paeión no nos deja examinar con buen tino 
lo que hay en cada cosa; antes desatinados, nos 
lleva por mil daspefiaderoe. 



■JÉlfllgiiía 



De cómo nos habernos de haber 
con nosotros mismos 



CONVIENE que cada uno no solamente se ame 
y se quiera bien, sino que se tenga venera- 
ción y respeto tal, que le haga tener vergüenza 
de si mismo, si piensa hacer alguna cosa necia- 
mente, ó sin prudencia, ó sin vergüenza, ó mala 
contra las gentes ó contra Dios. 

Pues Dios te hizo esta merced de darte con- 
ciencia, que consiente con el bien y reposa en 
él, no pierdas tan señalado don como éste. Esti- 
ma ei más lo que calladamente juzga tu concien- 
cia que las voces de la loca y necia muchedum- 
bre: no te dejes llevar por ella; que asi como 
alaba y precia lo que no sabe que es, asi condena 
y desecha lo que no conoce. 

La conciencia es la que, si está turbada y 
desasosegada, trae grandísimos tormentos en el 
ánimo; y cuando está sosegada y en reposo, aun 
estando en la tierra, nos pone en bienaventu- 
ranza, k la cual no se pueden comparar rique- 
zas, ni tesoros, ni señoríos, ni reinos. Y esto es 









192 



LUI8 VIVKS 



INTRODUCCIÓN Á LA SABIDURÍA 



193 



I- 






t\ 



lo que nuestro Señor en el Evangelio promete á 
los suyos, que aun en esta vida les dará bienes 
mucho mayores que los que por él dejaren; pues 
los unos nos ponen en miseria, ^ i lo menos no 
bastan para sacarnos della, y los otros de suyo 
DOS hacen bienaventurados. 

La fama ni puede aprovechar al malo ni da- 
ñar al bueno. 

Un muerto, ¿qué lleva de la fama m&s que 
lleva una pintura de Apeles muy loada, ó que 
un caballo que fué venced^jr en la Olimpiada? 

T aun al vivo no le sirve de mas que esto, si 
él no sabe lo que del se dice; y si lo sabe, todo 
lo que sirve es, que el sabio lo menosprecia, y el 
que es ignorante se contenta y agrada de si mis- 
mo y se ensoberbece. 

La conciencia da verdadero y firme y dura- 
dero testimonio de lo que es cada uno; y este tes- 
timonio es el valdrá delante el juicio de Dios, que 
no los dichos de las gentes. La conciencia es gran 
maestra para enseñarnos Si vivir; y como dijo uno 
muy bien, «es muro de metal», con el cual sólo 
defendidos y amparados, estamos guardados y se- 
guros, sin recelo de los innumerables peligros de 
esta vida. No hay espanto que baste 'S' moverle; 
porque está clavado en Dios, y en él solo tiene su 
confianza, y conoce que del tiene muy particular 
cuidado aquel 2 quien todas las cosas obedecen. 

Torpe cosa es que otros te conozcan y que no 
te conozcas tú ^ ti. 



¿Cómo no basta que sepas tú lo que eres? T, 
io que es de estimar en más que todas las cosas 
tiesta vida, ¿no te basta que lo sepa Dios? 

Mas los que menosprecian el dicho de las 
gentes y se descuidan de la fama por poder pecar 
más sin miedo y sin cuidado, éstos ya en dos 
maneras son malos; porque no tienen respeto S" 
Dios ni al mundo, y hacen muy gran agravio í 
injuria á su conciencia, de la cual se burlan y 
escarnecen, menospreciando la fama para dar 
mayor libertad á su conciencia, la cual más des- 
bocada corre por los vicios no la refrenando el 
respeto de las gentes. 

Amar cada uno T' si mismo (hablando propia- 
mente y como hemos de hablar) es con todas 
nuestras fuerzas trabajar, y con grandes y muy 
continuos ruegos pedir í Dios que la parte exce- 
lentísima de nuestro ánimo esté adornada y ade- 
rezada con sus verdaderos y propios atavíos, que 
es con religión. 

No se ha de hablar, ni se puede decir que se 
ama ^sí, el que ama las riquezas, la honra, el 
deleite, ni, finalmente, el que ama cuantas cosas 
exteriores hay, ni X su mismo cuerpo, pues la 
parte principal del hombre es la mente. 

Ni se ama tampoco el que por no conocerse 

se engaña IT se deja fácilmente engañar de otros, 

y algunas veces se goza dándose 7 entender que 

hay en si bienes que íTél no tiene í^no son tales. 

Este tal amor no le puede el hombre llamar 

13 



-,s^^ í. ».i*.^ 



194 



LUIS Vr7B8 



i 

1 



amor de if miemo, paes que él mismo no es otra* 
cosa que su ánimo; llamarse ha amor del cuerpo, 
sin consejo, ciego, bravo, dafioeo y pernicioso 
para si y para otros. £1 cual, no sin razón, Só- 
crates declaró ser principio y cabeza de todos 
los males; porque este es el que, tirando para sí 
más de lo que cumple, quita y desata la caridad 
que había de haber entre loa hombres; y esto 
habría siempre cada uno de pensar y considerar 
continuamente, porque de aquí nace todo cuanto 
mal haya en el mundo. 

Que claro está que quien de esta manera se 
ama, ni él puede querer bien IT nadie, y siendo 
particular para sí, ¿cómo ha de ser amado? Quien 
es soberbio no se puede acordar con los mansos^ 
y mucho menos con otros soberbios. 

Nuestro Salvador Jesucristo con un breve 
documento nos declaró qué cosa era amarnos y 
qué cosa era aborrecernos, diciendo: «Quien 
aborrece "S su ánima, no regalándola en estas 
cosas de fortuna y perecederas, este tal verda- 
deramente la ama y desea su salud; mas el que 
la ama regalándola en cosas ajenas, este la abo- 
rrece y quiere su perdición.» 

¿Quién (si no está del todo fuera de entendi- 
miento) dejará de sufrir TT huirá de un poco de 
trabajo por un premio eterno y celestial, pues 
aun estas cosas perecederas y frágiles no se 
alcanzan sin trabajo? ¿Qué género de vida esco- 
gerás que no esté lleno de cien mil fatigas? Y 



INTRODUCCIÓN k LA SABIDUKÍ A 



195 



tanto más cuanto se apartare más desta que 
mostramos. 

Entra, entra con buen ánimo en trabajos; no 
rehuyas, que por ninguna parte te podrás esca- 
bullir; que esta es la ley de los que tienen lí Adán 
por padre, que trabajen, y esta es la maldición 
de los que son hijos de Eva, que se añijan. Mas 
mira que por donde piensas huir del trabajo por 
allí te vas ST anegar en él. 

Y pues asi como asi en esta vida hemos de 
pasar trabajos, ¿cuánto mejor es emplearlos en 
cosas que nos han de dar bienaventurado y per- 
petuo galardón, que no en estas que en la pre- 
sente vida nos dan premio tan bajo y tan vil y 
que tan presto se desvanece en el aire y en la 
otra nos ponen en perpetuos tormentos* y tris- 
tezas? 

Cuanto más que el hacer bien es cosa de me- 
nos trabajo y trae consigo muy menor peligro y 
muy menor cuidado que hacer mal; porque el 
pecado siempre anda acompañado de temor y de 
congoja y siempre le sigue el arrepentimiento. 

El pecado es muerte en el hombre, y quien 
peca mucho más mal sufre que quien pierde esta 
presente vida. Mucho más es pecar que perder 
la cabeza; porque es apartarse de Dios, que es 
nuestra vida, y del sosiego de la conciencia, que 
es la cosa más bienaventurada que tenemos. 

Las tachas del pecado y las mancillas que 
deja en el alma lávalas con lágrimas y con pe- 



m 



'^>* 



asas?' 



19« 



LUIS VIVBS 



INTRODUCCIÓN 1 LA SABIDURÍA 



19*7 



nitencia y con oración, invocando la di Tina mi- 
aericordia, poniendo gran confianza en ella. 

Con muy gran atención y con muy particular 
cuidado hemos de huir las causas y las ocasiones 
de pecar, que, como dice el sabio, «quien ama el 
peligro perecerá en él». Y el diablo siempre está 
esperando sus ocasiones y coyunturas para noa 
acometer, de miedo de lo cual jamás hemos de 
estar ni aun un punto sin cuidado. 

Siempre hemos de guerrear con él; que bien 
dijo Job: «La vida del hombre es una continua 
guerra en la tierra.» 

T como el enemigo sea tan poderoso, de tanta 
fuerza, tan recatado, astuto, antiguo, y tan ejer- 
citado, y haya en él tanto poder y tanto arte, 
no hemos de pensar que ni por razón, ni por arte, 
ni por fuerza nuestra hemos de poder igualar 
con él, cuanto más vencerle; por esto, descon- 
fiando en nosotros, hemos de acorrer á Dios á 
demandar su ayuda. 

Por esta causa, nuestro Señor y Maestro mu- 
chas veces mandó á los suyos que orasen y que 
con muy gran devoción y fervor le pidiesen á 
Dios, nuestro Redentor y Padre, que no consin- 
tiese que fuesen traidos en tentación, que es en 
batalla, en que hubiesen de pelear con el diablo. 

T en la oración que él mismo nos ensefió , el 
remate es: «No permitas, Dios y Sefior nuestro, 
que seamos tentados, mas líbranos del malvado 
demonio que siempre nos está acechando.» 



Estemos, pues, como si estuviésemos ya pues- 
tos en el escuadrón, el ojo alerta, las haldas en 
cinta, vivos, despiertos, y no dejando jamás per- 
der nuestras ocasiones. 

Y pues esta vida huye con tanta presteza, 
alendo su fin tan incierto, que no hay quien se 
pueda asegurar un día, es cosa de locos y de 
grandísimo peligro alargar nuestra esperanza á 
plazo largo y dilatar hacer nuestros aprestos 
para en la jornada que hemos de pasar; á la cual 
cada momento nos llaman y emplazan, no sa- 
biendo cuándo nos han de poner en el camino 
por donde forzosamente habemos de ir, agora nos 
pese, agora nos plega. Por lo cual sea nuestro 
ejercicio aparejar y ganar un tesoro para la otra 
vida en que no pase día que no añadamos algo; 
porque estando con él aparejados y confiados, 
nunca por nuestro descuido y fiojedad nos tome 
desapercibidos la muerte, sino aparejados para 
la partida, estando ya hartos de las cosas deste 
mundo, y llevando para la otra delante en nues- 
tras manos grande y firme esperanza de la vida 
que hemos pasado inocente y santamente, me- 
diante la fe de Jesucristo, Hijo de Dios, y la re- 
ligión y piedad que él mismo nos enseñó; que 
éata fué la mayor y más singular y excelente 
merced que pudo el hombre recibir de Dios, por 
la cual venimos en conocimiento del, y cuanto 
un hombre mortal puede, le Imitamos, seguimos 
y alcanzamos. 



'ñ 



«"* 






198 



LUIS VIVB8 



Si no fuese por esto, ¿qué cosa seria el hom- 
bre, sino un animal como ios otros, que sin seguir 
el camino de la razón, sin saber por qué ni para 
qué, se van por donde los pies los llevan? ¿En 
qué les llevarían ventaja, sino en ser en su bru- 
talidad inmortal? 

Asi como se ha de estimar en más un dia de 
un hombre que vive por razón, que la vida lar- 
guísima de un cuervo ó de un ciervo, así se ha de 
apreciar más un día pasado en servicio de Dios 
y en religión, que es en vida divina, que todo el 
siglo eternal junto, habiendo de ser sin conoci- 
miento y amor de Dios. 

«Esta es la vida eterna— dice nuestro Sefior 
Jesucristo — , que conozcamos al Padre, y á Je- 
sucristo, su unigénito Hijo que Él envió.» Este 
es el camino de la perfecta y cumplida sabidu- 
ría, en la cual el primer paso es conocerse el 
hombre á sí mismo; el último, conocer á Dios. 






"% , 





<^<^^<^<^<^^^<^^^<^<^^ 



De la virtud 



^i»Ljit^- .'.^. 



LA virtud se toma en dos maneras: la primera 
y principal, en cuanto ea fin de todas las 
cosas, que es cumplida y singular perfección de 
nuestra naturaleza. Y así se llama sumo bien y 
bienaventuranza, en que sin mezcla de trabajo 
ni de pesadumbre consisten deleites y gozos per- 
petuos é infinitos, que nacen del verdadero co- 
nocimiento y bienaventurada contemplación y 
amor de Dios, que Él mismo nos da, premio y 
corona por su infinita bondad, dándosenos á si 
mismo para cumplimiento de la perfección á que 

aspiramos. 

Esta singular virtud, comoquiera que acá al- 
cancemos tan poco della, y como ella consista 
en perfección, ni los hombres la pueden enseñar 
ni dar de gracia; solamente, sin nosotros mere- 
cerlo, se da por la Infinita misericordia de Dios 
y por su inmensa gracia, de quien con grande 
humildad la hemos de pedir. La segunda virtud 
es la que se emplea en los ejercicios comunes de 
la vida, y se gana en buenas obras, y consiste 
^n una costumbre ó habituación, que casi se 



<"» 



■3". 



200 



LUIS YIVB8 



toma en naturaleza con el ejercicio de obrar 
conforme á razón, cuando la voluntad, domadas 
las paeionea del ánimo, la sigue; deata bien se 
dan reglas y avieos excelentes con que se ayu- 
dan mucho á refrenar los desordenados ape- 
titos. 



^<^^<^<$>^<^^^^^^^^<^^<^^ 



De la caridad 




EL Maestro sapientísimo, que nos enseñó cómo 
hablamos de vivir, y nos lo declaró, en fin, 
tan sabiamente, como quien había sido autor de 
nuestra vida, un singular precepto nos enseñó 
para vivir, que fué que amásemos; sabiendo él 
bien que si amamos, seremos perfectamente bien- 
aventurados, sin que tengamos necesidad para 
esto de otras leyes. No hay cosa más bienaventu- 
rada que amar, y por esto Dios y los ángeles son 
felicísimos, que aman todas las cosas; ni hay cosa 
más infeliz que aborrecer, por la cual pasión son 
los demonios malaventurados. El verdadero amor 
todo lo iguala; donde él vive no sufre que haya 
competencias, no quiere nadie pasar el pie ade- 
lante, ninguno quiere tomar lo que es de aquel 
t quien bien quiere, pues se tiene persuadido 
que él goza de lo que posee el otro. No levanta 
zancadillas ni pleitos "5 su hermano, ni piensa 
que le Injuria aquel T quien él ama. Asi jamás 
piensa en venganza, ninguno tiene envidia de su 
amigo, ni se alegra con sus males, ni le carco- 
men los bienes que posee; antes, como dice el 



<->» 



202 



LUIS V1VB8 



INTRODUCCIÓN 1 LA SABIDURÍA. 



203 



Apóstol, se goza con los alegres y llora con los 
triates; y esto no con fiogimiento ni con diaimu- 
lación, aino verdaderamente de buen ánimo, por- 
que el amor hace que todae laa coaaa sean comu- 
nes, y realmente tienen por suyo lo que es de 
aquel que ama. 

El verdadero dechado de este mandamiento 
que tenemos puesto delante de los ojos para que 
le podamos imitar, son las obras y la vida de 
Cristo; porque viuo el Hijo de Dios no solamente 
para enseñarnos con palabras el derecho camino 
de bien vivir, sino para allanarle él primero con 
su santísima vida, y llamarnos 'ST que le sigamos, 
tomando del ejemplo, para que, abiertos nues- 
tros ojos y alumbrados con la claridad de su 
claro sol, pudiésemos ver lo que era cada cosa. 

Primeramente, habiendo pasado por una in- 
finidad de trabajos, siendo ejercitado en todo gé- 
nero de paciencia, ¿qué templanza y moderación 
nos mostró? Siendo él todopoderoso, siendo inju- 
riado con tan grandes y recias afrentas, nunca 
volvió mala palabra; solamente seguia bu inten- 
to de enseñarnos el camino por donde pudiése- 
mos llegar ISt Dios, abominando del que de esto 
nos aparta. Sufrió ser detenido y atado el que 
solamente (como dicen) con hacer del ojo podía 
en un momento trastornar todo el mundo. ¿Con 
qué paciencia sufrió los falsos testimonios que le 
levantaron? Finalmente, de tal manera se hubo, 
-que ninguno conoció su poder sino solamente en 



t 



ayudar y socorrer. Siendo rey y sefior de todo lo 
criado, por el cual el Padre hizo este mundo, ¿con 
qué sufrimiento permitió que le pusiesen é igua- 
lasen con la más soez y baja gente del mundo? 
¿Como sufrió no tener cosa propia, y que á sua 
ministros, que él tanto amaba, viniesen á faltar 
mantenimientos? Siendo el Hacedor y Goberna- 
dor de toda la naturaleza universal, no se exi- 
mió de las faltas y daños de nuestra naturaleza 
humana. Tuvo hambre, sed, cansancio, tristeza 
y congoja. ¿Para qué pensáis que de su voluntad 
se puso él en estos trabajos y los sufrió de buena 
gana sino para darnos ejemplo? Tan amigo fué 
de que hubiese paz y concordia, amor y caridad 
entre nosotros, que por respeto desto, tras nin- 
gún vicio dio más que tras la soberbia y tras loa 
que della nacen: arrogancia, ambición, porfías, 
desacuerdos, enemistades; mostrándonos que ni 
de las cosas exteriores ni de las del cuerpo no 
hay ninguna de que podamos tomar posesión por 
nuestra, pues todas son advenedizas y ajenas; ni 
aun de las interiores, ni de la virtud, pues Dios 
es el que las da y las quita á los que con ellas se 
levantan, no conociendo la fuente y el principio 
de donde manan, y menospreciando ff aquellos 
para cuyo provecho les hizo Dios merced dellas. 
Y para acabar de todo punto de romper la 
soberbia, porque no se preciase nadie ni se ala- 
base por estar subdito 1t la religión, ni estuviese 
de si muy satisfecho por guardar bien la ley, 



<">• 



DÍTEODUCCIÓN k LA SABIDURÍA 



205 



204 



LUIS VIVB8 



dijo: «Cuando hubiereis heciio todo lo que oa he 
mandado, decid: Somos siervos inútiles.» 

Aqui veréis cuan grande es la locura de aque- 
llos que se alaban de ser consumadamente cris- 
tianos, y se precian de guardar la ley más que 
otros, pues ninguno sabe de si si hay en él vir- 
tud, ^si es digno de gracia S aborrecimiento, 5 
si es más rico en virtud aquel TT quien piensa que 
deja atrás, 9 si es llamado para el ayuntamiento 
de los santos, ^ reprobado y desechado para mi- 
seria perpetua. Por esto mandó Dios que no juz- 
gásemos los unos de los otros, pues todos somos 
ciegos é ignorantes de loa retraimientos que hay 
en el corazón; y este juicio reservóle para si, 
que sabe bien escudriñar el pecho; porque las 
cosas exteriores, que solamente nos están pues- 
tas á la vista, no son firmes, sino inciertas seña- 
les de lo que dentro yace. 

No sea, pues, que por haber hablado una vez 
K* un hombre (como hacen muchos locos), ni por 
cien veces, no, ni por continua conversación que 
con él hayas tenido, des resoluta sentencia de su 
ingenio, de sus virtudes y de sus vicios. 

Grandísimos y oscurísimos son los secretos y 
escondrijitos que hay en el corazón humano. No 
hay vista de hombre que pueda llegar allá. Y 
pues Cristo con su muerte ganó y puso en liber- 
tad todo el linaje humano, y con tan inestimable 
precio le rescató y redimió de la servidumbre del 
demonio, no menosprecie nadie ni ose poner su 



ánima al tablero; pues fué tan grande el amor 
que nuestro Señor le tuvo, que se puso por ella 
S la muerte. 

Nuestro Señor generalmente fué cruciñcado 
por todos, y particularmente por cada uno de 
nosotros. Tampoco tengas esperanza que se ha 
de agradar Cristo de que tü aborrezcas S aquel 
JH quien Él ama. El. Señor quiere que en esta mo- 
neda le paguemos; que así como El nos amó 
siendo siervos y malos y habiéndolo desmereci- 
do, asi amemos nosotros IC aquellos en compañía 
de los cuales servimos al mismo Señor. 

Aqui en esta vida dio principio al amor que 
han de tener los hombres los unos con los otros, 
y al que han de tener con Dios; quiero decir, 
<iue aquí puso el fundamento de nuestra bien- 
aventuranza, y en el cielo la acabó y perficionó. 

Asi que, esta es la vida y la gracia de Jesu- 
cristo, que en sabiduría excede y va de vuelo í 
todo humano ingenio; en razón y justicia es muy 
conforme y conveniente "SI loa que algo entien- 
den; con infinita bondad llama y atrae K todo el 

mundo. 

No piense nadie que es cristiano, ni tenga 
confianza que Dios le ame, si tiene aborreci- 
miento con alguno, pues Cristo, sin exceptuara 
nadie, nos encomendó todos los hombres. Pues 
S quien Dios te encomendó, si él no lo merece, 
ámale también, porque Dios,- que lo mandó, ea 
digno que le obedezcas. 



i' 









206 



LUIS VIVB8 



INTRODUCCIÓN 1 LA SABIDURÍA 



207 



J 



No bastan de suyo los ayunos ni abstinen- 
cias, ni las limosnas; aunque des todo cuanto tie- 
nei S loa pobres, serán bastantes para ponerte 
en la gracia de Dios; ni hay cosa que *{ esta 
baste, sino al amor que tienes H los hombres, se- 
gún su bendito apóstol lo ensefia. 

No veas hombre en el mundo á quien no pien- 
ses que has de tener en lugar de propio hermano, 
con cuya prosperidad no te regocijes, y te en- 
tristezcas con BU adversidad, y 7 quien no pro- 
cures de ayudar todo lo que pudieres. 

No disminuya esta afición ser de otra ciudad, 
ni ser de otra nación, de otro parentesco, de otra 
profesión, ni de otro estado 7 condición. De to- 
dos nosotros Dios es solo padre; y asi, siguiendo 
la doctrina benignisima de Cristo, cada dia le 
llamamos padre, y Él nos reconocerá por hijos 
si nosotros tenemos por hermanos ? todos los de- 
más que El tiene por sus hijos. 

No te desprecies de tener tú por hermano á 
quien Dios tiene por bien de tomar por hijo. Dios 
trajo la paz y concordia y amor. El demonio, as- 
tutisimo en tales tramas, urde bandos, inventa 
particulares provechos con dafio ajeno, trama 
diferencias, porfías, riñas y guerras. 

Dios, cuya santísima voluntad es que todos 
fuésemos salvos, comunica entre nosotros amor 
y bienquerencia. £1 diablo, que querría que fué- 
semos destruidos ^ perdidos, siembra enemista- 
des. La concordia hace que las cosas pequeña» 



se aunen y que crezcan. La discordia las des- 
hace y destruye, por grandes que sean. 

Los que trabajan de hacer paz firme y per- 
petua entre los hombres, T'de conservarla, se- 
rán, según dice Cristo, llamados hijos de Dios. 
Estos son los verdaderos pacíficos de quien El 
habla. Los que andan sembrando enemistades y 
procuran de despegar la caridad de los hombres, 
estos son hijos del diablo. 

La cosa más maldita que hay en las enemis- 
tades es cuando la diferencia se viene á averi- 
guar por las manos Z por fuerza, que es la que, 
si intervienen muchas gentes, llaman guerra, en 
la cual el hombre excede en fiereza S'todos los 
otros animales. Sabed que no es cosa de hom- 
bres, sino de bestias, como el vocablo latino bel- 
lum lo declara y significa. 

Desta abomina la naturaleza, que engendró* 
al hombre sin armas, para mansedumbre y co- 
municación y conformidad de la vida; Dios la 
maldice y abomina, que totalmente en todas ma- 
neras quiere y manda que nos tengamos caridad 
los unos H los otros. Ni hay hombre que ilícita- 
mente pueda hacer guerra It otro, 9* perjudicarle 
y hacerle daño sin caer en pecado. 

Si hay alguno que piensas que te tiene mala 
voluntad, pon trabajo y diligencia en aplacarle 
luego, de una manera íTde otra. 

No dejes por ruegos, ni por humildad, ni por 
oro, ni por plata, ni por cosa desta vida, de estar 



'i 



l'ul 



208 



LUIS VIVB8 



IMTBODÜCOIÓN 1 LA SABIDURÍA. 



209 



bien con todo el mundo, que eate es el más brey^ 
camino que nos lleva á Dios. 

No te burles de nadie ni le escarnezcas; piensa 
que lo que Tt aquél vino podía venir 1 quienquie- 
ra; antes da gracias í Dios que no te cupo S ti 
aquella suerte, y ruégale que no te venga; y al 
que asi está afligido consuélale ^ dale algún re- 
medio, ^8i no puedes, haz siquiera que conozca 
«n ti buena voluntad. De crueles es gozarse de 
los males ajenos y no tener lástima de aquellos 
que son de tu misma naturaleza. 

Sé misericordioso con los hombres y alcanza- 
rás la misericordia de Dios. La fortuna y los ca- 
sos humauoa í todos son comunes, K cada uno de 
nosotros amenazan, y cada uno está sujeto S 
ellos. Con este amor que debes á los hombres, el 
bien más conveniente que les puedes hacer con- 
siste en procurarles el mayor bien nuestro, que 
es la virtud, y en trabajar de hacer á todos bue- 
nos, Z 'ü los más que pudieres. No hay cosa más 
disconforme ni más desconveniente TT amor, ni 
hay obrar más de enemigo, ni que pueda ff otro 
más perjudicar, que es si, Tí con persuasión "5* con 
ejemplo, ^ incitándole, 7f de otra manera, le ha- 
ces malo. 

La mayor perfección es amar, aunque seas 
aborrecido; mas muy más seguro es, y que da ma- 
yor contentamiento, querer bien y ser bienquis- 
to. No hay más ciertas riquezas que las amista- 
4es firmes. No hay más segura guarda que tener 



leales amigos. £1 sol quita del mundo quien quita 
de la vida la amistad. Mas la amistad verdadera 
y firme y que ha de durar solamente es entre los 
buenos, entre los cuales, como quieran un mismo 
bien, muy fácilmente cuaja el amor. 

Los malos ni pueden ser amigos entre si ni 
tener amistad con los buenos. 

Para que te quieras bien, el más cierto y más 
breve camino es amar. No hay cosa que tanto 
pueda atraer S amor como el amor. Después des- 
to, lo que más atrae el amor es la virtud, que de 
suyo se hace siempre bienquerer, tanto, que nos 
convida y trae t amar aun S' aquellos que nunca 
conocimos. 

Casi las mismas fuerzas tienen las señales de 
llC virtud, como ser un hombre pacifico, modera- 
do, vergonzoso, humano, bien criado, afable; si 
no dice ni hace nada en que dé muestra de arro- 
gancia, de presunción, de desvergüenza; si es 
dulce y blando y sencillo en todas sus cosas. 

El Qonsejo que antiguamente algunos genti- 
les dieron debajo de una falsa prudencia, porque 
no diésemos del todo la rienda suelta T\& amis- 
tad, que dice que te refrenes en el amor como si 
hubieses de venir tí" aborrecer, S que asi te ha- 
yas con tu amigo como si algún día hubiere de 
ser tu enemigo, es como derramar ponzoña en la 
amistad. ^Mas aquello que añadieron es muy pro- 
vechoso y saludable: «Aborrece como si hubieses 
de venir á querer bien.» 

14 



f 



210 



LUI8 Vivas 



i 



En la amistad no hay pensamiento de ene- 
mistad, ni creas que te puede ser enemigo aquel 
f quien tienes por amigo; que de otra manera 
la amistad será tan flaca, que andará colgada 
de un pelillo, en la cual ha de haber fe, constan- 
cia, simplicidad y llaneza; de manera que ni tú 
no seas sospechoso, ni des los oidos^S gente sos- 
pechosa. Créeme, que no se puede llamar vida la 
que pasan los sospechosos 7T los temerosos, sino 
una larga y continua muerte. No seas curioso 
en inquirir vidas ajenas ni en escudrifiar lo que 
otros hacen, porque desto nacen muchas enemis- 
tades. T los que esto hacen, por la mayor parte 
suelen ser descuidados de lo que les toca, tenien- 
do demasiada solicitud en cosas ajenas. 

Cosa es de hombres de poco entendimiento 
andarse tras conocer It otros y no conocerse "ff^ si 
mismos. 

No solamente has de amar S los hombres, 
mas has de reverenciar S los que es razón, y 
tratar con ellos con veneración y honestidad y 
templanza, que en esto está mucho hacer el hom- 
bre lo que debe. No pienses que va poco en con- 
siderar en dónde, 8* con quién, adelante de quién 
estés. 





ÍNDICE 



Págs. 



Al lector " 

Juan Luis Vives á los cónsules y Senado de la ciu- 
dad de Brujas "? 

TRATADO DEL SOCORRO DE LOS POBRES 

LIBRO PRIMERO 

Origen de la necesidad y miseria del hombre. . . H 

Las neceaidadea de los hombres 1* 

Ca4l sea la razón de hacer bien 21 

Cniín natural sea el hacer bien. ....... 28 

Por qué causas algunos se apartan de hacer bien. . 82 

De qué modo deben portarse loa pobres 39 

Qnó vicios impidan hacer bien á los que pueden ha- 

cerlo : • « 

Que ninguna cosa debe impedirnos para hacer bien. 49 

Que lo que da Dios á cada uno no se lo da para él solo. 67 
Que no puede haber verdadera piedad y cristianismo 

sin el socorro 6 beneficencia reciproca 72 

Cuánto bien se ha de hacer á cada uno, y cómo se 

ha de hacer ^^ 



^ 

A 



V.' 



PAff». 



LIBRO SEGUNDO 

^ Cnanto pertenezca y convenga á los gobernado rea 

de la República caidar de los pobres 97 

^\ Del recogimiento ó recolección de los pobres, y de 

qne se les tome el nombre 104 

De qné modo se ha de bascar el alimento para todos 

estos 106 

£1 cuidado de los nifios 118 

Loa censores y censara 1^ 

Del dinero qae basta para estos gastos 122 

De los qae están afligidos de algana necesidad re- 
pentina ú ocalta 132 

De los qae reprobarán estas naevaa constitacionea 

y establecimientos 136 

Qae nada debe detenernos para hacer lo qae deja- 
moa dicho 146 

Laa comodidades, provechos y bienes hamanoa y di- 
vinos qae se siguen de estos establecimientos. . 150 

Introducción á la sabiduría 167 

Del engaño que hay en las cosas exteriores, toman- 

dolas como las toma el valgo 160 ^ 

Del respeto qae hemos de tener á anos, y del baen 

tratamiento qne se ha de hacer á otros 170 Ir 

De laa palabraa 174 

Cómo nos hemos de ayadar los anos de loa otroa. . 182 ^ 

Ot^^ De cómo noa habomos de haber con nosotros mismos. 191 '^ 

De la virtad 199 

De la caridad 201 ^^* 



Editorial PROMETEO.— Valencia 







OBRAS DE V. BLASCO IBANEZ, director literario de 
esta Editorial.— NovRLAS: Arroz y tartana. Flor de Mayo. 
La Barraca. Entre naranjos. Sónnica la cortesana. Cañas y 
barro. La Catedral. El Intruso. La Bodega. La Horda. La 
maja desnuda. Sangre y arena. Los muertos mandan. Luna 
Benamor. Los argonautas (2 tomos). Los cuatro jinetes del 
Apocalipsis. Mare nostrum. Los enemigos de la mujer. El 
préstamo de la difunta. El paraíso de las mujeres. La tierra 
de todos. La reina Calaña. Novelas de la Costa Azul. El Papa 
del mar. A los pies de Venus. 5 ptas. ro/.— Cuentos: La 
Condenada. Cuentos valencianos. 5 ptas. f?oZ.— Viajes: En 
el país del arte. Oriente. La vuelta al mundo, de un nove- 
lista (3 tomos). 5 pesetas volumen.— A.3Tígulo8: El milita- 
rismo mejicano. 5 pías. 

Novelas de amor y de muerte. 5 pesetas. 

HISTORIA DE LA GUERRA EUROPEA DE 1914, por 
V. Blasco Ibáñbz. Ilustrada con millares de grabados y lá- 
minas.— Nueve tomos lujosamente encuadernados.— Precio 
de cada tomo, 25 ptas. 

novísima HISTORIA UNIVERSAL, dirigida por La vis- 
8B & Rambaüd. Traduc<íión de V. Blasco Ibáñez. -Escrita 
Dor Individuos del Instituto de Francia, dirigida & partir del 
■lirio IV por Ernesto Lavisse, de la Academia Francesa, y 
Alfredo Rambaud, del Instituto de Francia, profesores de 
la Universidad de París.-Más de 20.000 retratos, cuadros, 
armaa, monedas, monumentos, etc. Historia gráfica del Arte. 
Historia del traje en numerosas láminas de colores. Mapas, 
Díanos, etc.-Se han publicado los tomos I al XIV. En prensa 
el XV.— Precio de cada tomo, 10 pesetas lujosamente en- 
cuadernado en tela. 

NOVÍSIMA GEOGRAFÍA UNIVERSAL, por Onésimo y 
Elíseo Reclús. Traducción de V. Blasco Ibáñez.— Seis vo- 
lúmenes en 4.*, con más de 1.000 grabados. Numerosos ma- 
pas.- 7'50 ptas. el tomo encuadernado en tela. 

LA NOVELA LITERARIA.-Amplia y selecta colección 
dirigida por Blasco Ibáñez, que cuenta con el apoyo de los 
novelistas de todos los países para esta obra de difusión lite- 
raria. Todos los volúmenes llevan un estudio biográfico de 
autor de la obra escrito por Blasco Ibáñez.-Novelas de Paul 
Adam, Barbusse, Bazin, Bourges, Bourget, Duvernois, Fra- 
nié, Harry, Hermant, Huysmans, Jaloux, Lavedan, Louys, 
ílaígueritte, Miomandre, Regnier, Rosny , Tinayre y otros 
muchos maestros de la novela contemporánea.— 4 ptas. voi. 



^^ 



-J^- 



Í7 

'I' 



BIBLIOTECA CLASICA.— Hombho: IHada, 2 1. Odisea. 2 1. 
—Esquilo: Tragedias, 1 1.— Sópoci.bh: Tragedias, 2 1— Hb- 
eiODO. 1 t.— Eurípides: Ol>ras completas. 4 t.— Tkóorito. 1 1. 
—Traducciones nuevas del griego por el gran poeta francés 
Leconte de Lisie.— Aristókanks: Comedias. 3t.— Jbnofon- 
tb: La vida y las doctrinas de Sócrates, 1 t.— Aristótbi.bs: 
La política. 1 1.— Plauto: Comedias. 3 1.— Fkdro: Fábulas. 
Str(í: Sentencias, 1 1.— Ciobrón: La República. —Las para- 
dojas. W,.— Las leyes.— La vejez.— La amistad. 1 1.— Valrrio 
Máximo: Hechos y dichos memorables. 1 t— Horacio: Sáti- 
ras. 1 t.— ViRGiiio: Églogas. — Geórgicas. 1 t. — Qubvbdo: 
Obras satíricas. 1 1.— Ckrvanfbs: Teatro selecto. 1 1.— Vida, 
db Cervantes, por su primer biógrdfo Mayáns y Sisear, 
1 1.— Lope de Vbqa: Novelas. 1 i.— Comedias. 1 1.— Guillbm 
DR Castro: Teatro. 1 t.— Caldkrón: Teatro. 2t.— Morbto: 
Co7nedias. 1 1.— Timonkda: El patrañuelo,—El sobremesa y 
alivio de caminantes. 1 1.— Lopb db Rueda: Teatro selecto» 
— Comedias y pasos. 1 1.— Rojas Zorrilla: Comedias. 1 1.— 
Rí'iz DK Alarcón: Teatro. 1 t.— Tihso db Molina: Teatro, 
1 1.— A. Vblázqubz db Vklapco: La Lena. 1 t.— Juan Ruiz, 
Arcipreste de Hita: Cantigas et Pablas. 1 1.— F. de Rojas: 
La Celestina. 1 t.— Varios: Letrillas. 1 t.— Gónoora: Obras 
po^/tcflí. 1 1.— Baltasar Gracián: El Discreto. 1. 1.— Juan 
Luis Vives: Diálogos. 1 i. — Tratado del socorro de los po- 
bres, 1 t.— Diboo db Torres Villarrokl: Obras vcrias, 1 1. 
2 ptas. vol.—La canción de Roldan, 1 t. 2 ptas, 

SHAKESPEARE: Obras completas. — l<io existía traduc- 
ción española de las obras completas de este dramaturgo 
genial, el más grande del mundo.— 12 1. á 2 ptas. en rústica. 

LOS CLASICOS DEL AMOR.— Longo: Dáfnis y Cloe.— 
Apulkto: El asno de oro.— Pbtronio: Sa^^ricón.- Marcial: 
Epigramas eróticos.— Arrtino: Vida de las casadas y de las 
cortesanas.— Voltairk: La Doncella.— Casanova: Amores 
y aventuras.— CuBNTifiTAS italianos: Obras galantes. — 

2 pesetas volumen. 

NOVELISTAS ESPAÑOLES CONTEMPORÁNEOS.— José 
Francés: La danza del corazón. 3*50 ptas.— Teditro de amor. 

3 ptas.— G. GÓMKZ DBLA Mata: La que llegó tarde. 4 ptas.— 
Caumkn db Burgos: Cuentos de Colombine. 3 ptas.— Los in- 
adaptados. 3ptas.—0iQRti Aparicio: La romería. 2 pías. 

CULTURA CONTEMPORÁNEA. — El arte de leer, por 
B. Fagubt.— La risa, por E. Bergson.- La nueva libertad, 
por \V. WiLSON, ex presidente de los Estados Unidos.— J ps- 
seías ro/.— Socialismo y movimiento social, por W. s6m- 
bart, profesor de la Universidad de Jena. 4 pesetas. 



1k:í-' 



BIBLIOTECA DEL AMA DE CASA 



PARA ESCRIBIR BIEN LAS CARTAS 



Además de los numerosos formularios para las distintas 
variedades de cartas, se han incluido en esta obra: Una lista 
de incorrecciones, torpezas y descortesías que deben evitarse 
en la correspondencia. Formularios especiales de tarjetas, 
telegramas é impresoí?. forma nueva de correspondencia que 
ha venido á sustituir á la carta en la vida moderna de rela- 
ción. Cartas y telegramas en francés y en inglés para los 
distintos casos del afecto y la cortesía. 

Una recopilación de sinónimos que, al redactar la carta, 
ayude á evitar la torpe repetición de palabras en un mismo 
párrafo, pobreza de expresión que tanto afea lo escrito. Otra 
recopilación completísima de abreviaturas, prácticamente 
<;lasiflcada para su fiel manejo. Un compendio de ortogniria 
con todas las reglas para escribir correctamente, sin taitas 
ni errores. Las normas de la Grafología, que interpreta por 
la forma de la letra el carácter del que escribe. 

Una guía para redactar telegramas y formar claves se; 
cretas, indispensable en la correspondencia abreviada. For- 
mulario de documentos de todas clases con su tramitación 
y artículos de la ley que los autorizan. Un tratado especial 
de Correos, con el concepto, requisitos y tarifas de los efec- 
tos posüiles en todos los servicios. Clases, tasas y abrevia- 
turas especiales de telegramas, radiogramas y telefonemas. 
La legislación actual aplicada á la correspondencia, in- 
cluyendo el texto de los códigos, leyes y disposicones- 

vigentes. . , . , , 

Y un consultor ortográfico, diccionario de más de cuatro 
mil voces, muy útil para escribir bien las palabras de orto- 
grafía difícil y acudir á él en cualquier caso de duda. 

Un volumen primorosamente editado, 2 pesetas 

En prensa: 

LA COCINA PARA TODOS 

£n preparación: 

ECONOMÍA PRACTICA DEL HOGAK 
EL LIBRO DEL AMA DE CASA 



m 



NUEVA BIBLIOTECA DE LITERATURA 



Volúmenes i 2 pesetas en rústica 



ALEXIS, BONAFOUX, BLASCO IBAÑEZ.- Emilio Zula 

(BU VIDA T SUS OBHA8). 

ALEXIS. — Lab chicab dbl amigo Lbfév^b (novelas). 
ANATOLE FRANGE.— La oorthbana db Alejandría (dot.) 
ARGÜEDAS (Alcidbs). — Raza db bronob (uoveía). 
BERTHEROY.— XlMÉNEZ db Cibnbrob (novela histórica). 
BILSE (TbNIBNTM o.)— PrQUBÑA guarnición (novela). 

BLANCO FOMBONA.— El hombrr db hibrro moveía). 

BRUYERE (La).-Caraotiírb8. 

DAÜDET. — CuBNTo» amorosos y patrióticos. 

ERASMO.— Elogio dk la locura. 

FLORES garcía.— Memorias Intimas dbl tbatro. 

GÓMEZ CARRILLO.— Dbsfilb db vibionbb. 

Id. — Por tibrrah lbjanas. 

OOMEZ DE LA MATA.— Muñboas pbrvkrsab (cuentos). 
GÓMEZ DE LA SERNA.-El rastro. 

Id. — GrbgurrIab. 

GONZÁLEZ BLANCO AndrAs).— Ebpañolitab db Lisboa. 
GUTIÉRREZ GAMERO.— La derrota db Manara (novela). 
LRVING.— CuBNTOs DB la Alhambra. 
MARINETTl.— El futurismo. 
MEREJKOWSKY.— La mubrtb db los diohbb (nov.) % t. 

Id. — Pedro bl Grandb (novela). 

MORAYTA.— El padrb Fbijóo y bus obras. 
NORDAU (Max). — La guerra db los millones (drama). 
PALOMERO.— Su majbbtad bl hombrb (cnentos). 
PICÓN (Octavio).— Drama db familia (novelas). 
POE (Edgardo).— Historias grotbsoas y serias. 
RAMÍREZ ÁNGEL.— Dbspués de la siega (novela). 

Id. — Pbnumbra (novelas). 

STENDHAL.— Del amor. 

TORRE (José M.* db la).— Cuentos dkl Jóoar. 
ÜGARTE.— VisioNBS db España. 
ZOZAYA.^El hubrto db Epiotrto. 

Id. — El libro dbl saber d(>likntb. 

Id. — La maldita culpa (novelas). 

Id. — Por los oáuoes hERBNos. 
Id. —Todos los cAntico.** 



COLUMBIA UNIVERSITY LIBRARY 

This book is due on the date indicated below, or at the 

as provided by the rules of the Library or by special af- 
rangement with the Librarían ¡n char^ ^ 



DATE BORROWEO 



J^ 



-> A\ 



DATE DUE I DATE BORROWED 



finí. 4 1 



6Je/4r; 



\m^' 



• »e 



€<•(•••) M I oo I 



DATE OUE 






M\ 



:^ COLUMBIA UNIVERSITY L"BBARIES 






0021075956 



L_ 





s\i 






I 



\ 












^1 



DEC 30 1930